El guerrero de Morvenna (Corazones de brezo y acero 4) EPÍLOGO
100%

EPÍLOGO

La primavera alcanza los valles de Strathos trayendo ese aroma denso a tierra húmeda por el deshielo y a hierba nueva de los prados que mi pituitaria conoce al dedillo por las lunas de las colinas altas y que aquí, entre las losas de piedra gris, viste otra textura diferente para las leyes del aire —más ancha en sus dimensiones, más abierta hacia el horizonte del sur, desprovista de la masa de los pinos altos para contener la fuerza del viento—.

Sumamos cuatro lunas completas habitando bajo las murallas del castillo. No es un volumen grande de tiempo para las crónicas de los clanes. Es fianza suficiente en los mapas para poseer la certeza exacta sobre el orden de algunas realidades de la vida.

Las reses de los establos han retornado a poblar los llanos del norte.

Las cosechas de la cebada de invierno están plantadas en las tierras labradas del borde.

El consejo general de los clanes vecinos juzga las deudas penales de Cathal y los cinco oficiales en las lunas de febrero, y lo que brota de ese tribunal de los lairds es justamente la sentencia legítima que tenía la obligación de brotar para la salud del valle —no es un orden perfecto sobre el papel pergamino, pero se muestra limpio de venganzas de sangre, que representa el volumen máximo que mi sospecha puede exigirle a la justicia ordinaria de la especie de los hombres.

Las mujeres del pueblo de las casas bajas acortan la distancia hacia mis estancias dos veces por semana.

No lo hacen portando demandas extraordinarias sobre magias oscuras —acuden buscando el Remedio de las raíces secas, las hojas limpias para las fiebres de los niños, el linimento para las cosas ordinarias de la salud que mis manos largas saben gobernar con mayor destreza que ninguna otra curandera en el norte—.

Las atiendo en la estancia amplia que la quietud de Ronan hace preparar junto a los límites del huerto de la fortaleza, con los tallos de las hierbas colgando de las maderas del techo de la misma forma uniforme en que habitan en la habitación pequeña de la cabaña.

Es una fórmula de relación con el exterior que mi fuero conserva la capacidad de gestionar sin quebrar las defensas.

Las horas de la mañana guardan ya su propia liturgia doméstica dentro de los troncos de la cocina.

Damos cuenta de las raciones del desayuno las cinco almas de la casa juntas en mitad de la cocina del castillo —omitiendo el uso del salón grande de las almenas, estancia que el mando de Ronan reserva exclusivamente para lo que requiere la formalidad heráldica del salón, prefiriendo la intimidad de los leños rústicos—, compartiendo el estrépito inicial de los palos de Oisín, las páginas de pergamino viejo del tratado de Cael y la precisión silenciosa de los dedos cortos de Bríde queriendo partir el pan de cebada en porciones exactas sobre la mesa.

Tras retirar el barro de la comida, Ronan establece la línea del entrenamiento con Cael en mitad del patio de armas pequeño.

Se valen de las espadas de fresno roma todavía —esa cláusula del contrato no ha sido negociada por mi boca— pero el movimiento de bloqueo lateral se nota ya tan limpio y seguro en los brazos del niño que los propios guerreros de la guardia de Strathos detienen sus botas en las losas para mirar la destreza del muchacho.

Oisín mide la longitud de sus piernas contra el hierro del estribo de los establos cada mañana del mundo.

Cada amanecer sus dedos descalzos no alcanzan el nivel por una distancia exacta de dos dedos de la mano.

Cada mañana desata la voz en el patio para anunciar a la infantería que el éxito casi está fijado en sus dedos, y el caballo castrado de pelaje gris, el más viejo de las cuadras, lo observa clavando las pupilas con esa paciencia infinita de la bestia que ha visto crecer a tres generaciones de ese mismo «casi» infantil antes de que la primavera limpie las peñas.

Bríde ha reclamado el territorio del rincón sur del huerto del castillo para las leyes de sus manos cortas.

Le enseño las leyes para desterrar la turba y preparar la tierra húmeda, y ahora crecen ahí, dispuestas en unas filas que no se muestran del todo rectas por la geometría del prado, las primeras plantas de milenrama limpia de Strathos —hijas legítimas de las semillas secas que cruzaron con nuestro petate desde el cobertizo de las colinas altas—.

Y en mitad del cofre de madera de mi habitación principal, envueltos bajo el lienzo de un lino limpio, descansan tres nombres legítimos escritos en tres fragmentos de pergamino viejo —las designaciones auténticas de las tres mujeres del norte cuya sangre y cuyo vientre entregaron al mundo de los hombres la carne de Cael, de Bríde y de Oisín—.

