CAPÍTULO 8
El Almirantazgo se alzaba en Whitehall como un templo de sillería gris, una mole neoclásica con columnas dóricas que miraban con desprecio la ebullición de la vida en las calles de Londres.
En su interior, el aire era espeso, una mezcla asfixiante de tinta ferrogálica, cera derretida y el fuerte tabaco de los marinos veteranos.
Era el corazón frío del Imperio, donde el mundo se dividía en rutas, toneladas de carga y disparos de cañón.
Brent Reiner entró en el edificio con el paso pesado de quien porta un peso mayor que el de su uniforme.
Llevaba la casaca de gala de la Royal Navy, con los bordados dorados reluciendo bajo una luz artificial.
Llevaba el tricornio apretado bajo el brazo y la mirada al frente, clavada en los espejos de bronce que adornaban los corredores. Venía a exigir un ajuste de cuentas.
El señor Elias Thorne, un hombre que parecía haber olvidado cómo sonreír desde el reinado anterior, lo condujo a una cámara de audiencias.
Allí, la luz de las velas se reflejaba en los rostros de piedra de los hombres que movían las piezas del tablero marítimo.
Estaban el comodoro Sir George Rodney, un hombre cuya piel recordaba al pergamino curtido; el capitán Hargreaves, con sus dedos largos y nudosos como raíces; y un funcionario del Foreign Office, un tipo de piel pálida que parecía odiar la simple mención de un cañonazo.
Brent abrió su portafolio de cuero. No necesitó preámbulos.
Dejó sobre la mesa de caoba la confesión de Thomas Hale y los informes de su abuelo, el barón de Haytor.
Expuso los hechos con una parsimonia que cortaba el aire: el apresamiento del Merciless, la muerte de su padre y la ignominia de aquel «juicio de sangre» bajo bandera del reino de España.
Su voz no era un ruego, sino una sentencia.
Rodney, que había visto barcos arder desde las Indias hasta las colonias americanas, tamborileó sobre la mesa.
—Capitán Reiner, no somos ajenos a la existencia de esa leyenda. La Rosa Negra es una baza que la corte de Madrid está utilizando para desestabilizar nuestras líneas de suministro en el Caribe.
El funcionario del Foreign Office intervino con un tono de fastidio gélido, entrelazando sus dedos sobre un mapa de las rutas coloniales.
—Capitán, comprenda la delicadeza del momento.
Londres y Madrid caminan sobre un filo de navaja.
Desde que Carlos subió al trono tras la muerte de su padre, la corte madrileña es un hervidero de intrigas.
Estamos en plena Crisis de Nutka: los españoles reclaman derechos exclusivos sobre toda la costa del Pacífico y han apresado nuestros buques.
Si permitimos que se de caza al Tornado a pesar de que continúa sembrando el caos en el Caribe, le daremos a los sectores más belicistas de Madrid la excusa perfecta para incendiar las relaciones y forzar un conflicto abierto.
La Corona no puede permitirse una guerra en dos océanos por culpa de una sola corsaria.
—Es un juego de ajedrez, lord Reiner —añadió Rodney—.
Si enviamos un navío de línea contra la Rosa Negra, el embajador español en Londres elevará una protesta formal que obligará al Parlamento a desautorizarnos ante toda Europa.
España aún se aferra a su reclamación de soberanía sobre esas aguas; cualquier incursión nuestra es una violación de fronteras que los Borbones, desde Madrid y Versalles, no dudarán en utilizar como casus belli para movilizar a la flota de Cádiz.
Brent dio un paso al frente, con sus ojos de acero frío clavados en el funcionario.
—Entonces, ¿debo permitir que el nombre de mi padre sea pisoteado por el miedo de un diplomático a lo que digan en Versalles o en el Palacio Real de Madrid?
No solicito una guerra entre reinos. Solicito una patente de corso.
Dadme la comisión para el Merciless II. Si encuentro al Tornado en alta mar, lejos de las aguas territoriales españolas, no será un acto de Estado, sino una escaramuza entre particulares.
La Corona podrá negar mi existencia y la diplomacia podrá seguir su curso sin mancharse las manos de sangre.
Rodney y Hargreaves intercambiaron una breve mirada. El comodoro tomó el sello de bronce con el ancla real y, con un movimiento firme, marcó el pergamino.
—Se os concede una comisión limitada —dijo Rodney—.
Patrulla de protección. Si la encontráis en mar abierto, haced lo que debáis.
Pero recordad esto: el reino de España está buscando cualquier pretexto para recuperar Gibraltar y expulsarnos de las rutas del Pacífico.
Si vuestra venganza personal desencadena un incidente diplomático que obligue a la Royal Navy a intervenir, seréis ahorcado en la Torre de Londres antes de que el sol se ponga.
Sois un corsario independiente. Si falláis, estáis solo.
Antes de que Brent saliera, Rodney lo detuvo con una frase final:
—El odio es un arma de fuego lento. No permitáis que vuestra rabia os haga disparar antes de tener el blanco en la mira.
De regreso en el castillo de Lydd, la biblioteca parecía un lugar distinto.
Brent no buscaba mapas de navegación, sino sombras.
Convocó a dos hombres ante él: un marinero portugués que se movía como una rata por los bajos fondos de Cádiz y un mercader bátavo, un hombre sin escrúpulos que conocía cada cala de la costa onubense.
Los llenó de oro y les dio órdenes que no admitían dudas.
—Quiero saber cada latido de su corazón —ordenó Brent—.
Quiero que averigüéis qué contactos tiene en la corte de Madrid y si el ministro Godoy está protegiéndola como una baza política contra nosotros.
Si la Rosa Negra es un peón en manos de la Corona española, necesito saber quién mueve el tablero.
Los agentes salieron antes de que el sol asomara. Brent, solo en la penumbra, se acercó a la mesa. Sobre el nombre de la Rosa negra, trazó con una pluma una línea de sangre que recorría todo el Atlántico. Escribió en el margen: « Inveniam viam aut faciam ».
Fuera, el Canal de la Mancha rugía con una nueva furia.
El Halcón de Lydd ya no solo vigilaba desde las torres, sino que ahora estaba afilando sus garras, esperando el momento de abalanzarse sobre una presa que, hasta ese momento, se creía intocable.
La partida estaba servida y el precio de la derrota no era solo la vida, sino el equilibrio de poder de todo el continente .