55
La calle frente a la modesta casa de una planta de Eva Sjöberg estaba inundada de luces azules intermitentes.
Tres de los coches eran patrullas de la policía, otras dos unidades caninas y el último el Volvo de Wiik, rodeados de toda una flota de agentes.
Eva Sjöberg estaba sentada como una estatua en el asiento trasero de uno de los coches patrulla, y no dejaba de mirar fijamente la jaula metálica que tenía delante.
«Tendrás que acostumbrarte a ello —pensó Jamie—. Vas a pasar mucho tiempo viendo el mundo a través de unos barrotes».
Wiik estaba de pie con los brazos cruzados, no le quitaba ojo, con el labio inferior torcido en señal de desdén.
—Hey —dijo Jamie al acercarse a él.
Él le echó un vistazo a Jamie y luego volvió a fruncir el ceño.
Ella estaba a punto de empezar a hablar cuando Hallberg apareció entre la jungla de luces azules.
—Resulta —dijo Hallberg, que negaba con la cabeza—, que Eva Sjöberg sufrió un accidente de coche en 1993 que le dañó la pelvis y la columna vertebral.
Los registros del hospital muestran que fue necesario practicarle una operación que le habría impedido tener hijos, como ella dijo, pero la lesión de columna fue leve.
Según las notas, necesitó la silla de ruedas de ocho a doce semanas, pero luego se recuperó por completo.
Así lo indicaba la consulta de seguimiento.
Desde entonces, todo fue una tapadera. —Hallberg bajó la cabeza—. Si se nos hubiera ocurrido comprobarlo…
Wiik la miró.
Jamie se dio cuenta de que quería decir algo alentador, pero no se atrevía.
Así que lo hizo ella.
—No podías saberlo. Nadie podía saberlo. No había ninguna razón para que pensáramos en confirmarlo. —Jamie se esforzó por sonreírle—. Lo importante es que la hemos capturado.
—Pero ¿cómo lo sabías? —preguntó Hallberg mirando a Jamie con admiración.
Jamie se retorció bajo su mirada. Se sentía incómoda y desde luego no se creía merecedora de esa admiración. Solo hacía su trabajo. Y, la mayor parte del tiempo, su trabajo era hacer de abogado del diablo.
—Había demasiadas pruebas —dijo rápidamente—. Todo indicaba que debía ser Eriksson. Todo lo que sabíamos apuntaba en la misma dirección. El ADN, las circunstancias, los medios, la oportunidad. Todo.
Hallberg no parecía seguir el hilo de sus pensamientos.
—Pero ¿y si no era él? —Jamie se encogió de hombros—. No existen las certezas en este juego. De no haber sido Eriksson, ¿quién más podía haber sido?
—¿Y pensaste en Eva Sjöberg?
—Al principio, no. —Antes de empezar a explicarse, Jamie ya sintió el cansancio de tener que dar una explicación—.
Pero, aparte de lo que creíamos saber , no tenía sentido que él fuera el asesino.
¿Cómo puede un sacerdote de más de metro ochenta esconderse a plena vista frente a una habitación de hospital y un agente durante horas sin llamar la atención?
¿Cómo puede evadir las cámaras de seguridad, entrar y salir sin ser visto?
¿Cómo puede pasar desapercibido cuando pone un guante de látex sobre una cámara?
—No puede. Pero una anciana en silla de ruedas…
—… puede moverse libremente por un hospital sin llamar la atención. —Jamie asintió.
—Y podía subirse a su silla y alcanzar el techo sin problema —dijo Hallberg. Al darse cuenta resopló.
—Exacto. Eriksson no aparecía en las cámaras de seguridad porque no estaba. Pero vuelve a revisarlas ahora y apuesto a que verás a Eva Sjöberg por los pasillos, tan tranquila.
Hallberg chasqueó la lengua y luego miró a la mujer en el coche, su rostro amable mostró todo el disgusto que podía expresar.
—¿Y la transcripción del juicio? ¿El apartamento de Nyström?
—Bastaba tirar del hilo. La transcripción decía que Sjöberg se declaró inocente al principio, pero luego dio un giro de 180 grados y se declaró culpable sin dar ninguna explicación.
Al principio pensé que lo hacía para proteger a Eriksson; al fin y al cabo, eran grandes amigos.
Pero Eriksson dijo que le había dado la espalda a Sjöberg.
