El Halcón y la Rosa CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

El humo de la primera descarga aún flotaba entre los barcos como un velo gris y sucio, impregnado del olor a pólvora quemada y madera ardiendo.

El Merciless ya se inclinaba hacia un lado, con el timón destrozado, dando vueltas sin control como una fiera herida que intentaba huir de un cazador más rápido.

En su cubierta reinaba el caos: los marineros corrían con cubos para apagar el fuego, mientras otros arrastraban a los heridos hacia el interior del barco entre gritos y órdenes en inglés que se perdían en el viento.

Bella Inés estaba en la parte alta de la popa, quieta.

La brisa agitaba su capa y le pegaba el pelo a la frente, que brillaba por el sudor.

Sus ojos, fríos, no se apartaban de la figura de madera que decoraba la proa del barco enemigo: una mujer encadenada que ahora parecía aún más destrozada, con astillas colgando de los hombros como si fueran lágrimas.

—¡Cargad con metralla! —ordenó con una voz que se oyó por encima del ruido del combate—. ¡Barred la cubierta! Quiero que limpien las bordas antes de que nos enganchemos.

Mendaña repitió la orden. Los artilleros trabajaron rápido: colocaron clavos, tornillos y piedras sobre la pólvora, apretaron la carga y prepararon los cañones.

A doscientos metros, el Merciless logró estabilizarse un segundo para mostrar su costado y disparar.

Ocho cañones rugieron a la vez. Una bala golpeó la proa del Tornado, haciendo saltar trozos de madera y matando a dos grumetes al instante.

Las astillas volaron como balas y una de ellas rozó la casaca de Daniel, dejándole un corte en el brazo que empezó a sangrar.

Bella Inés no pestañeó.

—¡Fuego a discreción! ¡Fuego!

El Tornado respondió con un trueno que hizo temblar todo el barco. La lluvia de hierro barrió la cubierta británica: los hombres caían como si los segara una guadaña invisible y el mascarón de la proa perdió la cabeza; la cadena rota quedó colgando de su cuello como un collar de vergüenza.

—¡Garfios! —gritó Bella Inés al acercarse—. ¡Preparad el abordaje por los lados!

Los hombres se lanzaron a los bordes del barco, lanzando los garfios de tres puntas con cuerdas gruesas.

Los ganchos se clavaron en la madera del Merciless con un golpe seco.

Tensaron las cuerdas y ambos navíos se unieron con un crujido de madera que sonó como un lamento, balanceándose juntos en una danza de muerte.

—¡Al abordaje! —gritó la capitana—. ¡Por el honor de la Rosa y la memoria del Divino!

La tripulación del Tornado saltó al vacío, una marea de acero y determinación que se estrelló contra la amura enemiga. Daniel encabezaba la acometida por proa con la furia de un vendaval, mientras que João y Matteo, silentes y letales, flanqueaban la retaguardia.

Bella Inés descendió sobre la cubierta del Merciless con la gracia de un depredador.

No saltó como una más; aterrizó con paso firme, sintiendo bajo sus botas el estremecimiento de la madera.

Empuñaba el sable de su padre, una hoja que parecía beberse la luz del sol, y en la otra mano, una pistola cuyo cañón que aun humeaba.

Su pelo, suelto y salvaje, azotaba sus hombros como una bandera de guerra ante la tormenta.

La cubierta era un infierno. El aire sabía a pólvora quemada y a la sal espesa de la sangre derramada en el suelo.

El fragor de la batalla era un ensordecedor choque de metales.

Un soldado británico, acorralado por el pánico, se lanzó contra Bella Inés con un hacha de abordaje, buscando partirla en dos.

Ella ni siquiera parpadeó. Era tanto el odio que la alimentaba que la volvía muy peligrosa y temeraria.

Con una fluidez casi sobrenatural, pivotó sobre sus talones, dejando que el acero enemigo silbara en el vacío antes de hundir su sable, limpio y certero, en el costado del atacante.

El soldado se desplomó sin un grito, ahogándose en su último aliento mientras la vida le abandonaba sobre las tablas manchadas.

Sin perder un segundo, Bella Inés avanzó hacia la popa, sorteando los cuerpos y los restos calcinados de la refriega.

Sus ojos, fríos y centrados, ignoraban el caos circundante para buscar un único objetivo.

El puente del Merciless parecía un escenario olvidado; los defensores, diezmados, se habían atrincherado en la parte más alta, como ratas acorraladas.

Allí, bajo la sombra de la arboladura dañada y junto a la rueda del timón astillada, estaba él.

James Reiner.

Era un hombre alto, con los hombros anchos bajo una casaca azul que el tiempo y el mar habían desgastado.

Su pelo encanecido, empapado de sudor, se le pegaba a la frente, donde una herida abierta le teñía la camisa de rojo.

Sus ojos, grises como el acero, la miraban con una dignidad desesperada.

Sostenía una espada de oficial y una pistola que aún echaba humo.

A su lado, tres hombres formaban un círculo defensivo, heridos y agotados, pero firmes.

