El guerrero de Morvenna (Corazones de brezo y acero 4) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Llueve sobre las colinas altas, y los días de lluvia persistente tienen su propia liturgia dentro de estos troncos.

Ronan ha ido al cobertizo este con Cael para revisar las trampas de hierro que guardamos en el arcón de las herramientas, y Oisín ha decidido que su tarea de la tarde es levantar una torre con los restos de las tablillas de abedul que sobraron del arreglo del tejado, proyecto que lleva a cabo de rodillas junto al hogar con una concentración ruidosa.

Yo me quedo clasificando las raíces secas sobre el tablón de la mesa. Y Bríde, como hace siempre en los días de temporal, se sienta enfrente para ofrecer la ayuda de sus manos pequeñas.

No cruzamos frases en la mesa. Esa es la regla de trabajar las hierbas con Bríde: las manos hacen la molienda y el silencio acompaña el curso de las horas.

La niña aparta los tallos de la milenrama con una precisión que yo nunca le he enseñado —la ha aprendido fijando las pupilas en el mortero, que es como Bríde asimila cada orden de la casa—.

Es ella quien quiebra el silencio de la cocina. Como siempre con su voz suave, lo suelta sin preámbulos que adviertan del golpe:

—¿Tú tuviste madre, de pequeña?

Mis manos largas siguen con el oficio de separar las hojas secas. Es una destreza vieja de mi oficio: que los dedos no alteren el ritmo de la tarea, aunque la herida supure más arriba, en la cabeza.

—Todo el mundo necesita una madre para llegar al mundo, Bríde —respondo, sin levantar la vista del cesto.

—Ya, Morvenna —separa otro tallo con sus dedos cortos—. Pero ¿la tuviste cerca? De tenerla a tu lado.

Es la distinción exacta. Bríde siempre le pone el borde justo a las palabras.

Dejo el tallo amargo quieto entre los dedos. Clavo las pupilas en la niña, que no desvía sus ojos grises hacia mi túnica —sigue atendiendo las hierbas sobre el tablón, dándome el espacio de no contestar si no quiero, que es su forma de hacer las preguntas grandes—.

—Sí, Bríde. La tuve a mi lado.

—¿Cómo era su cara?

Doce inviernos enteros se han consumido en estas colinas sin que mi boca pusiera letras a este asunto.

Más tiempo todavía, desde antes de las colinas altas.

Espero en mitad del pecho a que se active el cerrojo de costumbre, el resorte que baja la tranca por dentro en cuanto un extraño arrastra los pies cerca de las habitaciones cerradas del arcón.

El bloqueo no encuentra el modo de entrar esta tarde de lluvia. O llega hasta el borde y se topa con una criatura de cinco años ordenando la milenrama en silencio, y no tiene armas contra esa fijeza.

—Tenía las manos largas, con el mismo dibujo que las mías —le entrego la crónica en voz baja—.

O mi carne conserva las líneas de sus palmas, que es el orden legítimo de la sangre.

Ella me enseñó las leyes de las raíces en el valle del sur.

Esta planta de aquí —rozo la milenrama con el índice— fue la primera lección del cesto.

Me la puso en la palma cuando yo tenía pocos inviernos más que tu túnica de ahora y me dijo con severidad: si tus dedos solo van a conservar el conocimiento de una hoja en toda la vida, que sea el de esta.

—¿Y tus manos aprendieron más nombres en el bosque?

—Cada nombre que guardaba su memoria. —Hago una pausa, escuchando el agua—. Y luego busqué el conocimiento de todas las hojas que ella no llegó a enseñarme.

Bríde asiente despacio con la cabeza corta, como si eso fuera lo más natural del mundo.

—¿Cantaba, junto al fuego?

La pregunta de la niña me descoloca las defensas un instante en la cocina —por lo específica de su forma, por lo imposible de prever—.

—Tarareaba entre dientes —respondo, sintiendo el peso del recuerdo—.

Sin darse cuenta del sonido. Mientras sus manos trabajaban las raíces en el mortero, repetía siempre la misma melodía vieja de su pueblo natal, una música cuyo nombre nunca llegué a saber.

