51
Jamie estaba tumbada en la cama de su habitación de hotel, no hacía más que leer y releer la carta. Eran casi las tres de la madrugada.
Había estado escondida dentro del paquete bajo las tablas del suelo de la cabaña.
Junto con el cuchillo de caza con mango de cuerno de ciervo de su padre, su anillo familiar, su placa, las escrituras de su casa y una fotografía de su padre sosteniendo a Jamie recién nacida en el hospital. Él aparece sonriente.
Jamie contuvo las lágrimas, se secó con gestos bruscos las que ya se le habían acumulado en las comisuras de los ojos y se giró sobre su costado.
Contempló la colección de objetos que tenía delante, sobre la cama, y se abrazó las rodillas para acunarse, para protegerse. Dejó la carta y cogió el anillo de oro, se lo puso en el pulgar —el único dedo en el que le quedaba más o menos bien— y lo giró muy lentamente.
Jamie cerró los ojos y exhaló un largo y lento suspiro. Esta vez no se secó las lágrimas. Simplemente dejó que cayeran.
Y, lentamente, pero con seguridad, dejó que el sueño la invadiera.