Ronan me formula la duda sobre el contenido del lino una única vez, en las lunas de febrero, vigilando la apertura del arcón.

Mi boca responde ante sus ojos grises: «En la jornada en que sus naturalezas estén listas para recibir el peso de las letras, laird».

Y su mandíbula evita preguntar más líneas sobre el asunto, porque su veteranía ha aprendido a lo largo del invierno que conmigo las realidades de gran importancia guardan su propia hora asignada en la tierra y no son adelantadas por las prisas de los salones.

En la mañana de hoy, la que cierra la crónica de esta historia, se ha desatado con un grito rudo desde el interior de las cuadras altas.

No se trata de una voz de alarma por un peligro del foso.

Representa un grito limpio de victoria absoluta —agudo en su sonido, total en su entrega, inconfundible para el oído de la casa—.

Para el suspiro en que las botas de Ronan alcanzan las losas del patio de los establos, la mitad del castillo de Strathos ya maneja el lo que sabe de lo que ha acontecido en la paja, porque Oisín permanece anunciando la conquista valiéndose de un volumen de voz calculado con minucia para que las letras enteras alcancen el confín del reino de las colinas altas.

Sus pies descalzos han alcanzado la altura del estribo de hierro.

Permanece de pie junto al flanco del caballo gris, con la palma de la mano izquierda plana sobre el límite del hierro del estribo —la palma entera asentada contra el metal, desprovisto de poner los dedos en puntillas contra la tierra del suelo, comprobando la insistencia de la posición tres veces consecutivas delante de los mozos que sirven de testigos— y exhibiendo la cara del general veterano que ha culminado la empresa más compleja de su vida en la campaña.

—Ahora tu mano guarda la obligación militar de izar mi cuerpo sobre las crines —le informa al laird en cuanto divisa su cota de malla—. Esa es la regla estricta de la cuadra.

—¿Bajo qué acta del consejo se ha estipulado esa ley del estribo, niño? —pregunta Ronan, plano el tono.

—La que mis leños han trazado en este mismo suspiro de la mañana —indica el pequeño, afianzando las piernas—. La estoy redactando ahora mismo sobre las losas.

Ronan clava los ojos grises en la silueta del caballo viejo.

La bestia desvía las pupilas hacia su laird exhibiendo en los belfos algo muy parecido al consentimiento invariable de las cuadras.

Y un instante después de las velas, el pequeño Oisín habita ya arriba en las maderas de la montura, con las manos cortas aferradas a la crin del animal y la espalda recta como los oficiales le han enseñado a disponer el cuerpo sin que ninguna alma del castillo recuerde haberle desatado la orden de la equitación jamás en el patio.

Bríde se materializa a media vuelta del corral, escala las maderas de la cerca con la agilidad de su rango, evalúa la orilla de la postura de su hermano menor y emite el dictamen de la mañana:

—Las costuras de los talones deben marchar hacia abajo, Oisín. Reajusta el calzado.

Oisín desciende la línea de los talones contra el hierro del estribo, obedeciendo la corrección.

Desde las piedras de la muralla norte, una silueta corta infantil cargando el tratado de estrategia bajo el brazo izquierdo observa el corral entero de los establos sin permitir que una sola línea de la descubierta escape a sus ojos grises, y en cuanto la montura de Oisín completa la vuelta al patio y sus pupilas buscan las miradas del perímetro —primero buscan el lino de mi ventana, luego desvían la dureza hacia las piedras de las almenas altas—, Cael inclina la cabeza corta una única vez desde su altura de centinela.

A las leyes de Oisín esa concesión de su hermano mayor le vale como la mayor ovación que las huestes del sur podrían desatar en la plaza.

Yo vigilo la totalidad del lance de la mañana desde la ventana abierta de la sala de las hierbas, mientras mis dedos terminan de aplicar un vendaje limpio de lino a una mujer del pueblo que sufre la quemadura del fuego en su cocina.

La mujer de las casas bajas también orienta las pupilas hacia el corral, y quiebra las líneas del rostro en una sonrisa, y en un momento dado de la cura comenta, sin otorgarle importancia dinástica al informe:

—Qué grande se percibe ya el cuerpo del pequeño de los señores de Strathos.

El pequeño de los señores de la plaza.

Termino de asegurar el nudo del lino sin que las palmas de mis manos largas se enteren de la marea que se mueve más arriba en mi cabeza, como ejecuto siempre desde las jornadas de la cabaña.

Y guardo las letras de la frase entera, con sus cuatro palabras de fianza, en el rincón preciso del arcón donde guardan mis leyes las realidades que doce inviernos atrás habrían resultado materias imposibles de soñar bajo el frío del aislamiento.

