CAPÍTULO 3
Morvenna tiene una forma de curar que no conoce el concepto de la concesión.
No es crueldad; lo comprendo tras el tercer amanecer de vendajes, cuando el dolor agudo del costado se transforma en esa molestia sorda y constante que permite medir las fuerzas sin perder el aliento con cada giro del torso.
Es la mano del cirujano de guerra que sabe que un paño mal puesto cuesta más vidas que un grito a tiempo.
Cada movimiento de sus manos obedece a una precisión limpia: aprieta el lienzo con la fuerza justa para contener los bordes de la carne, tira del hilo encerado sin pedir disculpas por el tirón y jamás pregunta si el proceso resulta molesto, porque la respuesta no altera la dosis de la raíz ni el orden de la sutura.
La he visto curar a un perro colina abajo dos jornadas atrás.
El animal, un sabueso viejo del vecino Gillespie con una pata delantera destrozada por el cepo de un trampero, llega cojeando hasta el umbral, gimiendo con el hocico pegado a las maderas húmedas.
Morvenna lo inmoviliza contra el suelo con la misma frialdad eficiente que aplica en la habitación de las hierbas; le lava el hueso expuesto, aplica el ungüento de enebro y entablilla la pata con dos listones de abedul.
El perro sale de allí por su propio pie, imperfecto, con la marcha torcida, pero vivo.
«No gasta ternura en lo que sana», me digo, acomodando el plaid sobre el hombro sano mientras la espero. «Solo gasta lo que hace falta. Sabe que la lástima no cierra los cortes.»
Esa distinción me parece más valiosa que todos los discursos que Cathal pronuncia en el salón de Strathos para justificar las levas de invierno.
La mañana del quinto día trae el turno del cambio de paños.
Morvenna cruza el umbral sin anunciarse con carraspeos ni llamadas —las puertas de esta cabaña no se usan para aislar, sino para contener el humo—, cargando el cuenco de barro con agua humeante, el lienzo limpio y el rollo de vendaje de lino bajo el brazo.
Me mira a los ojos. Asiento despacio, afianzando la espalda contra los troncos.
Ese único cruce de miradas es todo lo que necesitamos para empezar.
Se arrodilla junto al jergón de brezo. Retira el lienzo viejo con un tirón seco que minimiza el dolor de la costra adherida; no hay prisa en su gesto, pero tampoco esa lentitud temerosa que prolonga el sufrimiento.
Examina los tres orificios de las lanzas, incisiones limpias y profundas cuyos extremos empiezan a teñirse del rosa pálido de la piel que suelda, aunque el centro de la herida del medio todavía supura un hilillo espeso que huele a vinagre y savia.
Roza el contorno de la costilla fisurada con el pulgar para comprobar que la presión no altera la línea del hueso.
Aprieto los dientes contra las muelas traseras, cerrando la garganta para no dejar salir el aire.
Morvenna alza la vista, deteniendo las manos un segundo sobre mi flanco. Es una pausa brevísima, un instante en que sus pupilas oscuras miden el aguante del guerrero igual que un herrero comprueba la resistencia del hierro antes de meterlo en la fragua.
—La carne está cerrando bien —dice, retomando la esponja de lino—. El tejido no tiene el tono encendido de la fiebre. En cuatro jornadas podrás salir al patio sin que el esfuerzo desgarre la costura.
—¿Y el latido de la cabeza? —pregunto, entonando la voz para esconder el esfuerzo del pecho—. El pulso detrás del ojo izquierdo sigue molestando cuando sale el sol.
—El mareo del alba desaparecerá antes de que la luna cierre el cuarto. El golpe fue limpio; el pomo de la montura no llegó a quebrarte el hueso de la frente. Solo falta que la sangre estancada termine de bajar hacia el cuello.
Empieza a limpiar los bordes con el agua caliente. El vapor que sube del cuenco trae un aroma acre, penetrante, que he aprendido a asociar con el alivio de las mañanas: un perfume entre amargo y forestal que se me queda pegado a la ropa y a la piel como el humo de las turberas.
