El halcón de Dargath (Los hijos de Morvenna 2) CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

Los tres días que siguen son la guerra más rara que ha visto esta casa: una guerra de tareas compartidas y silencios por turnos, donde se amasa juntos y se discute por separado, y donde cada miembro de mi familia viene a librar su batalla conmigo a su hora y a su manera.

Porque esta familia no sabe pelear de otra forma.

No hay gritos a coro ni puertas rotas: hay desayunos donde se pasa la sal con una cortesía que corta, hay leña partida con más fuerza de la que pide la leña, hay madre y padre hablando bajo en su cuarto hasta tarde, voces que suben y bajan como mareas detrás de la madera, y a la mañana padre de vuelta en la mesa, en su sitio, con las ojeras de la reconciliación a medias, que es la única clase de reconciliación que conocen los matrimonios largos: la que se hace por entregas.

Hasta el gato Fearchar lo nota y anda de puntillas, durmiendo en regazos neutrales, que los animales de esta casa llevan generaciones leyendo a los Kyntire mejor que los Kyntire.

Y hay, sobre todo, la prohibición flotando sobre todo: el norte cerrado, el cielo cerrado, y yo en medio de los míos, queriéndolos con toda el alma y contando horas como cuenta un preso bien alimentado.

Oisín ataca primero, en el corral, y su batalla es la más corta porque en el fondo ya está ganada: «Solo dime una cosa, hermanita.

Las canciones. La soga, las cosechas quemadas, el señor al que mató con las manos.

¿Cuánto es verdad?». Y yo le contesto lo que le debo, que es todo: «La soga la vi yo, Oisín.

Desde su muralla. Verdad entera. Y también vi a quién protegía esa soga, y al hombre sosteniendo una talla sin tallar la noche entera después».

Mi hermano lo mastica, asiente despacio, y cierra su guerra con la lealtad torcida de su oficio: «Pues vaya cuñado me traes.

Ni un águila normal, ni un señor normal.

En esta familia no sabemos hacer nada a medias».

Y desde ese momento es mío, como ha sido mío siempre.

Cael pelea la segunda noche, junto al carro, y la suya es la batalla del lobo: corta, honda y sin adornos.

«Sabe lo que eres. Eso pone a mi mujer y a mis hijos a una palabra de distancia de seis clanes que lo quieren muerto.

Si lo atrapan, si lo doblegan, si le ofrecen lo que no pueda rechazar...

». Y yo le doy la única respuesta que tengo, la del establo: «Le pregunté a padre qué elegiría ese hombre entre su clan y mi secreto, y respondí su clan, y por eso confío en él.

Pero te debo la entera, Cael: a su clan lo protege con horcas.

Lo que ama lo protege amputándoselo. Antes de entregarnos, se cortaría a sí mismo del mapa.

Lo ha hecho ya una vez. Lo vi desde el lado del viento, contra sus postigos».

Mi hermano lobo me estudia largo, olfateando la verdad como olfatea todo, y al final me pone la manaza en la nuca, frente con frente, y dicta su sentencia: «Que venga a decírmelo a la cara y a oler a qué huele cuando lo dice. A mí no se me miente con la boca».

Hasta Aila libra su batalla, que no es batalla: aparece la segunda tarde con los pequeños y un queso de los de tregua, se sienta conmigo a desgranar habas, y me dice, con su serenidad de mujer que también fue una vez el secreto escandaloso de esta familia: «A mí me encontró Cael en un bosque, medio salvaje, y mírame: desgranando habas en la cocina de Morvenna.

Esta familia ladra fuerte y muerde poco, Bríde.

Lo que no perdona no es a quién quieras.

Es que la dejes fuera». Y se va a separar a sus hijos, que están intentando aullarle al gato Fearchar, y me deja las habas y la lección, las dos peladas.

Madre no pelea. Madre espera, que es su arte de guerra más viejo, y me hace ir a ella.

La encuentro la tercera tarde en el telar, tejiendo lana nueva donde estuvo el sudario, y me planto delante y le presento batalla porque una de las dos tiene que cruzar el campo.

Le digo que ya sé lo que va a decirme: que las canciones son ciertas.

Y se las concedo todas, una a una, sin regatear ni una soga, porque defenderlo con mentiras sería perderlo dos veces. Y entonces le doy lo mío:

—No me enamoré del monstruo de las canciones, madre, ni del niño del salón que te contaría para ablandarte.

Me enamoré de lo que hay entre los dos, que es lo más difícil que he visto en mi vida: un hombre que hace lo terrible sin volverse terrible, y paga la diferencia él, a solas, por las noches.

Un hombre al que enseñaron a golpes que querer mata, y que me abrió la ventana pudiendo enjaularme, y me la ha abierto todas las tardes durante un año, y cada vez que me voy me deja ir.

