13 #2
Ella permanece ahí, con el brazo firme y la respiración serena. El pájaro le sostiene la mirada con la atención concentrada de un depredador que decide si esta humana merece el riesgo. Ella se la sostiene sin ceder.
—Dale tiempo —dice.
Ya no miro al pájaro.
El sol cae tras el lienzo de la muralla. Termino la sesión sin conseguir que acuda al guantelete, le pongo la capucha al azor y lo devuelvo a la halconera.
Anne camina conmigo hasta la Torre de César y después continúa hacia la Torre del Espía sin que nadie se lo diga. La separación es breve y deliberada: la distancia que mantiene entre las horas que pasa a mi lado y la habitación que reserva para sí misma.
Vuelve después del anochecer. La oigo en la escalera, ese ritmo de pasos que he aprendido a distinguir de cualquier otra pisada en este castillo. Ha contado la distancia entre su torre y la mía. Sé que lo ha hecho.
El recuento es su manera de orientarse en un mundo que no se queda quieto bajo sus pies. Que recorra esos pasos por voluntad propia, cada noche, sin que la llame, es lo más parecido a una declaración que es capaz de hacer.
Estoy junto al fuego cuando entra. Los informes están terminados. Las pruebas contra Leofric están bajo llave en el estuche de despachos. Lo que queda es esta habitación, esta mujer y el silencio que se instala entre nosotros cuando ninguno de los dos tiene una tarea que cumplir.
—La cena está en el escritorio —digo.
Ella mira el pan, la carne fría y la copa de hidromiel que serví antes de que llegara. Maud me dijo que Anne no comió ayer. Esta noche la comida ya está esperándola. No tengo intención de repetir una orden que debería haberse obedecido la primera vez.
—La rotación de la cebada en los campos del sur —digo mientras come—. Varias temporadas de rendimiento a la baja. La tierra necesita descansar.
Ella me mira por encima de la copa.
—Me estás preguntando por la gestión de los cultivos.
—Te estoy preguntando qué harías tú.
—Alternar con legumbres. Guisantes o trébol. Devuelven a la tierra lo que la cebada le quita. —Arranca un trozo de pan—. Dos temporadas de cultivo de cobertura y después retomar la cebada con una rotación de tres campos en vez de dos.
—¿Dónde aprendiste a cuidar la tierra?
—En Dover.
La palabra carga con un peso que no explica.
—Cultivábamos todo lo que comíamos en bancales de túnel, con pozos de espejos para captar el sol. Aprendes lo que necesita la tierra cuando no hay suficiente.
Dover. El asentamiento que asedié. Las murallas que rompí. La gente que conquisté, incluida la mujer que está sentada a mi escritorio comiendo el pan que le serví y aconsejándome sobre los campos que les arrebaté a los suyos.
—Tu hermana —digo—. ¿Está entre los asentamientos que reciben nuestras provisiones?
Su mano se detiene sobre el pan.
—Sí.
—Entonces la rotación te importa personalmente.
—Todo lo relacionado con tu cadena de suministro me importa personalmente. —Me sostiene la mirada—. Y lo ha sido desde antes de que entendiera por qué.
Cruzo la habitación. Ella me observa. Levanta el mentón, pero esta noche el ángulo no es desafío. Es una invitación disfrazada de postura que se niega a ponérmelo fácil. Sus ojos siguen mi avance, y la veo registrar la distancia y el ritmo, el número de pasos entre el fuego y el escritorio.
Le quito el pan de los dedos y lo dejo en el escritorio.
—Levántate.
Lo hace. Sin prisa. Me sostiene la mirada mientras se levanta, tan cerca que el calor de su cuerpo me alcanza antes que mis manos.
Mantengo la distancia un instante, porque la anticipación nos sirve a los dos.
He aprendido que el espacio entre la orden y su ejecución es donde ella decide cuánto está dispuesta a dar.
Le pongo la mano en la mandíbula. El pulso le salta bajo mi pulgar. No se aparta.
—Esta mañana has recorrido la muralla conmigo —digo—. No te había llamado nadie.
—No.
—Has propuesto cambios en mi rotación de primavera. —Mi mano sigue en su mandíbula—. Das por hecho que estarás aquí para la siembra.
Se le corta la respiración. No el mecanismo. Ella. La mujer que hay debajo del recuento, la que emerge en los momentos en que tengo la mano en su cara y la distancia entre nosotros se mide en dedos y no en obligaciones.
—Doy por hecho que no me has dicho que me vaya —dice.
Le levanto la cara.
—No te he dicho que te vayas.
La beso. No es la reclamación contenida que marcó el confinamiento, ni el hambre que vino después de la mota.
Esto es más lento, deliberado, y lo deliberado nace de algo que no le había dejado ver hasta ahora.
De ese lugar donde la obsesión del vínculo se ha apaciguado hasta volverse algo más firme, algo que llevo conmigo sin comprobarlo y que no pienso soltar.
Su boca se abre bajo la mía y tomo lo que me ofrece. Mi lengua se desliza contra la suya, saboreando el hidromiel en sus labios, y mi mano le aprieta la mandíbula para sostenerla en el ángulo que quiero. Emite un sonido contra mi boca, bajo y ahogado, y me lo bebo.
