CAPÍTULO 3
El alba despuntó del color de la ceniza, envuelta en una bruma que se adhería a los muelles como el humo de una andanada de cañones.
Las campanas de la Concepción tañían a lo lejos, amortiguadas por el vapor de la ría.
Bella Inés de Hidalgo y Guzmán bajó del carruaje con paso firme; su capa de paño negro ondeaba sobre los hombros y sus botas de montar marcaban un ritmo severo sobre la madera húmeda del espigón.
No necesitaba escolta. El Tornado aguardaba amarrado en el extremo de la estacada, una silueta formidable: tres mástiles, el casco azabache con una cinta carmesí y, en la proa, un mascarón que representaba una rosa erizada de espinas de hierro forjado.
Daniel de Mendaña supervisaba los preparativos en el alcázar.
Los hombres —cuarenta y ocho sombras con casacas de lana ruda y tricornios calados— se movían sin estrépito: estibaban pólvora, tensaban obenques y trincaban las cureñas de los cañones.
Reinaba un silencio solemne; la marinería presentía que aquella singladura no buscaba añil ni especias, sino que exhalaba un aroma a salitre y a una deuda de sangre.
Bella Inés subió por la pasarela. Sintió bajo sus pies el balanceo del barco, una criatura viva. Acarició la proa, saludando a su montura de madera y lona. Mendaña se le acercó, inclinando la cabeza.
—Todo listo, capitana. La marea empieza a subir y sopla un viento fresco del noroeste. Izaremos velas en cuanto rebasemos la barra.
Ella asintió, escrutando la arboladura: las gavias y el foque estaban listos. Dirigió su mirada a la dotación, congregada en la cintura del barco.
—Escuchadme bien —sentenció con voz clara—.
No partimos para mercadear. Partimos a cazar.
El Merciless navega rumbo a las Azores; hundió al Divino y acabó con la vida de mi padre.
Es el mismo navío, y, la misma nereida encadenada, luce en su proa.
Lo apresaremos. Lo mandaremos al abismo.
A su capitán lo traeremos entre hierros: vivo si tiene a bien rendirse; muerto si se atreve a oponer resistencia.
Se hizo un silencio absoluto, solo perturbado por el lamer del agua contra el casco.
—Quien desee desembarcar, que dé un paso al frente ahora —continuó Bella Inés—. No habrá deshonor ni reproche; percibirá su haber y podrá marcharse en paz. Pero, una vez que hayamos largado las amarras, no habrá retorno. El que permanezca a bordo jurará conmigo: el Merciless arderá.
Nadie se movió. El compromiso estaba sellado en la cubierta del Tornado.
—Entonces —ordenó ella—, izad mi pabellón.
Un marinero corrió hacia la popa. Una bandera negra ascendió lentamente; no lucía emblemas reales, solo una rosa rojo sangre sobre fondo negro. Su declaración de guerra.
Daniel dio la voz:
—¡Largad amarras! ¡Acuartelad el foque! ¡Izad la mayor!
El Tornado se separó del muelle con una majestuosidad sombría. El viento prendió en la lona con un estampido seco y la madera cantó bajo la presión. Bella Inés se situó en el alcázar, con una mano en la caña del timón, sintiendo la fuerza del mar.
—Rumbo noroeste, cuarta al norte —dictó—. Las Azores. Al sur de San Miguel le daremos el encuentro.
Mendaña anotó el rumbo.
—Con estos aires, en doce jornadas avistaremos las islas.
—Él navega pesado, con la quilla hundida por el tabaco y el añil. Nosotros volamos.
Bella Inés fijó su mirada en el horizonte. La bruma se retiraba, dejando un Atlántico infinito.
—Cuando lo tenga a tiro de cañón —murmuró—, le haré saber el nombre de mi padre antes de que el hierro hable. Quiero que su última conciencia sea el motivo de su fin.
Daniel no replicó. El Tornado aceleró. La costa de Huelva se desvanecía; el Palacio de la Rosa no era ya más que una sombra remota en la distancia.
Bella Inés alzó el rostro y recibió el azote de la espuma.
Tenía la sal en los labios y un odio puro, decantado por los años, en el pecho. La cacería había comenzado .
