El hacedor de reyes (Alfas de las cenizas nº 2) 13 #3
64%

13 #3

Una embestida. Entera. Tan profunda que nos deja a los dos sin aire. Me aprieta, me ciñe la polla con un calor que me arranca un gruñido del pecho. Me quedo ahí, hundido hasta el fondo, sintiendo cómo se contrae en torno a mí, cómo sus paredes se adaptan al tamaño.

Sus dedos arañan las sábanas. Tiene la boca abierta, los ojos clavados en los míos, y el conteo se ha quedado en silencio.

—Ahí está. —Me retiro despacio, casi del todo, la punta de la polla retenida en su entrada, sus paredes contrayéndose para no dejarme ir—. Ese silencio. Así suenas cuando no queda nada que contar. Nada más que lo que te estoy haciendo.

Vuelvo a hundirme, más fuerte, y el sonido que hace es gutural, arrancado de un lugar al que los números no llegan.

La follo con el dominio minucioso y sin prisa que aplico a todo lo que reclamo.

Embestidas profundas que la llenan por completo; cada retirada la deja jadeando, cada regreso le vacía los pulmones.

Yo controlo el ritmo. Yo controlo la profundidad.

Le levanto las caderas con una mano cuando quiero llegar más adentro, le ladeo la pelvis hasta dar en un punto de su interior que le pone los ojos en blanco.

—Ahí —consigue decir—. Dios, ahí.

—Sé dónde está. —Mantengo el ángulo y le doy lo que no puede arrebatarme—. Conozco cada punto dentro de ti que te hace olvidar cómo se cuenta. Y todos y cada uno son míos.

Más fuerte. Más rápido. Los muslos le tiemblan contra mis caderas y sus manos abandonan las sábanas para agarrarse a mis antebrazos; las uñas me clavan medias lunas en la piel.

El dolor lo afila todo. Se cierra más sobre mi polla con cada embestida, más mojada, más caliente, y el sonido húmedo y obsceno de los dos llena la habitación.

—Quédate esta noche —digo. Sigo dentro de ella, sigo moviéndome.

No es una orden. Órdenes se las he dado en esta cama. Le he dicho dónde poner las manos, cómo sostener las piernas, cuándo correrse. Esto no es eso. Esto es una petición, y pedírselo mientras sigo hundido en ella me dice todo lo que necesito saber sobre lo que ha llegado a ser para mí.

—Quédate en esta habitación. No vuelvas a la torre.

Le sale la voz rasgada y cortante a la vez.

—No pensaba ir a ninguna parte con estas piernas después de lo que les has hecho.

Es deseo. Lo veo en su cara, al desnudo: la insolencia, la inteligencia, todas las aristas siguen ahí, pero asentadas encima de algo en carne viva que nunca me había dejado ver con tanta claridad. No lo esconde. Está eligiendo que lo vea.

—Sí —dice.

Su respuesta cambia algo entre nosotros. No es un derrumbe. Es un asentarse, como se asienta la tierra después de la lluvia, cuando el agua encuentra su nivel y se queda. El vínculo la hizo mía. No me hizo desearla tejida en cada rincón de este territorio. Eso lo hice yo.

Me hundo en ella con más fuerza. Ella lo recibe.

Lo recibe todo, se abre a mi alrededor, alza las caderas para recibir cada embestida, sus gemidos se quiebran en sonidos que ya no consigue recomponer.

Le agarro el muslo, se lo subo más, cambio la profundidad, y su grito estalla, descarnado, despojado de los últimos restos de compostura.

Mi lobo empuja hacia el nudo. La exigencia se acumula en la base de mi miembro, el primer aviso de la hinchazón que la dejaría atrapada bajo mi cuerpo y haría imposible que se marchara. La contengo a la fuerza.

Le he pedido que se quede. Encadenarla a mí convertiría su respuesta en algo forzado con mi cuerpo. Esta noche la quiero a mi lado cuando no haya nada que la retenga aquí salvo su propia decisión.

Negárselo tiene un precio. Mi lobo se resiste: la presión sube y se queda ahí, retenida. El esfuerzo se vuelca en cada embestida. Cada envión cae con más fuerza, impulsado por todo lo que me niego a dejar que tome mi lobo.

—Córrete para mí. —Una orden en el mismo registro que uso en las murallas, la voz que dicta las condiciones y no cede—. Ahora.

Su orgasmo la golpea con todo lo que tiene.

Las paredes se cierran en oleadas alrededor de mi miembro, la espalda se le despega de la cama, sus uñas me arañan los antebrazos con fuerza suficiente para hacerme sangre.

Mi nombre se le arranca de la garganta, roto y despojado de todo salvo del sonido de una mujer que ha dejado de contar.

Sentirla cerrarse en torno a mí arrastra mi propia liberación hasta el borde.

Me hundo hasta el fondo, tan adentro como alcanzo, y me corro con un gruñido que se desgarra contra su garganta, la posesión reducida a puro sonido.

Mi miembro palpita dentro de ella, llenándola, y sigo enterrado en ella durante cada sacudida porque no tengo la menor intención de darle distancia todavía.

Cuando por fin salgo de ella, exhala debajo de mí, un aliento que lleva más honestidad que cualquier cosa que haya dicho esta noche.

Me giro de lado y la llevo conmigo. Acaba contra mi pecho, la mejilla sobre mis costillas, la pierna enganchada sobre mi cadera, pegajosa de sudor y de lo que ha quedado de los dos.

—Dijiste que te quedarías —digo.

—Lo recuerdo.

—Entonces no te lo ordené. Tampoco te lo ordeno ahora.

Levanta la cabeza de mi pecho. Tiene los ojos despejados, el rubor aún encendido en las mejillas, el pelo suelto cayéndole sobre la cara.

—Lo sé.

—¿Y?

—Sigo aquí.

Vuelve a acomodarse contra mis costillas. No recurre a los números que la sacan adelante en cada uno de los demás momentos de este castillo. Se queda.

Se me vienen imágenes a la cabeza sin avisar. Anne caminando por la muralla a mi lado. Anne en la mesa de caballete, explicándole a Weylin por qué su sistema de convoyes está mal. Anne de pie en la mota, con el viento en el pelo y sin medir ya la distancia hasta la puerta.

El vínculo no puso ahí esas imágenes. Fui yo.

No sé cuándo ocurrió. No sé la mañana concreta ni el momento exacto en la muralla en que la posesión del vínculo se convirtió en algo completamente distinto.

Solo sé que la mujer que duerme contra mi pecho ha cambiado lo que este territorio significa para mí, y ese cambio es lo más peligroso que existe en una tierra ya asediada.

Su respiración se serena. Su mano se relaja contra mi estómago. Está dormida.

Al otro lado del patio, la Torre del Espía está vacía. No es el nudo lo que la retiene. Ninguna orden la mantiene aquí. Ninguna puerta cerrada, ningún plazo impuesto, ninguna consecuencia suspendida sobre su regreso.

Se quedó porque así lo eligió.

La investigación se cierra mañana. El rastro de pruebas de Leofric ya no tiene a dónde huir, y la mujer que duerme contra mi pecho es quien lo acorraló. Me dio cada pieza que necesitaba para derribar al lobo que traicionó este territorio.

Me pregunto qué más llevará dentro que aún no me ha dado.