13
SOREN
Esta mañana recorre la muralla conmigo. Sin que la llamara.
Sin que se lo ordenara. Baja de la Torre de César, donde ha pasado la noche, como cada noche desde que regresé de Ashborne, y se pone a mi paso sobre las almenas.
Como si el recorrido que he hecho a solas desde que heredé este puesto guardara ahora un hueco que ella pretende ocupar.
Aquella primera noche de vuelta, la puse en mi cama.
No fue una petición. Me había traído las pruebas de la cuarentena, dispuestas sobre mi escritorio con la discrepancia señalada en la notación de mi padre, y la tensión que corría bajo su compostura me dijo que no había comido y que no dormiría si nadie la obligaba.
Así que la obligué. Se tumbó en mi cama con lo que sea que arrastra dentro, y a la mañana siguiente volvió a la Torre del Espía como si la distancia entre su habitación y la mía todavía necesitara mantenerse.
Desde entonces viene a mis aposentos cada noche.
Y se marcha cada mañana. El patrón se repite, y el hueco que mantiene entre donde pasa las noches y donde se despierta es la última frontera que traza dentro de estos muros.
La he estado observando mantenerla igual que observo todo lo que hace.
Con paciencia, y sabiendo que paciencia no es lo mismo que permiso.
Lo que fuera que trajo desde Dover al cruzar mis puertas sigue dentro de ella.
Lo veo en cómo domina las manos cuando cree que no la miro, en la tensión que corre incluso por debajo de sus momentos más firmes.
No la presiono. Le doy tiempo. Y cuando recorre la muralla conmigo en lugar de contar la distancia que separa su torre de la puerta, lo tomo por lo que es.
La dejo. La mañana es fresca, la niebla aún se aferra al río al pie del risco. Las Midlands se extienden bajo la luz temprana, rastrojo oscuro de otoño donde las cuadrillas ya han terminado de recoger la cosecha.
Iguala mi paso sin ajustarlo. El vínculo zumba entre nosotros, constante, cercano; esa conciencia sorda de su presencia que llevo conmigo desde Dover es ya tan permanente que su ausencia se notaría antes que su presencia.
Señala un tramo de la muralla exterior donde el mortero se ha desmoronado entre dos hiladas.
—El desagüe de arriba corre a lo largo del muro en vez de atravesarlo. Los túneles de Dover se inundaban cada vez que se atascaban los canales de drenaje. El agua siempre encuentra la junta débil.
Tiene razón. El mechinal se ha obstruido con la escorrentía de la última tormenta de otoño. Los canteros inspeccionaron este tramo antes de las lluvias. Anne detecta lo que cambió después.
Doy la orden antes de llegar al cuerpo de guardia de la barbacana. Ella no comenta nada sobre la rapidez.
Nunca comenta nada cuando actúo según su información. La entrega y deja que yo haga con ella lo que vaya a hacer, y esa contención me dice más de ella que cualquier confesión.
El registro de cuarentena confirmó lo que sospechaba desde que las cuentas de Stratford dejaron de cuadrar.
Leofric usó su autoridad en materia de contaminación para condenar un envío de reserva sin someterlo a prueba y luego lo redirigió como material a desechar, saltándose por completo la contrafirma de Weylin.
El desvío acabó en una granja que no figura en la lista activa de suministros, un punto muerto en mis mapas, un lugar que no debería recibir provisiones de mis almacenes.
He pasado estos tres días pasando las implicaciones por todos los sistemas que construí precisamente para detectar algo así. La trampa del canario que sembré antes de Ashborne aún no ha dado resultado, pero el desvío de la cuarentena es una prueba independiente que apunta al mismo lobo.
El hombre en quien he confiado más tiempo que en ningún otro de este territorio está usando la autoridad que yo le di para mover mis recursos allí donde no puedo rastrearlos.
La mujer a la que castigué por exponer sus hallazgos delante de lobos entre los que podía estar el saboteador ha aprendido adónde va la información. Va a mí. En privado. Primero.
La lección le salió cara. Que la haya asimilado sin dejar que el resentimiento le embote el juicio me dice algo que mi lobo no puede decirme: está eligiendo trabajar conmigo incluso mientras mantiene oculta una parte de sí misma.
La encuentro en la oficina de suministros después de la comida del mediodía. Está sentada a la mesa de caballetes, las cuentas desplegadas en abanico y esa quietud concentrada de quien lee números que pesan más de lo que sus marcas sugieren.
La trenza se le ha ido soltando a lo largo de la mañana, y un mechón le cae sobre la clavícula, donde el cuello de la túnica se le ha escurrido.
—He estado revisando los cambios de rotación del mes pasado —dice sin levantar la vista—.
A cada cruce contaminado le precedió una modificación del horario.
Secuenciadas, no aleatorias. Alguien ajustó los tiempos para que la ventana de entrega se abriera en el punto de transferencia mientras el equipo de inspección estaba entre estaciones.
