CAPÍTULO 12
Bella Inés no deseaba una entrada triunfal en Huelva como una aristócrata de carruaje; su regreso a las tierras del marquesado de Valdeazores exigía una exhibición de poder que borrara cualquier rastro de duda sobre su legitimidad.
Antes de abandonar la Villa de Madrid, envió a Daniel con órdenes precisas: llevar el Tornado hacia Sevilla donde se reunirían.
Ella, por su parte, se desvió hacia Toledo.
En los hornos de la Real Fábrica de Espadas, selló un contrato para armar a su guarnición privada con el acero más templado de la Corona, una inversión en letalidad que distinguía a sus hombres de cualquier tropa regular.
Una vez completada la transacción, Bella Inés cabalgó hacia el sur para reunirse con su lugarteniente.
Daniel había ganado el tiempo necesario; bajo su mando, el Tornado había zarpado para asegurar la ruta antes de aguardarla en el Guadalquivir.
A su llegada a Sevilla, Bella Inés no perdió un instante: supervisó personalmente el reabastecimiento de pólvora y suministros navales destinados a los nuevos buques que, bajo el amparo de sus inversionistas, estaban siendo aparejados en los astilleros de Róterdam.
Todo estaba listo. Bella Inés era una estratega que reclamaba su posición.
Días después, el Tornado penetró en la ría de Huelva al atardecer, con las vergas cargadas de un viento del sudoeste que lo empujaba con la familiaridad de un viejo aliado.
El casco de ébano relucía bajo el ocaso y el legendario ribete carmesí de sus velas ya famosas —un sello de identidad que ya infundía terror desde el Caribe hasta el estrecho— destellaba como una herida abierta sobre el agua.
El mascarón, aquella rosa de pétalos de hierro, hendía el mar con altivez renovada.
Sin embargo, algo había cambiado: en la popa, junto a la enseña familiar de la Rosa Sangrante, ondeaba ahora con severidad el pabellón de la Real Armada.
El paño carmesí y dorado con el escudo coronado, símbolo de la patente recién sancionada, no era un simple adorno; era un desafío legal alzado frente al horizonte, la prueba de que la capitana había logrado lo imposible: que la Corona aceptara sus métodos como propios.
El muelle de Huelva era un hervidero antes siquiera de que el ancla besara el fondo.
Pescadores, estibadores con el torso curtido y mujeres envueltas en mantillas se agolpaban, espoleados por el rumor que había volado desde las cancillerías de Cádiz: «La Rosa Negra ha doblegado a Madrid».
Cuando la pasarela golpeó el muelle, un clamor unánime restalló contra las murallas:
—¡Viva la marquesa de Valdeazores! ¡Viva la capitana del Tornado!
Bella Inés descendió la primera, con el paso firme de quien pisa tierra propia.
Vestía su sempiterno luto, pero sobre el broche de plata lucía ahora una escarapela con los colores del Rey.
Daniel la seguía como una sombra de acero, escoltado por João, Matteo y una dotación de sesenta hombres que mantenían el tricornio en el pecho y la mirada encendida de orgullo.
Bella Inés alzó una mano, y el silencio que siguió fue absoluto, propio de una formación de combate.
—¡Hombres del Tornado! ¡Ciudadanos de Huelva!
—Su voz, clara y gélida, se hizo oír hasta la última taberna del puerto—.
La corte de Madrid ha ratificado lo que la sangre ya dictó: el marquesado de Valdeazores es mío por merced perpetua.
Y más aún: la Corona nos otorga patente de corso.
Desde hoy, cazaremos ingleses y piratas bajo el amparo de la Ley del Rey.
Cada presa será nuestra gloria, y cada doblón, nuestro sustento.
Un rugido de júbilo sacudió las jarcias del Tornado cuando el ancla finalmente besó el fondo.
Se descorcharon frascas de ron de las Antillas y Matteo hizo tronar su pistola hacia el firmamento, un estallido que anunció a toda la comarca, con pólvora y estruendo, el fin de la proscripción.
Bella Inés no buscó el refugio de sus aposentos; como buena capitana, su lugar estaba allí, donde la brea y el salitre se mezclaban con el sudor de su tripulación.
El muelle se convirtió en un torbellino de celebración.
La tripulación se fundió en abrazos con los estibadores y pescadores, celebrando que la «Rosa Negra» había regresado viva y victoriosa.
La multitud se abría ante Bella Inés como las olas ante un tajamar; hubo quien besó sus manos y quien inclinó la cerviz con una devoción que iba más allá del rango nobiliario: era el respeto que se le debe a quien ha traído prosperidad al puerto.
