El Guardián de Ángeles (Jamie Johansson 1) Epílogo
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Epílogo

J amie se sentó sobre los talones, tenía las rodillas doloridas, y se secó el sudor de la frente.

Era principios de marzo y la nieve se derretía en la ciudad. Una racha de días cálidos había animado a Jamie para empezar la limpieza que tanto había pospuesto. Eva Sjöberg llevaba casi seis semanas detenida y estaba a la espera de juicio.

Ahora ya no estaba en sus manos.

El teléfono de Jamie vibró en su bolsillo. Lo sacó mientras retiraba con la mano libre el correo acumulado junto al televisor.

— Hallä —dijo Jamie sin mirar el número.

Tan poca gente la llamaba que solo podía tratarse de Wiik o Hallberg, quizá Falk. Pero esta última llamaba en raras ocasiones y aún no le habían asignado ningún caso. No hasta que el papeleo estuviera completo y su préstamo a la Policía de Estocolmo comenzara de modo oficial.

—Johansson. —Era Wiik—. ¿Cómo va todo?

Jamie suspiró y sacudió la bolsa negra para que el montón de sobres y papeles viejos se asentara. Miró a su alrededor, al salón, en el que revoloteba un mar de polvo.

—Ya casi está. ¿Qué pasa? La idea de un día libre consiste en descansar de tu compañero. Lo sabes, ¿verdad?

Él chascó la lengua y eso produjo un ruido en el oído de Jamie. Wiik no era muy dado a reír. Ella tampoco, en realidad. Pero eso era lo más parecido a una charla ligera entre ellos.

—Acabo de recibir la declaración y la confesión de Sjöberg por escrito.

—Ah, genial —dijo Jamie y decidió incorporarse para poder concentrarse en la conversación—. No me digas que va a intentar llegar a un acuerdo.

—No, se declara culpable —dijo Wiik con algo parecido al alivio en la voz—. No de todos los asesinatos, parece que no quiere restarle mérito a Hans, claro.

—Claro.

—Pero sí de los suficientes como para que la encierren de por vida.

—Bien —dijo Jamie y esbozó una pequeña sonrisa—. ¿Solo me llamabas para decirme eso?

—No, pensé que te interesaría saber que también detalla sus experiencias con Leif Lundgren y Jan Hansen, además de relatar las conversaciones con Hanna Lundgren y Emmy Berg.

Está dispuesta declararse culpable. Supuestamente, Hans y ella seguían un diligente proceso, siempre hicieron todo lo posible para asegurarse de que no perseguían a un inocente.

Jamie no pudo evitar sonar burlona.

—Los asesinos en serie que tienen código ético son adorables…

Wiik carraspeó.

—Con los informes forenses originales que sitúan el ADN de Lundgren bajo las uñas de Hanna, junto a lo que le confesó a Rachel Engerman, que también está dispuesta a testificar en el juicio, podremos conseguir una condena.

—Si tenemos suerte —dijo Jamie, y tragó saliva. Por desgracia, ella sabía cómo iban estas cosas la mayor parte de las veces.

—Y con el testimonio de la esposa de Hansen, junto con lo que sacamos de la tableta, y la confirmación de William de que solo Emmy y él la usaban…

—Espero que tengas razón —dijo Jamie.

—Los atraparemos —respondió Wiik con determinación—. Antes o después.

Jamie se quedó callada, esperaba más.

Wiik carraspeó.

—Sjöberg también nos dio una explicación sobre los Gunnarson y por qué ambos estaban en el punto de mira.

Jamie no sabía si aquello era una metáfora, pero supuso que no, sobre todo al tener en cuenta el modo en que murió Åsa Gunnarson. No dijo nada.

—La niñera que contrataron maltrataba a Tilde. Se lo contó a Mikael y Åsa y, al parecer, la despidieron. Y, escucha esto. —Resopló incrédulo—. Eva dijo que en realidad le pagaron para que se callara.

—¿Qué? —dijo Jamie, sintiendo cómo se le arrugaba el ceño por la sorpresa—. ¿Le pagaron para qué?

—Por lo visto para que no dijera nada —Wiik sonaba enfadado—.

Cuando Tilde se lo contó se enfrentaron a ella.

Pero Mikael estaba en medio de una importante negociación con inversores interesados en su empresa y Åsa estaba ocupada en un caso muy importante.

No querían arriesgarse a que se involucrara la policía o a que se produjera un escándalo, así que le pagaron algo de dinero para que se marchara y luego le dijeron a Tilde que la habían arrestado.

—Dios mío —murmuró Jamie—. Pagar a la mujer que le hizo eso a tu… —Tragó saliva para contener las náuseas que le subían por la garganta—. ¿Cómo sabe Eva Sjöberg todo eso?

—Al parecer, Hans y ella persiguieron a la mujer y luego la torturaron para…

—En realidad —dijo Jamie mientras negaba con la cabeza—, no quiero saberlo.

No le había gustado Mikael Gunnarson desde el principio, pero esto era ya demasiado. Qué tipo de personas serían capaces de hacer eso. No podía ni imaginarlo.

—Sjöberg dijo que Hans se encargó de ella, pero no sabe dónde está el cuerpo.

Y como su testimonio es indirecto, el abogado de Gunnarson lo calificará de rumor y logrará que lo desestimen en un abrir y cerrar de ojos.

—Respiró lentamente y exhaló—. No creo que podamos conseguir nada en referencia a eso.

