El hacedor de reyes (Alfas de las cenizas nº 2) 3
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SOREN

Se le dijo adónde podía ir. El acceso a la armería no está entre esos lugares.

El informe de Haldan llega antes de la comida del mediodía, transmitido con la cuidadosa neutralidad de un lobo que sabe distinguir entre informar y dictar sentencia. Se queda en el umbral de la oficina de suministros y habla sin inflexión.

—Recorrió el camino de ronda desde la Torre del Espía hasta el lienzo norte de la muralla, igual que las mañanas anteriores.

Giró al este en el cruce. Continuó más allá de la capilla y a lo largo de la cara exterior de la Torre de Guy hasta tener una línea de visión despejada del patio de la armería.

—¿Cuánto tiempo?

—El suficiente para contar lo que estaba mirando. —Haldan hace una pausa—. Tenía una razón plausible para esa ruta. El jardín de la capilla queda entre el camino de la Torre del Espía y la Torre de Guy, y una mujer que explora sus dominios bien podría atravesarlo.

—Pero no se detuvo en el jardín.

—No se detuvo en el jardín.

Le concedí la Torre del Espía, el camino de ronda, el patio interior con escolta, el Gran Salón para las comidas o cuando se la convocara. Condiciones claras, enunciadas una sola vez.

Las condiciones no se negociaron porque no son negociables. La mujer que contó los escalones hasta su habitación antes de cruzar el umbral entendió el idioma lo bastante bien como para cumplir durante casi una semana.

Ahora ha tanteado el límite. La prueba fue cuidadosa, negable, disimulada en una ruta plausible que cualquier observador razonable aceptaría. Una mujer que pasó por casualidad junto a la Torre de Guy camino del jardín de la capilla.

No necesito que la tapadera falle. Necesito que entienda que la tapadera nunca fue lo que importaba.

—¿Dónde está ahora?

—En la Torre del Espía. Volvió por el mismo camino. Weylin está en su puerta.

La encuentro en la Torre del Espía. Está de pie junto a la ventana del este, de espaldas a la puerta, y no se vuelve cuando entro porque oyó mis botas en la escalera antes de que yo llegara al descansillo.

Tiene los hombros rectos. Las manos, a los costados. La postura es serena, impasible, la quietud ensayada de una mujer que ha decidido qué cara poner antes de que empiece la conversación.

A mi lobo le da igual su cara. Lleva rastreando el pulso de esta mujer desde que empecé a subir la escalera, y el pulso dice todo lo que la postura se esfuerza por negar.

—Esta mañana pasaste junto a la Torre de Guy.

—Pasé por el jardín de la capilla. —Su voz es firme. La corrección es precisa—. El camino bordea la cara exterior de esa torre, sea la que sea, para llegar a la entrada del jardín. No entré en ninguna zona restringida.

No está mintiendo. Está haciendo de abogada. Ofrece una defensa que respeta la letra de mis condiciones y se salta el espíritu. La distinción importa porque me dice con qué clase de inteligencia estoy tratando.

—No te dije adónde no podías ir. Te dije adónde podías. —No levanto la voz. Nunca me ha hecho falta—. Hasta que entiendas dónde está el límite, tu mundo se reducirá a las habitaciones que yo elija.

Alza el mentón. El movimiento es mínimo, contenido, involuntario. Se da cuenta y lo sostiene, y ese aguante es su manera de desafiarme.

—¿Cuánto tiempo?

—Tres días.

—¿Y si me niego?

—Las condiciones no cambian. —Dejo que el silencio se alargue antes de terminar—. Llegaste a este castillo como mía. Lo que eso significa, y cuánta libertad conlleva, es algo que se gana. Todavía no te lo has ganado.

Me sostiene la mirada. Su habitación en la Torre del Espía es lo bastante pequeña para que, de pie en el umbral, la tenga al alcance del brazo.

El aire que nos separa trae su olor en una concentración que el camino de ronda al descubierto nunca permitió.

Piel limpia, la lana de la túnica que le proporcioné y, debajo de las dos cosas, su sal cálida.

El corazón le late más rápido de lo que su compostura querría que yo notara.

Mi lobo se agita en la base de la columna. Tres días dentro de mis aposentos. El instinto territorial no distingue entre cautiva y reclamada.

Se sienta en el borde de la cama. El gesto no es sumisión. Es cálculo.

Ha decidido que este enfrentamiento cuesta más de lo que vale. La decisión llegó lo bastante rápido para decirme que ha estado echando cuentas en cada encuentro desde que llegó, sopesando cada respuesta en función de la información que revela y de la ventaja que le cuesta.

Bien. Una mujer que calcula es una mujer capaz de aprender dónde están los límites de verdad.

—Ven conmigo.

Se levanta sin que haya que repetírselo.

Mis aposentos ocupan la planta superior de la Torre de César.

La estancia es lo bastante amplia para el escritorio de roble donde trabajo, la cama contra el muro sur, el hogar y el arcón con refuerzos de hierro, cerrado con llave, que guarda la correspondencia con los otros tres alfas.

Las ventanas dan al este y al sur, y ofrecen la vista más alta de Warwick sobre el río y los campos de más allá.

