El halcón de Dargath (Los hijos de Morvenna 2) CAPÍTULO 41
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CAPÍTULO 41

Dargath celebra el final de su guerra de diez años con una fiesta en el patio, y es Torcall, con dos jarras de hidromiel encima, quien me regala sin saberlo la última verdad de este libro.

La fiesta es de las buenas: hogueras, el herrero tocando un caramillo que nadie sabía que tenía, la cocinera repartiendo empanadas como quien reparte indultos, y el clan entero respirando por primera vez en un año sin mirar las lindes.

Hay baile, y apuestas, y el relato del paso estrecho contado ya seis veces y cada vez con más arqueros, y un brindis de Domhnall por «el cielo de Dargath, que nos vigila y nos quiere», que el patio entero corea mirando hacia arriba aunque arriba no haya esta noche más que estrellas, porque la moteada, oficialmente, descansa.

Yo bajo a la fiesta como lo que el castillo cree que soy —la dama del señor, la del pelo rojo, que ya no se esconde aunque nadie sepa el resto—, y en algún momento de la noche me encuentro junto al capitán, los dos apoyados en el murete, mirando a Ciaran al otro lado del patio, donde Domhnall intenta enseñarle un paso de baile con el éxito que cabe esperar.

—Miradlo —dice Torcall, con esa lengua suya que el hidromiel afloja por elevación—.

Diez años sirviéndolo y me lo cambiaron entero en uno.

—Bebe—. Antes esto parecía una fortaleza, mi señora.

Ahora parece una casa. —Y entonces, con la mirada perdida en su señor, suelta la frase que me para el corazón—: Aunque el susto del esmerejón no se lo perdono.

Esa noche envejecí cinco años con un papel en la mano.

—¿Qué noche del esmerejón?

Torcall se vuelve. Me mira. Y veo en su cara de tasador el instante exacto en que comprende que ha vendido una mercancía que no estaba en venta: la sangre se le retira de las mejillas curtidas y la jarra se le queda a medio camino.

—La noche... —Traga. Calcula. Y como es Torcall, y Torcall no deja un hombre atrás ni una verdad a medias, endereza los hombros y paga entero—: La noche de los primeros deshielos, mi señora.

Cuando enfermasteis en el sur. Un esmerejón entró gritando en la torre al alba y el señor salió tras él en una hora, solo, de paisano, con el hombro a medio soldar, hacia tierras donde su cara vale una flecha.

Me dejó un papel para el caso de no volver.

Volvió con el segundo alba, helado hasta los huesos, con dos nudillos abiertos de cavar o de partir leña, y no me dijo nunca ni una palabra, ni a mí ni a nadie.

Yo até los cabos solo, con los años de oficio.

—Me sostiene la mirada, y la baja—. Creí que lo sabíais. Llevo un año creyendo que lo sabíais.

El patio sigue sonando alrededor y yo me quedo sorda.

Porque las cuentas se me hacen solas, como se le hicieron a él una noche de tormenta: el refugio que encontró la leñera sin buscarla.

El caldo con carne, «uno que habría preferido ponerle más».

El abrazo demasiado largo de la vuelta, «lo sé mejor de lo que crees».

La cara perfectamente quieta mientras yo le contaba mi propio rescate, mientras le hacía jurar que compraría el rebaño del pastor fantasma al doble de su precio, mientras bendecía a un alma buena que estaba sentada delante de mí cortándome el venado.

«Hay cosas que se estropean si se cobran.

» Me lo dijo. Me lo dijo a la cara, con la verdad entera asomada a la rendija de los ojos, y yo le di las gracias al cielo, como él me pidió, porque el cielo lleva la cuenta mejor que todos.

Y la última cuenta, la que me dobla sobre el murete: el refugio.

Nuestra primera vez fue allí, en el rincón de los corderos, junto a su fuego de aquella noche, y yo se lo regalé sin saberlo — «aquí me cuidó el alma buena, a mí me trae suerte» —, y él entró detrás de mí agachando la cabeza, a la escena de su secreto más caro, y no dijo nada, y me amó allí mismo con la verdad agazapada en cada piedra, encontrando la leñera sin buscarla porque la había llenado él.

Hay verdades que esperan años a que una esté lista, pensé aquella tarde de lluvia.

No sabía que la mía llevaba esperándome desde antes, sentada junto a aquel hogar.

Cruzó territorio enemigo solo y herido detrás de un pájaro.

Me veló la peor noche de mi vida con piedras calientes y caldo de su zurrón.

Y se fue antes de que despertara, borrando sus huellas, para que mi historia fuera la que yo quisiera contarme.

Para que volviera a él por elección y no por deuda.

El hombre que no sabe querer a media rienda me quiso aquella noche con la rienda entera y la soltó antes del alba, y lleva un año callándoselo, y se lo habría callado la vida.

Yo, que me creía la única de los dos que sabía cuidar sin cobrar, llevo un año dándole lecciones de algo que él inventó en una piedra seca mientras yo dormía la fiebre.

