CAPÍTULO 38
Le enseño mi cielo desde el suelo, que es como se enseñan los cielos a los hombres que importan.
Lo llevo el día entero por mi mundo, de la mano o delante, como me sale: al risco gris donde padre me contó su historia mirando al norte —«aquí supe lo del niño del salón», le digo, y él mira la roca plana como se miran los lugares sagrados ajenos—; al lago grande que copia los cielos rotos; al roble del vestido, con su hueco y su historia de robles; a los brezales donde aprendí el viento.
Le enseño el techo del granero sin contarle todavía qué pasó en él —eso lo guarda mi madre y se lo dirá ella, mañana, en un risco—, y él lo mira como mira las cosas que intuye importantes sin saber por qué.
Le presento mi tierra accidente a accidente, y él lo recibe todo con esa atención total suya, la de los mapas, solo que hoy el mapa soy yo, y a media tarde caigo en la cuenta de que está haciendo lo que hago yo en su torre desde hace un año: aprenderse de memoria el mundo del otro, por si acaso, para siempre.
Y hay un momento, a media tarde, que me guardo entero para los inviernos: en lo alto del brezal, con el viento del oeste limpio y fuerte, le digo «espera aquí» y hago el cambio detrás de las rocas, y vuelo para él.
Para él solo. Le vuelo mi cielo entero como nunca se lo he volado a nadie: el círculo de revista, el picado de la emboscada, el rasante que despeinó al despensero, los quiebros del desfiladero, toda mi vida de plumas desplegada sobre los brezales de mi infancia para un solo espectador que mira desde abajo con la cabeza echada atrás, sin protegerse del sol, exactamente igual que el primer día, solo que ahora ningún brazo busca ninguna lanza: los dos brazos cuelgan abiertos a los costados, rendidos, y aun a esta altura, con estos ojos que ven la pulga en el lomo del ciervo, distingo que está diciendo algo hacia arriba, una palabra sola, una y otra vez, que el viento no me trae y no me hace falta.
La lluvia nos caza a media tarde en el cordal, una lluvia mansa y decidida de primavera, y yo conozco un techo cerca.
—Un refugio de pastores —le digo, tirando de su mano cordal arriba—. Lo conozco bien. Aquí me cuidó el alma buena de la fiebre, ¿te acuerdas que te lo conté? Es buen sitio. A mí me trae suerte.
Se queda un latido raro, quieto bajo la lluvia, mirando la piedra seca y la techumbre de brezo como si el refugio le debiera dinero, y luego dice «buen sitio», con la voz un punto rara también, y entra detrás de mí agachando su tamaño por la puerta baja.
Dentro se mueve distinto, este hombre: encuentra la leñera sin buscarla, mide el hogar con un vistazo, va derecho al rincón de los corderos como si el refugio entero le hablara su lengua, y yo lo atribuyo a lo que es, un soldado de mil batallas que ha dormido en cien piedras como esta, y a otra cosa no, porque hay verdades que esperan agazapadas años a que una esté lista, y esta, la Madre lo sabe, todavía me espera.
Hacemos fuego juntos y a la primera, porque a estas alturas nuestras manos ya saben trabajar la una con la otra, y nos sentamos en el rincón de los corderos a esperar la lluvia con el plaid de viaje por los hombros de los dos, y el mundo se va quedando pequeño y dorado: la piedra, el fuego, el agua en el brezo del techo, y este hombre enorme a mi lado con el pelo mojado y la guardia más baja que le he visto nunca, lejos de su castillo, de sus canciones y de todos sus nombres.
—Aquí desperté con el fuego cebado —le cuento, porque este sitio me pide contarlo—.
Justo aquí. Las piedras calientes ahí, el pote ahí.
A veces pienso que me lo soñé entero, que la fiebre me cuidó sola.
—Me río bajito—. Y a veces pienso que la Madre me mandó por delante un aviso: mira, Bríde, así se cuida sin cobrar. Aprende, que lo vas a necesitar.
Él no dice nada. Me mira con una intensidad nueva, insondable, los ojos grises llenos de algo enorme que no me da, y de pronto me toma la mano y me la besa por dentro, en el centro de la palma, despacio, con una reverencia que no le conocía, como se besan las reliquias o las deudas, y el beso me sube por el brazo entero y me enciende el cuerpo de arriba abajo, y la lluvia, el fuego y el refugio entero se ponen de acuerdo en que ya está bien de esperar.
Lo beso yo primero, para que conste, porque las deudas en esta historia las cobramos por turnos y este turno era mío.
Y no es el beso del dique, el de la lluvia mansa de la torre: es otro, más lento y grave, un beso que sabe adónde va y no tiene prisa por llegar, porque por primera vez en un año entero ninguno de los dos tiene un cielo al que volver esta noche. Esta noche el cielo es esto.
