El hacedor de reyes (Alfas de las cenizas nº 2) 9 #3
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Sus ojos encuentran los míos. Incluso ahora, incluso con mi polla enterrada dentro de ella, la mirada que me lanza tiene filo. Evaluación. La mujer que lo cuenta todo está midiendo lo que esto me cuesta, y su capacidad de leerme mientras estoy dentro de ella resulta tan exasperante como excitante.

—Siente eso —digo contra su garganta—. Eso es lo que me haces. Tus números no pueden contener esto.

Me retiro y embisto lo bastante hondo para que la evaluación se disuelva en un gemido que no puede convertir en arma.

Las piernas se le abren más, su cuerpo se abre para mí, y la elección se ve en el desafío que sostiene en los ojos incluso mientras la espalda se le arquea y la respiración se le fragmenta.

Impongo un ritmo lento, devastador y enteramente mío. Cada embestida me entierra hasta la base. Cada retirada le arranca un gemido de la garganta, bajo y destrozado.

El nudo ya se me está hinchando en la base de la polla, más grueso con cada embestida.

Mi lobo quiere enterrarlo dentro de ella, forzar a su cuerpo a estirarse alrededor de la hinchazón hasta que jadee en ese filo exquisito donde el dolor se vuelve placer.

Atarla a mí. Retenerla ahí mientras el nudo palpita y su cuerpo lo aprieta y ninguno de los dos puede separarse hasta que la hinchazón baje y mi olor esté tan hondo en su piel que todos los lobos del territorio sepan que es mía.

Contengo la hinchazón a la fuerza. No esta noche.

Cuando la ate a mí, después no quedará ninguna distancia entre nosotros, y esta noche ella todavía guarda una.

La contención hace que la siguiente embestida sea más dura de lo que pretendía.

Más brusca. Ella jadea y me clava las uñas en los hombros, y no aflojo.

Apoyo un brazo contra el cabecero y le agarro la cadera con el otro, sujetándola en el ángulo que me permite entrar más hondo.

La espalda se le arquea, se separa del colchón, y la respiración le sale en fragmentos rotos, cada uno con un gemido que no puede reprimir.

Las señales de lo que se está acumulando están en el rubor que le baja por el pecho, en la contracción involuntaria alrededor de mí, en la cabeza echada hacia atrás, en la garganta expuesta en una línea que el animal interpreta como una ofrenda.

—Córrete para mí —digo—. Los números ya no están. Muéstrame lo que escondes debajo.

Se rompe. El orgasmo la atraviesa en oleadas que siento alrededor de mi polla, y el grito que suelta es lo más alejado del control que he oído jamás de la boca de esta mujer. Su cuerpo se cierra en torno al mío, cada músculo tensándose, y la presión me arrastra con ella al otro lado del límite.

La liberación me desgarra. Me entierro hasta el fondo, la polla palpitando mientras me corro dentro de ella, y cada descarga me arranca otra contracción brutal del cuerpo.

Mi lobo aúlla bajo mi piel, silencioso y salvaje.

Su cuerpo se aprieta alrededor del mío. El corazón le late con fuerza contra mi boca, donde mis dientes rozan su garganta.

El olor de su excitación satura el aire, tan espeso que se puede saborear.

Salgo de ella y mi lobo pelea conmigo por ello. Ruedo hasta quedar boca arriba, con la polla todavía empapada de ella.

No me busca. Sigue tumbada boca arriba, con la respiración calmándosele poco a poco y los ojos clavados en el techo. La distancia que mantiene entre nosotros en una cama tan estrecha es una decisión que no se me escapa.

—Me estás mirando fijamente —dice sin volverse hacia mí.

Su voz vuelve a ser firme, pero mantenerla ahí le cuesta esfuerzo.

—Ya te dije una vez que eso era provocador.

—Lo es.

Gira la cabeza sobre la almohada. Tiene los ojos claros, afilados, la evaluación de vuelta en su sitio aunque tiene la piel encendida y el pulso se le ve en la base del cuello.

—Todo en ti es provocador. Saberlo no lo mejora.

No se acomoda contra mí. No se acurruca en el calor, ni cierra el hueco, ni interpreta el papel del después. Está tumbada en mi cama con todo el peso de lo que carga encima, y el espacio que mantiene es el espacio de una mujer que ha entregado su cuerpo sin entregar lo que hay detrás.

Yo tampoco cierro el hueco. El fuego se asienta. La luz va menguando hacia el anochecer. El silencio entre nosotros guarda algo que ninguno de los dos está dispuesto a decir en voz alta, y su filo es lo bastante cortante como para hacer sangre.

Desear no es amar. Me lo he repetido desde Dover.

El vínculo es posesión. Una declaración biológica con la fuerza de la ley, pero sin ninguno de sus matices.

El vínculo la reclamó en Dover. Desde entonces no he dejado de hacer valer esa reclamación, en cada habitación donde duerme, en cada muralla que recorre, en cada sonido que le arranco de la garganta.

Lo que siento al verla tumbada en mi cama, con el hueco que mantiene y la cara vuelta hacia la ventana que ha dejado de medir como vía de escape, no es el vínculo.

Algo en la manera en que sostiene la distancia, medida y precisa, me dice que la distancia es lo único que puede permitirse entregar esta noche. Lo que queda detrás sigue custodiado.

El vínculo la eligió. Lo que crece en el espacio entre esa elección y este momento es algo que elegí yo, y pesa más que cualquier cosa que exija el vínculo, incluso uno entre compañeros predestinados.

Mi lobo se aquieta bajo mi piel. Por una vez, el lobo y el hombre quieren lo mismo. Esta noche me ha dado su cuerpo y se ha guardado sus secretos. Tendré las dos cosas antes de que esto acabe.