El Guardián de Ángeles (Jamie Johansson 1) 54
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Jamie se detuvo frente a la casa y la miró fijamente.

«No puede ser ninguna otra persona».

Esas fueron las últimas palabras que le había dicho a Wiik antes de que él se alejara para reunirse con Dahlvig. Caminaba con determinación, como siempre, pero esta vez redujo el paso, se detuvo un momento y miró hacia atrás.

Jamie se quitó aquella imagen de la cabeza, se subió la cremallera de la chaqueta, abrió la puerta del coche y salió a la helada noche.

Las nubes se habían disipado en lo alto y dejaban al descubierto un cielo negro como la tinta, salpicado de estrellas. La luna brillaba, proyectando una pálida luz sobre la nieve, que parecía brillar con un tono azulado, a ambos lados de la carretera.

La temperatura estaba muy por debajo de cero. A Jamie le pareció que el aire nunca había estado tan quieto, claro y frío como aquella noche. Le arañaba las mejillas mientras caminaba. La calle estaba en silencio. Las casas a oscuras.

Se había hecho tarde y los que habían desafiado el clima a primera hora del día ya se habían retirado a la seguridad de sus hogares.

Cerró la puerta del coche que Falk le había prestado para ir al aeropuerto —después de hacer tan solo esta parada rápida, le había prometido— y miró a su alrededor.

La calle estaba desierta.

Jamie suspiró y se metió las manos en los bolsillos. En realidad, no estaba allí, ¿verdad? En realidad, no creía…

Y, sin embargo, el perro que se había alojado en la parte posterior de su cabeza, sin dejar de roer su propia pata, había llegado ya hasta el hueso. La herida estaba en carne viva y manchaba todo el suelo de sangre.

Había que ocuparse de ella y había que hacerlo ahora.

Jamie se puso en marcha, cruzó la calle y subió los escalones que llevaban a la puerta.

No había luces encendidas en el interior.

Levantó la mano y llamó con energía.

No se oyó nada.

Jamie volvió a llamar. Se le puso la piel de gallina.

Apretó los puños y dio un paso atrás, miró a su alrededor.

Le costaba respirar. Se dijo a sí misma que era solo por el frío. Pero los latidos del corazón, acelerados y ligeros en la garganta, le decían que no era así.

Jamie miró a su alrededor en busca de algún signo de vida y vio algo a los lados del camino. Huellas en la nieve que se dirigían hacia la verja.

Bajó de nuevo a las losas heladas y siguió el rastro hasta la calle, miró a la izquierda y luego a la derecha.

Sus ojos se fijaron en un edificio que había más adelante y comenzó a caminar hacia él.

El camino terminaba de pronto. Jamie se detuvo y vio que las huellas volvían a aparecer en la nieve y se adentraban en la oscuridad.

Sus músculos se tensaron y sus ojos buscaron en medio de la penumbra cualquier indicio de lo que había más adelante.

No veía nada.

Pero ya era demasiado tarde para dar marcha atrás.

Siguió adelante, pisaba con cuidado para no alterar las huellas, seguía aquel rastro y estaba cada vez más lejos del coche.

A sus espaldas, las luces de la calle se hacían cada vez más tenues.

Jamie sintió un escalofrío, se le formaban gotas de sudor alrededor de la mandíbula, sus ojos se movían rápidamente de izquierda a derecha y contenía la respiración entre los apretados dientes.

Y entonces se detuvo: una forma apareció en la penumbra.

Parpadeó para asegurarse de que realmente veía lo que creía ver y luego se acercó con cautela. Las huellas ante ella habían desaparecido.

Dos líneas profundamente marcadas en la nieve virgen conducían a una silla de ruedas abandonada.

Jamie la rodeó lentamente, con la mirada fija en el suelo.

Delante de ella, en dirección a la vieja iglesia quemada, había de nuevo huellas.

Exhaló un suspiro entrecortado y siguió adelante, dejó la silla de ruedas abandonada donde estaba, fuera del alcance de la luz de las farolas y de las miradas indiscretas.

La iglesia se alzaba delante de ella, con los escalones de ladrillo rojo que conducían al viejo porche.

Había permanecido intacta, y las puertas, que en su día fueron blancas, se mantenían firmes frente al paso de los años.

Habían colocado unas cadenas para impedir que nadie entrara, pero ahora yacían en el suelo, enroscadas como una serpiente dormida.

Jamie las miró y luego levantó la vista hacia las puertas, en las que se leía la palabra «asesino» pintada con espray.

Extendió las manos, las posó sobre la fría madera y empujó.

Se abrieron hacia el interior de las ruinas, con un triste chirrido.

Las tablas cubiertas de nieve crujieron cuando Jamie, dando pasos llenos de cautela, entró.

A su alrededor, los pilares que habían soportado la cubierta se elevaban desde los cimientos como las costillas de una gran ballena varada, con las puntas carbonizadas y afiladas. A ellos se aferraban paneles de madera ennegrecidos, los últimos restos de carne en este espantoso esqueleto.

