El Guardián de Ángeles (Jamie Johansson 1) Epílogo #2
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Epílogo #2

Jamie no sabía si le gustaba el rumbo que aquella conversación estaba tomando. Es más, no le gustaba en absoluto el rumbo que estaba tomando.

—La tercera víctima, supuestamente, se había ahogado… Llamé a tu padre para contarle lo que había encontrado: restos de propofol en su organismo.

—¿Propofol? —preguntó Jamie, con la voz entrecortada—. ¿No es un anestésico?

Claesson asintió.

—Sí, pero es más que un simple anestésico, también tiene curiosos efectos barbitúricos.

Reduce las inhibiciones, hace que la persona sea más dócil y, en esencia, induce a la amnesia.

Los estudios realizados con el fármaco han evidenciado que los sujetos bajo su influencia son incapaces de recordar nada de lo que ocurre…

—Vale, vale —le interrumpió Jamie—. Lo entiendo. ¿Y qué pasó con mi padre?

Claesson se recompuso.

—Veía que no hacía más que empeorar. El caso, fuera lo que fuera, le estaba pasando factura. No éramos amigos… No del todo, pero habíamos trabajado juntos durante varios años y teníamos una relación informal, ¿sabes?

Ella deseaba que dijera de una vez lo que tuviera que decir.

—Aquella noche que le llamé para contarle lo del propofol, apenas había encontrado trazas, pensé que quizá el asesino había mantenido con vida a la víctima durante unos días para que la droga se dispersara en el cuerpo antes de…

—Descubrió la expresión de Jamie y cortó su propio relato—. Lo llamé y él acudió. Borracho.

Jamie tragó saliva. No le sorprendía, pero aun así le molestó escucharlo.

—Apenas se tenía en pie. Pero vino de todos modos.

Me obligaban a estar allí hasta tarde, tenía que hacer todo aquello fuera de mi horario sin poder decírselo a nadie.

Nadie me lo agradecía. Ni siquiera recibía un plus en el sueldo.

Los superiores de la Policía me dijeron que, si no obedecía y mantenía la boca cerrada, me enviarían al laboratorio forense de Luleå.

Así que cuando llegó, borracho, con las mejillas manchadas de pintalabios —dijo y luego señaló su cara—, la nariz blanca con…

—Se detuvo de nuevo, sacudió la cabeza y volvió a mirar los ojos de Jamie—.

En fin, estaba enfadado. Ahí estaba yo, confinado en mi laboratorio, mientras él estaba fuera, de fiesta, pasándoselo en grande.

A Jamie le daba vueltas la cabeza.

—Le hablé… con mucha aspereza —dijo Claesson—. No recuerdo la conversación con detalle, lo tengo todo bastante borroso. Pero sí recuerdo lo que le dije antes de que me agarrara por el cuello y me empujara contra una encimera llena de cristalería.

—¿Y qué le dijo? —preguntó Jamie en un susurro.

—Que con ese comportamiento no era de extrañar que su madre y tú lo hubierais dejado.

Jamie cerró los ojos, solo escuchar esas palabras era como recibir una puñalada en el corazón.

Lo que hizo su padre no estaba bien, pero no podía evitar entender por qué le había afectado tanto.

—Me dejó allí —dijo Claesson—. Ensangrentado, solo.

No me encontraron hasta pasadas varias horas, inconsciente.

El limpiador que me descubrió llamó a una ambulancia.

Pasé por varias operaciones. Luego el tiempo de recuperación.

Era imposible mantenerlo en secreto. Y yo seguía enfadado, pero sabía que estaba mal haberle dicho aquello.

Había sido un golpe bajo. Y… Y… —Se atascaba al hablar—. Y pensé que podía ayudarle.

—¿Presentando una denuncia contra él? —Jamie intentó que su voz no sonara desdeñosa.

Claesson asintió.

—Sí. Pensé que iba a descarrilar, que quizá aquello le asustaría y sería un modo de hacerle entrar en razón, que se daría cuenta de lo que había hecho. Que haría un esfuerzo por buscar ayuda.

—Le suspendieron.

Jamie pensó que esta vez no había conseguido ocultar su desdén.

A juzgar por la expresión de Claesson, así había sido. Volvía a retorcer entre las manos su gorra.

—Lo sé. Pero me temo que fue más que eso. —Hizo una pausa para ordenar sus pensamientos—. Una vez salí del hospital volví al laboratorio para ver qué había pasado en mi ausencia y lo encontré vacío.

—¿Qué quiere decir con «vacío»?

—Los cadáveres habían desaparecido. Los resultados de las pruebas habían desaparecido. Los archivos, los informes, todo… Ya no había nada. Era como si el caso nunca hubiera existido.

—Pero ¿por qué iban a…? Quiero decir, ¿quién iba a…?

Claesson negó con la cabeza.

—No lo sabía, pero ¿a quién podía contárselo?

¿O preguntárselo? Mis superiores no tenían conocimiento de ello.

Tu padre me había hecho jurar que guardaría el secreto y yo no sabía a quién contactar en la Policía.

Temía haber hecho algo que no debía al presentar esa denuncia.

En ese momento no lo pensé, pero tuve que detallar lo que hacíamos en el laboratorio a altas horas de la noche y por qué estábamos allí…

Dios, Jamie necesitaba que dejara de divagar y se diera prisa.

