CAPÍTULO 26
Oisín desaparece antes de que la primera línea del amanecer quiebre el negro del cielo.
Lo descubro al entrar en el corredor a despertar a las tres criaturas: la paja de su jergón no tiene peso.
El lecho no está revuelto por los giros de una pesadilla —está vacío, con la manta de lana doblada en un extremo con esa pulcritud sospechosa de los niños que han hecho algo a sabiendas de que viola las leyes de la casa y pretenden compensar la culpa con el orden de las mantas—.
Ese detalle de la manta no compensa la falta.
Cael está despierto en su rincón, las pupilas fijas en las vigas del techo oscuro. Oye mis pasos y desvía los ojos grises hacia mi chal. Lo miro fijamente.
—¿Cuándo se ha ido? —pregunto, manteniendo la voz baja.
—Antes de que la luz del alba rondara los pinos —responde el mayor, sin mover la espalda—. Lo oí cruzar el pasillo.
—¿Y no lo paraste?
Una pausa corta en la estancia.
—Le corté el paso en el umbral —indica el niño—. Pero Oisín dijo que no era asunto mío. Que dónde iba no me incumbía.
Lo proceso por dentro. Que Oisín le diga eso a Cael es, en las leyes que gobiernan a los tres hermanos, una declaración de independencia en toda regla.
Significa que el pequeño ha decidido algo por su cuenta y lo ha defendido con el orgullo rudo de los clanes.
A sus cuatro inviernos, antes de que el sol limpie las cumbres, en mitad del frío cortante de diciembre.
Me ajusto el chal de lana gris sobre los hombros. Salgo.
El bosque del norte está envuelto en esa luz gris del alba que ni es la oscuridad de la noche ni la claridad del día.
Conozco esta arboleda mejor que ningún otro sitio de la tierra —cada tronco de abeto, cada peñasco del sendero, cada bifurcación de la maleza—.
Y ni siquiera eso impide que un frío sordo se me instale bajo las costillas, un latigazo de alarma que me quita el aliento.
Oisín tiene cuatro inviernos. Cuatro años de carne expuesta en mitad del bosque a oscuras, solo, desafiando el hielo de diciembre para buscar a un guerrero que puede estar en cualquier rincón del norte.
No es una criatura ordinaria del sur —lo sé, sus pies descalzos saben medir este suelo de formas que mis botas ignoran—, pero el pánico que me muerde las entrañas no atiende a razones.
Sigo el rastro de las pisadas pequeñas hundidas en la arcilla húmeda de la subida.
Y pienso, sin querer, en lo que sería perderlo.
No en abstracto: el jergón vacío el resto de los inviernos, el silencio donde antes había estrépito de palos, la manta doblada con esmero como la última frase de su infancia en mi patio.
«No vas a permitirlo», me digo, apretando los dientes contra el viento. «No vas a perderlo en el barro.»
Lo encuentro en el borde del claro del este, justo en el prado bajo donde los ciervos descienden a buscar el verde en las tardes de tregua.
Freno las botas en seco.
Me quedo un segundo inmóvil en la maleza antes de procesar entero lo que estoy viendo en mitad de la nieve.
Ronan está sentado con la espalda recta contra el tronco rugoso de un abeto.
Oisín a su flanco derecho, la cabeza corta apoyada en el lienzo de su hombro herido, rendido por el cansancio de la marcha.
Las dos siluetas descansan cubiertas por la lana pesada del plaid de campaña del laird.
El aire me sale de los pulmones de golpe; no el suspiro blando de las mujeres del sur, sino la descarga ruda de la tensión que llevaba dentro desde que vi la paja vacía en el corredor. Oisín duerme en mitad del frío. Está sano. Conserva el color limpio y encendido en las mejillas.
Ronan clava sus ojos grises en mi chal en cuanto mis botas quiebran la última rama del acceso. No hace ningún movimiento que altere el descanso de la criatura.
Acorto la distancia. Bajo mi cuerpo para sentarme en el suelo helado, justo enfrente de las dos siluetas, la espalda en la corteza de otro árbol y las palmas sobre las rodillas.
La claridad del alba sigue abriéndose entre las nubes del norte.
Las aves de invierno empiezan sus reclamos en las copas altas.
—El viento trae el hielo a su túnica —avisa Ronan en un susurro, moderando la voz para no turbar el sueño del niño.
—Sé bien el frío que hace en la vaguada —respondo, plana la voz.