Aquello eran sin duda las entrañas de la bestia.

A ambos lados del pasillo los viejos bancos estaban distribuidos al azar, destruidos, podridos y abandonados.

Al fondo, Jamie vio un crucifijo fijado al puntal central que en otro tiempo debió sostener el campanario.

Tenía unos dos metros y medio de altura y miraba desde arriba a todos los pecadores.

Pero estos hacía tiempo que se habían marchado de aquel lugar.

Todos excepto uno, claro está.

Jamie reunió fuerzas para hablar.

—Eva Sjöberg —gritó, el eco multiplicó las palabras a su alrededor.

La mujer estaba de rodillas ante la cruz, con las manos juntas en señal de oración.

Levantó la cabeza lentamente, colocó sus largos y huesudos dedos sobre la madera cubierta de nieve a ambos lados de ella y se puso en pie.

Eva Sjöberg se enderezó y luego se volvió hacia Jamie. Su expresión, antes ausente, era ahora aguda como una navaja, ensombrecida por las marcas negras de la luz de la luna. Ya no llevaba gafas, y su largo y quebradizo cabello gris, antes recogido en una coleta suelta, le caía ahora por la espalda.

Era un poco más baja que Jamie y también delgada. En su silla de ruedas parecía mustia como una flor moribunda. Pero ahora recordaba a una víbora serena.

—Me has encontrado —dijo, con una voz que era apenas un susurro, pero que se propagaba hasta llenar el espacio que las separaba—. Me preguntaba cuánto tiempo tardarías.

La anciana frágil y marchita que Jamie había conocido había desaparecido y, en su lugar, se encontraba la verdadera Eva Sjöberg.

Una mujer a la que nada se le escapaba. Que lo planeaba todo, hasta el más mínimo detalle.

Que había evadido su captura veinticinco años antes tras orquestar el secuestro y sacrificio de ocho niñas, el asesinato de seis padres y la manipulación de dos hombres para que cometieran algunos de los crímenes más brutales y malvados que Jamie había presenciado.

Jamie se esforzó para llenar sus pulmones de aire, echó los hombros hacia atrás y recuperó la voz.

—¿Está muerto Per Eriksson? —preguntó.

Eva Sjöberg no dijo nada, pero levantó las comisuras de la boca hasta dibujar una sonrisa que mostró sus dientes amarillentos como colmillos en la oscuridad.

—Fuiste tú —dijo Jamie entonces—. Siempre fuiste tú.

Eva Sjöberg avanzó un paso.

—No te muevas —ordenó Jamie y sacó los puños de los bolsillos.

—Tengo curiosidad —dijo Eva Sjöberg, levantando la barbilla para escuchar el aire—. ¿Has venido sola?

Jamie entrecerró los ojos y miró las manos de la mujer. Le colgaban relajadas a los lados, los hombros sueltos y las rodillas flexionadas. No se dejaría engañar por su edad. Ya no se dejaría engañar por nada.

—¿Cómo me has encontrado?

—No fuiste tan cuidadosa como creías —dijo Jamie, que deslizaba los talones hacia atrás sobre la nieve, para ganar terreno y mantener la distancia con Eva Sjöberg.

—¿No? —Dio un nuevo paso adelante.

—No —dijo Jamie—. Engañaste a todos los demás. Eriksson fue un buen chivo expiatorio. Pero no lo suficientemente bueno.

—¿Cómo lo descubriste?

Eva parecía divertirse con la conversación. Como si casi le emocionara la idea de haber sido descubierta.

—Pequeñas cosas —respondió Jamie y echó un vistazo detrás de ella.

Ahora estaba muy cerca del umbral. Tenía que vigilar dónde pisaba—.

Eriksson era el sospechoso perfecto. Demasiado perfecto.

Las pruebas eran abrumadoras. La carta que Hans le envió, la carta que él le devolvió.

El secuestro de Nyström. El asesinato coincidiendo con la muerte de Hans.

Todo estaba cuidadosamente preparado. Convertían a Eriksson en el villano perfecto, las piezas del rompecabezas eran lo suficientemente difíciles de encajar como para que fuera verosímil.

Pero he conocido a más hombres que eran como se suponía que debía ser Eriksson.

Y él no era así. En realidad, era un buen tipo, ¿no?

Eva Sjöberg se burló.

—¿Bueno? Era débil. Se suponía que era amigo de Hans. Y le dio la espalda. Se lo merecía. Como todos los demás.

—¿Se lo merecía? —repitió Jamie—. ¿Esas pobres chicas se lo merecían?

Eva levantó la barbilla, con los finos labios temblorosos por la repentina ira.

—Las salvamos —espetó—. Lo que les hicieron, lo que habían sufrido, ningún niño se merece eso.

Lo sé. Cargarían con aquello el resto de sus vidas.

Con ese dolor. Nunca escaparían de él. Nunca.

Las perseguiría para siempre. Hicimos lo único humano.

Las salvamos. Las liberamos de esa vida de sufrimiento. Las convertimos en…

—Ángeles —dijo Jamie y tragó saliva. Interpretó la expresión del rostro de Eva Sjöberg.

