El Halcón y la Rosa CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

El carruaje avanzaba hacia el cerro de la Concepción.

Una polvareda amarillenta se adhería a las ruedas como una costra.

Bella Inés vestía luto riguroso: sin más adorno que el broche de plata con forma de rosa y ancla que había pertenecido a su padre.

Llevaba el velo recogido, pues quería que el aire salobre le azotara el rostro.

Aquel día, el mundo debía ser testigo de su determinación.

El hospital de San Juan de Dios era un edificio de muros de cal carcomidos por el salitre y techumbres de teja árabe que cedían bajo el peso de los años.

En su interior, el aire estaba viciado: olía a humedad, a hierbas amargas para disipar los miasmas y a orines viejos.

Los pasillos devolvían el eco de gemidos sordos y risas vacías.

Bella Inés entró sin anunciarse. El hermano portero, al verla, inclinó la cabeza y dijo: «Que la Santísima Virgen os ampare».

Ella no respondió. Subió la escalinata, que crujía bajo sus botas, hasta el pabellón de damas.

Al fondo, la puerta de roble. El fraile le entregó la llave con la mano temblorosa.

Doña Clara estaba sentada frente a la ventana enrejada, con la mirada fija en el horizonte donde el océano se fundía con el cielo.

Sus cabellos, antaño negros, eran ahora una masa blanca y descuidada.

Vestía una camisola de lienzo rústico manchada de comida.

No se inmutó al oír el gozne y habló con voz quebradiza, casi pueril:

—La rosa no crece si el mar la inunda. La rosa se marchita... sin remedio.

Bella Inés se arrodilló a sus pies y tomó una de aquellas manos huesudas, frías como el nácar. Clara no la rechazó; permanecía inerte en su palma.

—Madre —susurró Bella Inés.

Clara volvió el rostro con lentitud. Sus ojos, nublados por una opacidad vidriosa, mostraron un destello fugaz antes de apagarse.

—El capitán retornará. Don Pedro ha de volver de las Indias… Traerá cacao y perlas. Perlas finas para mi niña.

Bella Inés sintió un nudo de hierro en la garganta.

No permitió que una sola lágrima asomara; el llanto se le había secado ocho inviernos atrás.

Tenía motivos para odiar al inglés. No solo le había arrebatado a su padre, también a su madre, pues, aunque estaba viva físicamente, su mente había muerto el mismo día que su esposo.

—Mi padre no ha de volver, madre. Pero yo sí. Regresaré por vos.

Clara esbozó una mueca desdentada que heló la sangre de su hija.

—El mar se lo cobró. El Merciless se lo llevó. Reiner… Reiner… Reiner.

Aquel nombre brotó de sus labios como un conjuro. Bella Inés sintió el pulso martilleándole en las sienes

Se puso en pie, besó la frente de pergamino de su madre y abandonó la estancia. En el pasillo, el religioso aguardaba.

—¿Cuánto tiempo le resta, hermano?

—Los médicos aseguran que no verá el fin del invierno —respondió el fraile, sin alzar la vista—. El cuerpo resiste por milagro, pero el juicio… el juicio se rindió a la sombra hace tiempo.

Bella Inés descendió y subió al carruaje. Una vez dentro, sacó de su jubón un mensaje recogido en La Habana. Las palabras subrayadas en ceniza ardían ante sus ojos:

« Merciless avistado en la costa de Florida. Rumbo nordeste. Regreso a Gran Bretaña. Escala probable en las Azores. Capitán James Reiner al mando. Dotación mermada. Vulnerables al sur de las islas ».

Diez años de vigilia. Diez años de cartas náuticas, sobornos y estudios de los vientos alisios. Por fin, una ruta trazada, una prueba fehaciente.

El carruaje viró hacia los muelles. Bella Inés contempló a través del cristal el Atlántico, se veía sereno bajo el sol.

—Os hallaré, Reiner —murmuró—. Y, cuando lo haga, el Merciless será pasto de las llamas.

Aquel juramento fue una sentencia. El carruaje comtinuó hacia el puerto. Hacia la fragata Mandoble. Hacia la cacería .

***

Bella Inés mantenía la mirada en el horizonte. El hospital quedaba atrás, pero el eco del apellido Reiner aún resonaba en su pecho. Ahora, más nítido. Más inminente.

El Palacio de la Rosa se erguía al final de la calle empedrada.

Su fachada de cantería oscura, curtida por el salitre, lucía ventanales con herrajes que emulaban olas.

En el centro, el blasón: una rosa sobre un mar embravecido, con anclas cruzadas y el lema erosionado: Rosa sine spina, mare sine fine .

En su interior, la construcción no guardaba el refinamiento de la corte, sino la dureza de una plaza fuerte: panoplias de aceros toledanos, arcabuces de culata labrada y un pequeño cañón de bronce al pie de la escalera señorial.

Bella Inés entró con paso firme. El anciano mayordomo inclinó la cabeza y dijo: «Sed bienvenida, señora».

