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Cuando el lejano ruido de los rotores rompió el silencio por primera vez, Jamie no sabía si habían pasado minutos u horas.
Temblaba de frío, sentía un hormigueo en la piel y tenía los dedos completamente entumecidos. La nieve y la sangre le habían empapado los vaqueros y la humedad ya le llegaba a las caderas. No sentía nada por debajo de la cintura.
Sus manos se habían teñido completamente de rojo con la sangre de Nyström, que ahora había comenzado a cristalizarse alrededor de sus dedos.
Su abrigo estaba empapado.
El hombre había perdido el conocimiento en algún momento y Jamie tampoco estaba muy lejos de hacerlo. Hallberg había llegado en algún momento indeterminado, se había arrodillado junto a Jamie y la había rodeado con el brazo. No había servido de nada.
Luego había ido a la cabaña y había vuelto con una especie de manta. Se la había puesto a Jamie sobre los hombros, pero ella ya no sentía ni frío ni calor. Su cerebro no funcionaba como debería.
Empezó a nevar con fuerza. Los copos le golpeaban la piel como agujas. Luces brillantes. Un rugido ensordecedor. Hombres con monos rojos.
Se acercaron con rapidez, apartaron a Jamie del hombre que yacía en el suelo y la sentaron en la nieve.
Fue entonces cuando vio un hombre muy cerca de su a cara: tenía una enorme cabeza blanca abombada y unos ojos extraños del tamaño de platillos.
Jamie se dio cuenta al cabo de unos segundos de que era un casco.
Su boca se movía, pero Jamie no llegaba a escuchar sus palabras.
Ella asintió con aire abstraído y Hallberg, que había estado sosteniéndola por los hombros, lo sustituyó. Ella le gritaba, pero para Jamie era como si alguien hubiera apagado el sonido del mundo.
Las dos criaturas con cabeza abovedada y vestidas de rojo subieron a Nyström a una camilla y luego lo levantaron, tras lo cual comenzaron a caminar rápido hacia la fuente de luz y ruido.
Jamie miró hacia allí, sabía que había visto uno igual antes. Pero no podía recordar cómo se llamaban.
Los rotores golpeaban el aire gélido como tambores. Lo sentía en los huesos.
Sus ojos se desviaron entonces, se alejaron de la extraña máquina hacia la pequeña cabaña.
Una chica rubia apareció en la puerta durante unos instantes, con el pelo largo y trenzado, brillaba bajo el resplandor de los focos.
Sus ojos brillaban como pequeños ópalos. Resplandecientes.
Una silueta se alzaba detrás de ella, grande e imponente.
Jamie contuvo la respiración, asustada por un momento y entonces avanzó hacia la luz.
Sus ojos. Iguales a los de la chica. Su amable rostro.
Le puso las grandes manos sobre los hombros y luego le hizo a Jamie un gesto de asentimiento.
Tragó saliva y trató de levantarse.
Hallberg intentó sujetarla, pero Jamie la apartó.
Se puso de pie y corrió hacia la pareja.
Parecían desvanecerse a medida que se acercaba, su visión se cerraba como un túnel.
La puerta pareció acercarse hacia ella y levantó las manos por instinto.
Rebotó contra el marco y sintió que algo afilado se le clavaba en la palma de la mano.
Y antes de darse cuenta estaba dentro.
El interior estaba oscuro, había un intenso olor a humo en el aire. Tosió, sintió en las mejillas los últimos rescoldos de calor que emanaban de las brasas de la chimenea al pasar junto a ella.
Las llamas se habían apagado hacía tiempo.
Jamie se giró sobre unos pies que no eran los suyos, buscaba al hombre y a la chica.
No alcanzaba a ver nada.
En ese momento vio un destello en la oscuridad. Como los ojos de un gato.
Y volvió a desaparecer.
Se movió hacia allí y tuvo que apartar una silla de su camino, que golpeó una mesa, que se volcó.
Jamie se echó hacia delante, estaba en la esquina de la cabaña, y se hincó de rodillas, comenzó a utilizar las manos como palas.
Apartó un viejo taburete. Un cubo de metal, que estaba encima de él, cayó y rebotó detrás de ella.
Apenas podía ver, la única luz era la que entraba por la puerta desde la máquina que estaba fuera.
Jamie recorrió con los dedos las rugosas tablas del suelo, en busca de una unión que no tuviera resina, y al no dar con ella clavó las uñas en una de las juntas.
Respiraba con dificultad, con dolor incluso.
Le ardían los ojos y notaba la garganta cerrada.
Jamie pensó que se le iban a desgarrar las uñas.
Gritó, o eso creyó, pero no podía estar segura.
El polvo la ahogaba.
Y entonces la tabla comenzó a moverse.
Cedió hacia arriba, tras haber estado congelada durante años, y de repente se soltó.
Jamie la apartó de un golpe y hundió las manos en el oscuro hueco que había debajo. No llegaba a sentir nada, sus dedos seguían entumecidos, empapados con la sangre de un hombre al que había conocido toda su vida.
Una voz detrás de ella dijo un nombre. Jamie . Su nombre. Ese era su nombre.
Miró a su alrededor y volvió a ver a la mujer de fuera. Hallberg. Sí, esa era. Había puesto sus manos sobre los hombros de Jamie. La agarraba del brazo. Tiraba de ella.
Jamie intentó zafarse.
No. Todavía no.
Pero no la soltaba. La arrastraba, gritaba algo.
Jamie solo podía oír un latido lejano. Un agudo silbido. No estaba segura de que viniera del exterior o de si estaba en su cabeza.
Entonces la movieron, la levantaron del suelo.
Sus manos se aferraron a lo que había en el agujero. No perdía detalle de lo que acariciaba con sus yemas.
Algo suave.
Lo apretó contra su pecho y lo agarró con fuerza mientras la llevaban hacia la puerta.
Afuera, el torbellino de nieve las azotó a ambas.
Jamie temblaba sin control, aún aferrada al paquete que tenía en las manos.
El hombre del mono rojo con el casco abovedado hacía señas de modo frenético, gritaba algo.
Jamie resbaló y patinó por la nieve, y entonces el hombre que le hacía señas la agarró por el brazo.
Uno a cada lado, la mujer y el hombre, la arrastraron hasta la máquina con las luces brillantes y la empujaron hacia la puerta.
Alguien le puso una mano en la nuca para que se agachase y luego la colocó en un asiento.
Le abrocharon un cinturón alrededor de la cintura y sintió que su estómago daba un vuelco.
Con gran rapidez, el suelo debajo de ellos se alejó y la cabaña se hizo muy pequeña.
El lago, con su tenue fulgor plateado, giró sobre sí mismo y luego se perdió en la distancia.
Se encogió y enrolló en la ventana de la máquina, y fue entonces cuando Jamie finalmente miró hacia abajo.
A sus pies estaba la cabeza del hombre de las cejas pobladas.
Tenía los ojos cerrados y una máscara de oxígeno en la cara.
Le habían cubierto el vientre con vendajes blancos y los dos hombres con cascos estaban arrodillados a ambos lados, le colocaban un tubo en el brazo y pegaban pequeñas almohadillas adhesivas en el pecho peludo que habían dejado al descubierto.
Jamie se quedó allí sentada, mirándolo, se preguntaba qué le había pasado, observaba ausente cómo aquellos dos hombres realizaban una extraña danza.
Todo el tiempo estuvo aferrada al paquete que tenía en las manos, con la única certeza de que, pasara lo que pasara, no podía soltarlo.