Y esta vez no hay despedida que interrumpa, ni plazo que reclame, ni dique que administrar: hay un hombre y una mujer que llevan un año aprendiéndose y una tarde entera de lluvia por delante.
Es él quien pregunta, una sola vez, con la frente en mi frente y la respiración rota: «¿Estás...
?», y no le dejo terminar la pregunta porque la respuesta la tengo lista desde hace meses: «Yo elijo siempre, Ciaran de Dargath.
Es lo único que hago. Y esto lo estoy eligiendo con las dos pieles».
Después de eso, las palabras se van a hacer guardia fuera, bajo la lluvia, y nos quedamos los dos solos con la lengua más vieja.
Va despacio al principio, despacísimo, este hombre de los asaltos ladera arriba, y entiendo por qué y se me deshace algo: está desarmando.
Cada gesto suyo de esta primera hora es una pieza de arnés que cae, solo que el arnés es él, el de siempre, el de los veintisiete años, y lo va soltando hebilla a hebilla sobre la piedra del refugio: la vigilancia, primero, esa que no suelta ni dormido; luego la contención, la de las distancias administradas; luego el miedo viejo a romper lo que toca.
Y yo recibo cada pieza y la dejo caer con él, y le doy las mías a cambio, que también las tengo: la muchacha que guarda secretos por dos orillas, la santa de los cuentos, el presagio.
Sobre esa piedra, esta tarde, no queda ni el Cuervo ni el ave. Quedamos los de verdad.
Me aprende como aprende él todo: entero, despacio, con una atención que arde, las manos enormes traduciendo a piel lo que lleva un año diciéndome en partes del día y venado cortado grueso.
Y yo lo aprendo a él, cicatriz a cicatriz, el mapa completo que censé desde un respaldo y ahora leo con las palmas: Glenmore bajo mi pulgar, el jabalí bajo mi boca, la flecha nueva del hombro, todavía rosada, que beso despacio y largo porque esa la curaron estas manos y tienen derechos sobre ella.
Y descubro lo que ninguna canción cuenta del Carnicero del Norte: que tiembla.
Que este hombre que no tembló sacándose una flecha tiembla bajo mis manos como tiembla la tierra buena bajo el arado, y que dice mi nombre como lo dijo en la fiebre, entero, claro, con esa confianza desarmada, solo que ahora despierto, mirándome, una vez y otra, como si mi nombre fuera el sitio donde ha decidido vivir.
No soy mansa, porque no sé y porque no quiero, y él lo agradece con el cuerpo entero: cada vez que tomo yo el mando de un beso, de un gesto, del rumbo de una mano, lo siento sonreír contra mi piel, esa comisura suya por fin entera, porque este hombre ha pasado la vida cargando con el mando de todo y conmigo, solo conmigo, puede soltarlo a ratos y dejarse llevar por una criatura del cielo que no le tiene miedo.
No se lo tengo. Ni un latido, ni en lo más hondo del fuego, ni cuando la ternura se le vuelve hambre y el hambre urgencia: donde el mundo pondría miedo yo tengo sitio, el mío, ganado tarde a tarde, y lo ocupo entero.
La lluvia para en algún momento y no nos enteramos.
El fuego baja y lo cebamos sin soltarnos, a manotazos torpes y risas.
Hablamos a rachas, de nada, en la lengua nueva de los cuerpos cansados y contentos: él me hace la trenza del sur, mal, con una concentración de cirujano y un resultado de desastre, y se niega a deshacerla, «queda registrada en el libro de la casa», dice, solemne, y yo me río contra su cuello hasta que la risa se vuelve otra cosa más mansa.
Y mucho después, con la noche ya dueña del cordal y los dos enredados bajo el plaid en el rincón de los corderos, con mi cabeza en su pecho y su corazón al paso por fin, tranquilo, un tambor de campaña tocando a casa tomada, me atrevo con la única palabra que faltaba, la nombrada hace tiempo en una percha y guardada para el día y la luz justos, y resulta que el día era este y la luz es esta, la de un fuego de refugio:
—Te quiero. Con las dos pieles y el solo corazón que me dio la Madre. Que lo sepas con todas las letras, Ciaran de Dargath, porque pienso decírtelo ya todos los días, hasta que se te gaste el susto.
El pecho se le queda quieto un instante debajo de mi oreja. Después suelta el aire muy despacio, me envuelve entera con el brazo del hombro malo, y contesta a su manera, con la voz del terreno áspero, la frase más larga de amor que sabe fabricar todavía:
—Pues vas a tener trabajo, halcón. Porque el susto es de veintisiete años. —Una pausa, y la comisura contra mi pelo—: Empieza mañana temprano.