Tendría que estar furiosa. No me sale. Me sale otra cosa más grande y sin nombre todavía, que me sube por el pecho mientras el patio baila ajeno debajo.

Subo a la torre cuando la fiesta baja, con el corazón en los puños, y me lo encuentro esperándome de pie junto al fuego, solemne de una manera nueva, con dos bultos pequeños sobre la mesa de los mapas envueltos en el paño aceitado del arcón.

Y comprendo que esta noche íbamos a coincidir los dos en la misma frontera, cada uno con su carga, porque esta historia nuestra ya solo sabe rimar.

—Siéntate —dice—. En tu sillón. Esta noche el parte lo doy largo.

El primer bulto es pequeño y pesa poco. Lo desenvuelvo y es una pluma.

Una pluma de cuervo tallada en madera de tejo, del natural, perfecta: cada barba, el cañón, la curva exacta, horas y horas de cuchilla pequeña a la luz del fuego, y de pronto entiendo qué ha estado tallando este hombre todas las tardes de este último año, qué crecía en sus manos mientras yo dormitaba en el cabecero, viruta a viruta, sin enseñármelo nunca.

—Tú me diste tres plumas tuyas sin saberlo y las llevo en el cinto desde entonces —dice, áspero, mirando la talla y no a mí—.

Era justo devolver una. Del cuervo no se puede arrancar: hay que fabricarlo.

Tardé un año porque las primeras seis no...

no volaban. Esta vuela. —Se encoge de hombros, incómodo de su propia ternura—.

Para tu lado del cielo. Para que cuando estés en el sur, en tu otra vida, lleves algo del Cuervo que no pese.

El segundo bulto pesa. Lo conozco antes de abrirlo, por la forma, y las manos me empiezan a temblar sobre el paño: es el cuchillo de su padre.

—Ciaran...

—Escucha primero. —Se arrodilla delante del sillón, para quedar a mi altura, y me cierra las manos sobre la empuñadura gastada—.

Diez años ha dormido a mi mano. Lo desenterré de este arcón la noche que maté al Usurpador y no me he acostado una sola noche sin él al alcance, porque era lo último que me quedaba de la casa buena y lo único que me defendía de la mala.

Ya no lo necesito en el cinto. La guerra está cerrada, el salón está vacío, y un hombre que duerme con un cuchillo es un hombre que sigue esperando ladrones.

Yo ya no espero ladrones. Espero a un halcón.

—Me aprieta las manos sobre el acero—. Guárdalo tú.

En tu casa del sur o donde quieras. Y si algún día vuelvo a necesitarlo, tendré que ir a pedírtelo a ti, que es exactamente la clase de atadura que un hombre como yo se puede permitir.

Y entonces me toca a mí, y le pago con la misma moneda: la verdad sin avisar.

—Yo también traigo algo. —Le tomo la cara con las dos manos, este hombre arrodillado delante de mi sillón con el fuego a la espalda—.

Vengo a saldar una deuda vieja. Las gracias que un pastor fantasma no quiso cobrarse nunca.

—Lo veo entenderlo: el gris se le abre entero, busca la salida, no la hay—.

Torcall, dos jarras de hidromiel. No lo castigues, que pagó como pagas tú: entero.

—Y antes de que diga nada, antes de que se disculpe o se explique o se fortifique, le pongo un dedo en la boca y le doy mi sentencia—: No te pregunto por qué no me lo dijiste.

Lo sé. Me dejaste libre hasta de la gratitud, que es la jaula más bonita de todas y la que nadie ve.

Conque solo voy a decir esto una vez, Ciaran de Dargath, y no se vuelve a hablar del asunto, como mandan tus reglas: gracias.

Por el fuego, por las piedras, por el caldo con carne.

Y por irte antes del alba, que fue lo más caro de todo.

Lo beso despacio, de rodillas él y yo en el sillón, con el cuchillo de su padre entre las cuatro manos como estuvo una vez un caballo de madera, y esta vez es él quien tiembla entero, y ninguno de los dos cuenta respiraciones, porque ya no hace falta aguantar nada.

El alba me encuentra en el alféizar, de plumas, con la pluma de tejo guardada en el zurrón que viajará al sur y el plazo de la piel reclamando lo suyo, y él de pie junto a la ventana abierta, a un paso, sin acercarse más, con las manos abiertas a los costados y el cinto desnudo, sin cuchillo, por primera vez en diez años.

No dice vuelve. Ya no lo necesita decir: lo dice la ventana, lo dice el cinto, lo dice el cuenco lleno junto a la percha y la camisa del lino doblada en el arcón.

Lo dice toda la torre, que ha aprendido su idioma.

Me dejo caer al cielo del alba, tomo el viento del desfiladero, y en el primer giro me cobro la última mirada de este libro: el castillo gris con su ventana encendida, y en la ventana un hombre que no retiene, viéndome ir como se ve amanecer, seguro de la tarde.

Vuelo al sur. Y vuelvo. Siempre.