La ira, la confusión. No era una psicópata fría y calculadora.

Solo era una mujer destrozada, cuya visión del mundo estaba distorsionada y sesgada por sus propias experiencias.

Podías preguntarle un millón de veces y un millón de veces obtendrías la misma respuesta.

Creía que estaba haciendo lo correcto. Estaba convencida de que no había crueldad en sus acciones. Solo bondad.

—Les devolvimos su inocencia. —Eva miró por encima de la cabeza de Jamie y luego volvió a mirarla a los ojos, su arrugada boca se había fruncido hasta trocarse en una mueca amarga—.

Y luego nos encargamos de que los hombres y mujeres responsables de ello pagasen por lo que habían hecho.

Hicimos más de lo que tú o los de tu clase jamás haréis.

Jamie pensó en Jan Hansen, en Leif Lundgren. En lo que hicieron. Y odiaba que Eva Sjöberg tuviera razón. Bajo el amparo de la ley, nunca sufrirían lo suficiente por lo que habían hecho.

—¿Así fue como convenciste a Nyström? —preguntó Jamie—. ¿Con el viejo discurso del bien supremo y el mal menor? ¿O tal vez solo le dijiste que podía ser el hombre que siempre había querido ser?

—Los hombres son fáciles —dijo Eva con frialdad—.

Solo quieren a alguien que les susurre al oído lo que quieren oír.

Que les digan que todo va a salir bien. Que alguien los abrace, les acaricie el pelo y les asegure que son hombres buenos, fuertes y justos.

—Ahora torció la boca en otra sonrisa malvada—.

Eso es lo que quería tu padre también. Supe verlo desde el momento en que lo conocí.

—Cállate —dijo Jamie con aspereza.

Eva Sjöberg la ignoró.

—Él era a quien realmente quería a mi lado. Grande, fuerte, sin miedo a ejercer un poco de… violencia.

—Cállate. —La voz de Jamie resonó más fuerte.

—Lo observé. Vi cómo el caso le destrozaba.

Era débil, se enfadaba con facilidad. Se dejaba llevar por sus emociones, atormentado por su propia oscuridad.

Habría sido… —Se detuvo por un momento y luego miró fijamente a Jamie, con los ojos brillando a la luz de la luna—.

Habría sido perfecto. Pero entonces se suicidó.

Antes de que pudiera llegar a él. Antes de que pudiera devolverle el sentido a su vida.

Jamie apretó los puños con tanta fuerza que se clavó las uñas en las palmas de las manos y la piel de los nudillos amenazó con romperse por la tensión.

—Nyström al principio se resistió —dijo Eva, que giraba la cabeza hacia izquierda y derecha y doblaba los dedos—.

Pero no tardó mucho en ceder. Se lo pusieron fácil.

La Policía era todo lo que tenía y ellos también le dieron la espalda.

Le dieron de lado. Lo único que quería era ser importante.

Volver a hacer algo. Salvar solo una… —Eva Sjöberg volvió a dar un paso adelante—. Vida. —Otro paso—. Más.

Jamie estaba ya en la puerta, se mantenía firme.

Eva Sjöberg estaba cada vez más cerca.

—Ahora bien —dijo antes de bajar la cabeza.

Su mano se movió a un lado y dejó ver una navaja.

La giró lentamente para que su hoja reflejara la luz de la luna y refulgiese.

Una navaja pequeña de filo sencillo, muy afilada.

Fácil de ocultar; una navaja con forma de gancho.

Perfecta para cortar neumáticos. Y gargantas—. ¿Qué vamos a hacer contigo…?

Jamie golpeó el umbral con el talón, lo levantó y retrocedió por encima de las cadenas para pasar al atrio de entrada.

Eva Sjöberg avanzaba sin prisa. Sus pasos eran ligeros y seguros. Jamie estaba ahora sobre los ladrillos y se dirigía hacia los escalones.

—No puedes huir —dijo Eva colocando el cuchillo delante de ella—. Tu padre no habría huido. —Sonrió a Jamie y atravesó el umbral—. Tu padre se habría quedado y se habría enfrentado a mí.

Jamie ya había bajado los escalones, sus tacones crujían sobre la nieve recién caída. Miró fijamente a la mujer que tenía delante y sonrió levemente.

—Mi padre tampoco habría venido solo.

Eva Sjöberg se quedó paralizada, un leve clic a su derecha la detuvo en seco.

Anders Wiik salió de la sombra de la pared, con el cañón de su pistola a unos quince centímetros de la sien de ella.

En el aire helado, sus dedos apretaban la empuñadura con mano firme.

—Suelta el cuchillo —ordenó.

Eva Sjöberg volvió a sonreír.

—Eres más inteligente de lo que pensaba —dijo, sin apartar la mirada de Jamie.

Jamie amplió su sonrisa, al fin la tensión abandonaba sus hombros.

—Pero tú, Eva Sjöberg —dijo y se volvió para mirar la ciudad que una vez había sido su hogar—, no lo eres.