El halcón de Dargath (Los hijos de Morvenna 2) CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

Al quinto amanecer de cielo vacío ya no me miento, y al sexto el enemigo me manda su carta.

Los cinco primeros días los aguanto con el oficio: dijo tres, cuatro si la madre estaba fina; las madres a veces están finísimas; los deshielos cierran pasos; los plazos de la piel no negocian.

Me lo recito al alba, en la ventana abierta —abierta, porque lo juré por el cuchillo de mi padre y los juramentos no entienden de cielos vacíos—, y cada mañana el recital me dura menos y el libro de pérdidas me espera más cerca, abierto por la página nueva, con la pluma cargada de la letra fría que yo no elegí tener y que es la única que no se me olvida.

Lo sabías, escribe esa letra. Lo supiste siempre. Todo lo que quieres se va, se muere o las dos cosas, y tú firmaste igual. La cuenta era conocida.

El castillo me acompaña la espera a su manera, que es notándolo todo y no diciendo nada.

La cocinera sube el platillo de lomo cada tarde y lo baja entero cada mañana, y al cuarto día deja de subirlo, que es su forma de empezar a temerse lo peor.

Domhnall pasa las guardias de la torre este con los ojos en el sur, descuidando el norte de tal manera que tendría que amonestarlo y no lo amonesto, porque su negligencia es la mía con uniforme.

Y Una sube tila, caldo y silencios, y la tercera noche se queda un rato de pie junto a mi sillón, mirando el fuego conmigo, y dice solamente: «La otra vez también tardó, mi señor.

Y la otra vez también pensasteis esto mismo que estáis pensando».

Tiene razón. La otra vez fui yo a buscarla detrás de un esmerejón.

Esta vez no hay esmerejón, ni grito en la ventana, ni señal.

Esta vez el cielo del sur calla con un silencio nuevo, espeso, y los hombres como yo distinguimos los silencios igual que los pastores distinguen las nieves: este no es el de la ausencia.

Este es el de antes de las malas noticias.

La ausencia tiene textura, y la aprendo hora a hora esos días, que es un saber que habría preferido no estrenar.

Es el alféizar vacío al alba, donde el ojo va a buscar una mancha moteada antes de que la cabeza despierte, y no la hay, y el día empieza con esa pequeña amputación.

Es la talla que no avanza, porque tallaba para que ella mirara, y tallar para nadie es astillar madera.

Es el parte del día que se me queda en la garganta a la hora de costumbre, atragantado, sin destinatario, y la torre tan callada que oigo mi propia respiración contar el silencio.

Es, sobre todo, el cuerpo, que ha aprendido en año y medio a esperar un golpe de alas a la última luz y lo sigue esperando contra toda razón: cada tarde, cuando el sol baja, algo en mí se tensa hacia la ventana, se prepara, se asoma, y cada tarde el cielo le devuelve el mismo gris vacío, y el cuerpo no escarmienta, vuelve a tensarse al día siguiente, fiel como un perro en una tumba.

He enterrado padres, hermanos de armas, un mundo entero.

Creía saberlo todo sobre perder. No sabía esto: que lo peor de perder no es el golpe, que el golpe al menos es una certeza.

Lo peor es la víspera larga del golpe, el cielo que no dice ni sí ni no, la esperanza que se niega a morir del todo y por eso te mata despacio, a fuego de no llegar, igual que los humos flacos del invierno del hambre.

Al quinto día me sorprendo haciendo lo que no hacía desde niño: rezar.

No a la Madre de ella, que no es la mía; ni al Dios de los capellanes, que dejó de escucharme en un salón con el suelo frío.

Rezo a la ventana abierta, como un pagano, como un loco, prometiéndole al aire cosas que no está en mi mano cumplir con tal de que una mancha moteada rompa el gris.