Ronan entra en la estancia a buscar la posición de mis botas en cuanto la mujer del pueblo gana el sendero de salida.

Se mantiene inmóvil un pasaje de las velas junto al marco de la puerta de madera, vigilando cómo mis manos ordenan las vasijas de la milenrama, con el estrépito lejano de Oisín relatando la gesta de su estribo a las gallinas del patio colándose por la ventana abierta de la cocina.

No suelta frases de su boca. Yo tampoco quiebro el orden del silencio con letras vacías.

Pero desvío las pupilas hacia sus facciones de perfil, y su rostro continúa exhibiendo el diseño de un hombre de armas al que las leyes de la tierra han devuelto un valor robado en la zanja, y las dos almas de la cabaña manejamos con concentración desde hace meses que la materia devuelta no es la posesión de las torres del castillo de piedra.

Oisín corre por mitad de los prados verdes bajo la forma del ciervo grande.

No lo hace de forma constante en las jornadas —evita desatar la transformación en los minutos donde se nota la presencia de colonos comunes del pueblo que todavía están adiestrando las conciencias al diseño de la profecía, ni cuando mi sospecha considera que el suspiro no es el correcto para el orden de la plaza—.

Pero en esta tarde templada de primavera, con el sol bajo hincando sus rayos rojizos en los llanos y el prado norte desprovisto de testigos del sur, sí permito la libertad de sus pezuñas en la hierba.

Bríde despliega el vuelo en círculos concéntricos sobre las almenas altas del homenaje.

Tampoco lo hace a cada hora del día. En la tarde de hoy sí viste las plumas —el halcón de garras limpias y ojos dorados, mostrando esa precisión exacta en las alas que no es una demostración artificial de poder y se manifiesta como lo que verdaderamente es su naturaleza, nada más allá de la fuerza, trazando las órbitas amplias que su instinto traza en el cielo cuando la bóveda se muestra lo bastante grande para su mística y los vientos del norte corren bajo la frecuencia correcta—.

Cael permanece firme en las piedras de la muralla.

Habita bajo la forma del lobo gris, clavada la calma de sus pupilas grises en el territorio que se extiende tendido hacia el sector norte.

No ocupa el margen porque exista una alarma de lanzas que vigilar en el horizonte —no se advierte ningún peligro en los caminos, esta tarde de primavera la paz es una realidad en el valle y el filo de las colinas altas muestra un dibujo limpio de nubes—.

Sucede porque existen oficios sagrados de la milicia que las almas honestas no abandonan en el barro, cambian únicamente de naturaleza bajo el mando del laird.

Los observo en bloque desde las losas del patio de armas.

Ronan alcanza el flanco de mi túnica gris sin producir el menor ruido con las botas —aprendió la disciplina de mover su envergadura pesada sin alarmar a las bestias en mitad de las colinas altas y el hábito de campaña no ha abandonado sus tendones en el castillo—.

Detiene su cuerpo junto a mis telas. Las dos almas miramos el mismo punto exacto de la tierra: Oisín quebrando el prado en el llano, Bríde batiendo las alas en el cielo, Cael guardando las piedras en la muralla.

El silencio que se instala entre nuestros dos hombros pertenece a la estirpe limpia que no necesita palabras de mercado para llenarse.

—Nunca calculó mi sospecha en el aislamiento que mis días albergarían la presencia de una familia —suelto la frase en un susurro, fija la vista.

No he planificado las letras en mi interior. Sale sola la melodía de mi boca, con la voz baja que las almas emplean únicamente cuando la carne baja la guardia de la empalizada un suspiro de las velas sin habérselo propuesto antes al orgullo.

Ronan me mira de reojo bajo el sol de la tarde.

—Yo tampoco lo esperaba, Morvenna —responde su voz profunda.

Y continuamos vigilando el borde de los pinos altos sin mover un músculo.

Oisín levanta la cabeza corta desde la hierba del prado —el ciervo grande, orientando la gravedad de sus pupilas hacia nuestra posición junto a los troncos— y luego reanuda la carrera libre por los llanos.

Bríde desciende el vuelo en una espiral limpia del aire y asienta sus garras un momento corto en la piedra de la almena, justo al flanco de las patas de Cael, que ni de cerca quiebra la rigidez de su rostro hacia su túnica, pero mueve la cola una única vez contra el granito del muro.

El sol de la tarde de la primavera rueda su luz sobre los prados verdes de Strathos.

Las tres criaturas extraordinarias del bosque.

El silencio denso de dos adultos que han alcanzado un territorio que ninguno ha buscado en mitad del frío y que han tomado la determinación inquebrantable de quedarse para siempre.

Y ahí concluye la crónica de las colinas del norte.