El guerrero de Morvenna (Corazones de brezo y acero 4) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

Por la mañana, todo parece estar en su sitio.

Eso me digo cuando oigo a Oisín reclamar el desayuno desde el fondo, impaciente como un cachorro que lleva despierto más de lo que ha dormido.

Me lo repito mientras avivo el fuego con astillas de abedul, mientras pongo el cuenco de barro con el agua, mientras escucho las maderas de la cabaña despertarse con sus crujidos de invierno.

Cuando su silueta aparece en el corredor, sigo de espaldas al marco, atendiendo los leños.

No dice una palabra. Yo tampoco. Oisín irrumpe detrás en tromba por el pasillo, reclamando la avena y preguntando si la mañana trae miel en el tarro, y el orden del desayuno se organiza solo, como siempre, con la rutina haciendo el trabajo que las palabras no quieren hacer.

Eso es lo que me cuento para mantener la guardia alta.

Lo que callo, hasta a mí misma, es que sé en todo momento dónde está su cuerpo sin haber mirado una sola vez hacia él.

Y hay algo más, que noto a media mañana, incómodo como una piedra cambiada de sitio en un sendero que conozco de memoria: la casa funciona distinta.

No mejor ni peor. Distinta. Ronan ha sacado el agua del pozo antes de que me acordara de levantar el cubo.

La leña del día está partida en troncos limpios junto a la puerta sin que nadie lo pidiera.

Las tareas pequeñas que durante doce inviernos han sido mías y solo mías han empezado a repartirse solas, sin negociaciones, sin una palabra en la mesa.

No sé si esa comodidad le gusta a mis leyes. Sé que debería preocuparme más de lo que me preocupa, y esa distancia entre lo que debería sentir y lo cómodo que resulta es justo la clase de concesión que llevo doce años sin permitirme bajo este techo.

Esa misma noche, Ronan sale al exterior.

Me ha avisado durante el desayuno —«voy al norte esta noche, a mirar las lindes»— y he asentido sin preguntar qué busca vigilar entre los pinos, porque es evidente para los dos, y sin pedirle que se cuide, porque eso habría sido admitir algo que no pienso decir en voz alta en esta cocina.

Los niños han ido tarde a sus jergones. Oisín ha entablado una negociación larga para alargar la vigilia, alegando que todavía no tiene sueño en las pestañas, argumento que he rebatido señalando que se le cierran los ojos en mitad de las frases; Oisín ha contraatacado que los ojos se cierran solos y que eso no cuenta como cansancio.

Ha perdido la discusión quedándose dormido a mitad de su propio alegato.

Cael ha esperado a que la respiración de su hermano menor fuera regular antes de abrir la boca.

—¿Va a volver? —pregunta desde su manta, con la voz baja que usa para no despertar al pequeño.

—Esta noche sí, Cael —respondo, ordenando los paños de las hierbas.

—¿Y después? Cuando pase el invierno.

Sostengo el peso de esa pregunta un instante en mitad de la estancia en penumbra. Cael no me da la cara —mantiene las pupilas grises fijas en las vigas del techo, con esa costumbre suya de preguntar las cosas importantes sin ofrecer del todo el rostro.

—No lo sé, niño —y es la verdad—. No lo sé.

Lo que no le digo es lo que se me ha asentado en el pecho desde anoche, frío y exacto: que esa pregunta ya no tiene respuesta buena.

Si el laird se queda, esta casa que he levantado piedra a piedra durante doce inviernos dejará de ser solo mía y de los niños.

Y si se va —cuando se vaya, que para eso vuelve a medir el norte cada noche—, el hueco que deje en el prado tampoco va a cerrarse como si nunca hubiera pisado mis tablas.

No hay versión de este invierno en la que la casa siga siendo la de antes.

Eso es lo que de verdad me quita el sueño, y no los hombres de capas verdes.

Cael asiente despacio con la cabeza contra el brezo. No añade más preguntas. Apago la mecha del candil de hierro, cierro la madera de su estancia y pienso, una vez más, que ese niño de siete años entiende lo que pasa en estas colinas con más rapidez de la que nadie le ha explicado nunca.

Ahora me quedo sola en la cocina, con el fuego encendido y la puerta principal sin la tranca echada, esperando su regreso sin admitir ante mí misma que lo estoy esperando.

Ronan ya conoce el bosque norte lo bastante para moverse de noche sin perder el rumbo, aunque conocer dónde acaban los árboles no es lo mismo que conocer lo que vive entre ellos. Eso pienso en el banco, mientras escucho el viento y mido las horas de la madrugada por el nivel de las cenizas.

Lo que el laird despojado no sabe es que sus botas no avanzan solas por el sendero.

No ha caminado desamparado ni una sola vez desde la primera jornada que ganó la espesura, aunque él todavía no lo haya notado.

Las tres criaturas siguen sus pasos en cuanto sale hacia el norte —no siempre los tres; a veces solo Cael va por delante—, con esa capacidad suya de quebrar la arboleda sin dejar un rastro visible para los monteros, de estar en dos rincones del bosque casi en el mismo suspiro, de conocer el terreno desde lo hondo de la carne porque son parte de la misma tierra de una manera que llevo siete inviernos viendo en este patio y que sigo sin poder explicar.

