El guerrero de Morvenna (Corazones de brezo y acero 4) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

El vecino que habita en la vaguada de los peñascos bajos se llama Gillespie y tiene la constancia incómoda de los hombres que aparecen en el umbral sin que nadie los haya llamado.

Conozco sus costumbres y tolero sus visitas porque Gillespie es la única excepción a las leyes del pueblo del sur: el único tratante de ganado que no se santigua ni cruza al otro lado del camino de herradura cuando me ve bajar al mercado con el cesto de las raíces secas.

En los últimos cinco inviernos, esa falta de hostilidad se ha convertido en algo parecido a una tregua.

No es amistad —el aislamiento de las colinas altas no permite esos adornos—, sino una neutralidad práctica que valoro por lo que cuesta conseguirla en mitad del miedo de todos.

Llega esta mañana cargando un cesto de mimbre viejo repleto de manzanas de invierno, pequeñas y duras como cantos rodados, con la novedad de que su cabra negra ha vuelto a romper la cerca para huir hacia el sur.

No he visto al animal desde mi cobertizo, pero le indico la vaguada profunda que se abre entre los dos peñascos del este, donde los vientos del norte no llegan a helar los brotes y donde las bestias del valle tienden a juntarse buscando el último verde antes de las nevadas.

Gillespie asiente despacio, guardando la indicación en su memoria de pastor.

—Hay un movimiento extraño en el camino real del norte —añade, mientras descarga las manzanas sobre el banco exterior de la cabaña—.

He visto jinetes tres veces esta última semana.

Llevan las capas verdes del clan grande del sur.

Nunca bajan tanto hacia los páramos en esta época, cuando los pasos empiezan a cerrarse por el hielo.

—¿Buscan reses rezagadas o leña de haya? —pregunto, con las manos metidas bajo el chal gris.

—Buscan algo que no tiene cuatro patas —dice Gillespie, arrugando las facciones curtidas—.

En el mercado nadie suelta prenda. Y tú sabes cómo va esto: cuando las lenguas se quedan quietas en las tabernas, es que la cosa es de las que conviene no mentar si aprecias el pellejo.

—Desvía la mirada hacia el norte, hacia las cumbres peladas, midiendo la llegada de la cellisca—.

Tú echa la tranca antes de que el sol caiga tras los pinos.

A ti te miran con malos ojos en cuanto un buey enferma en el sur; si andan hombres armados por las colinas, serás el primer sitio donde busquen respuestas fáciles.

No hay malicia en sus palabras. Lo dice con la misma naturalidad con que se avisa del granizo o de la carcoma en los postes del granero.

Y eso, pienso mientras lo escucho, es lo que vuelve más amarga la vida en las colinas altas: que la injusticia está tan asentada en las conciencias que ya se menciona como parte del clima del norte, una ley natural contra la que no cabe protesta.

Hasta ese punto, la visita de Gillespie es algo que sé llevar.

El problema se materializa cuando el pastor desvía los ojos hacia el banco de madera de la fachada.

Ronan ha conseguido salir de la habitación pequeña esta mañana por primera vez desde que llegó.

No ha ido lejos — apenas los seis pasos que separan el jergón del banco de pino junto a la entrada—, la espalda recta contra los troncos gruesos, las piernas largas estiradas sobre la tierra limpia.

El aire helado de noviembre le devuelve algo del color que la fiebre de los paños de milenrama le ha robado en una semana de encierro entre cuatro paredes de humo.

Tiene mejor porte que el martes pasado, aunque la rigidez del hombro derecho delata que la costilla fisurada sigue mandando sobre sus movimientos.

Gillespie lo ve de golpe. Se detiene en mitad del patio, con el cesto de mimbre suspendido a media altura. Mira al hombre del banco, luego se vuelve hacia mí con las cejas pobladas juntas sobre la nariz.

—¿Quién es ese hombre que se sienta en tu madera, Morvenna?

Abro la boca para soltar el relato ensayado sobre el viajero sin clan que busca tierras de pasto en el norte.

No llego a tiempo.

Oisín, que ha pasado la última hora junto a la pared norte con una piedra roma, un palo de fresno y los propósitos oscuros que solo habitan en su cabeza de cuatro años, se levanta de golpe.

Cruza el patio con esa energía ruda suya que no conoce el paso tranquilo.

Se planta como una estaca junto al banco, pone una mano pequeña sobre la rodilla sana de Ronan y mira al pastor con la seriedad absoluta de un rey muy pequeño que dicta sus condiciones.

—Es mío —anuncia el niño. Su voz no admite réplica en el borde del prado.

Se instala un silencio espeso entre los tres del patio.

Gillespie parpadea, pasando la vista del niño al hombre grande y luego a mí. Ronan, por su parte, se queda completamente rígido contra los troncos de la cabaña.

Desde fuera no se nota ningún cambio: un guerrero herido inmóvil en un banco basto y una criatura de cuatro años plantada a su flanco como un estandarte de posesión primitiva.

