El Guardián de Ángeles (Jamie Johansson 1) 53
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Wiik salió del despacho de Falk dando grandes zancadas, cruzó la sala y desapareció sin mirar atrás. Estaba claramente descontento con aquellas palabras de despedida.

Jamie no sabía cómo se sentía.

Lo vio doblar la esquina, se preguntaba si era la última vez que iba a ver a Anders Wiik. Y también pensaba en cómo se sentía ante aquel hecho.

—Será una lástima —dijo Hallberg, lo que atrajo la atención de Jamie—. Que te vayas, quiero decir.

—Sí —respondió Jamie—. Pero tú tienes todo bajo control. —Sonrió—. Wiik al final pasará por el aro, no te preocupes. Basta con que dejes de esforzarte tanto por agradarle. Lo haces muy bien.

Su rostro se sonrojó.

—Gracias —dijo y asintió con la cabeza—. Significa mucho viniendo de ti.

Jamie soltó una tímida risa. «¿De mí?».

—Eres una gran detective —dijo Hallberg—. Espero que yo…

Jamie se giró y le puso una mano en el hombro.

—Hallberg, no acabes como yo o como Wiik. Hay más cosas ahí fuera que asesinos y estas cuatro paredes. Yo me di cuenta demasiado tarde.

Hallberg tragó saliva y asintió con la cabeza.

Jamie no sabía qué más decir. Tampoco creía que hubiera que decir nada.

—¿Te irás pronto? —preguntó Hallberg pasado un segundo.

—No lo sé —respondió Jamie con total sinceridad—.

Todavía tengo un par de cosas que hacer en la casa, y también tendré que arreglar las cosas con la empresa de alquiler de coches.

Espero que su seguro cubra los agujeros de bala.

Luego tendré que dejar el hotel y reservar un vuelo. —Suspiró—. Estaré por aquí un tiempo.

Miró hacia la esquina por la que había desaparecido Wiik. A pesar de su mal humor adolescente y de sus molestas manías, Jamie pensó que quizá lo echaría de menos. O al menos trabajar con él. Y, aunque él fuera tan mezquino como para marcharse sin despedirse, ella no.

Pero, más allá de esas formalidades, había algo más. Algo que la inquietaba y que no conseguía identificar. Algún cabo suelto que el papeleo no podía atar. Que no estaba en los informes forenses.

—De acuerdo —dijo Hallberg, parecía animada por la noticia—. Nos vemos antes de que te vayas.

Extendió la mano y le dio un leve toque a Jamie en la espalda antes de desvanecerse, de dejarla sola en medio de la oficina desierta.

Jamie se quedó allí un momento, dándole vueltas en la cabeza a todo el meollo, y luego se preguntó si todo eso seguía siendo su problema. Falk había dicho, de forma bastante inequívoca, que ya no.

Y, sin embargo, Jamie no era el tipo de persona que dejaba pasar las cosas así como así.

Sobre todo cuando estaba bastante segura de que, fuera lo que fuera lo que se le escapaba, parecía que a todos los demás también se les estaba escapando.

Jamie estaba sentada en un escritorio, situado en un rincón de la oficina, que habían utilizado para acumular las cajas y archivos que Operaciones Especiales no quería revisar.

Se había recostado, con los pies apoyados en una pila formada por dos de las cajas, y se entretenía haciendo girar el anillo de su padre alrededor del pulgar.

Toda la planta estaba repleta de gente. Debían haber llegado por lo menos veinte tipos de Operaciones Especiales ataviados con sus chaquetas de siglas estampadas, que ahora se dedicaban a clasificar expedientes, transportar cajas de un lado a otro, catalogar todo y comenzar a elaborar sus propios informes y suposiciones sobre el caso.

Hallberg apareció y agitó la mano delante de la cara de Jamie para llamar su atención.

Jamie reparó en su presencia y la miró.

—Hola —dijo.

Hallberg sostenía un papel en la mano.

—Toma. —Hallberg se lo entregó sin explicarle qué era.

Jamie se hizo con aquella hoja, le dio la vuelta y leyó lo que decía.

—Es una declaración de que me habías contado lo del rifle de tu padre y que yo lo confisqué antes de que fuésemos a la cabaña —dijo Hallberg antes de que Jamie tuviera tiempo de leerlo.

Jamie la miró, sorprendida.

—Lo habías encontrado en tu casa, lo denunciaste al agente más cercano, que era yo, y luego yo me hice responsable de su costudia. Iba a registrarlo oficialmente cuando volviéramos. —Sonrió a Jamie—. Por eso estaba en el coche.

Jamie frunció el ceño.

—Hallberg… Esto es… No tienes por qué hacerlo. Podrías meterte en un buen lío.

Ella se encogió de hombros.

—Me salvaste la vida. Si ese rifle no hubiera estado en el coche… —Dejó la frase en el aire—. Es mi forma de darte las gracias, ¿vale?

—¿Y los de criminalística? Revisaron todo lo que había en la casa. Esta declaración básicamente afirma que no vieron el rifle.

Jamie no pudo evitar que la duda se reflejara en su voz.

Hallberg esbozó una sonrisa.

—Pues no lo vieron. Después de todo, ¿quién puede ser más eficaz para esconder un arma de la policía que uno de los mejores detectives que ha tenido la ciudad?

Jamie no pudo evitar devolverle la sonrisa.

—Tienes razón. Mi padre habría odiado que alguien tocara sus cosas.

—Y si surge algo que pueda invalidar mi testimonio, mantendré mi palabra.