No rompe. Y el sexto amanecer, cuando por fin algo cruza el cielo del sur hacia mi torre, no son alas: es un jinete al galope, y trae prisa, y la prisa de un jinete a esa hora nunca, en diez años, me ha traído nada bueno.

Al sexto día, la patrulla del este vuelve antes de hora, y Torcall sube a mi torre con la cara que no le veía desde el valle de la niebla, y trae un fardo envuelto en arpillera, y lo deposita en mi mesa de mapas con un cuidado que ya es en sí mismo la noticia.

—En el hito del camino real, mi señor. Clavado a la madera, a la vista, para que se encontrara. —Traga—. Debéis verlo vos. Y debéis verlo entero.

Es un halcón. Hembra. Moteada.

Está clavada al tablón del hito por una flecha de guerra que le entra por el pecho, con las alas dispuestas, abiertas, ordenadas por manos humanas en una parodia de vuelo, y el plumaje es pardo y crema, moteado, del tamaño justo, del color justo, y durante un tiempo que no sé medir el mundo se reduce a ese plumaje mientras mis manos, muy lejos de mí, apartan la arpillera y mis ojos hacen lo único que saben hacer: leer.

Debajo del ave, grabadas a cuchillo en el tablón que la patrulla ha arrancado entero, cinco palabras. «EL CUERVO TIENE CORAZÓN. SE CAZA.»

Lo que se me cae por dentro no hace ruido.

Eso es lo que nadie cuenta de los derrumbes grandes: que son silenciosos, que la torre entera del alma baja a plomo sin un grito, ordenadamente, piso a piso, y deja un llano.

Me oigo preguntar, con una voz que sale del llano, si la flecha es de las del valle de la niebla.

Torcall dice que sí, del mismo fresno, de la misma mano que paga.

Me oigo preguntar cuándo. Dos días, dice la patrulla, por la escarcha.

Dos días. Las cuentas se hacen solas, son lo único que sigue funcionando ahí abajo: salió hace seis, prometió volver en tres, el enemigo ha tenido tres días de margen y los caminos del sur que ella vuela, y el enemigo sabe —lo canta Escocia entera, lo canté yo con mi patio lleno— qué es exactamente el ave moteada para el señor de Dargath.

Una entra sin llamar, porque ha subido detrás de Torcall, y mira el ave clavada largo rato con sus ojos de leche, muy de cerca, tocándole el plumaje del pecho con dos dedos de sanadora, y dice: «No sabría jurarlo, mi señor.

El tamaño es suyo. El moteado es suyo. A esta distancia de mis ojos viejos...

». Y no acaba, porque hay frases que no se acaban delante de un hombre en el llano.

Nadie puede jurarlo. Yo tampoco. Llevo año y medio mirando ese plumaje cada tarde, lo conozco mejor que mis propios mapas, y el terror me lo ha vuelto ilegible: cada vez que busco la diferencia que me salvaría —una pluma del ala que conozco, el moteado del pecho que sabría dibujar a oscuras—, el miedo me la enseña y me la borra en el mismo latido.

Y esa rendija de duda, que debería ser misericordia, es el peor tormento de todos, porque la letra fría sabe escribir en las rendijas mejor que en ninguna parte.

La entierro al anochecer, solo, al pie de la torre, en el cuadrado de tierra donde da la sombra de mi ventana, con las manos, sin testigos, porque si es ella nadie más tiene derecho y si no es ella merece igual la tierra de esta casa, que murió por el delito de parecerse a lo que yo amo.

La tierra está dura del último frío y me abro dos nudillos cavando y agradezco cada uno, porque el dolor de las manos es de los que se entienden.

No rezo, porque no me quedan palabras en ese idioma; el último que supe me lo enseñó una cocinera contando barrigas y esta noche las barrigas no cuentan.

Pongo encima una piedra del muro viejo, plana y gris, y me quedo en cuclillas junto a la tierra removida hasta que la noche cierra, con la bolsa del cinto en el puño, tres plumas dentro, sin abrirla, porque abrirla sería aceptar que ya son reliquias, y cerrada todavía pueden ser solo plumas.