Se hizo un silencio repentino en aquel rincón, solo roto por el rugido del mar y los gritos del combate que seguía en la proa.

Bella Inés no se detuvo, apuntando con su pistola al pecho del hombre que había sido su sombra durante ocho años.

Siguió avanzando hacia la popa, sorteando los restos de la batalla.

A cada paso, el humo se disipaba lo suficiente para revelar su figura: era de estatura media, envuelta en un abrigo largo y oscuro que se movía con el viento, apenas permitiendo ver los pantalones de cuero negro que ceñían sus piernas.

Su cabello castaño, alborotado por la refriega, atrapaba la luz cenicienta del incendio y lo transformaba en reflejos cobrizos, como brasas vivas.

Al llegar al pie del puente, se detuvo. Su rostro, de una belleza afilada y altiva, estaba apenas marcado por una fina cicatriz en la mejilla, un trazo pálido que no hacía más que resaltar la intensidad de su expresión.

Reiner la vio surgir de entre las volutas de humo negro.

Lo primero que notó fue el sable español, cuya hoja goteaba una sangre que ya comenzaba a coagularse.

Luego, sus ojos recorrieron el cuero oscuro de su atuendo hasta detenerse en un broche de plata que centelleaba en su pecho, un detalle tan elegante como fuera de lugar en medio de aquella carnicería.

Cuando finalmente alzó la vista y sus ojos se encontraron, Reiner sintió un escalofrío que nada tenía que ver con el frío del mar.

Aquellos ojos, de un tono dorado antiguo, le recordaba a las monedas de bronce enterradas y olvidadas por el tiempo.

Pero no era su color lo que le heló la sangre; era la pureza del odio que ardía en ellos.

Reiner frunció el ceño, desconcertado. Intentó buscar en su memoria algún rastro de ella, un nombre, una cara, una deuda pendiente, pero no la conocía. Aquel odio visceral no era suyo, o al menos no lo era todavía.

—¿Quién sois? —logró articular él, mientras su mano empuñaba más fuerte su propia arma.

Bella Inés no respondió de inmediato. El odio en sus ojos pareció oscurecerse, y la cicatriz en su mentón se tensó con una sonrisa gélida. La pregunta de Reiner, cargada de una extrañeza genuina, solo parecía avivar el fuego que ella portaba dentro.

—¿Quién demonios sois? —volvió a preguntar—. ¿Dónde está el capitán de ese barco?

Bella Inés se detuvo a cinco pasos. A su alrededor, la pelea pareció detenerse; los hombres de ambos barcos se quedaron quietos, jadeando, para ver qué ocurría.

Daniel de Mendaña se puso a su lado, con su espada en guardia, mientras los otros cubrían la espalda.

Bella Inés respondió en un inglés fluido, aunque con marcado acento, hablando con la precisión de quien lleva años preparando un discurso:

—Soy el capitán del Tornado. Y vos sois James Reiner, conde de Lydd, el hombre que hundió el Divino. El verdugo de don Pedro Hidalgo de la Rosa.

Reiner parpadeó. El asombro le cambió la cara: primero duda, luego reconocimiento y, al final, una chispa de ironía.

—¿Una mujer? —susurró para sí—. ¿Todo este despliegue de hierro y sangre… por una mujer despechada?

Bella Inés dio un paso más, sintiendo la sangre bajo sus botas.

—No por una mujer —lo corrigió con los dientes apretados—. Sino por una hija que juró bajo el cielo que os daría caza hasta el fin del mundo.

Reiner soltó una carcajada seca, sin alegría. Miró su cubierta destrozada y la figura decapitada de la proa.

—Todos estos años persiguiéndome un fantasma… y resulta que la sombra era una dama con sable.

—No soy una dama —dijo Bella Inés con voz fría—. Soy la Rosa Negra. Y hoy he venido a cobrar lo que me debéis.

Reiner alzó su espada en un saludo marcial, una burla cínica que le crisparon los nervios a Bella Inés.

—Entonces, venid, Rosa Negra. Terminad vuestro destino.

Los hombres de Bella Inés se posicionaron, ella les hizo un gesto negativo.

Le correspondía a ella enfrentarse al inglés.

Bella Inés se lanzó al ataque. La diferencia fue evidente desde el primer choque: Reiner no solo tenía la técnica de un veterano, sino un peso y una potencia que hicieron vibrar el brazo de Bella Inés hasta casi entumecerlo.

El acero chocó con un chirrido agudo; ella tuvo que retroceder dos pasos, con los dientes apretados, sintiendo cómo el impacto le subía por el hombro.

Él la presionaba, obligándola a ceder terreno.

Reiner, confiado en su superioridad física, lanzó una estocada pesada y directa.

Bella Inés la esquivó, pero no con elegancia, sino dejándose caer casi al suelo, sintiendo el roce del acero en su casaca.

En un movimiento desesperado, lanzó un tajo ascendente que apenas le rasgó el antebrazo.

El conde soltó un gruñido, pero no se inmutó; cambió la espada a la izquierda con una rapidez asombrosa y, sin dudar, disparó su pistola.