El Guardián de Ángeles (Jamie Johansson 1) 45
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Las nubes eran espesas y densas, y la luz comenzaba a desvanecerse. Y eso que eran apenas las dos de la tarde.

Esta vez, Jamie había decidido conducir.

Recordaba que el camino que llevaba a la cabaña era accidentado y estaba lleno de baches, que era poco más que un camino antiguo para caballos y luego pasaba a ser un lecho de piedra por el que apenas se podía pasar.

El Mercedes de Hallberg llevaba neumáticos de perfil bajo y llantas de aleación caras.

El viaje no sería especialmente cómodo ya que el coche estaba muy cerca del suelo.

Por otro lado, el coche de alquiler de Jamie tenía unas ruedas delgadas con mucha holgura, llantas de acero y una suspensión blanda que absorbía los baches.

No era un todoterreno ni mucho menos, pero en esa época del año todos los coches de alquiler venían con cadenas para la nieve, y su pequeño y valiente motor híbrido de gasolina no tendría ningún problema para llevar a Jamie y Hallberg de un lado a otro.

Ya habían visitado los cuatro lagos que encabezaban la lista de Hallberg, tras descartar los que estaban a más de un día en coche. El quinto estaba justo después de la siguiente curva.

Jamie redujo la velocidad y, de acuerdo con las indicaciones de Hallberg, salió de la carretera principal y entró en un apartadero pedregoso, para avanzar luego por un estrecho camino bordeado de nieve.

En aquellas latitudes el suelo estaba ya completamente cubierto de nieve.

Pero el apartadero parecía muy transitado y dos profundas huellas de neumáticos habían horadado la nieve, lo que dejaba al descubierto las piedras que había debajo.

Debido al contraste con la nieve virgen, parecían casi negras bajo la débil luz del atardecer.

Hallberg y Jamie se balanceaban como si estuvieran en un barco. No abrían la boca.

Ambas estaban ya cansadas y tenían frío.

Varias veces habían conducido por caminos como aquel, se habían quedado atascadas en la nieve y no les había quedado otro remedio que poner las cadenas.

El problema era que, incluso después de haber conseguido desenterrar el coche y colocarlas, una vez llegaban al final de la pista se daban cuenta de que estaban en el lugar equivocado y tenían que desandar el camino.

Entonces, al llegar a la carretera, tocaba quitar las cadenas.

Por lo tanto, ninguna de las dos sentía ya las manos y ambas tenían ganas de dar por terminada la jornada.

La radio emitía ahora interferencias y ruido blanco, ya que las laderas del valle que las rodeaban bloqueaban cualquier señal.

Jamie encendió las luces largas, que atravesaron el aire fresco e iluminaron la nieve.

Continuaron alejándose de la carretera hacia una brecha en la pared del valle. El camino comenzó a ascender, como si se dirigiera hacia una cima que, una vez traspasada, las llevaría a la inaccesible cuenca que albergaba el lago.

Hallberg le había dicho cómo se llamaba, pero no le sonaba. Tampoco recordaba haber pasado por la carretera. Y aquella pista forestal le era tan extraña como todas las demás.

Nunca había prestado mucha atención en los viajes cuando era niña, pero pensaba que habría sido capaz de reconocer algo.

Jamie suspiró y trató de concentrarse. Llevaban seis horas en marcha y ambas estaban agotadas. Aquel iba a ser el último de los lagos. Ninguna de las dos lo dijo, pero ambas lo sabían.

Los neumáticos del coche luchaban por ceñirse al terreno mientras Jamie subía la pendiente con lentitud, atenta al sonido de las ruedas, que primero resbalaban y luego se agarraban a las rocas y el hielo.

El coche temblaba y se aceleraba cuando las ruedas comenzaban a deslizarse, y a continuación daba un tirón hacia adelante cuando encontraba el agarre necesario.

Subían y subían a paso de tortuga, el cielo no dejaba de oscurecerse y la carretera quedaba atrás como una leve pincelada.

La ciudad estaba a horas de distancia, al igual que cualquier tipo de rescate. Si Jamie perdía el control y el coche patinaba hasta lo que ella suponía que era una zanja llena de nieve, se quedarían varadas allí.

Pero no se lo dijo a Hallberg. Simplemente mantuvo la vista fija en huellas de rueda que tenía frente a ella y rezó para que no tuvieran que poner las cadenas de nuevo.

La temperatura había bajado ya a nueve grados bajo cero, las ventanillas se empañaban por todos lados y ellas respiraban con dificultad. La tensión aumentaba a cada segundo.

El motor chirrió cuando el coche superó la última cresta. Se encontraron en terreno llano y el cielo se aclaró ante ellas. Tenían el sol a la altura de los ojos, que luchaba por atravesar la densa capa de nubes a medida que se hundía en el horizonte.

Entonces el morro del coche volvió a descender y se adentraron en el umbrío valle.

El lago, con forma de pez muerto, se extendía ante ellas.

Los alerces se distribuían alrededor de las paredes del valle, sombrío y escarpado.

La nieve se había acumulado junto a la carretera, protegida del viento por las laderas del valle.

