El guerrero de Morvenna (Corazones de brezo y acero 4) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Lo que Ronan me cuenta a la mañana siguiente no es el problema entero de Strathos.

Me da lo justo para que los dos podamos fiarnos a esta mesa.

Que una plaga de podredumbre asola las tierras del clan del norte —reses muertas en los establos, cosechas deshechas en el barro, un mal que se extiende— y que alguien en el consejo ha encontrado conveniente señalar el nombre de la paria de las colinas altas como la causa mágica del desastre.

Que los hombres que le hundieron el hierro en el flanco y lo dejaron en la zanja tienen nombres conocidos en su salón, aunque esos nombres todavía no cruzan el aire de mi cocina. Que aún guarda cartas en su arcón.

Lo escucho sin interrumpirle. Sigo sentada al otro lado de la mesa de pino tosco, con las palmas rodeando el barro de la taza, la cara plana que uso para escuchar sin enseñar lo que pienso.

Las cartas que retiene bajo la lengua pueden esperar su hora.

Hay verdades que necesitan tierra firme bajo las botas antes de soltarse, y lo que hay entre los dos todavía es demasiado nuevo para soportar todo el peso de una vez.

Cuando su voz profunda agota el relato, me tomo un rato de brasas antes de responder.

—Lo que está matando a la gente de ese clan —suelto al fin, clavándole las pupilas en los ojos grises— no ha salido de mis manos.

—Lo sé, Morvenna —responde, sin vacilar un grado en el tono.

—¿Lo sabes de verdad, o solo lo crees por fe de viajero?

—Lo sé —repite, con la intensidad dura del laird—. He visto lo que vive entre estas cuatro paredes desde el primer amanecer. No hay aquí nada que explique la podredumbre de esos graneros de allá abajo.

Lo estudio en silencio un momento largo, midiendo la firmeza de su mandíbula.

—¿Y aun sabiéndolo viniste armado hacia mi prado?

La pregunta es directa, limpia de la cortesía de las cortes.

Merece una respuesta franca, y él está a un suspiro de dármela cuando Cael aparece en el marco de la cocina, con el tratado bajo el brazo izquierdo y la cara de quien ha entrado en mitad de una conversación que no le tocaba y decide fingir que no se entera.

Lo miro a los ojos grises.

—Cael —lo freno en el umbral.

—Solo venía a la mesa, a por el desayuno —dice el niño, sin alterar la línea de sus hombros cortos.

—Tu cuenco ya tuvo su avena hace una hora, niño.

—El estómago pide más antes de que el sol pase los pinos.

Señalo la madera del pasillo con un gesto de la mano derecha que no deja sitio a las prórrogas. Cael mide sus opciones un instante mínimo, decide que aquí no tiene nada que hacer y se retira al corredor con la dignidad ruda de quien se va porque quiere, no porque lo echen.

Ronan espera con los brazos cruzados hasta que el eco de los pies descalzos se disuelve en las tablas del fondo.

—¿Cuánto de lo que hablamos nos oye? —pregunta el laird, desviando la vista hacia el pasillo.

—Todo el aire que se mueve en esta casa. —Pausa—. Y entiende más de lo que cualquiera esperaría de su tamaño.

—Lo tengo comprobado. —Mira el umbral vacío—. Tiene la quietud de su padre, supongo que eso va en la sangre.

Levanto las pupilas de golpe, clavándolas en su cara.

—¿Es que conociste a su padre?

—No, Morvenna —responde, plano—. Pero he conocido a hombres que se manejan con esa misma disciplina. Los que escuchan todo antes de soltar una palabra. Los que guardan lo que saben hasta que no queda más remedio que enseñarlo.

Un silencio espeso vuelve a los leños de la cocina. Regreso a la pregunta que sigue sin respuesta sobre la mesa.

—¿Y aun sabiendo que el rumor era falso, viniste armado hacia mi prado?

Busca la luz de las brasas con los ojos.

—Me aseguraron en el salón de Strathos que la única forma de salvar a mi gente de la tos era encontrar el origen del problema y arrancar la maleza de cuajo. —Pausa—. Y todas las flechas del consejo señalaron tu túnica gris.

—¿Y creíste el relato de Cathal?

—Tenía los establos llenos de reses muertas, los recién nacidos tosiendo en las mantas y el invierno apretando las gargantas sin grano en los arcones. —Sus pupilas vuelven a mis ojos—. Sí, Morvenna. Creí la mentira del consejo.

