El Guardián de Ángeles (Jamie Johansson 1) 47
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Era casi medianoche cuando le dieron el alta a Jamie y la dejaron salir del hospital.

La habían tratado por hipotermia moderada y, aunque no recordaba gran cosa, como cuando intentas recordar un sueño que tu mente se empeña en borrar, sabía lo que había pasado.

Había disparado a Robert Nyström.

El médico le entregó un formulario y le pidió que lo firmara.

Ella accedió, de mala gana, con el estómago revuelto por todo el té caliente y azucarado que le habían obligado a tomar, y garabateó su nombre.

El médico se retiró sin más y le dijo que regresase de inmediato si las náuseas y la desorientación no habían desaparecido por la mañana.

Salió de la pequeña sala, corrió la cortina hacia un lado y la dejó así. Cuando Jamie levantó la vista, vio a Wiik. Tenía los brazos cruzados.

No llevaba su habitual combinación de camisa blanca planchada y jersey.

Tenía un aspecto más informal, aunque no demasiado.

Vestía vaqueros, camisa azul oscuro a cuadros y, aunque, como siempre, estaba perfectamente peinado, su rostro exhibía una barba de dos días. Aquel día tampoco se había afeitado.

No había expresión alguna en su rostro y sus ojos estaban fijos en ella. No sabía si la estaba juzgando o no. Y, en caso de que lo hiciera, por qué.

Jamie abandonó su inexpresividad y bajó la vista, luego se sentó en el borde de la cama.

Sus botas estaban en el suelo, cubiertas de sangre.

Se había limpiado las manos y los brazos, y se había quitado la empapada camiseta de manga larga, tan solo llevaba la interior.

Le habían dado un par de pantalones quirúrgicos para que se los pusiera y por eso no paraban de picarle las piernas desnudas.

Sus vaqueros y su camiseta, ambos calados de sangre, estaban en una bolsa de plástico junto a sus botas, y también el paquete que había recuperado de la cabaña.

Había pensado en abrirlo mil veces, pero quería cierta intimidad para hacerlo. Una intimidad que una sala de hospital no le proporcionaba.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó Wiik, sin avanzar. No se movía en absoluto. Parecía flotar en el borde del cubículo con cortinas, con los brazos cruzados sobre el pecho y las mangas remangadas hasta los codos.

Jamie ladeó la cabeza hacia un lado y luego hacia el otro.

—He estado mejor —dijo, y no mentía—. ¿Cómo está Nyström?

Wiik se pasó la lengua por los dientes, como si no le gustara la respuesta antes de darla.

—Está en coma —dijo cansado—. Ha perdido mucha sangre.

Hipotermia severa. Además, la bala le perforó el intestino delgado antes de alojarse en la pelvis.

Hace tiempo que salió del quirófano, pero los médicos dicen que estará entre la vida y la muerte durante unos días.

No están seguros de si recuperará la conciencia y, en el caso de que lo haga, de si tendrá algún daño cerebral permanente.

Probablemente no volverá a caminar bien, eso como mínimo.

Una mueca se dibujó en el rostro de Jamie, pero se alegró de que él no lo hubiera dicho.

Y entonces lo hizo.

—Lo has dejado para el arrastre.

Jamie tragó saliva y levantó la vista.

—¿Y qué demonios se supone que debía hacer? —espetó.

Wiik suspiró, dejó que la tensión entre ellos se disipara.

—Falk está furiosa.

—No lo hice a propósito.

—¿Disparar a Nyström?

—Encontrarlo. O encontrar a alguien, en realidad.

—Entonces, ¿qué demonios hacías allí?

—Estaba… —Jamie se calló. Ya no tenía sentido intentar ocultarlo—. Buscaba algo que mi padre me dejó. O que escondió para que lo encontrara. O… No lo sé.

—¿En una cabaña de caza en medio de la nada? —Wiik no se creía el cuento.

—Sí. Solíamos ir allí cuando era pequeña.

—¿Y no tenías ni idea de que Nyström estaría allí?

—Creía que estaba muerto —dijo Jamie—. En todo caso, pensaba que lo que perseguíamos era un cadáver. —Se frotó la sien, los brillantes halógenos del techo le daban dolor de cabeza—. ¿Todavía no sabemos nada de Eriksson? El autobús de la iglesia estaba…

—Nada —cortó seco Wiik—. Los de criminalística están peinando toda la zona, pero hasta ahora no hay rastro de él. Parece que Nyström estaba solo.

—Dios —murmuró Jamie. No entendía nada—. ¿Cómo demonios un hombre como Nyström, un maldito detective, el maldito detective que metió al Guardián de Ángeles entre rejas, ha resultado ser su sucesor?

Miró a Wiik, era una pregunta sincera.

—Quizá Sjöberg era inocente —sugirió Wiik— y siempre fue Nyström.

—No —dijo Jamie, no podía aceptar esa idea—. Conozco a Robert Nyström. Él no lo habría hecho. Y, de todos modos, era el compañero de mi padre. Es imposible que lo hubiera hecho sin que mi padre lo supiera. Imposible.

—Bueno, tal vez tu padre era…

—No.

Jamie levantó el dedo índice para callarlo, su voz destilaba ácido.

Wiik levantó las manos para mostrar que iba en son de paz.

—Lo único que digo —continuó— es que puede que hayamos pillado a Nyström desprevenido, pero este caso está lejos de estar cerrado.

Todavía faltan muchas piezas. Lo hayamos atrapado o no.

