El Halcón y la Rosa CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

Diez inviernos habían esculpido en Bella Inés una silueta de aristas afiladas.

A sus veinticuatro años, la severidad de su mirada le otorgaba una dureza intemporal.

El velo de luto infantil se había transformado en un corbatín de seda negra, el único vestigio de la niña que había jurado venganza en aquel patio.

El palacio de la Rosa, antes su hogar, se había convertido en su centro de mando: una estructura de archivos y cartografía, y un astillero privado donde el aroma a brea reemplazaba al incienso de su infancia.

La herencia de don Pedro llegó intacta a sus manos gracias a Julián de Pacheco, su incansable secretario.

Julián no era un empleado cualquiera, era hijo de uno de los orfanatos que su padre había fundado.

El marqués lo había sacado de la miseria, pagándole los estudios y proporcionándole un techo digno bajo su protección.

Aquel hombre, que recordaba la bondad del difunto marqués con una devoción casi religiosa, consideraba la tragedia de la familia Hidalgo como una afrenta personal.

Por ello, había jurado ante la tumba de su protector defender los derechos de Bella Inés contra la voracidad de la Corona, protegiendo su patrimonio y tejiendo una red de subterfugios legales que mantenía a raya a los emisarios reales.

Gracias a su pericia y al uso constante de doblones, el título de marqués de Valdeazores, que el Estado intentaba arrebatarle por falta de varón, pendía de un hilo legal que Bella Inés mantenía tenso con la paciencia de un depredador.

El resto de la herencia, sin embargo, ya era un imperio soberano: caudales en Sevilla, acciones de la Casa de Contratación y tierras en Cádiz que Julián administraba con celo férreo.

Mientras tanto, ella aprendió el oficio en el mismo puerto en el que el Divino ya no volvió.

Contrató a maestros expertos: un oficial cartagenero, un artillero genovés proscrito y un contramaestre lusitano que blasfemaba en nueve tres lenguas.

Le enseñaron a usar el sextante y las cartas esféricas, y a interpretar el viento en la espuma.

La joven subía a la arboladura descalza, con el brial arremangado y el cabello en una trenza tensa, y trabajaba codo con codo con los grumetes.

Sus manos se llenaron de callos y sus uñas se rompieron contra la jarcia, pero a ella no le importaba: el mar ya no era una distancia, sino un instrumento de guerra.

Reclutó a su tripulación con ojo de verdugo.

Buscó corsarios retirados y desertores con precio sobre sus cabezas, hombres que entendían la lealtad como un contrato pagado en oro y ron de contrabando.

La apodaron «La Rosa Negra» en los tugurios del Mediterráneo y de La Habana, pero nadie se atrevía a repetir el apodo en voz alta en su presencia.

Como la Corte jamás habría concedido una patente de corso a una dama para atacar navíos ingleses en tiempos de paz, Julián de Pacheco maniobró en las sombras de la burocracia.

Actuando como armador y representante legal de una próspera compañía de comercio marítimo, fue él quien registró los contratos de construcción y las licencias de navegación, manteniendo el nombre de Bella Inés lejos de cualquier sospecha.

Bajo el pretexto del libre comercio, su primer bergantín, el Aurora de la Rosa —con sus velas negras ribeteadas en carmesí que ocultaban una andanada de cañones de dieciocho libras bajo una apariencia comercial—, salió a la mar como un carguero más.

Julián de Pacheco expandió esta fachada hasta constituir una flota, sumando la fragata ligera Mandoble a sus operaciones.

Oficialmente, transportaban especias, sedas y marfil desde las rutas más remotas; en la práctica, los libros de cuentas que el secretario presentaba ante los inspectores de aduanas eran obras maestras de la falsificación.

Gracias a su pericia, la fortuna que Bella Inés acumulaba crecía inmensa y herética, protegida siempre por el velo legal de un secretario que, ante el mundo, era el único y legítimo dueño de aquella flota, mientras que, en la realidad, él no era más que el fiel guardián de la venganza de su señora.

Parte de su tesoro financió una plantación en La Española: La Hacienda Guzmán, un nombre que su madre, recluida en el palacio y sumida en la demencia, ya no reconocía. Bella Inés la visitaba a menudo, soportando el silencio de sus delirios, sin esperar ya consuelo.

Pero su fuerza no era el lucro. Merodeaba por los pasos de las Antillas y el canal de las Bahamas, comprando voluntades y sobornando a los guardacostas. Buscaba al Merciless. Buscaba al capitán James Reiner.

Una noche, frente a la isla de Tortuga, un viejo bucanero le habló de un encuentro reciente: el Merciless había apresado un galeón, desembarcado a la tripulación y reducido el casco a cenizas.

Lo mismo que había hecho con el Divino, salvo que, en ese encuentro, el capitán inglés no perdonó a la tripulación ni a su padre.

—Reiner no mata por placer —sentenció el hombre—, sino por costumbre. Bella Inés esbozó una sonrisa gélida y dijo:

—Una costumbre malsana que pienso quebrantar.

De regreso en Huelva, desplegaba mapas robados sobre la mesa de caoba de su padre.

El Merciless era inconfundible: tres palos, aparejo de cruz y una nereida encadenada como mascarón.

Los alfileres sobre los mapas marcaban el camino hacia su presa.

El odio, afilado como el acero toledano, ya no gritaba; era una presencia constante y gélida.

El mar rugía, pero ahora quien dominaba la marea era ella.

La Rosa Negra navegaba e, ignorante, James Reiner se dirigía hacia el encuentro con su propia muerte en algún confín del horizonte .