El Halcón y la Rosa CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Hastings, Condado de Sussex, Inglaterra.

El viento del Canal de la Mancha traía un frío que se colaba por las grietas del castillo de Lydd, una fortaleza normanda de piedra vieja y torres cubiertas de musgo.

Fuera, el cielo plomizo prometía una tormenta cercana.

Dentro, en el salón principal, el fuego de la chimenea proyectaba sombras errantes sobre los tapices que decoraban las paredes, escenas de guerras medievales que parecían observar la estancia.

Lady Lisa Morrison, condesa de Lydd, estaba sentada frente al hogar, con las manos entrelazadas sobre un manto de lana.

A sus cincuenta y cuatro años, conservaba una belleza aristocrática y marchita.

Hija de un barón de Plymouth, se había criado entre el olor a brea de los astilleros antes de casarse con James Reiner.

Ahora, consumida por años de miedo, pasaba el tiempo bordando o mirando el horizonte donde el mar gris se perdía con el cielo.

A su lado esperaba Brent, el heredero. Tenía veintisiete años y era la viva imagen de su padre: alto, de hombros anchos, con el cabello rubio, y sobre el cabello el sombrero de oficial de la Marina Real.

Su ojos grises ocultaban una tormenta interior.

Era capitán del Merciless II, el barco que su padre había armado con el oro de sus saqueos, Brent acababa de regresar de las Indias.

Vestía su casaca azul con botones de latón y botas de cuero.

Su silencio era el de un hombre que prefería escuchar el crujido de la madera antes que hablar.

La puerta del salón se abrió con un lamento metálico. El mayordomo, entró con prisa. Llevaba una bandeja de plata con un sobre sellado en rojo y otro papel arrugado que olía a mar.

—Milady —dijo con voz temblorosa—, ha llegado correo de Plymouth. Dicen que viene de Lisboa. Son noticias... del Merciless.

Lisa se puso rígida. Brent cruzó la sala en dos pasos y le arrebató el sobre, tratando de esconder su mano temblorosa.

—¿James? —preguntó ella—. ¿Es una carta de mi señor?

Brent rompió el sello. El papel estaba lleno de manchas de salitre y la tinta, emborronada por la humedad, parecía sangrar. Leyó en silencio con la mandíbula tensa hasta que todo pareció detenerse. Finalmente, le leyó la sentencia a su madre:

« A quien corresponda en el condado de Lydd: soy Thomas Hale, grumete del Merciless.

Fui liberado por la capitana del Tornado, la Rosa Negra.

El Merciless fue apresado. Nuestro capitán, lord James Reiner, murió en combate durante el abordaje.

La verduga declaró que era una venganza por el hundimiento del Divino y la muerte del capitán Pedro Hidalgo de la Rosa.

El cuerpo de mi señor fue llevado a los dominios de La Rosa Negra.

El barco ha sido hundido. Que Dios nos ayude » .

El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el fuego y el aullido del viento exterior que golpeaba los cristales. La esposa, ahora viuda, se llevó la mano al pecho, intentando ahogar un dolor sin nombre. Sus ojos se llenaron de lágrimas que se quedaron heladas en su mirada.

—James... —susurró—. Mi amado James.

Brent dobló el mensaje con una calma que daba miedo. Se acercó al ventanal y miró hacia el sur, hacia esas aguas españolas donde el honor de su familia acababa de romperse.

—Una mujer —dijo con incredulidad—. La Rosa Negra. ¿Cómo es posible? El Merciless era inalcanzable. Mi padre era la ley en el mar.

Lisa se puso en pie apoyándose en el sillón y puso una mano helada sobre el hombro de su hijo.

—Vuestro padre siempre decía que el océano no respeta lealtades, solo voluntades. Pero… ¿quién es esa Rosa Negra?

Brent se giró, con los ojos grises brillando como acero bajo la lluvia.

—El Divino. Recuerdo que mi padre lo mencionó una noche de invierno. Un barco que llevaba suministros para los rebeldes americanos. Esa Rosa Negra ha guardado este rencor durante ocho inviernos para este momento.

Lisa soltó el chal, que cayó al suelo como un sudario.

—¿Y ahora, Brent? ¿Qué podemos hacer? ¿Ir al Almirantazgo? ¿Pedir justicia al Rey?

Brent negó con la cabeza, apretando el puño sobre el mango de su daga.

—Primero, la familia. Debo escribir a Julie. Mi hermana debe saber que nuestro padre ha muerto antes de que los periódicos de Londres conviertan su final en un chisme de taberna.

Brent se sentó ante el escritorio, mojó la pluma en el tintero y escribió una nota breve pero llena de rabia. Al acabar, puso el sello de la familia: un halcón sobre las olas. Llamó al mayordomo.

—Madre, enviad esto a Northumberland. Y otra copia al abuelo en Plymouth —ordenó con voz fría—. Él debe ser el primero en saberlo; sus contactos en el Almirantazgo son poderosos.

El mayordomo se retiró. Lisa se acercó al fuego, estirando sus manos pálidas hacia las llamas, buscando un calor que no le llegaba a los huesos. Había temido tantos años un desenlace así, que ahora, tras suceder, tenía el alma en vilo.

—Brent… ¿qué pasará con el Merciless II? ¿Qué pensáis hacer?

Su hijo la miró con una determinación feroz.

—Mi padre me dejó el mando y la responsabilidad de nuestro apellido.

No dejaré que el nombre Reiner sea una burla en el reino de España.

Si esa Rosa Negra cruzó el Atlántico para vengarse, yo cruzaré el Canal y bajaré hasta su misma puerta para ajustar cuentas.

Y para traer los restos de mi padre a casa.

La madre asintió mientras las lágrimas le rodaban por las mejillas, brillando con la luz del fuego.

—Que el cielo nos guarde —susurró—. Y que el mar tenga piedad de ella cuando llegue vuestro turno.

Fuera, el viento golpeaba los acantilados.

Y días después, la noticia empezó a correr como el agua en un barco agujereado: desde las tabernas de los puertos hasta los salones de Londres.

Los murmullos llenaban las calles. Una mujer pirata española había acabado con un capitán del Rey; el Merciless estaba en el fondo del mar.

En el pecho de Brent Reiner nacía una nueva ambición, pero no buscaba justicia, sino recuperar su honor.

El Canal de la Mancha rugía bajo la tormenta.

Inglaterra, herida en su orgullo de dueña de los mares, rugía también.

La venganza no había terminado; solo se había mudado de orilla, esperando a que llegara el momento propicio para una nueva carnicería .