CAPÍTULO 7
El invierno llegó antes de tiempo a la costa sur de Inglaterra.
El viento del noroeste azotaba los acantilados de Hastings como una guadaña, desnudando los robles y estrellando las olas contra las piedras hasta convertirlas en una espuma blanca y violenta.
En el castillo de Lydd, las chimeneas ardían día y noche, pero el frío se colaba por todas partes: en los pasillos de piedra, en las ventanas viejas y en el ánimo de quienes esperaban.
Brent Reiner se encontraba en la biblioteca, una sala de techos altos situada en la torre oeste, rodeado de estanterías de roble que albergaban tratados de navegación, diarios de capitanes y crónicas de batallas.
Una lámpara de aceite iluminaba la mesa, donde se acumulaban papeles, informes del Almirantazgo y un sable de abordaje que Brent limpiaba con la meticulosidad de un orfebre usando un paño con aceite.
El acero brillaba con un fulgor frío y la hoja tenía pequeñas muescas, cicatrices de peleas donde se había jugado la vida.
Frente a él, un mapa del Atlántico estaba sujeto con pesos de plomo.
Líneas rojas trazaban la ruta del último viaje del Merciless: las Azores marcadas con una cruz negra y Huelva, en el sur del reino de España, señalada con un círculo rabioso.
Junto a él, la carta del grumete y un nuevo informe de Plymouth; su abuelo, el barón de Haytor, había logrado sacar confesiones a marineros portugueses en los muelles. Las noticias eran claras:
« La Rosa Negra no es un mito de taberna.
Es real. Se rumorea que es una dama o prostituta, hija maldita del reino de España.
Pero, se mueve con la precisión de un oficial y la crueldad de un pirata.
Sus contactos llegan desde Lisboa hasta La Habana.
La Corona española la tolera mientras no ataque a los barcos de la Real Compañía... de momento ».
Brent dejó el sable sobre la mesa con un golpe metálico.
Se pasó la mano por el pelo rubio, y miró las llamas.
Los recuerdos lo golpearon: James Reiner riendo en el puente, enseñándole a usar el sextante, contando historias de batallas.
Ahora, aquel hombre era un trofeo en un lugar desconocido, quizás esperando un juicio que Brent no estaba dispuesto a permitir.
Un golpe suave en la puerta anunció a la madre, que venía envuelta en un manto de lana gris. Tras ella venía el mayordomo con una bandeja. Sus ojos, aunque rojos de tanto llorar, mostraban una firmeza nueva.
—No habéis comido ni habéis dormido, hijo mío —dijo la madre con suavidad—. Vuestra mente está lejos de aquí.
—No hay lugar para el descanso cuando la deshonra está presente, madre. Debo conocer y memorizar cada detalle.
Lisa dejó la bandeja y se sentó frente a él.
—¿Cada detalle de la pirata?
—De la asesina —pronunció el nombre con lentitud—. Quiero saber su tamaño, sus aliados y sus debilidades. Quiero saber si reza a Dios antes de ordenar fuego. Porque cuando nuestros aceros se crucen, no será una guerra entre reinos, será una cuestión de sangre.
Lisa sacó un papel del bolsillo.
—Vuestro abuelo ha conseguido más. Un comerciante de Cádiz dice que la Rosa Negra es despiadada. Lleva un broche de plata con una rosa y un ancla. Lo mencionó para que podáis reconocerla. Su tripulación la sigue con un fervor casi religioso.
Brent leyó el papel en silencio. Cada frase era un clavo en su decisión.
—Me preocupa que nadie sepa nada, salvo su apodo, Rosa Negra, y el de su barco, Tornado —murmuró—. Pero en realidad solo me interesa una cosa de ella, que ha sujetado la espada que mató a mi padre.
La madre puso su mano sobre la de su hijo, tratando de darle un calor que la noche no ofrecía.
—No salgáis cegado por la rabia. El Merciless II es vuestro mando, pero la Rosa Negra ha demostrado ser un rival formidable. Ella supo esperar. Haced lo mismo. Buscad el apoyo del Almirantazgo, conseguid una patente oficial. Sed inteligente antes que valiente.
Brent levantó la cabeza. Sus ojos grises brillaban con una furia nueva y despiadada.
—No busco la legalidad de los tribunales, madre; busco la justicia de los hombres.
No cometeré el error de precipitarme, pero os aseguro esto: ella sabrá quién sostiene la espada.
Le haré escuchar el nombre de mi padre antes de que su vida termine.
Le haré saber que Brent Reiner ha venido a equilibrar la balanza que ella rompió.
Se acercó a la ventana. Fuera, la noche caía sobre el Canal, negra y profunda. El faro de Hastings parpadeaba a lo lejos como un ojo vigilante.
—Mañana escribiré a Londres —sentenció—. Exigiré informes de cada barco que esa desgraciada capture. Compraré a quien haga falta en Portsmouth y Falmouth. Cuando el Merciless II despliegue sus velas, no habrá rincón del Atlántico donde se pueda esconder porque la encontraré.
Lisa lo abrazó, apoyando la frente en su espalda, sintiendo la tensión en sus músculos.
—Prometedme que volveréis, Brent. Que el mar no se llevará a dos hombres de esta casa.
—Volveré, madre. Con la cabeza de la Rosa Negra insertada en mi espada.
El fuego se apagó con un último crujido. En la mesa, el acero brillaba, sediento. Brent Reiner había jurado que cortaría la cabeza de la Rosa Negra, no por un odio ciego, sino por el deber de su apellido.
El Canal de la Mancha rugía su respuesta. Inglaterra preparaba su venganza. Y en algún lugar del océano, la Rosa navegaba sin saber que el Halcón ya había desplegado sus alas .