El Guardián de Ángeles (Jamie Johansson 1) 45 #2
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Una vez fuera, Jamie cerró la puerta del conductor y evaluó la situación.

—¿Te has hecho daño? ¿Te han dado? —preguntó mientras con las manos tanteaba a toda prisa el cuerpo de Hallberg.

—No, no, creo que no —dijo ella apresuradamente. Parecía a punto de vomitar. Era obvio que nunca antes le habían disparado.

A Jamie le hubiera gustado decir que uno se acostumbra, pero no era así. El corazón le latía con tanta fuerza que pensó que iba a estallar.

—¿Qué hacemos? —preguntó Hallberg, frenética.

Jamie llenó sus pulmones de aire y apoyó los talones en el suelo. Comenzó a levantarse, no sin antes girar la cabeza para mirar por la ventana trasera.

—¿Qué haces? —siseó Hallberg, como si el tirador pudiera oírla.

Jamie se incorporó un poco más, trataba de ver bien lo que había delante.

El terreno era llano desde allí hasta la cabaña.

La furgoneta de la iglesia, con las pegatinas de un crucifijo y las palabras Jesus Räddar (Jesús te salva), estaba aparcada a la izquierda, el capó estaba orientado hacia el lago helado.

Más allá se alzaba la cabaña, apenas un cuadrado oscuro.

No había luces encendidas en el interior, ni salía humo de la chimenea. Nada que sugiriera vida.

Jamie entrecerró los ojos, trataba de distinguir algo más en el monocromático paisaje.

Otro destello se propagó desde encima de la cabaña, en la línea de árboles, Jamie se echó hacia atrás y en su rostro apareció una mueca de dolor cuando la ventana que estaba sobre ella estalló y la salpicó de cristales.

—Joder —dijo entre dientes mientras se protegía la cabeza.

—¿Qué hacemos? —preguntó de nuevo Hallberg.

—No lo sé —respondió Jamie y sintieron las vibraciones en el metal tras el impacto de otra bala al costado del coche.

Una cosa era correr en perpendicular al tirador, moviéndose de un parapeto a otro; pero con este ángulo, de frente, con tanto espacio abierto, sin ningún sitio donde refugiarse… No había posibilidad de salir viva de allí.

Eriksson no era un tirador experto, pero había que subir cien metros por una pendiente nevada antes de tener alguna posibilidad de ponerse a salvo.

A la derecha había una profunda capa de nieve que se elevaba hasta una empinada pared del valle.

Y a la izquierda estaba el lago. Quinientos metros de hielo resbaladizo y ningún lugar para cubrirse.

Gruñó ante la falta de opciones y apoyó la cabeza en el metal helado.

—¿Qué hacemos? —volvió a preguntar Hallberg, sus dedos se hundían en el brazo de Jamie.

—¡No lo sé! —casi le gritó y de un empellón la apartó de ella.

Los ojos de Hallberg comenzaron a llenarse de lágrimas. Estaba aterrorizada.

Jamie también lo estaba.

Pero ahora tenía que pensar. Tenía que haber una forma de salir de allí.

¿Podría entrar en el coche? ¿Dar la vuelta y salir de allí?

No, imposible. La pista era estrecha y el coche ya estaba medio fuera de ella.

Tendrían que poner las cadenas para tener alguna posibilidad de moverlo y no había forma de llegar al otro lado sin recibir una bala.

No podían escapar a pie y tampoco en coche.

¿Podían pedir ayuda? ¿Cuánto tardarían en llegar allí? Jamie no podía saberlo.

Demasiado.

Se obligó a respirar. A pensar.

El tirador se había detenido. Ahorraba munición, elegía sus disparos.

Disparos.

Eso era.

—Hallberg —dijo Jamie y se volvió hacia ella—. Tu pistola.

Los ojos de Hallberg se iluminaron tenuemente. La sacó de la funda que llevaba bajo la axila y la levantó en alto como si fuera la solución a sus problemas.

—¿Sabes disparar? —preguntó Jamie.

—¿Disparar? ¿A qué? ¡Ni siquiera sé dónde está!

—No importa —dijo Jamie, su cerebro empezaba a funcionar de nuevo. El miedo seguía ahí, pero un plan impreciso estaba cobrando forma en su mente—. Solo necesito que atraigas sus disparos.

—¿Atraer sus disparos? ¡No voy a salir ahí fuera! —protestó.

Jamie se volvió hacia ella y la agarró de los hombros.

—No necesito que lo hagas. Solo necesito que lo mantengas ocupado el tiempo suficiente.

—¿El tiempo suficiente para qué?

Jamie la miró a los ojos, notaba que una extraña frialdad se apoderaba de ella.

—El tiempo suficiente para que yo pueda dispararle.

Hallberg parecía confundida. Eso a Jamie no la sorprendió.

—Mira —dijo y la llevó hacia la parte trasera del coche.

—Está apostado en algún lugar de la línea de árboles, justo encima de la cabaña. No espero que le des, probablemente sea imposible desde esta distancia con una pistola.

—Soy buena tiradora —dijo Hallberg intentando parecer confiada. Pero la confianza abandonó su rostro como un velo de seda.

—Bien. Entonces eso le hará agacharse.

—No entiendo qué vamos…

—Cuando te dé la señal, quiero que te levantes y dispares… —Jamie se interrumpió al ver la pistola que Hallberg tenía en la mano—. ¿Qué es eso, una P226?

—Sí —dijo Hallberg, aparentemente desconcertada por el profundo conocimiento que Jamie tenía de las armas.