Un niño le ofreció una flor silvestre arrancada de los campos cercanos y ella, con un gesto que rompió la rigidez de su figura, la prendió en su pecho, entrelazando la delicadeza del pétalo con la plata de su casaca y el brillo de la nueva escarapela real.
El festejo se desbordó por los tinglados y los almacenes del muelle.
Se dispusieron odres de jerez, fuentes de tasajo y quesos de la sierra bajo la luz de las antorchas, mientras las guitarras punteaban sones que mezclaban la bravura del mar con la tierra firme.
Bella Inés permitió que el ron capturado fluyera como agua, participando del bullicio, brindando con su gente y sintiendo el pulso de Huelva bajo sus botas.
Sin embargo, sus ojos —acostumbrados a escrutar la niebla más cerrada del Atlántico— no descansaban. Entre la borrachera colectiva y el eco de las guitarras, su mirada se volvió de acero.
Los detectó al instante, como un escollo en mitad de la calma.
En un rincón, lejos del calor de los odres, un individuo de porte hercúleo y cabellos de paja, con las trazas inconfundibles de un mercader bátavo, permanecía apoyado en una columna de los almacenes reales.
A su lado, un tipo cetrino de bigote afilado fingía interés por un tratante de vinos, pero sus pupilas, frías y calculadoras, no abandonaban ni por un segundo la figura de ella.
No eran marineros, ni gente del puerto; eran hombres que sabían guardar las distancias y, más peligroso aún, sabían observar.
Daniel se deslizó a su lado, con la mano cerca del pomo de su espada.
—Los he marcado desde el muelle, señora. No huelen a salitre local. Uno es de las tierras bajas; el otro, un espía del norte o quizás un luso traidor.
—Espías de los ingleses —sentenció Bella Inés sin desviar la vista—. Han llegado antes que mi propia sombra.
Y eso había sido posible porque ella se había detenido en la ciudad de Toledo y Sevilla.
No ordenó su prendimiento. En lugar de ello, alzó su copa de plata en un brindis silencioso dirigido directamente a los dos extraños.
Los espías se tensaron, comprendiendo que el anonimato se había evaporado.
Ella quería que supieran que la Rosa no solo tenía ojos en el mar, sino también en cada rincón de su feudo.
Ya entrada la noche, bajo una luna de nácar que plateaba el Odiel, Bella Inés se dirigió a su hogar, la acompañaba su fiel lugarteniente que se había convertido en su más acérrimo guardaespaldas. Lejos de oídos traidores, Daniel susurró.
—Han visto el sello del Rey. Llevarán la noticia allí de dónde vienen.
—No me preocupa —confesó ella, y era cierto.
—Deberíamos darles caza antes de que abandonen el reino —afirmó Daniel.
—Dejad que huyan. Que lleven el mensaje a las costas de Inglaterra.
El mar rugía con una cadencia nueva. La guerra de venganza había muerto; ahora nacía una guerra de imperios.
***
El jinete alcanzó el castillo de Lydd al cerrarse la noche, envuelto en una capa de lana burda empapada por la cellisca que castigaba la costa de Sussex.
El animal llegó desfondado, con los flancos batiendo y los cascos cubiertos de la greda de los caminos.
Brent Reiner lo aguardaba en el patio de armas, bajo el resplandor vacilante de las rachas de viento que los mozos sostenían contra el vendaval.
Sin mediar palabra, Brent rasgó el sobre, rompió el lacre de cera neutra y leyó mientras el agua de lluvia le surcaba el rostro como una marea fría que se negaba a dar tregua.
El despacho de sus agentes en la villa de Madrid era un compendio de desastres diplomáticos: La Rosa Negra había prevalecido ante Floridablanca. Tenía patente de corso sancionada por la Corona para el Atlántico Occidental.
Brent dobló el mensaje con una calma aterradora, aunque sus nudillos, blancos como el hueso, delataban la tormenta interior. La lluvia repicaba sobre el papel con la cadencia de un tambor de zafarrancho. Miró al mensajero con ojos de pedernal.
—¿Hubo alguna palabra que no figure en el papel?
El hombre vaciló, tiritando.
—Solo lo que el luso anotó, señor. Pero dicen que cuando alzó la copa de licor hacia sus espías... sonrió. Como si estuviera brindando sobre vuestra tumba antes de cavarla.
Brent giró sobre sus talones y penetró en la calidez del gran salón. Su madre lo aguardaba junto a la chimenea, donde los troncos de roble crujían con violencia. No necesitó preguntar; leyó la sentencia en la mandíbula apretada de su hijo.
