El Halcón y la Rosa CAPÍTULO 11
34%

CAPÍTULO 11

El Palacio Real amanecía envuelto en una bruma sutil que ascendía desde el Manzanares, como si Madrid contuviera el aliento ante el desenlace de aquel duelo de voluntades.

Bella Inés descendió de su carruaje en la Plaza de Oriente con la misma serenidad gélida con la que había ordenado el abordaje del Merciless: la falda de terciopelo oscuro barría el empedrado, el corpiño ceñía su resolución y el broche de plata centelleaba en su pecho como una estrella de escarcha.

Daniel de Mendaña caminaba a su flanco, un paso a la zaga; el resto de la escolta permaneció en el exterior, como centinelas silenciosos bajo el pórtico.

Pese a la prohibición de portar armas en presencia del Rey, Bella Inés sentía el peso familiar de la daga de su padre oculta entre los pliegues de su capa, un amuleto de acero contra la traición.

La Guardia de Corps permitió su paso sin una palabra.

El eco de sus botas sobre el mármol del Salón de los Espejos era el único sonido que rasgaba la quietud del recinto.

Las arañas de cristal de La Granja multiplicaban su figura en un centenar de reflejos: una silueta de azabache, erguida e inexpugnable.

Al fondo, bajo el dosel carmesí, el conde de Floridablanca aguardaba de pie junto a una mesa de marquetería.

El hecho de que no estuviera sentado era una señal equívoca: un reconocimiento de su nuevo rango o, tal vez, la guardia alta de un esgrimista político.

A su lado, un secretario sostenía la bandeja de plata con el pergamino, sellado con la cera escarlata de las Armas Reales.

Bella Inés se detuvo a la distancia protocolaria. Su reverencia fue profunda, pero carente de la sumisión que la corte solía exigir.

—Excelentísimo señor —pronunció con voz diamantina—. Doña Bella Inés de Hidalgo y Guzmán, marquesa de Valdeazores acude ante Vuestra Excelencia para recibir la merced que Su Majestad ha tenido a bien confirmar.

Floridablanca la escrutó con intensidad, buscando una fisura en su armadura de seda y orgullo.

—Doña Bella Inés —respondió con una cadencia meliflua, ocultando tras la cortesía el peso de la necesidad—.

El Consejo ha deliberado con el rigor que vuestro caso demandaba.

Considerando vuestros servicios acreditados al comercio de las Españas y tras aceptar la generosa contribución ofrecida a las arcas reales, Su Majestad, en su infinita gracia, ha sancionado la confirmación de vuestro título por vía de la excepcionalidad.

Hizo una breve pausa para medir el impacto de la concesión, y añadió con la misma suavidad calculada:

—Asimismo, se os otorga una Real patente de corso para hostigar a los enemigos de la Corona en el mar Océano, bajo la estricta observancia de las Ordenanzas de la Armada. Que vuestra flota sea, desde este momento, el brazo que la Marina Real extiende donde la diplomacia no puede llegar.

Hizo una seña al lacayo. Bella Inés tomó el documento sin prisa, desplegando el pergamino lo justo para reconocer la firma del rey. Al sentir el tacto del sello real, lo guardó en el interior de su capa.

—Agradezco a la Corona su sentido de la justicia —declaró Bella Inés—, y el reconocimiento de que la lealtad a España no entiende de sexos, sino de hechos y coraje.

Floridablanca esbozó una sonrisa que no alcanzó sus pupilas negras.

—No confundáis la utilidad con la impunidad, marquesa.

Los ecos de vuestras hazañas en las Azores han provocado una tormenta diplomática en la Embajada Británica.

Aseguran que el capitán Reiner fue ejecutado sin proceso y su cuerpo maltratado.

Si Londres presiona con el peso de su escuadra, la Corona podría verse obligada a reconsiderar su magnanimidad.

Bella Inés sostuvo el envite sin pestañear.

—El capitán Reiner hundió el Divino con la misma piedad que muestra un tiburón.

Ejecutó a mi padre mientras este defendía un convoy del Rey.

Yo no he cometido un asesinato; he saldado una deuda de honor.

Si Londres desea justicia, que envíen a sus capitanes a buscarla.

Los aguardaré en mar abierto, con el pabellón del reino de España al tope y la Patente de Su Majestad en la cámara.

El conde dio un paso hacia ella, bajando el tono hasta convertirlo en un susurro cargado de veneno.