—Y entonces, dos noches después, vino a verme. A mi casa.

—¿Mi padre?

Claesson asintió.

—Sí, era tarde, no recuerdo a qué hora, pero llamó a la puerta de mi piso.

—¿Y?

—Cuando abrí me asusté al verlo, como puedes imaginar. Sospeché que se había enterado de la denuncia y había venido a acabar conmigo.

Jamie tragó saliva al ver que el miedo volvía a aparecer en su rostro por momentos.

—Pero no era eso, para nada. Parecía cansado. Agotado. Pero estaba sobrio. Y arrepentido.

—¿Arrepentido?

—Sí. Dijo que lamentaba lo que había pasado, que no había sido su intención, pero que al decirle aquello…

Simplemente había perdido los nervios. Dijo que no podía contarme en qué consistía el caso, pero que era algo importante.

Pensó que debía saberlo. Todo era secreto.

Estaba etiquetado como confidencial. Solo lo sabían unos pocos y él no podía decirme nada más.

—Claesson echó la vista atrás—. En las semanas anteriores, cuando había venido a verme, vestía de forma diferente a lo habitual. No era su ropa de diario, ¿sabes?

Jamie asintió como si lo supiera, aunque no era así.

—Y esa noche, en el laboratorio, llevaba traje.

—¿Traje?

Su padre odiaba los trajes. La única vez que lo había visto llevar uno fue en las fotos de la boda de sus padres.

—Entonces supuse que debía de tratarse de una operación encubierta o…

Se calló por enésima vez, frunció el ceño. Parecía a punto de llorar.

Jamie lo entendió entonces.

—Y al presentar esa denuncia… —Cerró los ojos, le dolía incluso pronunciar esas palabras—. Puede ser que lo echase todo por la borda.

—No tenía ni idea.

—No, claro que no —dijo ella y bajó la voz—. No podías saberlo.

—Pero él dijo —continuó Claesson, ahora más decidido—, que casi había terminado, que estaba cerca de atrapar a los responsables y que, apenas lo hiciera, iba a enderezar su vida.

Jamie levantó la cabeza y lo miró.

—Que iba a dejar de beber, a arreglar la casa, ponerse al día con todo y… y… y que iba a recuperarte.

Jamie contuvo la respiración, escudriñaba a aquel hombre en busca de cualquier indicio de falsedad.

—¿Qué?

Claesson asintió.

—Eso es lo que dijo: que una vez que hubiera terminado con aquello, iba a recuperarte. Incluso si tenía que ir él mismo a Inglaterra para hacerlo.

A Jamie se le cerró la garganta y le ardieron los ojos.

—¿Por qué te diría eso?

—Creo que… Era para demostrar que hablaba en serio. No habría bromeado sobre algo así. Sabes que llevaba una foto de vosotros dos en la cartera. A todas partes.

—¿Cuándo?, eh… —Le temblaba la voz—. ¿Cuándo fue eso?

—Una semana antes…

—De que él…

Claesson asintió y Jamie bajó la cabeza, luego miró a su alrededor.

—Debió de arrepentirse de sus planes —dijo Jamie y las palabras le salieron con naturalidad—. No me extraña que…

—No —dijo Claesson, casi con autoridad—. No fue así.

Jamie lo miraba con cautela.

—Hablaba en serio. Y yo le creí. Pude ver que había cambiado en esos últimos meses. Aquel caso… Era mucha presión. Demasiada. Y él lo sabía. Pero iba a recuperarse. Nunca he visto a un hombre tan decidido.

—Pero no lo hizo.

Claesson siguió adelante, sin hacer caso al comentario.

—A la mañana siguiente retiré la denuncia contra él. La tramitación demoró unos días y, una vez quedó resuelto, intenté encontrarlo para decírselo. Pero no pude.

—¿No pudiste?

Sacudió la cabeza.

—No. No pude. Vine aquí, pero no estaba.

Su coche no estaba en la entrada. No contestaba al teléfono.

Nadie del trabajo lo había visto. Su compañero, Nyström, tampoco sabía nada de él.

Incluso pregunté en los bares cercanos a la comisaría, los sitios que yo sabía que él frecuentaba.

Su compañero se preocupó también un poco al verme buscarle y también intentó encontrarlo. Pero… no había ni rastro.

Jamie se había quedado sin palabras.

—Y los cadáveres —dijo Claesson, la mirada puesta en el suelo—.

Los del caso, los tres hombres asesinados no eran unos don nadie.

Eran personas importantes. Uno de ellos era juez, otro era un abogado de alto nivel.

El tercero era un político. Quienquiera que los matara sabía cómo hacer las cosas. Era inteligente. Era limpio.

Jamie observó al hombre que tenía delante con más atención de la que le había dedicado a nadie en su vida. Escuchó con más interés de lo que había hecho nunca. Se sintió peor de lo que se había sentido jamás.

—Iba a rehacer su vida. En serio. Y entonces desapareció. Una semana después, leí en el periódico que…

Jamie contuvo la respiración.

—No sé qué le pasó —dijo Claesson lentamente, mientras se preparaba para decir algo que se había guardado durante dos décadas. Levantó la vista, la miró a los ojos y luego pronunció las palabras que iban a hacer añicos su mundo—: No se suicidó, Jamie. A tu padre lo asesinaron.