—¿Qué planta echas al agua? —pregunto, por fijar la mente fuera del escozor del aguardiente.
—Milenrama —responde, sin detener el ritmo de los dedos—. Recojo los tallos antes de la primera helada en la vaguada del norte. Cierra las bocas de la carne y mantiene la sangre limpia dentro de las venas.
—¿La cultivas en el prado?
—Crece donde le place entre las peñas. Solo hay que saber distinguir la hoja buena de la cicuta antes de meterla en el cesto.
Se hace una pausa larga en la estancia. Sus manos cruzan el lino sobre mi pecho, firmes, midiendo la tensión exacta para que el vendaje no baile con la respiración.
Observo el movimiento de sus dedos largos. Y mientras los miro, por un viejo instinto de la milicia, desvío los ojos hacia mis propias palmas, que descansan sobre la manta de lana gris.
Las mías están hechas para el oficio contrario.
Tengo los nudillos engrosados por los inviernos de empuñadura y guardias al raso.
La palma derecha conserva el relieve duro y amarillento que el gavilán de la espada imprime tras veinte años de espada; una marca tan profunda que ya forma parte de mi anatomía.
Entre el pulgar y el índice destaca la cicatriz blanca, rugosa, que el hacha de un incursor de las islas me dejó en la primera juventud, cuando todavía creía que un escudo de madera aguanta cualquier impacto.
Manos de hierro. Manos que saben con exactitud cuánta presión hace falta para romper un hueso largo o quebrar una garganta en la sombra.
Las de Morvenna saben con la misma exactitud cuánta presión necesita un cuerpo para no deshacerse bajo el peso del invierno.
Es la misma fijeza, el mismo conocimiento de la anatomía, pero aplicado al lado inverso de la vida.
Y pienso —con una incomodidad sorda entre las costillas— que, de las dos clases de hombres que habitan el norte en este año de desgracias, el guerrero que solo sabe quebrar y derribar es la herramienta más inútil en una cabaña que resiste a base de raíces y costuras.
—¿Y el otro aroma? —insisto, por alejar el pensamiento—. El que huele a resina vieja y bosque quemado.
Morvenna no contesta de inmediato. Es su pausa característica: los ojos fijos en el nudo del vendaje, sopesando si la pregunta merece el gasto de aire de una respuesta. Ya distingo ese silencio del otro, el que usa cuando calcula las raciones de avena para la cena de los niños.
—Enebro —dice al fin, asegurando el extremo del lienzo bajo el pliegue—. Machaco las bayas secas en el mortero y las quemo sobre las brasas. El humo limpia el aire y adormece el dolor de los huesos rotos.
—Funciona —admito.
—Lo sé —dice, sin un ápice de vanidad.
Es el mismo tono plano con que ordena la leña o manda a Oisín al cobertizo: una seguridad serena que no busca la aprobación del extraño, porque la realidad de su oficio ya es fianza suficiente.
He conocido a capitanes con esa intensidad en los campos del sur, los veteranos que sobrevivían no por el favor de los santos, sino porque conocen el alcance exacto de sus ballestas y la resistencia de sus empalizadas.
Lo que me cuesta encajar es que esa misma destreza esté en las manos de una mujer que vive sola en los páramos altos, señalada por los consejos de Strathos como la causa de todas las desdichas del valle.
Los dedos de Morvenna se detienen un instante sobre la cicatriz de mi hombro izquierdo, una marca vieja y ancha, de bordes irregulares, que sube hacia la clavícula como el trazo de un rayo gris.
Es un alto imperceptible, el tiempo que tarda un cazador en reconocer en el barro la huella de una pieza vieja, pero lo siento en la piel como un aviso.
—Ese hierro entró hondo —dice, sin levantar la vista.
—Doce inviernos atrás —respondo—. En la frontera del clan grande.
—¿Batalla campal?
—Emboscada —preciso, entornando los ojos—. La primera vez que confié en los mapas de un hombre que decía ser mi hermano de armas.
Morvenna no pregunta por la segunda emboscada, ni nombra las tres lanzas que todavía supuran en mi flanco derecho. Retoma el orden de las mantas con gestos rápidos y limpios, asegurando el abrigo sobre mis piernas.