No se habían hablado en veinticinco años.
Y después de todo ese tiempo, me pareció extraño que Sjöberg siguiera protegiéndolo.
Todo dependía de quién decía la verdad: Eva Sjöberg o Eriksson. Y si Eriksson no mentía…
—Entonces Eva Sjöberg, sí.
—Hans fue a la cárcel por ella. Asumió toda la culpa. Y la protegió hasta su último aliento.
—¿Y la casa de Nyström?
—Tenía fotos de su esposa por todas partes, años después de su muerte.
Se sentía solo, en eso teníamos razón. Pero echaba más de menos a su mujer que a mi padre.
Era más probable que Eva Sjöberg hubiera podido manipularlo y no Per Eriksson.
—Jamie observó a la mujer que les había mareado y esquivado durante dos décadas a través de la ventanilla del coche patrulla—.
Cuando comparé la letra de la nota de Nyström con la de la nota que encontré bajo el limpiaparabrisas, vi que coincidían.
Sabía que el asesino no sería tan descuidado como para dejar una pista así, pero Nyström lo hizo porque esa pista era para mí .
Él me conocía. No quería matarme. Pero eso dejó un rastro.
Un rastro que Eva Sjöberg tuvo que borrar.
Si hubiéramos encontrado la carta de Eriksson en la casa de Sjöberg, habríamos podido descartarlo como autor de la nota del parabrisas.
Pero ella necesitaba mantener ese engaño, obligarnos a cazar a un fantasma.
Y eso era todo. Fue ella quien movió los hilos desde el principio.
Quería que estuviéramos convencidos de que, para protegerse, Eriksson había huido tras robar su carta.
Pero para él no habría sido necesario. Si Eva estaba tan enferma como él decía, podría haber entrado por la puerta principal.
¿Por qué arriesgarse a entrar a plena luz del día?
¿Y por qué dejarla viva si era una testigo potencial?
No, de haber sido Eriksson se habría llevado a Eva junto con la carta.
No habría dejado cabos sueltos. —Jamie dejó de mirar a aquella mujer y buscó los ojos de Hallberg—.
Las huellas dobles para ocultar el tamaño, las pistas falsas, la lealtad que Hans Sjöberg mostró en el juicio, la conexión con Nyström a través de la investigación original…
Cada pieza por sí sola podía ser ignorada. Pero todas juntas…
—Tenía que ser ella.
—Descartado Eriksson, no había nadie más.
Hallberg lo asimiló todo. Los ojos le brillaban como a una niña.
Jamie carraspeó y cruzó los brazos, luego miró a Wiik y vio que él también los tenía cruzados. Descruzó los suyos rápidamente.
—Eva siempre planeó inculpar a Eriksson.
Y deshacerse de él era parte de su plan.
Ella lo atrajo a su casa con el pretexto de aceptar su oferta de recogerla para ir a la iglesia.
Cuando él llegó, ella lo mató, recogió la carta y las pertenencias de Hans, condujo su autobús hasta la cabaña y dejó todo allí.
Luego, Nyström y ella se deshicieron del cadáver y él la llevó de vuelta.
Está ahí fuera, en algún lugar, enterrado en la tierra o bajo el hielo de ese lago.
—Jamie hizo una mueca al pensarlo—. Matar a Nyström fue la guinda del pastel.
El acto público de brutalidad que enfurecería a todo el cuerpo de policía.
Operaciones Especiales mordió el anzuelo, llegó con todos los efectivos del mundo y la única intención de acabar con Eriksson.
Y lo habrían hecho de haber podido. Todo el tiempo en busca de la persona equivocada.
Fue un plan perfecto. Lo había pensado todo.
—Todo excepto que aparecieras tú —dijo Hallberg y le dedicó una sonrisa a Jamie.
—Sí —dijo Jamie encogiéndose de hombros. No se tomaba bien los elogios—. Si tú lo dices.
—Entonces tu padre tenía razón. Sobre Hans Sjöberg.
Jamie asintió.
—La tenía. Pero solo descubrió la mitad de la trama.
Hallberg puso la mano en el hombro de Jamie y lo apretó. Fue un gesto incómodo y extraño.
—Está bien que hayas venido a terminar lo que él empezó.
Jamie sintió que se le hacía un nudo en la garganta.
