El guardián del tiempo CAPÍTULO V – #3
37%

CAPÍTULO V – #3

El viernes por la mañana, Rafael estaba especialmente animado.

Había planeado cada detalle del viaje a São Paulo, que harían en el coche de sus sueños: un clásico Charger V8, un modelo intimidante que él mismo había modificado hasta darle el aspecto de un elegante e imponente tanque.

El rugido del motor resonó por las calles de Nova Aurora cuando se detuvo frente a la casa de Janaína.

—¡Vaya, Rafael! Nunca me dijiste que tenías este coche —dijo Janaína, sonriendo mientras pasaba los dedos por la pulida carrocería negra.

—Solo lo saco en ocasiones especiales —respondió él, abriéndole la puerta—. Y creo que este viaje lo merece.

El motor rugió cuando dejaron la ciudad atrás y el paisaje fue cambiando gradualmente de campos verdes a carreteras bulliciosas. Durante el trayecto, Janaína no pudo ocultar su curiosidad.

—Todavía no me has dicho exactamente qué vamos a hacer en São Paulo —dijo, inclinándose ligeramente hacia él para mirarle el perfil—. Todo esto me parece demasiado misterioso.

Rafael sonrió, con la vista fija en la carretera.

—Confía en mí. Te prometo que valdrá la pena.

—Confío en ti —respondió ella, y posó suavemente la mano sobre la de él—. Pero como me lleves a un simposio de ciencia, me vas a decepcionar mucho.

Rafael se rio y negó con la cabeza.

—Nada de ciencia esta vez. Lo juro.

El viaje estuvo lleno de momentos desenfadados, como cuando pararon en una cafetería de carretera a compartir una porción de tarta de manzana y tomar café cargado.

La conversación fluía con naturalidad; Janaína le contaba historias de su trabajo en el periódico y de las fotografías que más la habían conmovido.

—Hay una que le hice a una anciana que vendía flores en el centro —dijo, y le enseñó la imagen en el móvil—. Su expresión está llena de historia... Esas son las fotos que más me gusta hacer.

Rafael miró la foto y luego a ella, admirado de verdad.

—Tienes un don increíble para ver dentro de las personas, Janaína. Es algo que nunca llegaré a entender del todo.

Ella se sonrojó con el cumplido y respondió entre risas:

—Quizá solo intento estar a la altura del científico genial que tengo a mi lado.

El viaje continuó; el Charger zumbaba por la autopista hasta que las luces resplandecientes de São Paulo empezaron a asomar en el horizonte.

Rafael paró frente al Dragão Dourado, un renombrado restaurante chino famoso por su impresionante arquitectura y su refinada cocina.

Faroles rojos y dorados iluminaban la entrada y creaban una escena que parecía de otro mundo.

—¡Esto es... impresionante! —dijo Janaína con los ojos como platos—. De verdad que sabes elegir un lugar especial.

Rafael sonrió, salió del coche y le abrió la puerta como todo un caballero.

—Solo lo mejor para la mejor persona de mi vida.

Dentro del restaurante, los llevaron a una mesa privada en un rincón tranquilo, rodeada de una decoración auténtica que evocaba la elegancia de la China imperial. Janaína estudió el menú encantada mientras Rafael la observaba y saboreaba cada destello de alegría en su rostro.

—¡Tienen pato laqueado! Siempre he querido probarlo —dijo emocionada.

—Pues eso pediremos —respondió Rafael, e hizo una señal al camarero—. Y un poco de todo lo que parezca interesante.

La comida fue un festín para los sentidos: desde delicados dumplings hasta sofisticados platos principales, cada uno más exquisito que el anterior.

Entre bocado y bocado, charlaron sobre las boutiques que habían visitado esa mañana, incluida una tienda vintage donde Janaína se había enamorado de un vestido que no pudo dejar escapar.

—Estabas deslumbrante con ese vestido —comentó Rafael con sinceridad.

—Y tú parecías completamente perdido en esa librería de viejo... ¡se te olvidó hasta la hora! —bromeó ella.

Después de cenar, Rafael sorprendió a Janaína con algo aún más impresionante: un mirador en la azotea de un edificio cercano que ofrecía una vista espectacular de la ciudad iluminada bajo el cielo nocturno.

Cuando llegaron, Janaína se quedó sin palabras ante el interminable centelleo de las luces de la ciudad contra el manto de estrellas.

—Rafael... esto es aún más hermoso que el Pico de las Estrellas —susurró con la voz cargada de emoción.

Rafael se acercó y le tomó las manos con suavidad.

—Sabía que te encantaría. Te mereces toda la belleza que este mundo pueda ofrecerte, Janaína.

