CAPÍTULO 39
Volvemos del cordal con el alba, despeinados de lluvia y de no dormir, y la madre nos espera en el corral con los brazos cruzados y la mañana entera en la cara.
No dice nada de la noche. Eso es lo primero que aprendo de Morvenna Kyntire por las malas: no gasta munición en lo que ya no tiene remedio.
Mira a su hija de arriba abajo, mira la trenza del sur deshecha y mal rehecha por unas manos que claramente no eran del sur, archiva el inventario completo en un solo parpadeo, y dicta sentencia sin levantar la voz: «Tú, adentro, que tu padre ha hecho gachas y se le queman si no las vigila alguien con dos pieles.
Y tú, laird... —el dedo me señala, y luego señala el sendero del risco— ... el paseo. Ahora me viene bien».
Cruzo una mirada con Bríde antes de obedecer, y mi general me hace desde la puerta de la cocina el gesto más inútil de nuestra historia: dos cejas arriba y las palmas abiertas, que en cualquier lengua del mundo significa «a este examen no te puedo acompañar».
Lo sé. Este es el único campo de toda la campaña donde el cielo no me sirve de nada.
Subimos al risco gris en un silencio que ella administra como administra todo, y yo lo respeto, porque he negociado con seis clanes y sé reconocer a quien controla la mesa.
Camina delante, fuerte y derecha, con una zancada que no pide ayuda ni la pediría rodando, y solo cuando llegamos a una roca plana con vistas al valle y al norte —y algo me dice que esta roca tiene historia, porque los Kyntire son gente de sitios— se sienta, se arregla las faldas y palmea la piedra a su lado, como se llama a los perros grandes y a los hombres peligrosos.
—Te voy a contar una cosa que no sabe ni ella —empieza, mirando el valle—.
Bríde voló por primera vez a los cinco años.
Sola, sin permiso, sin que nadie le hubiera enseñado, desde el techo del granero.
Yo estaba tendiendo y la vi caer. —Una pausa que pesa veinte años—.
La vi caer, laird, dos cuerpos de altura, y a medio caer ya no caía: volaba.
Torcido, escandaloso, gritando de risa. Y yo me quedé con una sábana en las manos, en mitad del corral, sabiendo dos cosas a la vez con una claridad que no le deseo a ninguna madre: que mi hija era la criatura más libre que iba a parir esta tierra, y que yo iba a pasarme la vida entera tendida entre ella y el suelo, sin alcanzar nunca.
—Se vuelve a mirarme—. ¿Sabes lo que es criar hijos que el cielo te puede quitar cada tarde?
No lo sabes. Pues eso he sido yo veinte años: la mujer de la sábana.
Y ahora llegas tú. —Y yo, que llevo media vida enterrando lo que quiero para que el cielo no me lo quite primero, oigo a esta mujer describirme el reverso exacto de mi propio mal: ella tendiendo sábanas hacia arriba, yo cerrando postigos hacia dentro, los dos veinte años peleándole al mismo cielo la misma clase de criatura, cada cual con su herramienta inútil. No lo digo. No es mi vez de hablar.
—Y hay más, laird, porque la historia de la sábana tiene segunda parte y la segunda parte eres tú.
—La voz no le cambia, y por eso pesa el doble—.
Veinte años aprendí a vivir con ese miedo, a domarlo, a tenderlo con la ropa.
Y este invierno, cuando empezaron las ausencias y las endrinas, el miedo viejo volvió con un traje nuevo: ya no era el suelo lo que me la podía quitar.
Era el norte. Era algo del norte con nombre de hombre, y yo no sabía el nombre, y tejí un sudario por no saberlo.
—Me mira de frente—. Conque entiende bien lo que es para mí este paseo: llevo veinte años tendida entre mi hija y el suelo.
Hoy he subido a decidir si tú eres más suelo o más cielo. No te aconsejo ayudarme con mentiras.
No contesto, porque esta mujer no ha terminado y porque las gachas que de verdad se queman están en este risco.
—He preguntado por ti todo el invierno, ¿lo sabías?
Desde antes de saber que preguntaba por ti.
A tratantes, a buhoneros, a parientes de parientes.
Sé lo de la soga del traidor y sé lo de la casa que les dejaste a sus hijos.
Sé lo del ganado indultado. Sé lo que el hambre no te hizo hacer, que dice más de un hombre que todo lo que hace.
—Cuenta los datos como cuenta su hija los pliegues de un valle—.
Y sé las otras cosas, las de antes, las que mi hija me concedió enteras sin regatearme una sola.
Así que no he subido aquí a preguntarte si eres peligroso.
Eso ya lo sé: lo eres, y mi hija va a estar más segura al lado de un hombre peligroso que la adora que al lado de uno manso que la quiera a medias. He subido a otra cosa.
—Decid.
—A medirte el peor día. —Se gira entera hacia mí, y los ojos de esta mujer son el invierno bien administrado—.
Los hombres se miden en su peor día, laird, no en el mejor.
Tu peor día ya sé cuál va a ser: el día que tu mundo, ese de plata en tabernas y flechas en hitos, llegue hasta ella de verdad.
