CAPÍTULO 5
Bríde tiene con los animales del bosque una relación que tardo varios días en entender del todo.
No es que las bestias la toleren con esa mansedumbre asustadiza de las criaturas domesticadas por el grano, ni que dejen de temerla sin más.
Es algo más antiguo, más denso; un vínculo primario que no se aprende en las crónicas de los clanes, sino que habita en la carne sin pedir explicaciones.
Los pájaros no levantan el vuelo de los matorrales de enebro cuando ella arrastra los pies descalzos por la hojarasca.
Los zorros que cruzan el claro del este al amanecer, con el pelaje encendido por la escarcha, no cambian su línea de marcha si Bríde anda cerca: siguen su rastro con las orejas tiesas, ignorando el peligro que una túnica humana representa en estos páramos.
Y los ciervos van hacia ella.
Lo presencio por primera vez el séptimo día, cuando el flanco me deja ya caminar distancias cortas sin que la costilla proteste demasiado.
Bríde me ha pedido —con esa manera suya de pedir las cosas, que no tiene forma de pregunta sino de hecho ya decidido— que la acompañe hasta el claro del este.
Morvenna ha bajado a las vaguadas a buscar corteza de sauce.
Cael sigue mudo junto al fuego, pegado a su tratado.
Oisín duerme la siesta sobre el jergón con la disciplina de quien ha hecho del sueño de media tarde una vocación absoluta.
Voy con ella porque no tengo razones claras para negarle el paso.
El claro es un espacio reducido, abierto a golpes de viento entre los pinos altos, cubierto por una alfombra de hierba baja que el frío de noviembre ha teñido de un tono pálido, casi gris.
Bríde entra derecha en la espesura, sin dudar un instante, como si caminara por las tablas de su propia cocina.
Se detiene en el centro de la zona despejada. Espera en silencio.
Me quedo en el borde de la arboleda, el hombro sano apoyado en el tronco rugoso de un abeto viejo, mirando cada movimiento de sus hombros pequeños.
Los ciervos aparecen al cabo de unos minutos.
No llegan en manada, desordenados por el susto, sino en un goteo pausado.
Primero asoma una cierva joven desde el norte, con las orejas apuntando al cielo gris; luego surgen dos más desde el río, y al final un macho grande, con las astas oscuras sin mudar, que se detiene a diez pasos de la niña.
No avanza más, pero tampoco retrocede hacia la cobertura de los pinos.
Se acercan a Bríde con una calma tensa que no tiene nada de sumisión.
No es que ignoren la naturaleza de la criatura que tienen delante.
Es que, por alguna razón que se me escapa, no les importa en absoluto.
Bríde extiende la mano derecha, despacio. La cierva más cercana se acerca hasta que el belfo húmedo le roza los dedos. La niña no mueve un músculo.
Y yo, clavado contra el tronco del abeto, siento una vibración extraña, un aviso físico que no me había recorrido en veinte años de guerra y que los hombres de armas no reciben a menos que la muerte ande cerca.
Frío en la nuca.
No es el frío de noviembre —ese ya lo conozco en los huesos desde las guardias de Strathos—.
Es el otro. El latigazo que llega cuando los ojos cuentan al cerebro algo que la razón se niega a admitir, y los dos se quedan discutiendo en algún rincón oscuro del cráneo sin ponerse de acuerdo.
He visto ciervos toda mi vida en las cacerías del sur; sé cómo miden el viento, qué distancia guardan con los monteros, en cuántas fracciones de segundo quiebran la maleza para huir en cuanto huelen el hierro o el cuero engrasado.
Lo que tengo delante viola cada una de esas leyes con una naturalidad que da más miedo que cualquier desafío ruidoso, porque lo ruidoso se combate con el acero y lo silencioso no admite defensa.
Mi abuela materna contaba historias sobre esto en los inviernos de mi infancia.
El recuerdo vuelve solo, sin que yo le abra la tranca de la mente.
Voces bajas junto a las brasas del castillo, sobre niños a los que el bosque reconocía como propios.
Criaturas que no pertenecían del todo a la estirpe de los hombres ni a la raza de las bestias.
Las escuché cuando apenas levantaba tres palmos del suelo y las olvidé con la misma rapidez con que se olvidan los cuentos de cuna, archivadas en el rincón de las cosas inútiles para la guerra.
«No es un cuento de vieja», pienso, sin apartar los ojos de la silueta de Bríde, rodeada por el vaho espeso de los cuatro ciervos en mitad del prado helado. «O sí lo es. Y la marea me ha metido dentro.»
No sé cuántos minutos paso sin mover un solo músculo.
El claro tiene un silencio particular, una ausencia de ruido que no es la quietud del páramo sino otra cosa: una densidad en el aire que no sé nombrar y que mi cuerpo, más sabio que mis lecturas, asimila con el respeto que se debe a los lugares donde uno ya no manda.
En un momento dado, la cierva joven desvía las pupilas hacia mi posición entre los árboles.
Es un vistazo breve, evaluador, que me recorre el plaid y la postura herida antes de volver a Bríde.
El animal retoma el contacto con la niña como si hubiera comprobado la naturaleza del intruso y la hubiera encontrado aceptable para esa tarde.
