El Halcón y la Rosa CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

El viaje desde Huelva hasta la villa de Madrid fue un despliegue de soberanía contenida.

La noble no viajó como una hija huérfana suplicante, sino como una fuerza extranjera que exigía paso franco.

Su carruaje pesonal, de un negro azabache que parecía absorber la luz del sol castellano, lucía el blasón de la Rosa y el Ancla en las portezuelas, un emblema que ya empezaba a infundir respeto en los puertos.

Tras ella, otro carruaje. Daniel a veces cabalgaba al lado del carruaje principal, custodiándolo, otras, le hacía compañía desde el interior para animar las largas horas de viaje.

Daniel había elegido como escolta a oficiales veteranos, curtidos en mil abordajes y maestros en la esgrima de combate; hombres cuya sola presencia, con sus manos siempre cerca de la empuñadura del sable, bastaba para disuadir a cualquier facineroso de los caminos.

No vestían libreas de gala, sino el paño recio de quienes han visto la muerte de cerca, y su vigilancia constante sobre el carruaje era una advertencia silenciosa: aquel transporte no era solo el vehículo de una dama, sino un cofre de alta seguridad que nadie en su sano juicio intentaría asaltar.

La escolta, profesional y letal, convertía la comitiva en una pequeña unidad táctica que se abría camino a través de la geografía del reino con la disciplina de un ejército privado.

En el segundo carruaje iban una pequeña cohorte de escribientes y hombres de leyes que Julián de Pacheco había reclutado, no tanto para asistir a los pleitos, sino para dar cuerpo a la ilusión de una administración robusta y organizada.

En las postas donde descansaban, no aceptaba las humildes habitaciones de las posadas, sino que sus hombres requisaban las mejores estancias, transformando cada parada en un puesto de mando itinerante.

Bella Inés viajaba para imponer una negociación.

A su paso, las miradas de los hidalgos locales y los funcionarios reales que se cruzaban con la comitiva no encontraban a una joven desamparada, sino a una presencia que emanaba el frío del Atlántico y el peso de una flota que, aunque invisible, se sentía en cada una de sus órdenes.

Sabía que, al llegar a la Villa y Corte, su mayor enemigo no sería la ley, sino la desidia de los poderosos; por eso, cada espadachín de su escolta y cada pergamino que su secretario llevaba en los baúles, estaban ahí para recordarles a los cortesanos de Floridablanca que el oro de los Hidalgo no solo financiaba barcos, sino que también era capaz de comprar el silencio, la lealtad o la ruina de quien se atreviera a interponerse en su camino.

La villa de Madrid era una caldera de contrastes.

El olor a lodo seco de sus calles sin empedrar se mezclaba con el eco de los aguadores y una inquietud política asfixiante.

Las noticias que llegaban de París, donde el pueblo llano desafiaba a los Borbones, hacían que la corte de Carlos extremara la vigilancia con una paranoia enfermiza.

La villa olía a miedo y a pólvora vieja, una tensión que se filtraba incluso por los muros del Palacio Real.

Bella Inés descendió ante el palacio sin velos ni encajes que ocultaran su propósito.

El broche de plata en su pecho era su única joya; su determinación, su única armadura.

La audiencia tuvo lugar en el Salón de los Espejos.

Bajo los frescos del techo y el reflejo infinito de los cristales venecianos aguardaba don José Moñino, conde de Floridablanca.

Con sesenta años, el primer secretario era la encarnación del despotismo ilustrado: una peluca perfecta, una mirada que diseccionaba intenciones y una casaca oscura que portaba la banda de su propia orden.

Bella Inés avanzó por el mármol con una cadencia que no era de salón, sino de cubierta: equilibrada, firme. Su reverencia fue la de un oficial ante su almirante.

—Excelentísimo Señor —pronunció, y su voz no tembló ante la acústica de la sala—. Doña Bella Inés Hidalgo acude al llamado de Su Majestad.

Floridablanca guardó un silencio que pesaba más que las lámparas de cristal.

—Señora —repuso el conde con una suavidad ponzoñosa—.

Madrid es una ciudad de ecos, y los que llegan del Atlántico hablan de una mujer que dicta su propia ley entre las Azores y el Golfo.

El asunto de vuestro título es espinoso.

La Corona, en estos tiempos de zozobra europea, no puede permitirse mercedes que no estén debidamente vinculadas a la defensa del Estado por mano varonil.

—La mano que sostiene el título de mis antepasados, excelencia, ha defendido las rutas de Indias con más eficacia que muchas escuadras de la Armada, y no hablo sandeces —replicó Bella Inés, haciendo una seña a Daniel para que entregara los memoriales—.

Ahí hallaréis las sentencias y los testimonios de los convoyes que el Tornado ha escoltado frente a la rapacidad británica.

Floridablanca ni siquiera rozó el legajo.

—Vuestras «escoltas» son, a ojos de Londres, actos de piratería.

El hundimiento del Merciless ha provocado notas de protesta en la embajada.

