45 #3
El retroceso del rifle hizo que le golpease en el hombro, los oídos le zumbaron y ni siquiera pudo registrar si había dado en el blanco.
Jamie se quedó ciega por un momento, luego volvió a recuperar la vista.
No veía nada.
¿Le había dado?
Jamie bajó el rifle y se agachó detrás del coche. Le picaban los dedos por el frío, tenía las rodillas heladas y mojadas por la nieve.
Se volvió rápidamente hacia Hallberg, que yacía boca arriba, agarrándose la cara.
—Dios mío —dijo Jamie, dejó caer el rifle en la nieve y se acercó hacia ella.
Se arrastró por el barro, lo que hizo que salpicara nieve y barro por todas partes, y alargó la mano.
—¿Estás bien?
Le quitó las manos de la cara a Hallberg y vio la sangre carmesí sobre su pálida piel.
A Jamie se le encogió el corazón en la garganta al mirar el rostro de Hallberg. Lo tenía contraído y por las comisuras de los ojos le brotaban lágrimas.
Jamie pudo ver cortes en su mejilla derecha y en la oreja, pequeñas marcas que recorrían su piel hasta la línea del cabello.
El disparo de Eriksson debió de haber impactado justo delante de ella, en el capó del coche.
El disparo había fallado, pero había hecho saltar metralla.
Pintura, esquirlas de metal, fragmentos de bala.
Jamie no lo sabía a ciencia cierta, pero la cara de Hallberg estaba hecha un desastre.
Los fragmentos no le habían dado en el ojo por poco, pese a ello Jamie contó a la carrera una docena de cortes, algunos más profundos que otros.
La sangre había empezado a mojarle el pelo.
Gimió y tiró de sus manos para volver a ponérselas sobre la cara.
—Escucha —dijo Jamie en voz baja—. Necesito que me mires, ¿vale? ¿Hallberg?
Los ojos de la chica parpadearon y luego se abrieron con fuerza.
Entornó los ojos para ver el cielo tormentoso y luego miró a Jamie a los ojos.
Ambos ojos abiertos de par en par.
No veía nada grave.
Todo un alivio.
Se pondría bien.
Jamie suspiró de alivio y ayudó a Hallberg a sentarse, y le sacudió la nieve de los hombros.
—Estás bien —le dijo y asintió con la cabeza para tranquilizarla—. Lo has hecho bien. Aguanta.
Jamie se movió hacia atrás y abrió la puerta del coche, buscó con la mano en el estrecho asiento trasero el gorro y la bufanda qua había dejado allí el día anterior.
Agarró ambos, dobló la bufanda y se la entregó a Hallberg.
Guio su mano hasta su cara y la colocó para que hiciera una leve presión.
Hallberg bufó y una mueca de dolor se dibujó en su rostro.
Pero Jamie ya no le prestaba atención. Ahora sus oídos permanecían atentos a cualquier sonido más allá del parapeto que les ofrecía el coche.
Hallberg se pondría bien, aunque ahora sintiera dolor. La principal preocupación de Jamie era el tirador. ¿Le había dado? De no ser así se había quedado sin opciones.
Jamie volvió al coche, sacó el Remington de la nieve y lo sacudió para limpiarlo. Colocó el gorro de lana sobre la culata, lo que le permitía mantenerlo en posición vertical y en equilibrio como si fuera un sombrero que alguien llevaba.
Se pegó a la rueda delantera y levantó el rifle poco a poco, tras indicarle a Hallberg con la otra mano que se quedara agachada.
La parte superior del gorro sobresalía del coche y se mantenía allí.
Jamie lo observaba y llevaba la cuenta.
Llegó a los diez segundos.
Nada.
Veinte.
Nada.
Intentó relajarse.
¿Cuánto tiempo debería esperar? ¿Cuánto tiempo podría esperar el tirador? ¿Había visto el gorro? ¿Mordería el anzuelo? Aún no le había hecho un agujero, ni siquiera había intentado disparar de nuevo.
Quizá Jamie lo había asustado.
