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Jamie podía oír a Wiik despotricando contra el agente que había abandonado su puesto en la puerta. A juzgar por el volumen y la intensidad de la diatriba de Wiik ya podía ir buscándose otro empleo.
Ella seguía en la habitación. No podía dejar de mirar el cadáver de Robert Nyström.
Yacía allí, empapado en su propia sangre. Pálido. Un fantasma de sí mismo.
Su bata era ahora carmesí, del mismo color que las sábanas. Y el suelo estaba negro.
El charco de sangre se extendía bajo la cama como un agujero que conducía hacia la nada.
Se había desangrado por completo y no podían hacer nada por él.
Pero no había sido por la herida de bala, sino por otro motivo.
Cuando el médico y las enfermeras lo declararon muerto a las 12:02 a. m., abandonaron la habitación. No había nada más que hacer allí salvo limpiar y atender a los pacientes que sí podían salvar. Brutal, así era su trabajo.
De todos modos, ya no era una habitación de hospital. Ahora era el escenario de un crimen.
Porque, en el tiempo que el agente había abandonado su puesto en la puerta, alguien había entrado en la habitación de Robert Nyström y le había degollado con una navaja.
Jamie miraba ahora la garganta abierta. La piel estaba despegada y llena de abrasiones, era algo espantoso. Debajo, la carne roja de Nyström refulgía. El esófago estaba cortado en dos. Los tendones, seccionados. Los músculos, cortados.
Alguien se había colocado sobre él, le había puesto una navaja en el cuello y lo había cercenado. Con fuerza.
No había duda.
Alguien quería a Nyström muerto y no iba a dejarlo al azar.
Wiik volvió a entrar en la habitación, colocándose el cabello. No dejaba de soltar aire, sus mejillas estaban hinchadas.
—Menudo desastre —dijo y se detuvo al lado de Jamie.
Ella bajó la cabeza.
—Los forenses están de camino. También los agentes. Cerraremos el hospital, reuniremos al personal y obtendremos las imágenes de las cámaras de seguridad. Descubriremos quién ha hecho esto.
Jamie no tenía ganas de hablar. Simplemente no se sentía capaz.
En lugar de eso, dio un paso atrás y rodeó a Wiik camino de la puerta.
—¿Adónde vas? —preguntó él mientras salía al pasillo tras ella.
Jamie no se molestó en girarse.
—Ha sido un día largo, Wiik. Me voy a la cama.