CAPÍTULO 5 #3
El viaje de regreso fue una procesión silenciosa.
Las costas de Huelva aparecieron entre la niebla: el palacio de los Hidalgo se recortaba contra un cielo plomizo.
La bandera negra con la rosa roja ondeaba orgullosa.
La bodega del Tornado olía a humedad, a vinagre rancio y a de descomposición que ni el aire del mar lograba disipar.
En la penumbra, el bulto encadenado reposaba sobre el lastre, un recordatorio silencioso de que el conde de Lydd ya no era más que carne y huesos destinados a la tierra de los Hidalgo.
Durante los días de travesía, Bella Inés había bajado varias veces a la bodega, no para llorar, sino para asegurarse de que el peso del hierro siguiera sujetando su pasado contra la madera del barco, evitando que el mar se lo robara.
El Tornado fondeó frente a las tierras de los Hidalgo, un lugar donde el mar azotaba los acantilados con la misma furia de siempre. Bella Inés permaneció en la cubierta, envuelta en su abrigo de piel largo hasta lamer las tablas de madera, observaba la costa con una mirada ausente.
Daniel, su hombre de confianza, se acercó a ella con la cautela de quien conoce el peso de los silencios de su capitana.
—El cuerpo está listo, capitana —dijo él, evitando mirar hacia la escotilla de la bodega.
Ella ni siquiera parpadeó. Señaló con el mentón un punto baldío en la colina, un terreno azotado por el salitre donde nada crecía, lejos del cementerio familiar y de los muros del palacio.
—No quiero ni una marca, ni una piedra, ni una oración —sentenció ella, con una voz que no dejaba lugar a réplicas—. En ese campo abierto, donde la tierra es tan dura que los arados la rechazan. Haced que lo entierren allí. Profundo.
Daniel asintió en silencio, señal de que entendía la importancia del encargo. No era solo un entierro, era un destierro definitivo.
—¿Y vos, capitana? ¿Bajareis a presenciarlo?
Bella Inés negó con la cabeza, manteniendo su posición, erguida y distante.
—Ese hombre no merece mi tiempo ni mi presencia. Llevad su carga y dejadla donde no pueda ser encontrada ni recordada. Que la tierra se lo trague como el mar se tragó sin honor al Merciless.
Vio cómo los hombres más bajaban el fardo de lona hacia el bote de desembarco. Los observó subir la colina, cargando el peso muerto del conde de Lydd, hasta que se convirtieron en figuras insignificantes contra el horizonte plomizo.
Tiempo después, Bella Inés bajó a tierra con la cabeza alta.
Siempre que los sirvientes avistaban barco de los Hidalgo, enviaban el carruaje familiar.
Ella se introdujo en el confortable interior, golpeó el techo, y el carruaje comenzó el regreso a su casa.
Como la distancia entre el palacio y el puerto no era mucho, el viaje llevó apena veinte minutos.
Ya en el patio interior, Bella Inés bajó de un salto, la fuente seguía con su sonido eterno.
Subió al despacho de su padre, donde los mapas de las Indias aún mostraban rutas seguras.
Allí, sola con su victoria, dejó el broche de plata sobre la mesa de caoba.
—Padre —susurró con la voz rota—, vuestro honor ha sido vengado.
Fuera, el Tornado descansaba mecido por la marea, un gigante de madera que había sobrevivido a la tormenta.
El botín que habían recuperado del Merciless no solo serviría para aumentar la fortuna de los Hidalgo, también para financiar los largos pleitos por el título nobiliario y asegurar, de una vez por todas, el bienestar y el cuidado que su madre requería.
Sin embargo, mientras el barco se mecía, Bella Inés no sentía el triunfo que esperaba.
Recordó el peso del cuerpo de Reiner contra el suyo, la dificultad de esquivar sus estocadas, la forma en que su propia fuerza flaqueaba ante la técnica de un veterano.
El duelo no había sido la danza perfecta de justicia que imaginó; había sido un forcejeo agónico y sucio, una batalla donde la muerte le había rozado el hombro con demasiada cercanía.
Comprender que no era invencible fue un golpe más duro que la bala que le quemó la piel.
Se asomó a la ventana, observando el Atlántico que rugía ante ella, una inmensa llanura azul oscuro que exigía más de lo que ella había ofrecido.
La Corona española no lloraría a un conde inglés, pero los británicos eran peligrosos y tendrían sed de represalias.
La paz era solo el tiempo que pasaba entre dos tormentas, y la próxima la encontraría diferente.
Bella Inés apretó los puños, sintiendo todavía la vibración del acero en sus dedos.
Necesitaba ser más rápida, más precisa, más letal.
Debía ser la mejor blandiendo el sable, convertir la técnica en una extensión de su voluntad para que, cuando el peligro volviera, no dependiera del azar ni de la temeridad, sino de una superioridad absoluta.
Mañana, se prometió mientras contemplaba el horizonte. Mañana comenzaría el entrenamiento. Mañana volvería a sudar sobre la cubierta, esta vez con la disciplina de quien sabe que su vida es la única garantía de su linaje.