Si el Rey ratificara vuestro marquesado, el Reino de España estaría ratificando un duelo privado.

Y, con Francia ardiendo, no deseamos que el León Británico despierte en nuestras costas.

Bella Inés apretó los labios.

—Entonces, legalizad mi fuego —dijo, dando un paso al frente e ignorando el movimiento de los guardias—.

Ofrezco cincuenta mil reales de vellón y el diezmo de mis ingenios en Santo Domingo.

A cambio, exijo una patente de corso que cubra mis acciones pasadas y futuras.

Convertid a la Rosa Negra en un instrumento de la Corona y os entregaré el control del paso de las Azores sin que vuestra Real Hacienda gaste un maravedí en pólvora.

Floridablanca tamborileó con los dedos sobre el brazo de su sillón. La oferta era tentadora para un reino con las arcas exhaustas.

—Tenéis la audacia de vuestro padre, y la astucia que a él le faltó.

Os concedo treinta días. Treinta días para que vuestros abogados y vuestro oro convenzan al Consejo de Castilla de que sois más útil como aliada que como proscrita.

Pero advertid esto: si en ese plazo Inglaterra fuerza nuestra mano por vuestras hazañas, no habrá palacio ni título que os proteja de la Torre de Segovia.

Bella Inés hizo una inclinación mínima, casi un desafío.

—Treinta días bastarán. La Rosa Negra no teme a los despachos de Madrid; el papel arde más rápido que la madera, y yo estoy acostumbrada al incendio.

Salió del salón dejando tras de sí un rastro de asombro y reprobación. Una vez en el carruaje, mientras las ruedas chirriaban sobre el empedrado de la calle de Atocha, Bella Inés miró a Daniel. Su rostro era una máscara de mármol.

—Daniel, que los hombres partan hacia Cádiz y Lisboa esta misma noche.

Comprad cada voluntad que sea necesaria.

Si el Consejo de Castilla quiere pruebas, les daremos un alud de ellas.

Y si deciden traicionarnos... —Bella Inés apretó los dientes en claro desafío—, el Tornado estará listo.

Si Madrid me cierra las puertas, el océano me abrirá sus brazos.

Daniel asintió, pero su mirada se perdió en la penumbra del carruaje.

—¿Y si el hijo de Reiner llega a estas aguas antes de que expire el plazo?

Bella Inés sonrió, y fue una sonrisa de acero y sal.

—Entonces Floridablanca tendrá la prueba que busca. Verá cómo la Rosa Negra defiende lo que es suyo .

***

Los treinta días de gracia concedidos por Floridablanca fueron un campo de batalla donde no se disparó ni una sola bala, pero donde las estocadas de pluma fueron igual de letales: libelos anónimos, miradas de soslayo en los besamanos y susurros que recorrían las antecámaras como un reguero de pólvora.

Bella Inés se instaló en una mansión de la calle de Atocha —propiedad de un socio luso—, con vistas a los chapiteles de San Jerónimo el Real.

El carruaje negro abandonaba el zaguán cada alba y no regresaba hasta el ocaso, escoltado siempre por Daniel y dos hombres de mar que, bajo libreas de rigor, ocultaban pistolas cargadas y sables afilados.

El primer día, Bella Inés se personó en la Real Chancillería con un fardo de documentos que pesaba tanto como un cañón de a dieciocho: sentencias de 1750 que ratificaban la sucesión por línea femenina, testamentos ológrafos de Rodrigo de Guzmán, fe de bautismo, nupcias y los justificantes de los quintos reales satisfechos en la Aduana de Cádiz durante décadas.

El secretario de cámara, un hombrecillo de lentes gruesas y aliento a tabaco rancio, los aceptó con una sequedad funcionarial, sin levantar la vista, tratando de ignorar que aquella joven no solo desafiaba la ley de sucesión, sino el decoro que se esperaba de su sexo

—Vuestra merced presenta argumentos de peso —sentenció—, pero el rey busca hoy lealtades activas, no solo pergaminos. La Hacienda requiere pruebas de que defendéis los intereses del Altar y el Trono en alta mar.

Bella Inés esbozó una sonrisa de acero.

—Entonces, por el Cielo, que las tendrán.

Los días siguientes fueron una danza de audiencias y dádivas discretas.

Por las mañanas, los bufetes de abogados eran un hervidero: don Felipe de Aranda llegó desde Sevilla con un testigo providencial, un oficial retirado de la Armada que había servido con Pedro Hidalgo en el Divino y que juró bajo fe de sacramento que el capitán había muerto defendiendo la plata del Rey frente a la piratería británica.

Por las tardes, Bella Inés se infiltró en los salones de la aristocracia, palacetes de condes empobrecidos donde se tejían alianzas entre copas de jerez.

Allí repartió doblones con mano de seda a cambio de memoriales de apoyo: «Doña Inés ha librado mis naves de la morisma», rezaban algunos; «Su celo mantiene el comercio de Indias mientras la Armada atiende a Europa», decían otros.