—Sí, supongo que sí.
Sus ojos se desviaron hacia Wiik, que seguía de pie, sin quitarle ojo a la discreta mujer responsable de todo, que permanecía en la parte trasera del coche de policía.
Hallberg percibió el frío silencio entre ellos y se excusó con tacto.
—Tengo que hablar con algunos agentes —dijo, y señaló con el pulgar por encima del hombro antes de dejarlos solos.
Tras unos segundos de silencio, Wiik habló, pero sin mirar a su alrededor.
—Con un poco de suerte su testimonio nos ayudará a ir tras Lundgren y Hansen.
—Supongo que al menos hay un lado positivo entonces.
—Y tal vez ella pueda arrojar algo de luz sobre lo que Mikael Gunnarson le hizo a Tilde.
Jamie tragó saliva, no terminaba de estar segura de querer saberlo.
Wiik no dijo nada durante un rato, permaneció con la mirada fija en Eva Sjöberg.
—¿Cómo sabías que vendría contigo? —preguntó.
Jamie se acercó un poco más y se metió las manos en los bolsillos. Le dio un empujoncito con el hombro.
—¿Y perderte la fiesta por tercera vez?
Él giró la cabeza y la miró, tenía los ojos entrecerrados.
—Volviste la cabeza —dijo Jamie.
—¿Cuándo?
—En la central. Después de preguntarte si creías que había sido Eriksson.
—¿Condujiste hasta aquí sola, con la única esperanza de que me arrepintiera de lo de Dahlvig y viniera a la carrera detrás de ti basándote tan solo en una mirada?
Jamie soltó una risita.
—Una mirada puede decir mucho, Wiik.
Él negó levemente con la cabeza.
—Sabía que mi pregunta te incomodaría. Y también que no podrías dejarlo pasar. Que lo comprobarías con Falk. Y que cuando ella te dijera adónde iba, encajarías las piezas y vendrías corriendo.
—Yo no diría que corriendo.
—Me alegro de que lo hicieras. Por un momento pensé que tendría que enfrentarme a ella yo sola.
—Podrías haberla derrotado —dijo Wiik y cambió el peso de un pie a otro.
—Sí, tal vez. —Ella lo miró y él le devolvió la mirada—. Pero me alegro de no haber tenido que hacerlo.
Dejaron que aquellas palabras permanecieran entre ellos por un segundo y luego él siguió hablando.
—¿A qué hora te vas? —preguntó, las luces azules se reflejaban en su inexpresivo rostro.
Jamie mantuvo fija la vista en la lejanía durante un rato, para hacerlo sufrir.
—Sabes —dijo lentamente—, en realidad no he comprado el billete.
Él se estremeció, trataba de no parecer ansioso.
—¿No?
—Ni he pedido la cuenta en mi hotel.
Él carraspeó.
—¿Por qué no?
Jamie intentó ocultar la sonrisa de su rostro.
—No tengo ningún sitio al que volver en realidad.
La Metropolitana de Londres no me echa de menos y todas mis cosas están guardadas en un trastero.
El lugar donde me alojaba en Escocia era…
—Se quedó callada—. Era bonito. Pero no tengo prisa por volver.
Creo que estoy lista para dejar atrás esa parte de mi vida.
Y, de todos modos, siento que tengo algunas cosas que resolver aquí.
Habrá facturas pendientes de la casa que habrá que pagar antes de que pueda hacer algo con ella.
Y necesita algunas reformas si la idea es usarla para vivir.
—¿Estás pensando en vivir allí? —preguntó Wiik. Hacía todo lo posible por quitarle toda emoción a su voz.
—Vivir en ella, venderla… No estoy segura. Tengo muchos recuerdos allí. Algunos buenos. Muchos malos. —Se encogió de hombros—. Pero, sea como sea, no voy a dejar que se pudra.
—¿Y el trabajo? —preguntó él, esta vez sin intentar reprimir su curiosidad.
—No he tenido tiempo de pensarlo —dijo Jamie, mirándolo a los ojos al fin. Respondiendo a su pregunta al fin—. Supongo que no conoces a ningún detective que busque un nuevo compañero, ¿verdad?
Wiik bajó la mirada, sonrió y miró a Jamie.
—Oh, no te sé decir —lo dijo con timidez y se alisó el pelo con la mano—. Seguro que se me ocurre alguien.