—Llegó a este tronco antes de que el cielo se pusiera gris.
—Eso también lo tengo contado.
Silencio de monte en el claro. La arboleda, la escarcha y Oisín durmiendo entre los dos como si ese rincón de la nieve fuera el sitio más razonable del mundo para fundar un campamento.
—No tengo méritos para que haya venido a buscarme en la sombra —reconoce Ronan, los ojos grises en las mantas.
—No los tienes, laird —sentencio, endureciendo las facciones—. Tu acero no tiene crédito en esta casa. Pero el capricho del niño te ha venido a buscar de todas formas, esta madrugada.
Vigilo la cara de Oisín. Las pestañas oscuras quietas sobre la piel. La boca corta entreabierta por el ronquido. Su palma pequeña sigue aferrada con concentración a la lana del plaid de Ronan, bajo ese instinto del sueño denso que se niega a soltar el objeto que ha ganado para su seguridad.
—Oisín no se rige por lo que los hombres merecen en los salones del sur —sigo, sin apartar la calma de mis pupilas de su rostro—.
Hace las cosas solo porque su fuero ha decidido que son lo que hay que hacer.
—Hago una pausa corta—. Es así desde que tenía dos inviernos. No ha cambiado una sola línea.
—¿Y el tiempo lo cambiará? —pregunta el guerrero.
Lo miro fijamente en mitad de la hierba gris.
—No, Ronan. Su naturaleza es inmutable.
Y en esa sílaba no hay queja de madre, sino el reconocimiento de quien ha aceptado una ley de la tierra y prefiere su desorden antes que la miseria de su ausencia en el hogar.
Ronan mira la cara del niño dormido. Algo leve le cruza la mandíbula dura —no una expresión entera, solo el borde de un pensamiento—, ese sitio donde las cosas alcanzan la carne antes de que uno sepa qué hacer con ellas.
—Cael no me dirigirá la palabra —plantea el laird, entornando las cejas.
—Todavía no —concedo.
—¿Y Bríde?
Pienso un suspiro en Bríde llorando en silencio en el banco de la cocina, las manos abiertas sobre el regazo rústico.
—Bríde entiende las cosas del norte que nadie le explica junto al fuego —respondo—. Llegará a su sitio cuando le toque.
—¿Y tú? ¿Qué sitio me das tú?
Es la frontalidad de la espada en mitad del prado. Sostengo sus ojos grises un rato de pájaros antes de responder.
—Yo también llegaré a ese sitio, laird. Pero las costuras necesitan más lunas. Todavía no toca la tregua en mi mano.
Asiente despacio contra la madera del abeto. Sin presionar la empalizada. Sin pedir más concesiones de las que estoy dispuesta a dar en la hierba, lo que ya es más de lo que mi orgullo había calculado entregarle esta mañana de descubierta.
—¿Me das permiso para volver al abrigo de los troncos? —pregunta, inclinando los hombros.
Miro el claro. El amanecer es ya luz de verdad sobre las peñas, de esa clase fría que alumbra pero no calienta los cuerpos. Los ciervos no han bajado al prado: el ruido de dos adultos hablando y el ronquido del pequeño los habrán espantado mucho antes de nuestra llegada.
—Coge al niño en brazos —ordeno, poniéndome en pie—. Y entra por la puerta trasera de la cabaña, para que Cael tenga tiempo de preparar sus líneas de defensa.
No es un perdón. Es algo más complicado que el sí de las cortes, y tres veces más honesto que cualquier tratado falso que pudiera ofrecerle a su rango este invierno.
Se levanta de la tierra con cuidado de sus costillas, iza el cuerpo de Oisín sin quebrar el orden de su sueño —el pequeño acomoda el contorno del rostro en el lienzo de su hombro con el instinto del sueño profundo, sin despegar los párpados— y sigue la línea de mis botas de regreso hacia el patio.
En la madera del acceso, me giro.
—Todavía me quedan dudas sobre tus deudas con Strathos —lo freno ante el umbral.
—Sé que falta la mitad de la historia, Morvenna —responde su voz profunda.
—Y vas a contarme el resto entero, sobre la mesa.
—Así será.
—Bien.
Entro en la casa. Ronan me sigue con el cuerpo dormido de Oisín contra el pecho. Y la puerta principal se cierra a nuestra espalda sin el peso muerto que tenía ayer el cerrojo.