Entra detrás de mí. Sus ojos recorren la habitación por secciones: primero los muros, luego las aberturas, luego el mobiliario, luego las distancias entre los objetos. Lo hace en segundos, y lo hace bien. La dejo, porque la información que recoge es la información que quiero que tenga.

Aquí pasará los próximos tres días. Conmigo.

—Las condiciones —digo—. No sales de esta habitación sin mí. Comes aquí, duermes aquí, ocupas dentro de estas paredes el tiempo que el día traiga. Si me reclaman en otra parte, la puerta sigue cerrada hasta que vuelva. Tres días. Cuando hayan pasado, hablaremos de lo que venga después.

—¿Y mis cosas? Mi ropa está en la Torre del Espía.

—Haré que la traigan.

La mirada que me lanza podría arrancar el mortero de la piedra.

—También vas a vestirme, ¿no?

—Voy a mantenerte. Lo que necesites llegará a través de mí. Cuando puedas demostrar que respetas el límite, hablaremos de lo que venga después.

No responde. Camina hasta la ventana del sur y se queda de espaldas a mí, contemplando los campos. La luz de la mañana prende en los mechones sueltos de la sien, y el vínculo tira de mí con esa presión sorda e insistente que no ha cesado desde Dover. Esta mujer es mía.

El código no contempla esa certeza. El hombre que hay en esta habitación no ha decidido qué hacer con ella, y la indecisión es una deuda que arrastro desde que tomé mi decisión en Dover.

El primer día es de una obediencia perfecta, exasperante.

No da vueltas por la habitación. No tantea la puerta. Se sienta junto a la ventana del sur y se entrega a una quietud absoluta. Esa quietud es un arma diseñada para hacerme consciente de todos los sonidos de esta habitación que no vienen de ella.

El rasgar de mi pluma sobre el pergamino. El crujido de mi silla. El ritmo de mis propias exhalaciones, que ella sigue con la concentración de alguien que elabora un informe que no piensa compartir.

Cuando Leofric llega con el informe de suministros de la tarde, ella escucha sin disimular. Se lo permito.

Leofric sabe qué puede decir con público delante y qué exige el pasillo. Informa de que la investigación de la plaga avanza y de que las reservas orientales se mantienen. Los detalles que omite son los que importan, y transmite la omisión sin mirarla ni una vez.

Lo acompaño hasta la puerta. Me da el resto en la clave abreviada que usamos desde hace años: la ventana de contaminación se ha estrechado, los manipuladores están limpios, el punto de exposición queda en el camino abierto, entre dos puestos de control.

Le doy sus órdenes y cierro la puerta a su espalda.

Vuelve el silencio. Ella no se ha movido del asiento de la ventana. Las manos cruzadas sobre el regazo, la espalda recta, y cada línea de su cuerpo dice que podría seguir ahí sentada más tiempo del que yo pueda fingir que no está en la habitación.

—Me estás mirando fijamente —digo.

—Me has encerrado en una habitación sin nada que hacer. Me entretengo.

—Busca algo menos provocador.

—¿Menos que mirarte?

La pregunta cae en la habitación silenciosa con más peso del que ella pretendía, o con exactamente el peso que pretendía.

Con ella todavía no sé distinguirlo, y la incertidumbre es una sensación desconocida para un hombre que ha gobernado este territorio eliminando la incertidumbre de cada sistema que mantiene.

—Hay libros de cuentas en el estante que hay detrás del escritorio —digo—. La Manada del Hacedor de Reyes lleva sus registros en una notación antigua que mi padre adaptó de unas marcas anteriores al cataclismo. No podrás leerlos.

—¿Es un desafío?

—Es un hecho.

Se levanta del asiento de la ventana y pasa por delante de mí hacia el estante.

Lo bastante cerca para que sienta el calor de su cuerpo desplazando el aire entre nosotros.

Sabe perfectamente lo que hace. Elige un registro de los primeros años y lo abre sobre el regazo con la determinación concentrada de quien piensa descifrar la clave que acabo de decirle que es indescifrable.

La dejo intentarlo. Es un registro cerrado, con cifras obsoletas desde hace mucho. El intento me dirá más de ella que cualquier interrogatorio, y el interrogatorio nunca ha sido mi método.

La primera noche le digo que se desnude.

Está de pie junto a la ventana del sur, donde ha pasado casi todo el día. Las manos se le detienen a los costados.

—¿Perdona?

—Vas a dormir en mi cama. Dormirás como duermo yo. —Señalo con la cabeza el extremo más alejado—. Quítate la ropa y métete.

La mirada que me lanza duraría más que la piedra de estos muros.

Pero lo hace. Primero la túnica, luego la camisa interior, dobladas con los movimientos precisos y pausados de una mujer que se niega a dejarme ver que esto le cuesta algo.

Permanece de espaldas a mí. La línea de su columna es recta, la piel pálida a la luz de la lámpara, y mi lobo se calla de un modo peor que si estuviera dando vueltas.

Se sube la sábana hasta la clavícula y se tumba en el borde más alejado, con la cara hacia la pared.