El Guardián de Ángeles (Jamie Johansson 1) 48
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La alarma del monitor cardíaco, furiosa, no dejaba de pitar.

Salieron detrás del médico y la enfermera que empujaban la camilla de traumatología, siguiendo el ruido. Jamie esperaba que no se dirigieran a la habitación de Robert Nyström, pero sabía que iba a ser así.

El agente, que iba justo delante, se apresuraba para regresar al puesto que parecía haber abandonado, aunque ya era demasiado tarde.

Era un hombre alto, delgado, con una mata de pelo oscuro. Llegó primero a la puerta y la ocupó por completo, con las manos apoyadas en el marco.

—Mierda —dijo antes de quedarse paralizado.

Wiik llegó un segundo después y casi lo tiró al suelo de un empujón.

—¡Apártate! —ordenó y desplazó con el hombro a la enfermera para entrar en la habitación.

Otra enfermera estaba ya al lado de Nyström. El médico, inclinado sobre él, le examinó las pupilas con un puntero y miró el monitor cardíaco.

No dejaba de pitar.

La enfermera con el carro de traumatología se movía frenéticamente: sacaba gasas de los paquetes mientras el médico daba órdenes a gritos.

Jamie se puso delante de Wiik para ver mejor y no pudo evitar dar un grito ahogado.

El médico tenía las manos en la garganta de Robert Nyström.

Jamie no podía quitarle ojo, sus propios recuerdos se mezclaban con lo que veía.

La sangre brotaba entre los dedos del médico.

Nyström estaba completamente inmóvil, pero todos los demás se movían como un torbellino a su alrededor.

Jamie y Wiik observaban inmóviles. Sin palabras.

El monitor no dejaba de sonar y las cifras de la pantalla descendían con rapidez.

La enfermera con las gasas avanzó e intentó colocarlas en la garganta de Nyström.

El médico se apartó y se sacudió las manos para quitarse la sangre.

Salpicó toda la pared, luego volvió al cuello de Nyström y le ordenó a la enfermera colocar bolsas de sangre. Traer coagulantes. Comenzar las compresiones. Preparar el desfibrilador.

Pero, a pesar de todos los gritos, de todo el movimiento, de todo el frenesí y de todos los esfuerzos, ya era demasiado tarde.

Jamie vio cómo los números de la pantalla detrás del médico fluctuaron, pasaron a un tono rojo durante unos instantes y luego llegaron a cero.

La errática línea se aplanó y el pitido intermitente se volvió constante y sordo.

Robert Nyström había muerto.