—¿Qué noticias traen de la Corte de Madrid? —preguntó ella en un susurro.
Brent le tendió el informe. Lisa palideció al recorrer las líneas.
—Patente de corso... —murmuró—. Ahora es una servidora de la Corona española. Si la hundís, Brent, no estaréis cazando a una pirata; estaréis atacando a un buque del reino de España.
Él se aproximó al ventanal. Fuera, el Canal de la Mancha rugía negro y colérico, con las olas estallando contra los acantilados de caliza como salvas de ordenanza.
—Ejecutó a mi padre. Se llevó sus restos como si fueran el botín de un mercante. Y ahora usa el sello de un rey para escudar su crimen.
Lisa se situó a su lado, posando una mano trémula en su hombro.
—Brent, el Almirantazgo no os permitirá iniciar una guerra con el reino de España por una deuda de sangre. Francia está en llamas y Londres teme que la chispa cruce el Canal. No arriesgarán la flota por un asunto personal.
Brent se volvió hacia ella. Sus ojos eran dos pozos de acero fundido.
—Entonces haré que sea un asunto de Estado.
Caminó hacia el escritorio donde reposaba el sable antiguo de James Reiner, el acero que una mandó en sus comienzos en el Merciless. Lo desenvainó con un siseo metálico, comprobando el filo bajo la luz de las velas.
—Mañana despacharé correos a Whitehall. Exigiré una Comisión Plena para la persecución de hostilidades españolas.
Si la corona de España ampara a la Rosa Negra, yo haré que el Almirantazgo bendiga mi caza.
El Merciless II recibirá refuerzos: piezas de a veinticuatro libras en la batería principal y hombres de presa reclutados en los bajos fondos de Portsmouth.
No quiero marineros de escuela; quiero hombres que odien el pabellón de Castilla tanto como yo.
—¿Y si lográis vuestro propósito? —preguntó Lisa con amargura—. ¿Qué quedará de vos cuando hayáis vertido su sangre?
Brent clavó la punta del sable en el mapa del Atlántico que presidía la estancia, justo sobre las coordenadas de las Azores.
—Quedará el honor de mi linaje. Le diré el nombre de James Reiner antes de que mi acero le atraviese el corazón. Quiero que muera sabiendo que el Halcón tiene las garras más largas que las espinas de su Rosa.
La ambición de Brent no conocía la pausa ni el remordimiento.
Al despuntar el alba, mientras la luz mortecina se filtraba a través de los ventanales de su despacho, las plumas rasgaron el papel con una furia que parecía querer desgarrar el pergamino mismo.
Dictó tres órdenes que no eran meras instrucciones, sino los pilares sobre los que edificaría el desquite, sellando el destino de los meses venideros con la frialdad de quien mueve piezas en un tablero de ajedrez.
La primera, dirigida al Almirantazgo, era una petición formal de patente ampliada.
No se limitó a solicitar recursos; adjuntó una copia del informe de la corte de Madrid, manipulado con precisión milimétrica para servir de prueba irrefutable: el reino de España, a ojos de Londres, estaba armando a criminales para hostigar el comercio británico.
La segunda carta fue enviada a Portsmouth, exigiendo el reclutamiento inmediato de veinte artilleros expertos; el mensaje era claro y el pago en oro, sin cuestionar el oscuro pasado de aquellos que aceptaran el contrato.
Finalmente, se tomó un momento para escribir a su hermana Julie.
Sus palabras fueron breves, cargadas de presagios y de una determinación inquebrantable: «El nombre de nuestro padre será restaurado. El mar dictará la sentencia final».
Con los sellos de lacre rojo aun enfriándose sobre los sobres, Brent sintió que la espera se volvía insoportable.
Esa misma tarde, las botas del capitán resonaron sobre la madera de la toldilla del Merciless II, anclado en las aguas agitadas del puerto de Hastings.
El bergantín, una bestia impaciente bajo el cielo gris, crujía contra los cabos de amarre, como si intuyera que su verdadera naturaleza no era la espera, sino la caza.
A bordo, Brent observó el horizonte; el juego acababa de comenzar y, esta vez, las reglas las dictaría él.
—Rosa Negra —pronunció hacia el sur, donde el viento soplaba con olor a tormenta—. Os nombro mi enemiga ante Dios y ante el Rey de Inglaterra. Os encontraré, y juro que solo uno de los dos verá el amanecer cuando el humo de los cañones se disipe.
El Canal bramó en respuesta. La guerra ya no era un secreto entre dos familias; era una mecha encendida que corría hacia un polvorín de imperios.