El Halcón y la Rosa CAPÍTULO 4
11%

CAPÍTULO 4

El Tornado emergió de la niebla como un barco negro recortado contra el verde de la isla de San Miguel.

Habían bastado catorce días para cruzar el Atlántico, un tiempo excelente para un barco que navegaba ligero.

Al divisar la costa, el Tornado redujo la velocidad y recogió parte de las velas mientras entraba en la bahía.

Desde el mar se veía Ponta Delgada: un grupo de casas blancas con tejados rojos pegadas a la piedra volcánica de la isla.

El puerto era un lugar neutral donde barcos de todos los reinos compraban y vendían sin preguntar de dónde venían.

A nadie le importaba la bandera negra con la rosa roja; solo querían cobrar los derechos de atraque y mirar hacia otro lado cuando veían los cañones asomando por los costados del barco.

Bella Inés estaba en la parte alta de la popa, mirando hacia el puerto con la mano apoyada en la barandilla. El aire olía a algas, a humo y al azúcar de los almacenes cercanos. Vestía de oscuro, con un abrigo de cuero largo hasta los tobillos.

Mendaña se acercó:

—Capitana, el piloto lemán viene de camino. Hay agua suficiente para entrar, pero hay rocas peligrosas por el este.

—Que tiren las dos anclas —ordenó Bella Inés—. No quiero que el barco se mueva. Nadie bajará a tierra sin mi permiso; desembarcaremos cuatro. Los demás se quedan a bordo, y que racionen el ron. No quiero marinos borrachos.

El hombre encargado de guiar los barcos subió a bordo. El Tornado avanzó hasta que el ancla cayó al fondo con un ruido seco. El navío quedó quieto, balanceándose suavemente en el agua.

Bella Inés bajó a tierra con Mendaña y dos hombres más. Bajo sus capas ocultaban cuchillos y pistolas. Entraron en una taberna llamada Âncora partida, un sitio oscuro que olía a cerveza vieja y tabaco. Bella Inés se sentó en un rincón mientras los otros dos empezaban a preguntar.

Media hora después, Mendaña volvió con expresión seria.

—Ha estado aquí. Se fue hace nueve días.

El Merciless: de tres mástiles y la figura de una mujer encadenada en la proa.

Lo capitanea James Reiner. Descargó parte de la mercancía, tomó agua y arregló los cañones.

Dijeron que iban hacia el norte, pero el hombre que los guio escuchó que harían una parada al sur, en la isla de Santa María, esperando buenos vientos para seguir su camino.

—¿Santa María? —Bella Inés sintió un escalofrío—. Eso son dos días de navegación. Si van cargados, los alcanzaremos antes de que lleguen a la isla.

—El tabernero dice que tienen daños en un costado —añadió el otro hombre—. Quizás fue una pelea reciente. No es grave, pero les hace ir más lentos. Su tripulación parece cansada.

Bella Inés terminó su vino de un trago.

—Volvemos al barco. Zarpamos al atardecer. Rumbo sur. Si están en Santa María, allí encontrarán su final .

***

Al amanecer del día siguiente, el grito del vigía rompió el silencio:

—¡Vela a la vista! ¡Tres palos! ¡Rumbo noreste! ¡A dos leguas!

Bella Inés subió a la parte alta del mástil con la agilidad de un gato, descalza y con el pelo trenzado. El catalejo vibró en sus manos cuando enfocó la figura lejana que cortaba el horizonte. Allí, bajo la luz de la mañana, se encontraba su obsesión. El Merciless. Inconfundible, imponente y letal.

El barco enemigo se veía como una mancha de tinta sobre el mar, con tres mástiles altos y las velas infladas por un viento suave.

Su casco, negro con adornos dorados ya desgastados, exhibía en la proa la figura de una mujer encadenada que parecía pedir auxilio.

Los daños eran evidentes: tablones astillados y un gran agujero arreglado con prisas.

Navegaba lento y con los mástiles desordenados, como si hubiera sufrido peleas recientes.

Bella Inés bajó al puente con la mirada fría, pero los ojos encendidos.

—Es él, Daniel. El Merciless. Va cargado, está herido y es vulnerable.

Mendaña, con el catalejo fijo, calculó la distancia.

—Dos leguas, capitana. Con este aire, los alcanzaremos antes del mediodía.

Bella Inés asintió con dureza.

—A por ellos. Dadles todas las velas. Que los artilleros preparen los cañones de estribor; cargad con bala y metralla para el combate cercano. No disparéis hasta que estemos a tiro de pistola. Quiero que nos vean venir; que sepan que el destino ha venido a buscarlos.

El Tornado aumentó la marcha. Los cabos vibraban bajo la tensión y la proa levantaba una espuma blanca. Los hombres trabajaban en silencio: cargaban los cañones, preparaban la pólvora y dejaban todo listo para el choque.

A las diez de la mañana, estaban a una legua de distancia. El Merciless, al verse amenazado, intentó girar para escapar, pero su casco dañado y la carga pesada lo frenaban. Bella Inés ordenó con voz clara:

—Girad a estribor. Cerradles el paso. Que no tengan escapatoria.

El Tornado se inclinó con elegancia, ganando terreno. A media legua, el Merciless disparó un cañonazo desde su popa; la bala cayó corta, levantando agua. Bella Inés sonrió sin piedad.

—Dadles réplica. Solo con el cañón de proa. Que entiendan que hemos venido a cobrar una deuda.

El artillero disparó. El humo blanco envolvió la proa del Tornado. La bala silbó y arrancó trozos de madera del palo mayor del enemigo, provocando gritos de pánico. El Merciless intentó huir hacia el sur, pero el barco de Bella Inés ya los tenía atrapados.

A poca distancia, Bella Inés dio la orden final:

—¡Preparad los cañones de estribor! ¡A mi señal!

Las bocas de los cañones asomaron por los lados. El aire olía a pólvora y sudor. El Merciless disparó sus cañones: uno rompió una vela del Tornado con un chasquido fuerte y un marinero cayó al suelo gritando.

Bella Inés alzó la mano, firme ante el peligro.

—¡Fuego!

El Tornado rugió. Diez cañones dispararon al unísono.

El barco se sacudió y el estruendo pareció romper el cielo.

Los disparos dieron en el blanco: dos nuevos agujeros se abrieron en el costado enemigo, la parte trasera del barco saltó en pedazos y una bala rompió el timón.

El Merciless empezó a dar vueltas sin control.

—¡Recargad con metralla! —gritó Bella Inés—. ¡Acercaos para el abordaje!

El Tornado avanzó imparable. El enemigo intentaba defenderse, pero su timón roto los traicionaba. A trescientos metros, Bella Inés miró fijamente la figura de la mujer encadenada en la proa enemiga.

—James Reiner —susurró con odio—, mi padre se llamaba Pedro Hidalgo de la Rosa. Guardad su nombre, porque es lo último que vais a escuchar.

Los dos barcos se preparaban para el choque final. El mar, antes tranquilo, era ahora un campo de batalla lleno de humo. La cacería había terminado; empezaba el combate a muerte .