Cuando le preguntaba qué cantaba junto a las brasas, juraba ante los santos que su boca no emitía ningún sonido.

Bríde quiebra las líneas de su rostro en una sonrisa breve. Es un destello rápido, y es verdad de la de verdad bajo sus cejas.

—¿Qué acabó con ella? —pregunta después, manteniendo el tono suave de la voz.

Tomo otro manojo del cesto. Mis dedos reanudan el oficio sobre el tablón.

—Una fiebre del reuma. Un invierno hostil que cerró los pasos del sur.

Yo tenía catorce inviernos ese año. —Hago una pausa—.

Mis manos ya sabían el remedio para las heridas de espada, las raíces para las toses del pecho y las hierbas que ayudan en los partos del valle.

No sabía cómo combatir aquella fiebre del reuma.

Ninguna curandera en tres valles a la redonda la tenía en su saber.

—¿Y por eso aprendiste todo lo que ella no sabía?

Clavo las pupilas oscuras en los ojos grises de la niña.

Cinco años de vida en su túnica basta. Y acaba de trazar en una sola frase la línea maestra que a mi propia existencia le ha costado media vida de aislamiento ver entera.

—Sí, Bríde. Por eso mismo.

Trabajamos el descarte de las hojas en un silencio denso durante un largo rato de velas.

La llovizna sobre el tejado de abedul nuevo suena distinta en las vigas —más sorda en el impacto, más segura contra el frío—.

Desde el cobertizo este llega, amortiguado por los troncos, el ruido rudo de Cael y Ronan desplazando un arcón pesado de herramientas.

Oisín, en su rincón del hogar, sostiene una negociación técnica con dos tablillas de abedul que se niegan a encajar en su torre.

—¿Entró el miedo en tu pecho? —pregunta Bríde, sin levantar la vista—. El día que su fuego se apagó.

—Sí, niña. El miedo habitó mis maderas.

—¿Cuánto tiempo te duró?

—Inviernos enteros lo tuve dentro.

—¿Y ahora? —Levanta las pupilas grises por primera vez en la tarde—. ¿Todavía lo llevas encima?

Sostengo el impacto de su mirada mística en mitad de la cocina.

Sería fácil soltar la negativa del adulto.

Es el relato ensayado que se les cuenta a las criaturas del sur —que las madres no tienen miedos bajo el techo, que la empalizada es inexpugnable, que el peligro del mundo se disuelve en el borde del prado—.

Bríde notaría la mentira antes de que las palabras terminaran de cruzar el aire de la mesa.

—A veces asoma el miedo, Bríde.

—¿De qué tienes miedo?

—De las cosas que mis manos no saben curar.

Lo reflexiona por dentro. Largo el rato de las maderas. Con la hoja de milenrama quieta entre los dedos descalzos.

—Pero esas cosas no son culpa de tus manos, Morvenna —resuelve la niña al fin.

No respondo de inmediato. No tengo fuerza para hacerlo en este suspiro. Se me ha hecho un nudo espeso en la garganta que necesita un rato para deshacerse.

—No, Bríde —concedo, bajando las pupilas—. No son culpa de las manos que curan.

La niña asiente despacio con la cabeza corta, satisfecha de haber puesto orden en su propia cabeza, y vuelve al oficio de las raíces sobre la mesa de pino.

Antes de que la cena reclame el fuego, mientras recojo los mimbres del tablón, descubro un objeto extraño en la estantería alta —justo al lado del mortero de piedra gris, el que perteneció a mi madre, la única herramienta de hierro que ha cruzado conmigo cada sendero de herradura hasta llegar a estas colinas altas—.

Un único tallo de milenrama limpia, atado con un hilo de lana roja. El nudo es pequeño, doble, hecho por unos dedos cortos que todavía están aprendiendo el orden de las costuras.

Lo observo inmóvil un rato a la luz gris. No hago ningún movimiento para quitarlo de su sitio.

Días después, clasificando las raíces secas a solas en la cocina, me sorprendo a mí misma tarareando entre dientes en mitad del silencio.

Detengo el aire en la garganta en cuanto oigo el sonido de mi boca.

Luego, reanudo la melodía vieja del sur.