—Tenéis audacia, doña Bella Inés. Eso os ha ganado el día.

Pero recordad que la corte es un océano mucho más traicionero que el Atlántico: aquí las tormentas no se anuncian con nubes, sino con palabras.

Si vuestras naves provocan un incidente que ponga en riesgo la paz del reino, vuestro título no valdrá para nada y vuestra patente será una soga al cuello.

Podríais pasar de marquesa a rea de la Inquisición en lo que tarda en cambiar una marea.

Bella Inés inclinó la cabeza, un gesto que oscilaba peligrosamente entre la cortesía y el desafío.

—He comprendido, excelencia. Serviré al Trono con el celo que se me exige. Mis cañones solo dispararán contra quienes desafíen la ley del Rey. Pero recordad: no fui yo quien inició esta guerra de sangre. Solo me he asegurado de que sea España quien la termine.

Tras una última venia, Bella Inés giró sobre sus talones. Los espejos multiplicaron su salida: una procesión de victorias negras que abandonaba el palacio. Una vez en el carruaje, mientras Madrid se desdibujaba tras las ventanillas, Bella Inés desplegó de nuevo el despacho real.

—El marquesado es al fin mío, Daniel. Y la Patente también. Pero Floridablanca tiene razón en algo: a partir de ahora, cada andanada que disparemos llevará el peso de la Corona. Nos vigilarán desde cada torre y cada puerto.

Daniel asintió, acariciando la empuñadura de su arma.

—¿Partimos mañana, Capitana?

—Al alba. El Tornado nos aguarda en Huelva. Ahora porto el sello del Rey sobre mi bandera. Que intenten hundirme ahora, si se atreven a desafiar al mar y al Trono al mismo tiempo.

La Rosa Negra abandonaba la villa de Madrid más poderosa que nunca, transmutada de proscrita en señora de vasallos.

***

La bruma que custodiaba el Palacio Real se batía en retirada bajo el sol de mediodía, pero en el claroscuro de las arquerías y en los corredores laterales, otros ojos escrutaban el drama sin ser advertidos.

Dos individuos —uno luso, de tez cetrina y mostacho cuidado, bajo el disfraz de un tratante de caldos de Oporto; el otro, un bátavo de estatura imponente y habla neutra, fingiéndose cartógrafo al servicio de una casa editorial— se habían infiltrado en el palacio aprovechando el flujo de las audiencias públicas.

No portaban insignias ni acero; solo cuadernillos de notas y los reales necesarios para aceitar la voluntad de un ujier, quien les permitió apostarse cerca del Salón de los Espejos.

Habían rastreado a la Rosa Negra desde las tabernas de Cádiz por orden expresa de Brent Reiner: «Observad.

No intervengáis. Traedme su semblante, sus alianzas y, si la Corona la quebranta, informad con la presteza del rayo».

Desde una cámara contigua, con el portón entornado lo justo para que el oído supliera a la vista, captaron cada sílaba del duelo verbal. El portugués, garabateó con pulso febril para no perder nada de lo hablado.

Cuando la dama abandonó la estancia, los espías se replegaron por las escaleras de servicio.

Aquella misma tarde, en la penumbra de una taberna de la Red de San Luis, los dos espías redactaron el despacho de urgencia sobre papel de tina, sellado con cera virgen sin marca alguna.

El despacho fue confiado a un jinete de posta que partía hacia Lisboa para embarcar en un paquebote neutral. Desde allí, el informe saltaría a Plymouth y, finalmente, a los acantilados de Sussex. Un no muy largo si los alisios eran propicios.

Antes de disolverse entre la multitud de Madrid, Pieter observó a su colega con una gravedad plúmbea.

—Ella sabía que estábamos allí, de un modo u otro. Pronunció el nombre de Reiner para que llegara a nuestros oídos.

El portugués asintió, vaciando su pipa contra el muro.

—Lo sabe. Y desafía al apellido Reiner a través de la distancia. Eso no la hace peligrosa... la hace una fuerza de la naturaleza.

—O un heraldo de la muerte —susurró el holandés—. El capitán Brent Reiner debe ser advertido: la Rosa Negra es una Grande del reino de España con licencia para matar ingleses.

El mensajero se perdió en la polvareda del camino. El informe volaba hacia el norte, portando la noticia que alteraría el tablero: la presa no estaba inerme; ahora vestía el acero del Rey Católico.