Pero por dentro, en los estratos que llevan inviernos enteros sepultados bajo el peso del deber, algo se mueve con la contundencia de un bloque de granito que cede ante la riada.

Ronan Strathos lleva cuarenta inviernos.

Ha sido heredero, capitán de hueste y laird absoluto sobre tres valles del sur.

Lo han obedecido por ley, temido por el alcance de su acero, respetado en los consejos y traicionado en la sombra por su propia sangre.

Lo han reclamado los clanes por alianzas, las viudas por las leyes de la compensación, el linaje en cada invierno de leva.

Nadie, en toda su vida entre los hombres, lo ha reclamado con esa limpieza absoluta.

Sin motivos dinásticos. Sin cálculos sobre el número de sus lanzas ni el peso de su oro en el cofre del castillo.

Sin que él valiera nada esa mañana fría —un guerrero roto en un banco de pino que no podía ni levantar el brazo derecho para defender su propio nombre—, y precisamente por esa miseria.

«Es mío.»

Ronan no sabe qué hacer con el calor que le sube de golpe por el pecho, una oleada densa que le golpea los bordes de la garganta.

Guarda el vuelco en el mismo rincón oscuro donde entierra los recuerdos de las batallas perdidas y los nombres de los muertos que no volvieron de las levas, pero la contención le cuesta más de lo que esperaba.

Miro al niño con una expresión que en otro borde del bosque habría parecido reproche y que en la esquina de mi patio es la aceptación de quien convive con fuerzas de la naturaleza que no admiten frenos, solo rodeos.

—Es un viajero del sur —digo, entonando la voz para fijar los límites del relato—. Se recupera de un mal encuentro en el camino real. Sigue camino hacia los páramos altos en cuanto el flanco le deje cargar el petate. No tiene intención de echar raíces en esta vaguada.

Gillespie asiente despacio, aunque la atención de sus ojos delata que la explicación no cubre todos los nudos de la madera.

Vuelve a mirar al extraño del banco. El hombre le sostiene la vista con una quietud de piedra, una calma fría que no es la de un enfermo común: la calma del guerrero que observa el terreno desde el filo de la maleza y ha decidido que lo más prudente es no mover un dedo hasta que el otro enseñe las suyas.

—¿De qué clan desciendes, guerrero? —pregunta Gillespie, buscando el dibujo del plaid gastado que Ronan lleva sobre las piernas.

—De ninguno que guarde mi nombre en sus registros —responde Ronan, aplanando la voz de Ewart—. Ya no hay fuegos encendidos para mí en los valles del sur.

Otra mirada larga de Gillespie hacia mí.

Le sostengo los ojos sin parpadear, una señal muda que el pastor entiende como el límite de cuanto va a sacar de esta casa antes de que la noche se le eche encima.

Deja caer la mitad de las manzanas sobre el extremo del banco —justo al lado de los dedos del extraño, sin ánimo de agasajo, pero sin evitar la cercanía tampoco— y se despide con un gesto rústico de la cabeza, prometiendo avisar si la cabra negra cruza el límite del cobertizo este.

Cuando sus pasos pesados se disuelven colina abajo, el patio necesita varios segundos para perder la rigidez de la visita.

Oisín sigue firme junto al madero. Mira a Ronan con cara de cazador que ha cobrado una pieza legítima y no entiende a qué vienen tantas deliberaciones de los adultos.

Ronan desvía los ojos hacia el pequeño. Luego busca mi rostro serio, mientras sigo de pie junto a las manzanas.

—No soy de tu propiedad, Oisín —dice el hombre, intentando aplicar ese tono de mando con que se dirigía a la guardia de Strathos; pero la voz choca con los cuatro años del interlocutor de una manera que le quita toda eficacia.

—Sí lo eres —replica Oisín, con la convicción plana de quien no discute en una taberna, sino que constata la caída de la hoja de un abedul—. Te encontramos nosotros en la zanja del camino norte. Estabas tirado en el barro como los troncos viejos que arrastra la riada de noviembre.

—Encontrar a un hombre herido en la linde del bosque no te da derecho a ponerle tu marca, niño. Las personas no son como las reses del mercado.

Oisín considera el argumento con la gravedad de un anciano. Se le ve el proceso en la cara: la frente un punto arrugada, los labios en una línea apretada, las pupilas grises bajando hacia sus botas de cuero basto antes de volver a la cara del guerrero.

—Si encuentras un sabueso reventado por los cepos entre los peñascos —dice el niño al fin—, y lo traes al fuego y le das caldo de avena para que no se muera, ¿no es tu sabueso para el invierno?

—Yo no soy un sabueso, Oisín.

—No —concluye el pequeño, recorriendo el torso del guerrero con una seriedad que roza lo ofensivo—. Eres tres veces más grande y comes el doble de avena. Pero estabas igual de roto en el barro.

Intervengo antes de que la conversación derive hacia las lógicas que veo venir desde el cobertizo.