Permanecieron en silencio unos momentos, dejando que la vista se les grabara en la memoria. De repente, un pequeño farol chino, decorado en ricos tonos rojos y dorados, flotó suavemente hacia ellos. Janaína, intrigada, alargó la mano para atraparlo y se rio asombrada.

—¿Qué demonios es esto? —preguntó mientras el farol aterrizaba suavemente en sus palmas.

Atada a él había una pequeña caja negra. La sostuvo con cuidado, con una sonrisa llena de curiosidad.

—Rafael, ¿esto es tuyo? —preguntó mirándolo.

Rafael, que la había estado observando en silencio, dio un paso adelante. El corazón le latía con fuerza mientras abría la caja y dejaba a la vista un anillo de compromiso exquisitamente detallado; el delicado diamante centelleaba bajo las luces de la ciudad.

Janaína se cubrió la boca con los ojos muy abiertos, abrumada por la emoción.

—Janaína —comenzó Rafael con la voz ligeramente temblorosa—, desde el momento en que te conocí, mi vida ha cambiado de formas que nunca creí posibles.

Trajiste luz, color y amor a cada uno de mis días.

No puedo imaginar un futuro sin ti a mi lado.

Así que aquí, bajo las estrellas y ante esta ciudad, quiero preguntarte. ..

Se arrodilló y le mostró el anillo:

—Janaína Eurodita Vargas, ¿quieres casarte conmigo?

Las lágrimas le brillaron en los ojos mientras asentía una y otra vez.

—¡Sí, Rafael! ¡Sí, quiero! —exclamó con la voz quebrada por la emoción.

Rafael le deslizó el anillo en el dedo y se levantó para abrazarla. Se besaron bajo el cielo estrellado; las luces de la ciudad, abajo, parecían brillar en armonía con la magia del momento. Era un instante que ambos sabían que atesorarían el resto de sus vidas.

A la mañana siguiente, Rafael y Janaína regresaron a Nova Aurora con el corazón ligero y lleno de sueños para el futuro.

En el maletero del Charger llevaban regalos cuidadosamente elegidos para las personas especiales de sus vidas: una delicada caja de té artesanal para Rosana, un libro raro sobre la historia de la ingeniería para Miguel y un broche floral dorado para Eulália.

Mientras conducían, Janaína, radiante de felicidad, dijo:

—Anoche llamé a mis padres. Hicimos una videollamada y les conté lo de la pedida. Estaban encantados... dijeron que era el día más feliz de sus vidas, aunque fuera desde la distancia.

Rafael sonrió, complacido con la noticia.

—Me alegro de que estén contentos. Tus padres son maravillosos.

—Y mi padre dijo que en tres meses, cuando vayamos a São Paulo a visitar a unos familiares, te tiene preparada una sorpresa —añadió Janaína con un brillo misterioso en los ojos.

Rafael arqueó una ceja, curioso.

—¿Una sorpresa? ¿Qué estará tramando?

—Ni idea, pero créeme, está muy emocionado —respondió ella, riendo.

Mientras el Charger recorría las carreteras de regreso a Nova Aurora, Rafael y Janaína sabían que aquel viaje había marcado el comienzo de un nuevo capítulo en sus vidas. Juntos, estaban listos para afrontar lo que viniera, unidos por el amor, la confianza y la promesa de un futuro brillante.

Un rostro en las sombras

Mientras tanto, en un lugar desolado y remoto —rodeado de ríos y tormentas, con montañas alzándose en la distancia y el retumbar grave de los truenos resonando en el aire—, un hombre encapuchado trabajaba en un laboratorio improvisado.

Equipamiento rudimentario se amontonaba sobre mesas oxidadas, mientras cables colgaban del techo como enredaderas, conectados a un dispositivo inquietantemente similar al Cronos[10].

El hombre observaba fijamente la pantalla del aparato, que parpadeaba con un mensaje cifrado e indescifrable.

Vestido completamente de negro, con un largo abrigo y botas reforzadas, emanaba un aura de amenaza y misterio.

La capucha le ocultaba casi todo el rostro, dejando entrever apenas una silueta recortada entre sombras cambiantes bajo la luz parpadeante de una lámpara oscilante.

Su postura era firme y dominante, el porte de alguien acostumbrado desde hacía mucho al control y a infundir miedo.

Una sonrisa macabra se dibujó en sus labios, oculta en la penumbra, mientras murmuraba para sí:

—«Datos finales cifrados».

El mensaje pulsaba en la pantalla mientras el zumbido mecánico de los engranajes llenaba la habitación con un ritmo ominoso. Algo estaba a punto de desencadenarse.

***