El Halcón y la Rosa
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PRÓLOGO
El cortejo fúnebre avanzaba con morosa solemnidad por las calles empedradas de Huelva.
Bajo un cielo de plomo que exhalaba un hálito de salitre y vieja pólvora, el aire estaba cargado, casi irrespirable.
Sobre los hombros de ocho marinos de la Real Armada descansaba el féretro de don Pedro Hidalgo de la Rosa, marqués de Valdeazores y capitán del Divino.
Sobre la madera, el pabellón de su Majestad, con el león y el castillo primorosamente bordados en hilo de oro, parecía custodiar su postrer viaje.
Tras ellos, un piquete de infantería marchaba con las armas a la funerala y el redoble lúgubre de los tambores ahogaba el rumor distante del muelle, aquel lugar donde su padre siempre encontraba la vida.
Seguían la formación capitanes y tenientes de navío luciendo sus casacas de vueltas carmesíes y tricornios ladeados en señal de un luto que les pesaba tanto como el hierro de sus espadas.
La multitud, conmovida, se abría a su paso en un silencio sepulcral: damas cubiertas con mantillas de encaje negro y caballeros que, con la cabeza descubierta y el rostro ensombrecido, rendían su último tributo al difunto.
Al llegar al cementerio, el silencio se rompió con las salvas de mosquetería: tres descargas cerradas que resonaron contra los muros de piedra como el eco de batallas pasadas.
Eran los honores debidos a un marino de su talla.
Bella Inés, con apenas catorce años, caminaba con el rostro oculto bajo el velo y la mano febrilmente asida al brazo de su madre.
El ataúd le parecía un bajel en miniatura que navegaba por última vez hacia el puerto definitivo de tierra firme.
En su memoria, las llegadas de su padre permanecían nítidas: el Divino embocando la ría con el velamen recogido y las bodegas cargadas de plata del Potosí, cacao y añil, mientras el clamor de la marinería anunciaba las riquezas de Ultramar.
Ella corría hacia el muelle con las faldas al viento, mientras doña Clara la esperaba en el balcón del palacio con el rostro iluminado y las manos entrelazadas en oración.
Don Pedro descendía con la barba endurecida por la sal e impregnado del aroma a brea y brisa del Caribe, y la alzaba en vilo.
«Mi rosa del escudo», le susurraba con voz quebrada por el afecto.
Entonces, el hogar era un alcázar inexpugnable; las ausencias eran largas, sí, pero los regresos llenaban la casa de risas, de crónicas de tormentas superadas y de galeones defendidos de la codicia de los corsarios ingleses.
Pero ahora, el océano se lo había cobrado todo.
En el recinto sagrado, junto a la capilla de la Virgen Bella Inés Coronada —cuyo nombre llevaba la joven—, el capellán entonó un responso breve y solemne.
El piquete presentó armas, sonó la Marcha Real y, tras la descarga final, la tierra sepultó la madera con un golpe seco que marcó el fin de una era.
Bella Inés no derramó ni una lágrima: el llanto se había agotado en sus ojos desde que recibió la infausta noticia.
Solo percibía un vacío que, como una marea creciente, inundaba su espíritu; una sensación de ahogo que le recordaba la profundidad de las aguas que ahora reclamaban a su padre.
Al regresar al Palacio de la Rosa, cuya fachada de cantería oscura se reformó un siglo atrás, se alzaba imponente con su escudo heráldico —una rosa entrelazada con anclas—, cuyo lema en latín ya era casi ilegible por la carcoma del tiempo y el salitre.
El patio interior, de trazado mudéjar y fuente rumorosa, contrastaba con las estancias superiores, donde tapices deslucidos y retratos de hidalgos con ruanas y espadas reinaban en un silencio sepulcral.
Doña Clara, recluida en sus aposentos, hilvanaba frases sin sentido con la mirada perdida en la inmensidad del Atlántico.
Los médicos habían dictaminado que su enajenación era ya absoluta y aconsejaron privarla de la amargura del sepelio para evitar que la realidad terminara de quebrar su cordura.
Bella Inés buscó refugio en la galería alta.
Bajo sus pies, en el salón principal, los veteranos del Divino y los oficiales de la Armada departían mientras tomaban copas de jerez.
Con las voces veladas por el humo del tabaco y la tristeza, alababan la valentía del capitán y contaban cómo había maniobrado contra los elementos y cómo había protegido el convoy hasta el último cañonazo.
«No arrió bandera. Combatió hasta que el casco se hendió como una cáscara de nuez», afirmaba uno con orgullo herido.
Otro añadió con amargura: «El Merciless surgió de entre la bruma.
James Reiner estaba al mando, el conde de Lydd, según dicen.
Hundió al Divino sin mostrar clemencia».
Bella Inés se inclinó sobre la balaustrada, oculta en la penumbra.
Aquel nombre se le grabó en el pecho como una marca de hierro candente: James Reiner.
El Merciless. El verdugo. El inglés que había segado la vida de su progenitor y demolido los cimientos de su mundo.
Desde su más tierna infancia había sentido desdén por el mar, pues no era más que distancia, cartas que tardaban en llegar y noches de angustia esperando un regreso que, a veces, se hacía esperar demasiado.
Pero ahora el mar no era solo distancia, sino el enemigo. El asesino.
Descendió la escalinata con sigilo y se detuvo ante el umbral del salón.
Los marinos continuaban su conversación, ajenos a su presencia: «Reiner comanda con audacia impía.
Ha jurado saquear todos los pabellones españoles que encuentre».
Bella Inés cerró los ojos y un nuevo propósito arraigó en su interior, una determinación que desplazó al duelo.
La venganza dejó de ser una quimera para convertirse en un juramento sagrado.
Salió al patio, donde la luz de la luna hería el escudo de la fachada.
Allí, en la quietud de la noche, juró dar caza a aquel marino inglés, conducirlo ante la justicia o, si el destino así lo exigía, ajusticiarlo con sus propias manos.
No importaría el sacrificio. Su odio era ahora un diamante: puro, absoluto e inmaculado.
El viento del Atlántico se coló por las rejas, trayendo consigo aromas de algas y promesas rotas. Bella Inés alzó el rostro desafiante. El mar rugiría con fuerza, pero ella, Bella Inés de Hidalgo y Guzmán, rugiría más fuerte todavía .