—Tomo aire, y le clavo la pica donde sé que va a doler y a servir—: Llevo tres días sin poder salir de esta casa, madre.

Tres días retenida por la gente que más me quiere del mundo.

¿Sabes cuántas veces me ha retenido él, que es el monstruo?

Ninguna. Ni una sola vez en un año. El hombre del que me hablan las canciones no sabe querer sin soltar.

He tenido que venir a mi propia casa a que me aten.

El telar se detiene.

Mi madre se queda mirando la trama a medias un rato larguísimo, y cuando se vuelve tiene los ojos brillantes y la voz más vieja de lo que se la he oído nunca: «Esa pica la has aprendido de mí, y por eso sé lo que cuesta clavarla.

—Se levanta, me toma la cara con las dos manos, manos de masa y de espada—.

Escúchame, hija, porque esto es lo único que tengo: yo no tengo miedo de que ese hombre te haga daño.

Los hombres que hacen daño no abren ventanas.

Tengo miedo de su mundo, que es un mundo de sogas y de plata pagada en tabernas, y de que ese mundo, para llegar a él, pase por encima de ti.

Contra eso no me sirve quererte. Necesito verlo.

Necesito medir con mis ojos al hombre que va a ponerse entre ese mundo y mi hija, porque esa medida no me la fío de ninguna canción ni de ningún enamoramiento, ni siquiera del tuyo».

Y ahí, desde la puerta de la sala del telar, donde lleva escuchando un rato sin esconderse, mi padre gasta por fin el cartucho que guarda desde el otoño.

—La tercera condición, Bríde. —Entra despacio, se planta junto a madre, y los dos juntos son de pronto todo el tribunal del mundo—.

Te dije que sabría su peso antes que sus palabras.

Las palabras son estas: que venga. Solo.

Sin lanzas, sin colores y sin castillo, a sentarse a esta mesa, a comer de este pan y a sostenernos la mirada a los cuatro mientras le preguntamos lo que haya que preguntarle.

Si viene, esta familia escucha, y lo que se decida se decidirá entre todos.

Si no viene... —se encoge de hombros, y en el gesto cabe todo— ...

si no viene, hija, él mismo te habrá dado la respuesta, y te dolerá menos oírsela a él que a nosotros.

Me quedo mirando a mis padres, el tribunal entero de mi vida, y peso la condición por todos sus lados como me enseñaron a pesar ellos.

Es dura: le pide al hombre más cazado de Escocia que cruce medio país solo y desarmado hasta la cocina de unos desconocidos que saben su secreto más caro.

Es justa: no le pide que sea otro, ni que se disculpe por sus sogas, ni que rinda su castillo; le pide cara, mesa y mirada, que es lo que esta familia le pide a todo.

Y es, comprendo con un vuelco, exactamente la prueba que él entendería mejor que ninguna, porque es la suya: morir o quedarse, marcharse o quedarse, venir o no venir.

A este hombre la vida entera le ha hablado en ese idioma.

Mi familia, sin saberlo, acaba de elegir la única lengua que comparte con él.

—Vendrá.

Lo digo sin un latido de duda, y los cuatro lo oyen, y hasta el telar parece oírlo.

Madre asiente una vez, sellando el tratado, y recupera su trono con una última cláusula de las suyas: «Que venga, pues.

Yo prepararé la mesa. Y afilaré los cuchillos.

—Pausa exacta—. Los de cocina, Ronan, no me mires así. De momento».

Esa noche, la tercera, hago las cuentas en mi catre y el corazón se me encoge de pronto con una cuenta que el asedio familiar me había tapado: tres días.

Le dije tres días, cuatro si madre estaba fina, y van ya cinco desde que salí de su torre, cinco sin un ave, sin un aviso, sin nada, y la última vez que desaparecí así me estaba muriendo en un refugio de piedra.

Pienso en un hombre con la ventana abierta y el oficio de esperar recién aprendido, contando amaneceres en una torre del norte, y el frío que me sube no me lo quita ninguna manta.

Porque hay una cosa que mi familia, con todo su amor y todo su tribunal, no ha metido en sus cuentas: que al otro lado de esta historia hay un hombre que aprendió a los seis años que todo lo que quiere se lo quitan, que acaba de atreverse a querer por primera vez en veintisiete, y que lleva cinco amaneceres mirando un cielo vacío.

Sé leer a ese hombre mejor que a ningún cielo.

Sé exactamente qué libro está abriendo cada mañana que no llego: el de las pérdidas, donde mejor letra tiene.

Y sé que cada día que pasa escribe un renglón más con la letra fría del Usurpador: lo sabías, le dirá esa letra, sabías que no se puede, todo lo que quieres se va o se muere o las dos cosas.

Aguanta, cuervo. Mañana al alba vuelo al norte, con permiso o sin él, a decirte que estoy viva y a traerte a la mesa de mi madre, que no sé cuál de las dos noticias te va a asustar más.