La agarro por la cintura con las dos manos, la levanto en el aire y la siento en el borde de la cama. Luego la tumbo y dejo caer mi peso sobre ella. Se deja. Me mira desde abajo con esos ojos firmes, el pecho le sube contra el mío y el corazón le late tan fuerte que lo noto a través de la tela.
Me quito la túnica. Su mirada baja por mi cuerpo y va catalogando las cicatrices y el moratón reciente que me cruza las costillas, donde me golpeó una rama durante la cabalgada de vuelta de Ashborne. Levanta la mano y me recorre el moratón con las puntas de los dedos, ligera, precisa.
—Cabalgaste demasiado fuerte —dice.
—Cabalgué al ritmo que elegí.
—Cabalgaste al ritmo que exigía esa cosa que hay entre nosotros. —Sus dedos aprietan el moratón, lo justo para que lo sienta—. Cambiaste de ruta.
Lo sabe. Siempre sabe más de lo que espero, y es ese saber lo que no deja de colarse más allá de mi autoridad, hasta el territorio que hay detrás.
Le atrapo una muñeca y se la sujeto por encima de la cabeza.
Luego la otra. Las dos sujetas con una sola mano, los brazos estirados, la espalda arqueada debajo de mí.
No se resiste. El pulso le golpea contra mi mano, la respiración se le acorta, los labios entreabiertos, el rubor subiéndole del pecho a la garganta.
Le desato la túnica con la mano libre. Esta vez no me ayuda.
Le voy quitando la ropa prenda a prenda y la dejo desnuda a la luz del fuego mientras yace debajo de mí, con las muñecas sujetas y los ojos en los míos.
Después la camisa interior, que le saco por la cabeza sin soltarle las manos: paso el agarre de las muñecas a la tela y de la tela a las muñecas.
Sus pechos quedan desnudos en la penumbra, los pezones ya duros, y cuando cierro la boca sobre uno de ellos se arquea y se despega de la cama con un jadeo que no intenta contener.
Me tomo mi tiempo. Los dientes rozan la punta, la lengua traza círculos hasta que su respiración se quiebra, y luego paso al otro pecho mientras mi mano baja por sus costillas, por el plano liso del vientre, hasta el cordón de los pantalones.
Se los bajo por las caderas. Alza el cuerpo sin que se lo pida, y esa docilidad tiene su propio calor.
Elección, no rendición. Tomada con los ojos abiertos y las manos todavía sujetas.
Le suelto las manos lo justo para quitarle los pantalones del todo. Se queda tal como la he dejado, los brazos por encima de la cabeza, las piernas algo abiertas, y la luz del fuego le recorre el cuerpo de la clavícula al muslo.
Está desnuda debajo de mí y no se esconde. En esta cama no oculta nada de su deseo, aunque todo lo demás siga a resguardo.
Le subo la mano por la cara interna del muslo. Se le tensan los músculos, alza las caderas hacia mi mano, y cuando mis dedos alcanzan el calor resbaladizo entre sus piernas, el gemido que se le escapa llena la habitación.
Mojada. Empapada ya, cuando no he hecho más que sujetarla y desnudarla. Deslizo dos dedos entre sus pliegues, extiendo la humedad, trazo círculos sobre el clítoris con una presión que le tensa los muslos y la hace temblar. Se muerde el labio. Aumento la presión y el labio se le abre en un gemido.
—Estás así de mojada solo porque te he desnudado —digo, bajo, contra su oído. No es una pregunta.
—Estoy así de mojada por ti. —Tiene la voz ronca. Desnuda—. Lo sabes.
Lo sé, y saberlo me atraviesa con una fuerza que no tiene nada que ver con la posesión. Le hundo dos dedos y se despega de la cama; sus paredes me aprietan, calientes y resbaladizas. Los curvo hacia delante hasta encontrar el punto que le sacude las caderas y le corta la respiración.
Lo trabajo con caricias lentas y deliberadas mientras el pulgar le dibuja círculos en el clítoris. Se retuerce debajo de mí. Cierra los puños en las sábanas, por encima de la cabeza, y mece las caderas contra mis dedos con un ritmo que no controla.
—Mírame a los ojos —le digo.
Arrastra la mirada hasta la mía. El conteo sigue en marcha; lo veo bajo la excitación, esa parte de ella que archiva sensaciones y ritmos incluso ahora. Voy a romperlo.
Retiro los dedos y sisea entre dientes; la protesta es lo bastante afilada como para endurecerme la polla contra los pantalones. Me los quito, me libero, y su atención cae sobre mi polla. Traga saliva, y en ese gesto hay un peso propio.
Le separo los muslos con la rodilla. Bien abiertos. Me coloco entre ellos, me agarro la polla y arrastro la punta por su humedad, me unto de ella, presiono contra su entrada sin entrar. Intenta inclinar las caderas para tomarme. Se las sujeto contra la cama con la mano libre.
—Tú no tomas. Yo doy. —Le sostengo la mirada—. Cuando yo esté listo.
Aprieta la mandíbula. El desafío está ahí, enterrado bajo el deseo, y la combinación de los dos es lo que la hace Anne. Me mira con esos ojos afilados y dice:
—Entonces deja de hacerme esperar.
Me hundo en ella.