Esta noche he dejado que saliera sin oponerme.

No porque me guste —los tres suman cuatro, cinco y siete años, y el bosque de noche es el bosque de noche, con sus cepos y sus lobos—, sino porque la experiencia me ha enseñado que hay cosas que no puedo impedir con muros, solo acompañar desde lejos.

Y porque, si soy honesta en el único sitio donde me lo permito, esta noche prefiero que su acero no encare la sombra en solitario.

Oigo el crujido de la puerta exterior.

Ronan entra despacio en la cocina, trayendo el frío cortante de la madrugada pegado al lienzo de la ropa. Lo miro a los ojos. Él sostiene el contacto en mitad de la penumbra. Ninguno de los dos rompe el silencio durante un largo trecho de brasas.

—¿Ha ido todo bien ahí fuera? —pregunto al fin.

—El norte está limpio, Morvenna —responde, dando un paso hacia el fuego—. Pero había dos hombres emboscados en el corredor del este. Alguien que sabía exactamente qué punto vigilar en el borde.

Lo escucho sin moverme.

—¿Llegaste a cruzar el acero con ellos?

—No llegué a tiempo. Algo me desvió del sendero antes de que mis botas ganaran el acceso al corredor.

Sus ojos grises me buscan en la penumbra. Le sostengo la mirada sin mover una línea de la cara.

—¿Qué te desvió, Ronan?

Una pausa. Me observa como quien maneja más de una hipótesis sobre la traición y escoge con cuidado cuál decir en voz alta.

—El lobo —retoma su voz profunda—. Apareció desde la espesura a mi flanco izquierdo y cambió su línea de marcha. Seguí sus huellas entre los pinos sin pararme a calcular el riesgo.

—¿Y qué encontraste tras la arboleda?

—El rastro fresco de los dos hombres, justo en el límite del pasillo por donde habrían pasado mis hombros si no llego a quebrar el rumbo.

—Otra pausa más larga, donde el calor de las brasas le alcanza el rostro—.

No era una patrulla cualquiera del valle.

Esperaban a alguien. Me esperaban a mí, en ese punto exacto.

Silencio en la cocina de madera. El fuego respira. El viento sigue en las contraventanas.

—¿Son hombres de Cathal? —pregunto, cruzando los brazos sobre la túnica basta.

Me mira de frente. La pregunta lleva dentro más información sobre la política de Strathos de la que él me ha dado en sus pocos discursos, y los dos lo notamos en mitad de la mesa.

—¿Cuánto sabes, Morvenna? —devuelve él.

—Lo suficiente para saber que ese nombre no ha entrado en mi cocina por casualidad —respondo, apretando los brazos contra el pecho—.

Llevas doce días en mi habitación de las hierbas.

He visto cómo miras hacia el norte. Sé qué murallas se levantan en esa dirección.

Y tengo comprobado que un guerrero con esa carne abierta y ese silencio debajo de la lengua no es un colono que busca un pedazo de tierra para olvidar el sur.

No responde de inmediato. Mira las brasas con la cara rígida de quien cuenta el coste de cada respuesta antes de comprometerse.

—Un hombre que arrastra un problema de hierro —concede al fin, asentando las botas en la tierra.

—Eso ya lo sabía desde el primer martes.

—Un problema grande para el norte.

—También lo había pensado.

Sus pupilas grises vuelven a mis ojos. Descubro en ellas un destello que no estaba en las jornadas previas —no es la rendición del cautivo, sino el reconocimiento del aliado—. El momento en que un guerrero decide que ya no tiene sentido seguir midiendo la muralla ante quien está dentro.

—El lobo de la espesura —retoma, entornando las cejas—. ¿Siempre hace lo mismo en el bosque?

—¿A qué te refieres?

—A estar justo en el flanco donde el hierro hace falta.

Tardo en responder. No por dudar, sino por la precisión que pide esta casa.

—Sí, Ronan —digo—. Siempre.

Asiente despacio con la mandíbula, con el peso de quien añade una pieza importante a un cuadro que todavía no está completo.

—Mañana te cuento entero el problema grande de Strathos —anuncia, dando un paso hacia su corredor.

—Mañana —convengo, sin moverme del hogar.

Me retiro a mi cuarto. Lo oigo demorarse junto a las cenizas el tiempo justo para que el frío de la madrugada le abandone los huesos heridos, y luego el crujido de su jergón de brezo al fondo del pasillo.

Al fondo del corredor, tras la madera de la habitación de los niños, tres jergones que, según el orden de la casa, deberían haber pasado la noche vacíos, están ocupados por tres siluetas pequeñas que respiran con la regularidad del sueño profundo.

Entreabro la madera un suspiro antes de tenderme sobre el jergón. En la túnica corta de Cael, justo a la altura de las rodillas, brilla el barro fresco del bosque norte.

Como pasa siempre en esta casa.