Levantó un poco la cabeza hasta la altura del retrovisor. Echó un vistazo a Hallberg, que no dejaba de observarla con su ojo descubierto, y luego asintió con la cabeza para tranquilizarla.
Jamie exhaló con fuerza, se asomó por el umbral de la puerta y entrecerró los ojos para ver a lo lejos.
No vio nada moverse.
Desde la cabaña no llegaba ningún ruido.
Jamie tragó saliva y se incorporó sin dejar de estar agachada.
—Espera aquí —le dijo a Hallberg y se dirigió hacia la parte trasera del coche.
—¿Adónde vas? —le preguntó ella—. ¿Jamie?
Pero ella ya se había ido.
Si tenía algo bueno, era su rapidez. Jamie Johansson sabía correr. Estaba hecha para ello.
Con el rifle en la mano, se puso en pie y echó a correr, moviéndose tan rápido como le permitía el terreno.
Se mantuvo al borde de la pista. Avanzaba con dificultad sobre la nieve recién caída, con el pecho agitado y dolorido bajo la chaqueta.
Se dijo a sí misma que si notaba algún indicio de disparos o un destello del cañón, se lanzaría a la maleza.
Tan solo debía arrojarse a los densos helechos y la nieve junto a la carretera. Era lo único que podía hacer.
Pero, mientras corría, con la mirada fija en los árboles, no hubo ningún disparo.
La cabaña apareció enseguida y Jamie reprimió una oleada de recuerdos. El olor de la savia de los alerces, el pescado colgado en un armazón. Las brasas ya negras de un fuego apagado. Eran cosas familiares que estaban grabadas en lo más profundo de su mente.
Jamie parpadeó varias veces, su cerebro no terminaba de comprender la situación.
Pasó junto a la furgoneta de la iglesia, que dejó a su izquierda, sucia y silenciosa.
También reconoció el vehículo que había junto a ella. Era…
Se agachó por instinto: un ruido.
Jamie se quedó paralizada por un momento, con el rifle de nuevo en el hombro.
Aguzó el oído, el corazón le reventaba el pecho.
Gemidos.
Podía oír gemidos.
Graves y sollozantes.
Jamie estaba al descubierto. Tenía que moverse.
Se dio la vuelta y se fue por el otro lado. Rodeó la cabaña. No sabía si era un truco, una trampa… o es que Eriksson tenía más armas. ¿Lo había herido? Estaba vivo. Eso sí lo sabía.
La nieve se hacía más profunda y le llegaba hasta los muslos. Avanzó por la parte trasera de la cabaña y subió la pendiente hacia los árboles.
Respiraba con dificultad, tenía los dedos entumecidos y la cabeza y el cuello cubiertos de sudor.
La noche caía a toda velocidad y bajo los árboles todo estaba ya oscuro.
Escuchó de nuevo los gemidos, que ahora eran más fuertes.
Estaba cada vez más cerca.
Jamie dejó la cabaña atrás y continuó por un sendero que atravesaba la nieve, una pista desgastada que iba desde la puerta hasta el bosque.
Miró hacia atrás, hacia la oscura cabaña, atenta a cualquier sonido, cualquier indicio de la presencia de otra persona.
No escuchó nada, así que siguió los gritos de dolor con la esperanza de encontrar el lugar desde donde las había disparado.
Siguió el sendero acelerando el paso y al final distinguió la silueta de un cuerpo bajo la luz menguante.
Allí, en la línea donde los helechos se unían con los árboles, pudo ver una sección de nieve que había sido pisoteada.
Habían colocado una alfombra sobre ella, parecían ser pieles de animales, y habían distribuido algunas ramas alrededor de los bordes para ocultar el improvisado parapeto.
Ramas grandes, matojos, helechos, todo cubierto de nieve.
Vio que entre las ramas asomaba el cañón de un rifle y que la culata estaba apoyada sobre una manta enrollada.
Le echó un breve vistazo, tal vez era un Sauer 202, no estaba segura.
Pero seguro que era un rifle de caza de ciervos con cerrojo.
Y con mira telescópica de largo alcance.