No respondo. Lo observo con algo que todavía no es la ira de la paria —es lo que siente la carne justo antes de que hierva la sangre, cuando la voluntad aún no ha decidido si deja pasar el enojo—.

Un hombre del sur creyó que mi nombre era la causa de sus fosas.

Viajó con el acero templado para echar abajo mi techo.

Y ahora está sentado a mi mesa de pino, comiendo la avena de mi propio cuenco de barro.

—¿Y ahora qué piensas hacer? —pregunto, los dedos fijos en la taza.

—Ahora sé que el consejo me dio un relato falso. Y sé con nombres y apellidos quién preparó el hierro para mi espalda. Tengo que volver a las murallas y poner orden.

—¿Poner orden cómo?

—Recuperar el castillo que me corresponde por linaje. Hacer justicia con el acero contra los traidores. —Pausa—. Y limpiar de sospechas el nombre de la mujer a la que han manchado en el sur para tapar la miseria de sus propios graneros.

Es lo más cerca que ha estado de enseñarme entero lo que quiere.

Lo noto en la insistencia con que me sostiene la mirada, calculando cuánto ha soltado al aire y cuánto retiene todavía bajo la mandíbula dura.

No empujo más; lo dejo donde ha parado. Los bordes de lo que un hombre calla también dicen cosas.

—Mañana subo otra vez al norte —anuncia, ajustándose el plaid sobre el hombro sano—. Necesito ver el castillo desde la cresta de la colina alta. Entender qué ha cambiado Cathal en las almenas desde que caí al barro.

—¿Cuánto hace que saliste de Strathos?

—Tres semanas enteras desde que las lanzas entraron por el flanco derecho.

Asiento despacio. Me levanto a retirar los cuencos vacíos de la mesa.

Lo que sale de mi boca un suspiro después no forma parte de ninguna estrategia pensada en mi jergón de paja.

—El corredor del este seguirá vigilado por las capas verdes —suelto, dándole la espalda mientras voy hacia el rincón de la cocina—. Hay otra ruta, por el barranco sur, que no se ve desde las almenas del castillo. Te enseño el sendero antes de que salgas mañana.

Lo digo sin girar los hombros, lavando el barro de las tazas en el cubo de agua fría, con la misma monotonía con que comentaría el cambio de la llovizna sobre los pinos.

Y en la misma fracción de segundo en que las palabras cruzan la cabaña, entiendo la gravedad de lo que acabo de hacer contra mis propios muros.

Conozco la línea de ese barranco sur desde hace doce inviernos.

Encontré el acceso durante mi segundo año de aislamiento, siguiendo el rastro de sangre de un zorro herido por los cepos, y desde entonces me pertenece de la manera más absoluta en que un sitio puede ser de una paria: ninguna alma viviente en todo el norte sabe que esa salida existe entre los peñascos.

Es mi ruta de escape si algún amanecer las colinas dejan de ser un refugio seguro para los niños.

Mi última carta guardada en el arcón. La pared maestra de la fortaleza invisible que tardé inviernos de frío en levantar contra el mundo.

Y acabo de entregarle las llaves del acceso a un guerrero que lleva trece días en mi habitación de las hierbas.

Sin que su boca lo pidiera. Sin negociar ninguna alianza. Sin reservarme una linde para mi seguridad, que es la norma estricta que aplico a cada trato con el sur.

«¿Qué estás haciendo, Morvenna?», me pregunto por dentro, sintiendo el frío del agua en las muñecas. «¿Qué muro estás derribando con tus propias manos?»

No tengo la respuesta. O la tengo en el fondo del pecho y me niego a mirarla de frente todavía.

Noto la dureza de sus ojos clavada en el lienzo de mi espalda.

—¿Por qué me enseñas tu barranco, Morvenna? —pregunta su voz profunda.

Hago una pausa breve antes de soltar la sílaba.

—Porque la podredumbre que mata a la gente de ese clan no ha salido de mis manos —respondo, sin volverme—. Y si existe una forma real de que limpies las sospechas del sur, prefiero que tus botas vuelvan vivas al prado para intentarlo.

No es la verdad entera de la noche. Él nota lo que callo, y yo también lo cuento en mitad de la cocina.

Para la guardia de hoy, basta con eso.