Cuento, porque es lo único que sé hacer con las manos vacías: tres plumas y un ave bajo la piedra.

Cuatro. La cuenta más corta y más cara de mi vida.

Y después subo a mi torre y dejo salir al otro.

No es una decisión. Las crecidas no se deciden.

Es un orden antiguo del cuerpo, aprendido en un salón con el suelo frío: cuando lo que duele no se puede sostener, se convierte en otra cosa, y la otra cosa, en mí, siempre ha tenido el mismo oficio.

El dolor es agua; la furia es hierro; y un hombre que se está ahogando agarra el hierro aunque sepa, en el fondo del llano, que el hierro no flota.

Lo sé mientras lo hago. Esa es la diferencia con el de hace dos años, la única que me queda: el de antes no sabía lo que era.

Yo sí lo sé, y lo dejo salir igual, porque la alternativa es quedarme a solas con la piedra plana del pie de la torre, y eso no hay arnés que lo aguante.

Al de antes. Al de las canciones. Llevaba año y medio domado a fuerza de tardes, de ratas, de partes del día y de una risa que bajaba rodando por estas escaleras, y sale de su sitio entero y en orden, como salen las crecidas: sin prisa y sin vuelta.

Esta vez no hay secreto, ni capa parda, ni caballo bayo, ni borrar huellas.

Esta vez es abierto. Que se vea. Convoco al consejo a medianoche y a la guarnición al alba: Dargath cabalga, en columna y con todos sus colores, los seis estandartes al viento, al camino real y a las tabernas donde se paga la plata y a las casas de quienes la pagan, y no va a volver sin la mano que escribió cinco palabras en un tablón.

El clan me mira dar las órdenes y veo en sus caras el luto doble: por el ave santa y por su señor, que se les vuelve a helar delante de los ojos, piso a piso, ordenadamente.

El consejo de medianoche dura poco, porque los consejos del hierro son cortos.

Torcall escucha el plan entero —la columna, el camino real, las tabernas, las casas— y hace una sola objeción, la suya, la de siempre, dicha con los ojos en la mesa: «Es lo que esperan, mi señor.

Nadie clava una carta en un hito si no quiere respuesta a domicilio».

Y yo le contesto lo que contesta el hierro: «Pues que la tengan».

Y mi capitán, que me ha desobedecido una sola vez en diez años y fue para salvarme, agacha la cabeza y va a formar la columna, porque hay noches en que la lealtad consiste en acompañar a un hombre al error que necesita cometer.

Solo Una se atreve, ya de madrugada, desde la puerta de la torre, a la espalda del hombre que afila el cuchillo de su padre mirando el fuego:

—¿Y si está viva, mi señor? ¿Y si mañana cruza esa ventana y encuentra esto? —Un silencio—. ¿Qué encontrará?

No me vuelvo. El cuchillo pasa por la piedra, ida y vuelta, ida y vuelta.

—Encontrará la ventana abierta —digo—. Eso lo juré y eso se cumple. Lo que ya no puedo jurarle es lo que habrá dentro.

El alba llega gris y mansa, indiferente como todas las albas, y el patio se llena de hierro y caballos.

Me pongo el arnés de guerra completo por primera vez en dos años, pieza a pieza, hebilla a hebilla, y cada pieza pesa lo que debe y tapa lo que puede, y al final me cuelgo el cuchillo de mi padre, que ha enterrado conmigo todo lo que he enterrado, y bajo las escaleras de mi torre dejando arriba la ventana abierta, el cuenco lleno, la percha vacía y la camisa del lino doblada en el arcón, el museo entero de un año que el hierro no sabe cerrar, y la letra fría escribe su último renglón con mi mano dentro:

Esto eras. Esto eres. Lo demás fue un préstamo del cielo, y el cielo ya ha venido a cobrárselo.