Pero el aire de la estancia ha cambiado un grado; se ha llenado de las cosas que ambos sabemos y preferimos mantener bajo la ceniza.
Ella sabe contar las cicatrices del hierro.
Si el hombro es el rastro de la primera traición, el costado es el de la segunda.
Y un hombre que acumula esa clase de deudas con el acero no es un colono que busca tierra fértil para sembrar cebada de invierno.
No añade nada. Recoge el cuenco, el paño manchado de linimento amargo y el lino sobrante con movimientos que dan por terminada la tregua de la mañana.
—Listo —dice, poniéndose en pie—. Mantén la espalda recta contra los troncos.
No duermas sobre el flanco derecho si no quieres que el peso te rompa la costura antes de tiempo.
Y si te veo levantar un cubo con ese brazo antes de que yo te lo permita, repito el vendaje apretando el doble. No suelo dar dos avisos en esta casa.
—Entendido, Morvenna.
—Bien.
Cruza el marco con el chal gris azotándole los tobillos.
La veo alejarse por el pasillo y me quedo quieto, escuchando el crujido de las tablas bajo sus pasos.
Llevo cinco jornadas bajo este techo y sigo sin descifrar las leyes de la mujer que me ha salvado; sus silencios pesan más que las arengas de los lairds del sur, y su mirada guarda las preguntas para cuando el invierno apriete lo bastante como para exigir las respuestas enteras.
Lo que sí tengo claro, con la nitidez de las verdades que se pagan en sangre, es que Cathal me entregó un relato falso en Strathos.
No hay rastro de la hechicera que maldecía los campos en las facciones limpias de esta mujer.
La plaga del valle es otra cosa: tierras descuidadas o aguas sucias que el consejo usó para desviar los ojos del pueblo mientras el traidor preparaba el hierro para la espalda de su laird.
Cierro los ojos contra la penumbra. Detrás de los párpados aparecen los rostros de los hombres que se han quedado en el patio de Strathos bajo el mando de Cathal: hombres que juraron sobre mi espada, que compartieron mi pan de avena en las noches al raso y que ahora guardan las murallas que me corresponden por linaje.
Cada cara tiene un nombre que necesito fijar antes de que la fiebre borre los perfiles.
Cathal. El primo que se sienta a mi derecha. El hombre que sonríe mientras me tiende el plaid de viaje.
Tengo que recuperar el castillo. Tengo que bajar hacia el sur en cuanto el cuerpo sostenga el peso de la cota.
Pero el regreso no puede hacerse con la prisa torpe del lobo herido: si vuelvo sin las alianzas correctas o con las costillas abiertas, a los hombres de las capas verdes les bastará una cuarta lanza para terminar el trabajo que quedó a medias en la zanja del camino real.
Necesito tiempo. Necesito que el hueso suelde bajo los paños de milenrama.
Y mientras el invierno se asienta en las cumbres, mi mundo es esa habitación pequeña que huele a humo y enebro, guardada por tres niños que saben más de lo que dicen y una mujer que mide sus palabras con la quietud del hielo de noviembre.
Desde el pasillo llega la voz de Oisín, nítida, rompiendo la quietud con esa insistencia suya que no entiende de distancias.
—Morvenna, ¿el hombre grande ya puede salir al prado a ver las cabras?
—No, Oisín —responde la voz plana de ella desde la cocina.
—¿Y mañana, cuando el humo de la chimenea sea blanco?
—Tampoco.
—¿Y el día después de que caiga la primera nieve en la vaguada?
Se hace una pausa que imagino cargada de esa paciencia invariable con que las mujeres del norte encaran los inviernos largos.
—Termina la avena del cuenco, Oisín, antes de que el frío la ponga dura como la piedra.
Abro los ojos. El techo de pino oscuro sigue allí, inmóvil. El aroma amargo de las hierbas flota en la penumbra. La luz pálida de noviembre marca el límite de la ventana pequeña.
El día después, entonces. Si el hierro coopera.