«Te están midiendo», comprendo, sintiendo el peso del examen en la mandíbula. «Igual que Cael en el umbral con sus preguntas sobre las lanzas. Igual que Morvenna cada mañana cuando me limpia la carne rota. Solo que estas bestias lo hacen con los ojos limpios del bosque.»
Y debajo de esa certeza se asienta otra que me niego a formular del todo, porque ponerle palabras exactas me obligaría a aceptar cosas para las que mi cabeza de guerrero todavía no está lista: que dentro de esta cabaña habita algo que no pertenece a este lado del mundo.
Que los tres niños descalzos, los animales de los peñascos y la arboleda son parte de un mismo tejido.
Y que yo, por una carambola del barro y la traición, he recibido el permiso de presenciarlo.
Bríde se gira despacio hacia mí. En sus facciones limpias se dibuja algo que en una mujer de más años llamaría orgullo, y que en su cara de cinco se muestra más directo: la quietud de quien enseña algo suyo y comprueba que el otro, por fin, lo está viendo.
—¿Vienen a menudo a tu encuentro? —pregunto, bajando la voz para no quebrar el equilibrio del claro.
—Siempre que camino hacia el este —responde, sin alterar la línea de sus hombros.
—¿Salen solos de la espesura?
—Me siguen desde los pinos altos —lo dice sin énfasis, como quien constata la llovizna—. Desde que era pequeña.
No pregunto desde cuándo es pequeña, que sus cinco años de vida no dejan mucho margen para cronologías. Lo que me sale del pecho es otra duda, y se me clava en la garganta:
—¿Saben esas bestias lo que eres…? —Me detengo en seco. No tengo palabras para esto en todo mi vocabulario de guerrero.
Bríde me estudia con esa insistencia suya, midiendo el alcance de mi ignorancia antes de concederme la frase.
—Saben que soy de aquí —resuelve al fin.
Es una respuesta que no explica nada y, aun así, lo dice todo; y me queda la certeza de que eso es justo lo que la niña buscaba desde que pisamos la hierba pálida.
La cierva joven da un paso hacia mí, los cascos hundiéndose en la hierba helada.
No me muevo. El animal olfatea el aire desde la distancia que considera prudente —tres pasos, no más—, capta el olor a milenrama y a cuero de mi jubón, y luego se gira con parsimonia para seguir al macho, que ya inicia la retirada hacia la densidad del bosque norte.
Bríde vigila cada gesto del animal.
—Te ha aceptado —dictamina, cruzando las manos sobre la túnica basta.
—¿Cómo lo sabes con tanta seguridad?
—Si fueras un peligro para el prado, la maleza se habría quebrado antes de que pudieras rozar el abeto.
Miro el rincón de la arboleda por donde han desaparecido las astas del macho. El bosque norte se alza denso, las copas de los pinos cerrando el paso a la luz gris del cielo.
—¿Y eso es bueno para mí? —pregunto, buscando su mirada gris.
La niña lo piensa un momento, dando a las palabras el peso que los hombres del sur solo dan a los tratados de paz.
—Para nosotros, sí —responde al fin—. Significa que no traes el hierro en la mente.
—¿Para las bestias o para vosotros?
Bríde me mira. En su cara de cinco años asoma un amago de lo que en una mujer adulta sería una sonrisa contenida, un destello viejo bajo las cejas oscuras.
—Para los dos, Ewart.
Volvemos hacia la cabaña con pasos pausados —mi marcha todavía se resiente si aprieto el calzado sobre las piedras del sendero— y Bríde no vuelve a abrir la boca en todo el trayecto.
No porque le falten palabras, sino porque parece de esa estirpe de personas que entienden que el silencio posterior a algo importante forma parte de lo importante.
La imito. Por dentro, mientras la nieve empieza a rondar las copas, una parte de mi cabeza sigue fija en el claro del este, repasando la textura del belfo de la cierva, comparándola con las historias de mi abuela y llegando una y otra vez a la misma conclusión imposible. Y la conclusión no cambia.
Cuando llegamos al patio, Morvenna está firme junto al umbral con un cesto de mimbre repleto de raíces húmedas bajo el brazo. Tiene la cara que pone cuando detecta algo nuevo en su prado y ya está pensando cómo contenerlo.
Mira las botas de Bríde. Me mira a los ojos a mí. No pregunta adónde hemos ido.
—El caldo de avena está listo en el fuego —dice, con su tono plano de siempre.
Y cruza el umbral sin esperar respuesta.
Bríde la sigue sin volver la cabeza ni una pulgada. Yo me demoro un instante en la entrada, sintiendo el frío de noviembre firme en la nuca y el recuerdo de la cierva joven olfateando el lino de mi camisa a tres pasos.
Hay cosas en estas colinas que escapan a todo lo que aprendí en Strathos. Esta tarde he comprendido que son más de las que imaginaba desde el jergón, y de una naturaleza muy distinta.
Y, en vez de instalárseme la inquietud en el pecho, que es lo que el instinto de guerrero dicta ante lo desconocido, lo que noto es un vuelco muy diferente.
«Quiero entenderlas», me digo, mientras echo la tranca tras de mí. «Quiero entender esta casa entera.»