Quizá un modelo táctico o modificado para disparar las terroríficas balas que les había disparado.
Fuera lo que fuera, tenía una potencia increíble.
Sus ojos se desplazaron rápidamente del rifle que casi la había matado dos veces al hombre que lo había disparado.
Yacía sobre el lado derecho, se agarraba las costillas con la mano derecha, mientras con la izquierda intentaba alcanzar el arma que había quedado fuera de su alcance. Jamie pudo ver cómo la sangre brotaba entre sus dedos; parecía que le había dado en el costado.
Llevaba un chaleco acolchado negro, bajo él lo que parecía una chaqueta, unos vaqueros viejos y raídos y un pasamontañas que le abrigaba toda la cara. Gemía. A través de la abertura vio que tenía los labios apretados, rosados y manchados de sangre.
Tenía los ojos entrecerrados, apretados por el dolor.
Daba patadas sueltas con las piernas, removía la tierra y la nieve que tenía a su alrededor.
No podía ver la herida de salida, no sabía en qué ángulo le había disparado. O si aún tenía la bala dentro.
Pero cuando se acercó para alejar el rifle de una patada, su bota se hundió en un charco de sangre. Había empapado la alfombra y seguía goteando de los dedos del tirador.
—Dios —dijo Jamie cuando miró hacia sus pies. Levantó la cabeza hacia el coche en la distancia y bajó su rifle. Hallberg seguía allí. Escondida.
El cerebro de Jamie comenzó a funcionar. Esa cantidad de sangre, la forma en que la bala le había alcanzado… Tragó saliva. No le quedaba mucho tiempo.
Pero ¿quién podría decir que no lo encontró ya muerto cuando llegó allí?
Jamie lo observó en el suelo, ahora tosía, su sangre salpicaba la inmaculada nieve.
Abrió los ojos, hundidos y de un verde lechoso, y la miró fijamente.
—¿J… Jamie? —dijo en apenas un susurro.
Jamie miró al hombre en el suelo y se le heló la sangre.
Apretó la mandíbula con fuerza para intentar que dejara de temblarle y se arrodilló en el charco de sangre, al tiempo que de repente sintió que se alejaba de su propio cuerpo.
Alargó la mano hacia el pasamontañas, la cerró cuando la tuvo sobre la coronilla del hombre, y su nombre se formó en sus labios incluso antes de tirar hacia arriba para arrancárselo.
—Robert Nyström —dijo, cuando su cara quedó al descubierto.
El hombre mustio que había conocido de niña la miró: el mismo pelo blanco, la misma cara delgada, las mismas cejas pobladas.
La confusión se apoderó de su rostro y una gota de sangre comenzó a deslizarse desde la comisura de los labios. Sacudió la cabeza. Apenas podía mantenerla erguida.
—Yo… no quería…
—Shhh —ordenó Jamie tras recuperar la compostura y avanzar hacia él—. No hables.
Le apartó la mano que tenía en el costado, se quitó la chaqueta y la colocó sobre su cuerpo.
Gimió de dolor cuando Jamie la presionó con fuerza contra la herida, mientras sacaba el teléfono del bolsillo.
Robert Nyström contempló en silencio cómo marcaba el número de emergencias.
Sonó una vez y luego atendieron.
Jamie habló rápido, sin apartar la mirada del hombre que había sido como un hermano para su padre, que había ayudado a atrapar al hombre que había matado a aquellas chicas. Que había estado ahí para ella cientos de veces, y se preguntó ansiosa cuánto tiempo tardaría en llegar el helicóptero.
Jamie observó cómo la sangre de Nyström empapaba el abrigo que sujetaba entre sus dedos y se dio cuenta de que, tardara lo que tardara, lo más probable es que fuera demasiado tiempo.
Nyström agonizaba delante de ella.
Y, aunque su cerebro repasaba todas las combinaciones posibles con la información que tenía, no conseguía encontrarle sentido.
Pero había una cosa de la que estaba segura, por muy doloroso que fuera aceptarlo.
Robert Nyström era el Guardián de Ángeles.
Lo que no sabía era simplemente el porqué.