El Halcón y la Rosa CAPÍTULO 10 #2
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CAPÍTULO 10 #2

Pero la corte era un nido de áspides. Una mañana apareció un pasquín bajo la puerta que decía: «La Rosa Negra es una corsaria disfrazada; el Rey debe saber que trafica con contrabando en Santo Domingo».

Bella Inés lo leyó sin que un solo músculo de su rostro se inmutara y lo entregó a las llamas de la chimenea.

Una tarde, en el salón de la condesa de Montehermoso, un emigrante francés se acercó con una copa de cristal.

—Madame —murmuró con galantería—, se rumorea que una dama española guarda el cadáver de un lord inglés como trofeo. La Embajada Británica ha enviado una nota al secretario de Estado. Exigen el cuerpo para un entierro con honores. De lo contrario, habrá... —fricciones diplomáticas.

Bella Inés lo midió con la mirada.

—Decid a vuestros amigos, monsieur, que los restos del capitán Reiner reposan bajo mi custodia. Y que, si Londres tanto ansía recuperarlos, que envíen a alguien con el valor suficiente para reclamarlos en mi cubierta.

El francés palideció y se batió en retirada. Daniel, al salir el hombre, murmuró:

—Están tanteando el grosor de vuestra piel, capitana.

—Pero ellos ignoran que no es piel lo que tengo, Daniel. Es coraza.

El plan definitivo se fraguó en la tercera semana.

Bella Inés obtuvo una audiencia reservada con el marqués de Sonora, ministro de Indias, un hombre que medía el mundo en fanegas y doblones.

Bella Inés desplegó las cartas de Santo Domingo: la hacienda Guzmán producía añil, azúcar y café por valor de doscientos mil reales anuales.

Ofreció duplicar las contribuciones a la Corona y armar, por su cuenta y riesgo, al Espina de la Rosa para patrullar el Caribe y hacer frente a las incursiones inglesas.

Sonora, pragmático, quedó impresionado.

—Tenéis visión de Estado, doña Inés. Floridablanca ansía incautar para tapar los agujeros de la guerra que se avecina. Pero yo veo en vos una capitana de fortuna que le ahorra caudales a la Armada. Presentad vuestro memorial de inmediato.

El documento se entregó el día veinticinco: un compendio de leyes, servicios y promesas de sangre bajo patente real. Los últimos cinco días fueron de una tensión suprema. Los mentideros de la Villa ardían: «La Rosa Negra ha comprado al Consejo», «El Príncipe Carlos IV lee sus despachos cada noche».

El día veintinueve, al alba, un correo real llegó a la calle de Atocha con un pliego lacrado con el sello personal del conde de Floridablanca. Bella Inés rompió el lacre con mano firme. Sus ojos recorrieron la caligrafía oficial.

« Nos, Carlos, por la gracia de Dios, Rey de las Españas y de las Indias, venimos a bien reconocer la lealtad y los servicios excepcionales prestados por Doña Bella Inés de Hidalgo y Guzmán a Nuestra Real Hacienda y a la seguridad de Nuestros dominios de Ultramar.

Por el presente documento, y en uso de Nuestras facultades soberanas, ordenamos que el marquesado de Valdeazores sea elevado a la categoría de vinculación perpetua y transmisible.

En virtud de esta gracia real, y para garantizar la continuidad de vuestro linaje ante la Corona, resolvemos que la sucesión de dicho título recaiga en vuestros descendientes legítimos bajo el principio de igualdad de primogenitura, sin distinción de sexo ni condición de varonía, salvando así cualquier impedimento o fuero sucesorio que hasta hoy restringiera dicho derecho.

Es Nuestra Real voluntad que esta disposición prevalezca sobre cualquier uso o costumbre anterior, quedando vuestra casa plenamente amparada por la majestad de Nuestra protección.

Asimismo, se os otorga patente de corso, habilitando a vuestras naves para hostigar a los enemigos declarados de esta Corona en todo el ámbito del Atlántico, quedando obligada a rendir relación detallada de vuestras presas y actividades ante la Capitanía General de Cádiz cada semestre.

En este mismo acto, se revoca cualquier providencia de incautación previa y se ordena el archivo definitivo de todo expediente de reversión a la Real Hacienda, declarando vuestros bienes y posesiones como propiedad inalienable de vuestro marquesado.

Dado en Nuestro Real Sitio de Madrid, bajo el sello de Nuestra Real Cancillería, a manos de Nuestro Primer Secretario de Estado, el conde de Floridablanca, en representación de Su Majestad ».

Bella Inés enrolló el pliego con una parsimonia sagrada. Por primera vez en años, una sonrisa auténtica iluminó su rostro.

—El marquesado es mío, Daniel. Por derecho, por herencia y por ley. Y traigo algo más valioso: una patente de corso oficial. Ya no somos proscritos a los ojos de Dios ni de los hombres.

Daniel exhaló un suspiro que pareció desalojar toda la tensión de la meseta castellana.

—Entonces, ordenad la partida. Volvamos a Huelva. El Tornado bosteza en el muelle.

Bella Inés se aproximó al ventanal. Madrid bullía en su caos, ignorante de que la mujer que observaba acababa de doblarle el pulso al primer ministro.

—No todavía. Mañana compareceré en la audiencia de despedida.

Quiero escrutar el rostro de Floridablanca cuando deba entregarme el Real Despacho de su propia mano.

Y después... pondremos proa al Sur. Inglaterra no tardará en reclamar su parte.

Pero esta vez, la Corona de España cubre mi retaguardia.

Se volvió hacia su lugarteniente, y sus ojos oscuros destellaron con la promesa de una tormenta.

—Y cuando el vástago de Reiner asome sus velas por el horizonte, lo recibiremos con los honores debidos: con el estruendo de los cañones reales y una Rosa que ha aprendido a florecer entre las espinas de la política .