Cuando él…, si es que despierta… —dijo Wiik tras bajar las manos y dar un paso adelante—.

Le interrogaremos y obtendremos nuestras respuestas.

Por ahora, tómatelo con calma. Los forenses registrarán todo: revisarán el coche de Nyström y el autobús, desmontarán la cabaña y obtendremos más respuestas.

Por ahora lo que necesitas es descansar.

Jamie suspiró, los hombros le pesaban demasiado y sentía la hinchazón y el escozor del cansancio en los ojos.

—¿Has hablado con Hallberg? —preguntó Jamie mientras se levantaba de la cama y se agachaba para recoger sus botas.

Wiik se acercó un poco, como para ayudarla, pero luego se detuvo y retrocedió.

Jamie caminó descalza por el suelo de baldosas hacia el radiador que había junto a la cama. Allí había puesto los calcetines a secar. Esperaba que ya estuvieran listos.

—Sí —respondió Wiik.

—¿Cómo está?

—Sobrevivirá. Las lesiones son superficiales. Aunque ha dicho algunas cosas interesantes sobre la experiencia.

Jamie recogió sus calcetines y miró a Wiik atenta. Él la miraba fijamente.

—Ah, ¿sí? —preguntó Jamie de regreso a la cama—. ¿Como qué?

Wiik se encogió de hombros.

—Agradecía que estuvieras allí —dijo, aquello era lo más parecido a un cumplido que se le ocurría a Wiik—. Por lo que parece, la salvaste.

Jamie recordó el tiroteo.

—Algo así.

—Aunque le pidieras que asomara la cabeza por encima del parapeto para hacerlo.

Jamie se detuvo, con un calcetín a medio poner, y levantó la vista.

—Y disparaste a nuestro principal sospechoso en el proceso —añadió.

Se calzó el calcetín de un tirón y apretó la mandíbula.

—¿Necesitabas algo en concreto o has venido hasta aquí solo para torturarme?

Wiik observó cómo luchaba con los calcetines y las botas, con el cuerpo rígido y dolorido por lo vivido aquel día. A lo largo de la semana, más bien. No abrió la boca para responder.

—Hallberg me puso al corriente de los detalles en torno a Hansen y Lundgren, acerca de Rachel Engerman, Emmy Berg y el asunto del foro. Sobre tu teoría del justiciero.

Jamie detectó un toque de desdén en esa última palabra.

—¿No estás de acuerdo?

—Es algo atrevida.

—Mi padre siempre decía que una suposición y una convicción eran primas hermanas.

Intentó darle un toque de humor, pero fracasó estrepitosamente. Sonó cansada y amargada, incluso a sus propios oídos.

Wiik volvió a cruzar los brazos y dio un paso atrás.

—Bueno, fueran cuales fueran las intenciones de Nyström, ahora lo tenemos. Está tumbado en una cama de hospital, esposado, con un agente en la puerta. Se despierte o no, no va a ir a ninguna parte. Y la ciudad puede dormir un poco más tranquila.

Se quedó allí, con los ojos puestos en Jamie, aunque ella no sabía qué pretendía.

Jamie se calzó las botas y se puso de pie, tambaleándose.

—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó Wiik con prisa.

—Volver al hotel, dormir. —Jamie negó con la cabeza—. Ducharme. Comer. Esperar que este dolor de cabeza se me pase.

—¿Y luego?

A Jamie se le escapó una risilla.

—Sinceramente, no había pensado en eso. Desayunar probablemente.

—No, me refería a… —Wiik cambió el peso de un pie a otro—. ¿Vas a volver a casa?

Ella lo miró a los ojos.

—¿Sin electricidad ni calefacción? Lo dudo.

—Me refería al Reino Unido.

—Ah. —A Jamie le sorprendió la pregunta. Y más incluso la mirada llena de incertidumbre de Wiik—. Yo… no lo sé. De momento aquí me he limitado a vivir día a día. Cuando termine el caso…

—Pero el caso ya ha terminado —insistió Wiik, que se mordía el labio—. Lo has atrapado.

Jamie pensó que lo había dicho con cierta amargura, como si Wiik estuviera molesto por haberse perdido la acción otra vez. O enfadado porque Jamie había estado en peligro y él no había estado a su lado. O acaso solo fuera por la idea de que ella se marchara ahora que el caso había terminado.

Recogió la bolsa de plástico que contenía sus pertenencias y apretó los labios.

—Es tarde.

—Sí —dijo Wiik, sin moverse ni dejarla pasar.

—Aún no sé qué voy a hacer. No he hablado con Falk, pero creo que estará loca de ganas de perderme de vista.

—Puedo hablar con Falk.

—Wiik, no se trata de eso… Es… Es…

Tuvo que apartar la mirada. Los ojos de él eran los de un perro viejo y abandonado al borde de la carretera.

Jamie se recompuso y apretó con fuerza la bolsa de plástico. Levantó la cabeza, dispuesta a responder la pregunta que ninguno de los dos había formulado, pero que flotaba entre ellos.

Pero no llegó a hacerlo.

Detrás de Wiik, Jamie vio gente corriendo por el pasillo.

Se inclinó hacia él y vio a un médico pasar a toda velocidad, seguido de una enfermera que empujaba a la carrera un carro de traumatología.

Gritaban.

Jamie y Wiik se quedaron paralizados, contemplaban todo con los pelos de punta y la respiración contenida.

En ese momento un policía uniformado pasó veloz gritando a la gente que se apartara.

Wiik y Jamie no necesitaron ningún otro incentivo.

Ya habían comenzado ya a correr.