Ese día tú vas a tener que elegir entre lo que eres y lo que quieres, con prisa, con sangre, sin tiempo de pensar.
Y yo necesito saber qué hay en ti ese día, debajo del juicio y debajo del amor, en el fondo del saco.
Porque el fondo del saco no se elige, laird. Se trae de fábrica. Dime qué traes tú.
Y como esta familia solo funciona con la verdad, bajo al fondo del saco delante de la madre, adonde no bajo ni solo.
—Traigo un crío de seis años debajo de un arcón —digo—, cumpliendo la última orden de su madre.
Calla y no salgas. Eso hay en el fondo, señora: obediencia a una mujer que me quiso.
Es lo primero que se puso ahí y no ha sabido quitarse nada de lo que vino después, ni el Usurpador, ni las guerras, ni las canciones.
—El valle entero calla abajo—. El peor día, en el fondo del saco, yo obedezco a lo que amo.
Lo demás, el juicio, el hierro, el Cuervo, todo eso es lo de encima.
Vuestra hija lo encontró sin buscarlo, con una rata de granero.
Vos me lo acabáis de hacer decir en voz alta por primera vez en mi vida.
Quedáoslo. Es la mejor prenda que tengo.
—Y os debo otra verdad sin que la pidáis —añado, porque al fondo del saco se baja entero o no se baja—.
No puedo prometeros que mi mundo no llegue a ella: ya llegó una vez, clavado a un hito, y lo estoy cazando taberna a taberna mientras hablamos.
Lo que os prometo es el orden de mi peor día: ella primero, mi clan después, yo el último, y si la cuenta no sale, el que falta soy yo.
Lo dije en vuestra mesa y lo firmo en vuestro risco: yo soy gastable.
Ella no. Es la única aritmética que traigo aprendida que vale algo.
Morvenna Kyntire me sostiene la mirada un tiempo largo, sin parpadear, pesándome la prenda como pesó el tejo de la coartada, veta a veta.
Y al final asiente, una sola vez, y mira el norte, y dice lo suyo, lo que ha subido a decir desde el principio, con la voz tranquila de los juramentos verdaderos:
—Pues entonces escucha el mío, Ciaran de Dargath, y guárdalo donde guardas lo del arcón.
Te la entrego sabiendo lo que entrego: la criatura más libre de esta tierra, que te ha elegido con el cielo abierto, lo cual te hace el hombre más afortunado de Escocia y el que más tiene que perder, en ese orden.
Cuídala sin enjaularla, que ya he visto que sabes.
Quiérela entera, las dos pieles, que ya he oído que haces.
Pero si la haces llorar... —y aquí se vuelve, y me pone dos dedos en el pecho, justo encima de donde la flecha, y no aprieta, y pesa más que el arnés entero— ...
si la haces llorar de las lágrimas malas, de las que no se destejen, no habrá murallas, ni guardias, ni canciones que te valgan: yo misma cruzaré Escocia y acabaré contigo, y créeme que sabría, porque llevo cuarenta años casada con un hombre bueno y eso enseña exactamente dónde se guarda todo lo que importa en un hombre. ¿Nos entendemos, laird?
—Nos entendemos. —Y le doy lo que merece la amenaza más honrada que me han hecho nunca—: Y si ese día llega, señora, ahorraos el viaje. Iré yo. Conozco el camino y os dejaré la puerta abierta, que de puertas abiertas sé un rato.
Y entonces, por primera vez desde que crucé la loma, Morvenna Kyntire se ríe.
Una carcajada corta, seca, idéntica en hechura a una que baja rodando por las escaleras de mi torre, y comprendo de dónde la sacó su hija, y de dónde sacó todo lo demás: la tormenta, la cuenta, la manera de querer con los cuchillos a la vista.
«Vamos a las gachas, yerno», dice levantándose, sacudiéndose las faldas, y la palabra cae como cayó el cuñado de su hijo, imposible y en mitad de todo, y nadie la recoge, y nadie la devuelve.
«Que en esta casa los tratos se cierran comiendo, y tú y yo acabamos de cerrar el más grande. »
Bajamos el risco hablando de cosas pequeñas, que es como hablan los tratados ya firmados: del huerto, de la cosecha del norte, de un remedio de Una que ella conoce con otro nombre.
Y en el corral, antes de entrar, se detiene un momento y mira hacia la cocina, donde se oye a su hija discutir con su hijo pequeño sobre la consistencia exacta de las gachas, las dos voces trenzadas de risa, y dice, bajito, sin mirarme, la única cosa blanda que le voy a oír en toda la visita: «Cuando era niña y no podía dormir, le contaba que el viento del norte era un señor muy serio que guardaba las montañas, y que por eso soplaba tan fuerte: para que nadie le viera la casa por dentro.
—Pausa—. Veinte años después va mi hija y entra por la ventana.
Esa criatura lleva ganándole apuestas al cielo desde los cinco años, laird.
Procura que nunca pierda la tuya». Y entra a sus gachas sin esperar respuesta, porque las madres como ella rematan siempre con la puerta.