***
El Tornado hendía el Atlántico con su proa afilada, dejando a su paso una estela de espuma blanca. Habían pasado diez jornadas de singladura. El océano, inmutable y soberano, no era ni aliado ni enemigo, sino el abismo.
Bella Inés permanecía en el alcázar, donde el viento silbaba entre la jarcia como un lamento.
No necesitaba gritar órdenes; su sola presencia, erguida y vigilante frente a la rueda del timón, era suficiente.
Daniel de Mendaña era quien traducía esa voluntad en los rugidos que hacían vibrar la cubierta: «¡Virad por avante!
¡Templad las escotas!». La dotación obedecía al instante.
Los grumetes trepaban por la arboladura con la agilidad de los gatos, los marineros de proa izaban las velas con manos curtidas por la sal, y los artilleros, en una coreografía ensayada hasta la saciedad, engrasaban las cureñas de las piezas de a dieciocho.
El oro de Bella Inés era la cadena que los unía, pero la lealtad férrea de Mendaña era el yugo que mantenía el orden bajo sus pies.
Cuando el Tornado se estabilizó en su rumbo y el navío cortó las olas con precisión matemática, Bella abandonó la cubierta.
Se retiró a la cámara principal, un aposento austero con mamparos de roble donde la única concesión al lujo era una lámpara de aceite que oscilaba con el vaivén del buque.
Allí, sobre la mesa clavada al suelo, trazaba la derrota.
Su pluma se deslizaba por el pergamino náutico mientras calculaba la deriva según las corrientes del golfo.
Mendaña entró poco después sin anunciarse, con el paso firme de quien conoce cada crujido del barco.
Se sentó frente a ella e informó con brevedad: la guardia estaba relevada, el barómetro se mantenía estable y el horizonte permanecía limpio.
Bella apenas levantó la vista, escudriñando los mapas, y preguntó por lo esencial: la profundidad de la sonda, el estado de la pólvora seca y el inventario de las raciones.
Él respondió con la precisión de un cronómetro.
En la penumbra de aquel camarote, rodeados por el murmullo del mar contra el casco, ambos dejaron de ser capitana y lugarteniente para convertirse en una sola voluntad.
La vida a bordo fluía con el ritmo cíclico de la campana.
Al alba, el chifle convocaba a los hombres, que baldeaban la cubierta con agua salobre hasta que la madera relucía.
Durante la guardia diurna, los vigías de la cofa escudriñaban el mar en busca de una vela o un rastro de humo.
Bella Inés, desde el alcázar, perseguía la visión de la nereida encadenada.
Daniel patrullaba la cintura del navío, corrigiendo cabos o castigando con la mirada a cualquier rezagado.
Al atardecer, sobrevenía una calma tensa. Algunos marineros entonaban chanzonetas; voces roncas sobre el rasgueo de una vihuela. Bella Inés no participaba. Permanecía con Mendaña debatiendo tácticas: cómo ganar el barlovento o cómo trabar la jarcia enemiga con los garfios.
—Si el Merciless navega cargado, lo flanquearemos por la aleta —decía él.
—Lo flanquearemos y lo mandaremos al abismo —sentenciaba ella.
La noche traía el fulgor de las lámparas de aceite y un silencio roto solo por el crujir de las cuadernas, que sonaban como costillas de ballena bajo la presión del abismo.
Bella Inés apenas descansaba. En sus sueños, el Merciless ardía; las llamas florecían como rosas de fuego sobre el agua.
Despertaba siempre con el apellido Reiner amargándole los labios.
La galerna los alcanzó al duodécimo día. El cielo se tornó negro como tinta de sepia.
—¡Arriad la gavia! ¡Aferrad el velamen! —rugía Mendaña.
Los hombres corrían empapados, asegurando los cabos bajo el azote del temporal.
Bella Inés se mantuvo en el alcázar, aferrada al pasamanos, con la ropa pegada al cuerpo.
No intervenía; aquel era el reino de Mendaña.
El Tornado emergió de la furia intacto, con los lienzos rasgados que remendaron al primer rayo de sol.
Bella Inés sentía que el pulso del mar se aceleraba al unísono con el suyo. Su odio se superponía en capas: la rosa sobre la nereida, el padre sobre el verdugo. Mendaña lo advertía en el brillo de sus ojos, pero guardaba silencio. Solo preparaba el acero.