El Halcón y la Rosa CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

El impacto no fue letal, pero el fogonazo y el plomo le quemaron el hombro al pasarle rozando, despojándola del equilibrio.

Bella Inés trastabilló, sintiendo un dolor punzante y caliente que le nubló la vista.

Reiner se abalanzó sobre ella, oliendo a tabaco y pólvora, pero Bella Inés, en un arranque de furia ciega, le lanzó una estocada baja que le abrió el muslo.

Ambos cayeron, colisionando contra el entarimado.

El aire se llenó del crujido de astillas bajo sus cuerpos.

El peso de Reiner era abrumador; él buscó cortarle el cuello con el filo de su sable, pero Bella Inés reaccionó a tiempo y con el mango de su espada le golpeó en la sien con toda la fuerza que le quedaba.

El conde boqueó, perdiendo el aliento, y ella logró zafarse, rodando hacia un lado para ponerse en pie, aunque su respiración era un siseo roto y su hombro sangraba por la bala que la había rozado abriéndole la carne.

Reiner se puso en pie con esfuerzo, tambaleándose, apoyándose en la rueda del timón para no caer.

—¿Por qué no me matáis de una vez? —jadeó, con el rostro desencajado por el dolor de la entrepierna que no le permitía sujetar la espada.

Bella Inés se acercó, arrastrando el sable, la mano le temblaba de agotamiento. Sus ojos brillaban con una humedad amarga.

—Busco vuestra conciencia. Vais a morir por mi padre. Por mi madre, que perdió el juicio el día que lo asesinaron. Y por aquella niña a la que alimentasteis con odio hasta convertirla en vuestra verduga. ¡Moriréis por el capitán Pedro Hidalgo de la Rosa! ¡Moriréis por hundir el Divino!

Reiner bajó la guardia, no por clemencia, sino porque las palabras de ella parecieron fracturar su memoria. Sus ojos grises, antes fríos, se nublaron con un atisbo de reconocimiento.

—Fue una orden, señora —dijo, con una voz que sonó más vieja y cansada—. El Divino llevaba suministros para los rebeldes. Las órdenes del Almirantazgo no admitían espera.

Ella escupió en el suelo, con un desprecio que le quemaba más que la herida del hombro.

—Fue asesinato —lo corrigió Bella Inés con la voz quebrada por el peso de los años de luto—. ¡Mi padre protegía las posesiones del reino de España!

El último movimiento no fue una danza de espadachines, sino un ajuste de cuentas.

Reiner intentó alzar su espada, pero su cuerpo no respondió con la rapidez de antes.

Bella Inés cargó contra él, chocando su cuerpo contra el suyo para desviar el acero inglés.

En el forcejeo, ella se coló en su guardia, hundiendo el sable toledano en su costado.

El acero entró profundo. Reiner abrió mucho los ojos, soltando un gorgoteo de sangre que manchó el broche de plata de ella.

Cayó de rodillas, con las manos aferradas a la hoja que lo mantenía sujeto a la vida.

Ella se inclinó, buscando sus ojos hasta el último aliento, y le susurró al oído con una frialdad que helaba el aire del mar:

—Pedro Hidalgo de la Rosa. Llevad su nombre ante el diablo porque es ahí donde os voy a enviar.

Retiró el sable y Reiner cayó de espaldas, mirando hacia el cielo gris.

El silencio que siguió al último suspiro del conde fue más fuerte que cualquier cañonazo.

Los marineros británicos, agotados y sin capitán, soltaron sus armas.

Los sables y hachas cayeron sobre la madera ensangrentada.

No hubo gritos de victoria, solo el sonido del viento entre los mástiles rotos.

Bella Inés se puso derecha sobre el cadáver. La sangre del enemigo le manchaba la ropa, pero su rostro era una máscara de piedra. Miró a Daniel de Mendaña, que limpiaba su espada con calma.

—Aseguradlo —ordenó—. El cuerpo del capitán será llevado al Tornado. Respecto a los supervivientes… que se rindan dictan las leyes de alta mar.

Daniel asintió y dio órdenes rápidas. Los hombres del Tornado rodearon a los británicos, les ataron las manos a la espalda con cuerdas y los obligaron a ponerse de rodillas junto al palo mayor.

Un joven grumete de apenas quince años, con la cara sucia de hollín, lloraba en silencio mientras la cuerda le apretaba las muñecas.

Bella Inés lo miró un instante; sus ojos no mostraron ni piedad ni odio.

João y Matteo bajaron a las bodegas del Merciless con faroles.

Media hora después, salieron con el botín: fardos de añil protegidos por lonas, barriles de tabaco de Virginia sellados, sacos de café y un cofre de hierro pequeño, pero pesado, lleno de monedas de oro y reales de a ocho, producto de otros saqueos.

—Todo el botín es nuestro por derecho de presa —dijo la capitana con gesto cansado—. Pasadlo al Tornado con cuidado. No quiero que se pierda ni una onza.

Mientras los marineros trabajaban, Bella Inés se acercó al joven Thomas Hale. Se puso a su altura, y el muchacho la miró esperando el golpe. En su lugar, Bella Inés sacó dos monedas de oro y se las dio.

—Llevareis este mensaje a Inglaterra —dijo con voz fría—.

A la familia Reiner o a los lores del Almirantazgo.

Decidles que el Merciless fue capturado por la Rosa Negra.

Que su capitán ha muerto en combate y que su cuerpo vuelve a Huelva para ser enterrado, no como un héroe, sino como el verdugo del capitán  Pedro Hidalgo de la Rosa. La deuda ha sido pagada.

La orden de hundir el Merciless fue inmediata; el orgullo de la Marina Real estaba sentenciado.

Los hombres de Bella Inés, provistos de barrenas, agujerearon el casco bajo la línea de flotación mientras otros prendían fuego a las jarcias.

Las llamas, anaranjadas y voraces, treparon por el velamen embreado como una enredadera de fuego, devorando el cordaje en segundos.

El barco soltó un crujido agónico, una queja de madera vieja y clavos oxidados que cedían ante la presión del océano.

La proa, pesada por el fuego y la entrada violenta del agua, comenzó su descenso al abismo, tragada por un mar que no guarda memoria de los vencidos