Ella se dirigió al gabinete de su padre.

Sobre la mesa de caoba maciza había mapas, una brújula de latón y un catalejo.

Allí estaba Daniel de Mendaña que, con cuarenta y cinco años, era un hombre enjuto, curtido por el sol de ambos hemisferios.

Sus ojos oscuros tenían la fijeza de quien ha mirado a la muerte más de una vez.

Huérfano, desertor de la Real Armada y superviviente de naufragios en el Caribe y el océano Índico, conocía las corrientes del Atlántico como las líneas de su mano.

Para él, Bella Inés no era una dama de la nobleza, sino la capitana que salvaba el barco en medio de la galerna cuando los demás se encomendaban a Dios.

Se puso en pie y la saludó con una inclinación castrense.

—Capitana.

—Daniel.

Ella tomó asiento, con la calma gélida de quien sabe que el destino se moldea con oro y voluntad. Daniel de Mendaña, con la parquedad de un veterano, deslizó un pliego sobre la mesa de caoba.

—El barco está listo, capitana. Será como un rayo en el agua —anunció con un brillo de orgullo en los ojos—. Es significativamente más ligero que el Aurora de la Rosa y, me atrevería a decir, más ágil que cualquier navío de la Marina Real británica.

Bella Inés recorrió el pliego con la mirada, deteniéndose en los detalles técnicos.

Sabía que aquel diseño no era fruto del azar: Julián de Pacheco, en su incansable labor de sombra, había localizado y contratado a un maestro constructor inglés que, por una suma de doblones tan desorbitante como escandalosa, había renunciado a su lealtad a la Corona inglesa para crear aquella obra de arte.

El Tornado era su respuesta al peso del pasado.

Ella había exigido ligereza, velocidad, la capacidad de golpear y desvanecerse, y gracias a la eficacia absoluta de su secretario —quien ejecutaba cada encargo suyo con precisión militar—, la nave estaba lista.

—El casco ha sido calafateado con las mejores resinas —continuó Mendaña, señalando las notas sobre la estructura—, la jarcia ha sido revisada palmo a palmo y la pólvora descansa seca en barriles sellados. Tenemos víveres para noventa días y cuarenta y ocho hombres de probada lealtad… o casi todos.

Bella Inés cerró el pliego y dejó que un atisbo de sonrisa tensa dibujara sus labios. El Tornado ya no era solo un barco; era la culminación de su estrategia, la herramienta definitiva para que la Rosa Negra pudiera moverse por el Atlántico como una sombra letal.

Bella Inés enarcó una ceja.

—¿Casi todos?

—He despedido a dos. Ricardo Sánchez y Felipe Castro por insubordinación. Sánchez andaba diciendo por cubierta que no acataría órdenes de una «rapaza». Los desembarqué esta mañana sin haberes. Les advertí que, si se acercan de nuevo al Tornado, los entregaré al corregidor por deserción.

Bella Inés asintió.

—Obrasteis con acierto.

—He cubierto sus puestos con dos grumetes que se portaron bien en la ruta de Barbados. Jóvenes y fuertes. La marinería ha comprendido el escarmiento; nadie cuestionará vuestra autoridad.

Bella Inés recorrió con el dedo la silueta del navío dibujada en el papel. Tornado. Un nombre que no era capricho, sino destino: aquel barco sería la tempestad que devoraría al Merciless.

—¿Alguna novedad más, Daniel?

—Mi señora, lo más importante: viento de bolina favorable para zarpar al alba.

Marea alta a las cinco. Pondremos rumbo a las Azores.

Si la información obtenida y pagada con oro es cierta, le daremos caza al sur de San Miguel.

Él navega con la quilla pesada; nosotros vamos ligeros, veloces como el azor.

Bella Inés cerró los ojos un instante. Imaginó el abordaje: las velas negras recortadas contra un cielo de ceniza, el estruendo de los cañones y el mascarón del Merciless —aquella nereida encadenada— saltando en astillas bajo su fuego.

El capitán Reiner en el alcázar, espada en mano. Rostro contra rostro.

—Apruebo vuestras disposiciones, Daniel. El Tornado es nuestra mejor baza.

Mendaña inclinó la cabeza.

—Navegaré con vos hasta el fin, capitana. Hasta que el Merciless sea hundido en el fondo del océano.

Bella Inés se encaminó al ventanal. Abajo, el mar se extendía, negro y silente, bajo el cuarto creciente de la luna.

—Mañana, con la primera luz —dijo sin volverse—. Prevenid a los hombres. Esta singladura no es de comercio, sino de caza.

—Así se hará.

Daniel de Mendaña se retiró. Bella Inés permaneció junto al cristal.

El reflejo le devolvía una mirada fría y una mandíbula tensa, marcada por la fina cicatriz de un cabo quebrado en alta mar.

Ya no era la niña de catorce años. Era la Rosa Negra.

James Reiner ignoraba que su hora estaba escrita en sangre .