Da la vuelta a una cuenta y pasa el pulgar por el reverso.
—Todas las modificaciones están autorizadas.
La marca de Leofric en cada una. Pero el espaciado no es rutinario.
Las hizo por parejas, siempre en días consecutivos, siempre apuntando a cruces que comparten controlador.
Si cotejas las asignaciones de controladores con los cambios de rotación, el patrón encaja.
Me acerco a la mesa y observo las cuentas que ha ordenado. El patrón está ahí. Limpio, preciso, obra de alguien entrenado para reconocer patrones que otros debían pasar por alto. Recorro con el dedo la secuencia que ha construido y la lógica se sostiene en cada cruce.
—Llevas con esto desde esta mañana.
—Desde que recorrimos la muralla.
Levanta la vista. Esa atención concentrada en sus ojos es algo que he aprendido a reconocer como el mecanismo que pone en marcha cuando el mundo le exige orden. El recuento. La clasificación. El motor que nunca se detiene del todo, ni siquiera en los momentos en que lo he llevado casi al silencio.
—Habrá que reestructurar los horarios de los convoyes de primavera. Si mantienes la plantilla de rotación actual, quien la esté explotando tendrá los mismos huecos a su disposición cuando la crisis esté contenida.
Los horarios de los convoyes de primavera. Está proyectando más allá de la crisis inmediata, hacia las operaciones de la próxima estación. Está dando por hecho que seguirá aquí para verlos aplicados.
Lo noto porque yo ya doy por hecho lo mismo, y que ella haya llegado a esa conclusión por su cuenta me provoca una corriente que no nace del vínculo. Más firme que la posesión. Más difícil de examinar. Más fácil de conservar.
—Enséñame qué cambiarías —digo, y lo hace.
Me va desgranando las vulnerabilidades de la rotación y propone un sistema escalonado que elimina las ventanas de entrega emparejadas.
La propuesta es sólida. Yo habría construido algo parecido si hubiera tenido el tiempo y la perspectiva que ella trae de fuera de mi propia operación.
Observo sus manos moverse sobre las cuentas.
La competencia es parte de ello, pero no el núcleo.
He valorado a lobos competentes durante todo mi mandato.
Lo que estoy viendo es a Anne sin representar ya su competencia para justificar su lugar dentro de estos muros.
Ocupa la mesa de caballetes, el paseo por la muralla y la evaluación del mortero como si su lugar aquí no necesitara demostrarse a cada instante.
—Haré que Weylin aplique los cambios en cuanto la ruta de Alcester esté despejada —digo—. Tú le explicarás la lógica de la rotación.
El pulgar se le detiene sobre la cuenta. Un instante de quietud, breve, de los que he aprendido a leer con la misma atención con que ella lee mis registros de suministros.
Ha oído lo que he dicho, y no la instrucción operativa. Le estoy entregando autoridad sobre una parte de mi cadena de suministros, le encargo instruir a un lobo veterano, y lo hago sin reservas.
—De acuerdo —dice. Sin desafío, sin evasivas. La aceptación de un puesto que nunca he concedido a un humano dentro de las murallas de Warwick. La sencillez de su respuesta me acompaña mientras vuelvo a la Torre de César para revisar los registros de Leofric.
El azor regresa de la patrulla del este. Fuerzo el cilindro, leo el informe, envío dos lobos más al vado del río y sello la respuesta antes de que el ave haya terminado de beber.
Luego mi atención vuelve a los campos del sur y a la mujer que me dijo que la tierra estaba agotada. Varias temporadas de rendimiento de cebada a la baja. Anne diría que la rotación necesita descansar. Y tendría razón.
La encuentro de nuevo a última hora de la tarde. Está en el adarve, cerca de la Torre de César, viéndome adiestrar a un azor joven que rechaza el puño. Es un pájaro tozudo, de mirada afilada, que no acude al guantelete ni con carne fresca de por medio. Llevo semanas trabajando con él.
No la invito a acercarse, pero tampoco le digo que se vaya. Al cabo de unos minutos cruza hasta donde estoy y dice:
—No se fía del guante.
—No se fía de nada.
Empieza a extender la mano desnuda hacia la almena donde está posado el pájaro, y le atrapo la muñeca antes de que la aleje del cuerpo.
—Nunca ofrezcas carne sin proteger a un depredador.
—No se acerca al cuero.
—La confianza no tiene nada que ver con lo que sus garras le harían a tu mano.
La atraigo contra mi costado y descuelgo el guantelete de repuesto del gancho de la pared; se lo ajusto yo mismo sobre los dedos. El cuero le queda grande. Aprieto los cordones hasta que queda firme.
—Si pretendes cuestionar cómo manejo a mis halcones, lo harás sin sangrar en mi adarve.
Extiende la mano enguantada. Quieta. Paciente. El azor la observa desde la almena con la cabeza ladeada. No vuela hacia ella. Pero deja de desplegar las alas, y las plumas del lomo se le alisan por primera vez desde que empecé el adiestramiento.