Jamie apretó los dientes, se preguntaba si la culpa de tener que vivir con lo que había hecho, además de la pérdida de su hija y su esposa, sería suficiente castigo para ese hombre. Las palabras le salieron de los labios sin pensarlo.

—Los hombres así siempre reciben su merecido al final —dijo en voz baja.

—¿Qué has dicho? —preguntó Wiik porque no lo había entendido bien.

—Nada —respondió Jamie, negando con la cabeza—. Tan solo algo que oí en alguna parte. —Tosió para expulsar el polvo que tenía agarrado a la garganta—. ¿Qué hay de los cuerpos de los otros padres desaparecidos? ¿Y de Eriksson?

—Sjöberg nos ha dado algunas pistas, pero fue hace más de dos décadas, así que no estamos seguros de cuántos podremos encontrar. En cuanto a Eriksson, está ahí fuera, en algún lugar del valle. Eso es todo lo que sabe. No sabe a ciencia cierta qué hizo Nyström con él. Ella dice que…

Su voz se desvaneció en su oído cuando ella giró la cabeza tras escuchar unos golpes en la puerta.

—Te llamaré más tarde —dijo ella, y él se quedó en silencio.

— Hejdå —dijo entonces, y colgó. Adiós.

Jamie se levantó, se sacudió el polvo y se dirigió a la puerta.

Esperaba que no fuera Hallberg apareciendo «espontáneamente» para ayudar.

La chica se le había enganchado en la oficina, le pedía ir a tomar un café al menos dos veces por semana, e incluso le había preguntado si podía acompañarla a correr por la mañana.

Era dulce y quería aprender a ser una mejor detective, pero Jamie no era en absoluto un modelo a seguir.

Y todavía no había encontrado la mejor manera de decirle que la dejara en paz sin herir demasiado sus sentimientos.

Abrió la puerta de par en par, con una sonrisa forzada. Pero esta se le borró cuando vio al hombre que tenía delante.

—Doctor Claesson —dijo Jamie sorprendida—. ¿Qué hace aquí?

Él retorció la gorra plana de lana que tenía en las manos y la miró nervioso.

—Inspectora Johansson —dijo y sonrió enseguida—. Me preguntaba si podría pasar.

Jamie retrocedió automáticamente y le dejó pasar, mientras su mente buscaba algún motivo para aquella visita.

—Perdón por el desorden —dijo y cerró la puerta una vez él hubo entrado—. Nadie ha vivido aquí desde…

Él asintió, le dedicó otra rápida sonrisa y luego le dio la espalda para echar un vistazo al salón y a la cocina. Al parecer no tenía intención de adentrarse más.

—¿Qué puedo, eh… —comenzó Jamie, con los brazos cruzados—, hacer por usted, doctor?

Él tragó saliva.

—Quería hablar con usted sobre su padre.

Jamie se tensó un poco al vislumbrar la inquietud en el rostro del hombrecillo. Tenía la calva cubierta de pequeñas gotas de sudor y la piel del cuello le latía al ritmo del acelerado corazón.

—Supongo que Wiik le ha contado el… incidente entre su padre y yo.

Jamie asintió, incapaz de encontrar su voz.

—Sí, por lo que he oído fue la comidilla de la comisaría, pero… pero creo que mereces saber la verdad sobre lo que ocurrió.

Jamie se preparó, sin saber muy bien si quería saberlo. ¿Había sido peor de lo que ella creía? ¿Había sido su padre aún más brutal de lo que nadie era capaz de imaginar?

—Estaba inmerso en un caso cuando ocurrió —comenzó Claesson, quería soltarlo antes de que, por lo que parecía, los nervios le fallaran—. Un caso extraño… No sé si recuerdas que te mencioné que en ese momento yo era tan solo un patólogo recién contratado.

Jamie asintió brevemente, y se inclinó un poco hacia delante.

—El caso en el que él trabajaba… Yo no sabía nada al respecto. Pero tenía instrucciones estrictas de no archivar los informes de la autopsia y las pruebas que teníamos en nuestra base de datos.

—¿Es eso algo excepcional? —preguntó Jamie, aunque sabía que lo era.

—Sí, mucho —dijo él, de repente la miraba a los ojos —.

Y lo que es aún más extraño es que el caso parecía requerir la responsabilidad de alguien muy por encima del nivel salarial de un patólogo junior.

Al jefe de patología de entonces, un hombre llamado Svensson, lo mantuvieron al margen del asunto de modo intencionado por parte de la Policía.

Los cadáveres se entregaban por la noche y los exámenes se realizaban en un laboratorio cerrado.

Me exigieron confidencialidad y me dijeron que entregara los informes directamente a tu padre.

Jamie apretó los labios con fuerza. No le quitaba ojo a Claesson, necesitaba que continuara.

—El incidente ocurrió después de que se entregara el tercer cadáver.

Cada víctima fue asesinada de forma distinta, pero había elementos comunes en todos los casos.

Las tres víctimas —levantó las manos y formó tres cuadrados delante de él— tenían marcas tenues de ligaduras en las muñecas, compatibles con haber estado suspendidas en posición vertical, todas presentaban daños en los tímpanos y todas parecían haberse suicidado.

El corazón de Jamie se aceleró y se mordió el labio inferior para evitar que le castañearan los dientes. Claesson continuó.

—La primera se había cortado las muñecas, la segunda se había tirado desde un edificio, la tercera se había ahogado…