—¿Cargador de trece balas?

—Sí —confirmó ella.

—Bien. Entonces dispara seis tiros, contándolos, cada pocos segundos, a intervalos regulares. Necesito que sean quince, no, veinte segundos.

—¿Para qué? —preguntó Hallberg sin dejar de sacudir la cabeza.

—¿Lista?

—¡No!

Jamie estaba ahora en la parte trasera del coche y no iba a esperar.

—¡Ahora, Hallberg! ¡Vamos!

Situada cerca del parachoques, Jamie se asomó al exterior.

Hallberg no tenía otra opción. O seguía el plan o veía cómo Jamie volaba por los aires.

Exhaló un largo y tembloroso suspiro y luego se movió.

Se irguió por encima del capó y apretó el gatillo antes de tiempo, por lo que la primera bala salió disparada hacia el cielo.

La siguiente alcanzó un punto más cercano al objetivo. La tercera estuvo bastante cerca.

Jamie solo tenía que confiar en Hallberg y concentrarse en su tarea.

Recorrió con los dedos el metal del maletero y encontró el cierre. Lo abrió y procuró mantenerse lo más pegada posible a la parte trasera del coche. Dentro había una manta vieja. La agarró y tiró de ella hacia sí. Comprobó que su contenido era pesado.

Jamie escuchó el cuarto disparo de Hallberg en la oscuridad y desdobló la manta: dejó al descubierto el rifle de caza Remington Modelo 700 de su padre.

Lo miró con atención durante un segundo antes de agarrarlo por el cañón, junto con la pequeña caja de munición que también se había llevado de su casa, y volvió a ponerse a cubierto.

No quería que los forenses lo descubrieran.

Cualquier arma de fuego encontrada en un registro debía pasar los controles de titularidad y registro, por lo que, al no saber dónde estaban los documentos del rifle, Jamie no quiso arriesgarse a que se lo confiscaran.

No estaba segura de qué pensaba hacer con él.

No podía llevárselo consigo a Gran Bretaña, pero tampoco quería que terminase en algún almacén policial.

Y ahora estaba más que contenta de haberlo guardado.

Porque iba a servirle para salvar su vida.

Hallberg se arrodilló a su lado, respiraba con dificultad y sostenía entre temblores la pistola con ambas manos. Tenía los ojos cerrados y a Jamie le pareció ver su corazón bombeando sangre a través del abrigo.

Cuando la primera bala se deslizó en el cargador del rifle, Hallberg abrió los ojos de par en par, sorprendida.

—¡Dios mío! —exclamó y se echó hacia atrás—. ¿De dónde demonios has sacado eso?

—Estaba en el maletero —dijo Jamie con calma sin dejar de introducir más balas en el cargador. Cada una encajó en su sitio. Cinco. Seis. Lleno.

Jamie soltó aire con fuerza, colocó de nuevo el cargador en el rifle y luego ajustó el cerrojo. El metal soltó un chirrido apagado. Llevaba veinticinco años sin usarse, pero su padre siempre lo había mantenido en estado de revista. No tenía ninguna duda de que estaba listo para ser usado.

Miró a Hallberg.

—¿Lista? Lo mismo de antes.

—Espera, ¿qué vas a…?

—A mi señal, ¿vale?

—Jamie, espera…

—Ahora.

Jamie se lanzó antes de que el valor la abandonase, se giró sobre una rodilla y abandonó el parapeto que proporcionaba el coche.

Se colocó el rifle en el hombro y lo ajustó contra su cuerpo de un fuerte tirón, cerró el ojo izquierdo y colocó el derecho en la mirilla.

No había viento en el valle y, con el objetivo a tan solo cien metros, no necesitó tener en cuenta la caída de la bala.

Pero primero necesitaba ver quién les estaba disparando.

Jamie parpadeó con fuerza y escudriñó el paisaje, forzando la vista en la menguante luz.

El sonido de los disparos de Hallberg resonó en el valle, las ondas rebotaban en la capa de hielo del lago y reverberaban en el cielo.

La mira estaba sucia y el polvo de la lente le picaba en los ojos. Notaba cómo le hacía cosquillas en las pestañas.

Jamie entrecerró los ojos para mirar por ella, con los latidos del corazón tan fuertes que le hacían temblar las manos.

Contó los disparos de Hallberg mientras trataba de distinguir alguna forma entre los árboles oscuros.

Uno, dos, tres.

Jamie apretó los dientes y contuvo la respiración, se apoyaba en la esquina trasera del coche para mantener el equilibrio.

«Mierda. Vamos, ¿dónde estás?».

Cuatro. Cinco.

Jamie gruñó, repasó la zona sumida en la oscuridad por tercera vez. Estaba allí. En algún lugar, de eso estaba segura. Pero no lograba verlo.

Seis.

Solo quedaba una bala en el cargador de Hallberg.

Y ella no tenía otra.

Algo parecido a una rosa blanca brotó entre los árboles. Un destello instantáneo de aliento que desapareció tan repentinamente como había aparecido.

Jamie fijó la vista en ese punto.

El choque del metal con el metal resonó detrás de ella cuando la bala de Eriksson impactó en el capó del coche de alquiler.

Hallberg gritó.

Y después cayó al suelo, un golpe seco.

¿La había alcanzado?

Jamie no podía pensar en eso ahora.

Los últimos restos de aire salieron de sus pulmones, la mira se desplazó justo a la derecha del destello.

Apretó el gatillo.