Jamie levantó el papel.

—Esto significa mucho para mí. Gracias, Hallberg.

—No hay de qué. —Pero no se movió de allí—. ¿Has arreglado todo con la empresa de alquiler? ¿Has conseguido encontrar un vuelo?

Jamie asintió lentamente y volvió a parecer ausente.

—Sí.

—¿Entonces te vas?

Asintió de nuevo, muy despacio.

—Supongo que sí.

—¿Has visto a Wiik?

—No. Creo que me evita.

—No me extraña.

—No —dijo Jamie y soltó una risa—. Supongo que no. —Miró de nuevo a los ojos de Hallberg—. ¿Podrías hacerme un favor?

—Claro. ¿Qué necesitas?

—¿Todavía tienes acceso a los archivos?

—¿Del caso? —preguntó Hallberg y levantó una ceja—. Claro, ¿por?

—Seguro que no es nada. Solo quiero confirmar algo para quedarme tranquila. ¿Podrías conseguirme algunas cosas?

—Dime.

—La transcripción judicial del expediente de Hans Sjöberg, además de una copia de la nota que estaba debajo del limpiaparabrisas de mi coche. Y creo que voy a necesitar acceder al apartamento de Robert Nyström.

—¿El apartamento de Nyström? —Hallberg se mostró insegura—. ¿Para qué?

—Es solo una corazonada.

—¿Una corazonada?

Jamie asintió.

—De acuerdo —dijo Hallberg pasados unos segundos—. Aunque técnicamente no ha dejado de ser el escenario de un crimen. No puedes ir allí tú sola.

—Entonces será mejor que vayas a por tu chaqueta.

Salieron sin que Falk las viera. Y, a pesar de que los dos últimos viajes que habían hecho juntas habían terminado con disparos y muertes, Hallberg no parecía demasiado tensa por sentarse junto a Jamie.

—Entonces —preguntó ella con curiosidad, dando golpecitos con los dedos en el volante—. ¿Qué buscamos en casa de Nyström?

Jamie leía la transcripción del juicio de Sjöberg.

—Papeles, notas, cosas así. —No le quitaba ojo a las palabras que tenía delante y jugaba con un bolígrafo que hacía girar entre los dedos de una mano—. Un diario sería idóneo. Pero una lista de la compra también nos vale en caso de apuro.

—No lo entiendo —dijo Hallberg—. ¿Qué es lo que buscamos?

—Probablemente nada —dijo Jamie—. En realidad, se trata tan solo de que mi cerebro me dice que hay algo que estamos pasando por alto. Y, si me voy ahora, no voy a poder sacármelo de la cabeza durante todo el camino a casa.

Hallberg la miró.

Jamie intentaba parecer despreocupada, pero, en el fondo de su mente, la sensación de inquietud había pasado a ser tan molesta como un perro encadenado que se muerde su propia pata. Y no desaparecía.

Unos minutos más tarde llegaron a casa de Nyström y subieron las escaleras hasta el modesto apartamento del tercer piso.

La cinta policial seguía atravesada a lo largo de la puerta. Hallberg la desató por un lado con cuidado. Se puso un par de guantes de látex y le dio otro par a Jamie. Luego abrió la puerta y entraron.

El interior olía a humedad, tal y como Jamie esperaba.

Nyström siempre había sido un hombre estudioso y su apartamento así lo reflejaba.

Estaba limpio, ordenado y decorado de modo austero, aunque un poco anticuado.

Había un pequeño sofá pegado a la pared derecha y un sillón orejero con tapizado de terciopelo marrón frente al televisor. Entre ambos había una mesa plegable.

Jamie lo observó todo durante unos instantes y luego siguió adelante hasta trazar un lento círculo por la habitación.

En la pared había colgadas algunas fotos. Nyström con su difunta esposa… Nyström con su difunta esposa… Nyström acompañado de su difunta esposa. Nyström y el padre de Jamie. Otra excursión de pesca.

—¿Cuándo murió la esposa de Nyström? —le preguntó Jamie a Hallberg, que ya había comenzado a buscar las notas y las listas de la compra.

—Eh… hace seis o siete años, creo —respondió Hallberg desde el dormitorio.

Jamie siguió adelante, asimilando aquella información.

No dejaba de indignarse al pensar que él hubiera sido capaz de hacer algo así.

En la práctica él era una de las personas que la había criado.

Y, aunque fuera muy amigo de su padre, sin duda la había cuidado más de lo que le correspondía.

Y siempre había sido cariñoso, caballeroso y, sobre todo, paternal.

Se detuvo al llegar al final de la galería de fotos y se alejó de la pared camino de la cocina.

Jamie abrió la nevera y la golpeó el olor a leche agria. Hizo una mueca y la volvió a cerrar, justo cuando Hallberg reapareció detrás de ella.

—¿Servirá esto? —preguntó mientras sostenía una pequeña libreta con un agujero en la parte superior.

Jamie se la quitó de las manos y la hojeó, había muchas notas escritas en ella.

Pequeños recordatorios de cosas por hacer o comprar.

Miró por encima del hombro de Hallberg hacia un teléfono fijo que había en la pared junto al dormitorio.

Al lado había un corcho con un clavo. Ahí había estado colgado el bloc.

—Sí, esto servirá —dijo Jamie.

Hallberg la miró fijamente durante un momento y entonces lo entendió.

—La nota que había debajo de tu parabrisas —dijo—. Quieres comparar la letra.

Jamie la miró.