Había alcanzado la altura del coche, Jamie intentaba mantener las ruedas rectas y pisaba y soltaba el freno para que no se bloqueara.

Los frenos chirriaron en señal de protesta.

El coche serpenteaba hacia el valle y una fina niebla comenzaba a envolverlo a medida que el sol se desvanecía.

A lo lejos, Jamie podía distinguir una pequeña cabaña enclavada entre los árboles. Las embarradas huellas de neumáticos llegaban hasta ella y le indicaban que el lugar no estaba vacío.

Podía distinguir la silueta de dos vehículos, pero desde aquella distancia era difícil adivinar cuáles.

De todos modos, tenía que concentrarse en la pista. El terreno era más que traicionero. Solo esperaba que pudieran salir de allí si resultaba ser el lago equivocado.

Aquello no le despertaba ningún recuerdo.

Todos los lagos de la lista de Hallberg podrían haber sido aquel.

Pero no le abandonaba el miedo ante la posibilidad de que ninguno lo fuera.

Jamie exhaló y aflojó el volante, tenía los dedos doloridos.

Mientras seguían descendiendo, Hallberg se inclinó hacia delante y entrecerró los ojos para ver a lo lejos, pero la niebla no dejaba de espesarse a cada metro.

Llegaron al fondo y el coche se estabilizó. El parachoques rozaba la nieve. Una roca arañó los bajos y Jamie se retorció en el asiento, notaba cómo las ruedas se hundían en el barro.

Subió una marcha para mantener bajas las revoluciones y aceleró un poco, apretando el embrague para limitar la potencia.

El coche zigzagueó y luego ganó velocidad, rebotando sobre la superficie irregular.

Jamie suspiró aliviada, con la mirada fija en el suelo que había delante de ella.

Echó un vistazo a Hallberg, que estaba prácticamente pegada al parabrisas.

—¿Es eso…? —comenzó a decir—. ¿Es eso…?

Jamie siguió su mirada y se esforzó en distinguir lo que ella parecía ver. Delante, a unos cien metros, los faros se reflejaban en el lateral de lo que parecía…

—El minibús de la iglesia —dijo Jamie, su voz adquirió una repentina tensión. Por instinto, dejó de pisar el acelerador y todo el cansancio desapareció de su mente.

—Eriksson —dijo Hallberg, con un susurro apenas audible—. ¿Qué demonios está haciendo tan lejos…?

Pero no llegó a terminar la frase. Un destello irrumpió en la oscuridad delante de ellas, desde algún lugar cercano a la cabina. Una pequeña columna de humo blanco.

El cerebro de Jamie apenas lo percibió antes de que la bala perforara el parabrisas, atravesara la cabina y reventara la luneta trasera.

El cristal se hizo añicos detrás de ellas y cayó sobre la bandeja del maletero. En la parte delantera, una red de grietas se extendió en todas direcciones, lo que les impedía ver nada.

Hallberg se agachó hacia delante para protegerse la cabeza.

Jamie maldijo sin saber cómo reaccionar, la bala le había pasado a pocos centímetros de la cara, solo atinó a dar un volantazo a un lado y pisar el freno.

Las ruedas delanteras se bloquearon y el coche comenzó a patinar, lo que dejó el lado del pasajero expuesto hacia el tirador.

A Jamie no le dio tiempo de pensar antes de que otra bala atravesara la ventanilla trasera del lado del pasajero y se incrustara en el pilar de la puerta del lado opuesto. El ruido del impacto contra el marco metálico del coche hizo que todo vibrara como una campana.

Las ruedas se hundieron en el barro reblandecido del centro de la pista, la parte delantera se sumergió en la zanja de la izquierda y la nieve cubrió el capó.

El vehículo amenazó con volcarse por un momento y luego se detuvo sobre sus ruedas.

Hallberg maldecía sin parar. Estaban atrapadas, a la intemperie. Y el tirador tenía una línea de visión diáfana.

El cerebro de Jamie volvió a un estadio primitivo. Abrió la puerta del conductor para lanzarse a la nieve.

Aterrizó con fuerza sobre su pecho y rodó, se puso de rodillas pese al escozor de los dedos al contacto con el hielo. Se arrastró de vuelta hasta el coche, jadeaba con fuerza, el vapor del aliento se elevaba frente a ella como si fuera humo.

Hallberg seguía dentro, con la cabeza entre las rodillas, maldiciendo.

Se oyó otro disparo, una bala rebotó en el techo del coche y levantó chispazos que refulgieron en el cielo ennegrecido.

El eco resonó en la distancia cuando la bala rebotó, un aullido mortal en medio de la silenciosa naturaleza salvaje.

Jamie apretó los dientes y rodó hacia la puerta abierta, procuró mantenerse agachada mientras se estiraba para desabrochar el cinturón de Hallberg y agarrar su mano.

La chica la apartó, se protegía la nuca con la mano, pero Jamie la agarró de nuevo y tiró con fuerza.

Hallberg la miró con los ojos desorbitados.

—Vamos —dijo Jamie, arrastrándola sobre el salpicadero—. ¡Tienes que salir del coche!

Hallberg asintió rápidamente, rozó con su vientre el freno de mano al deslizarse y se impulsó con una patada para caer en la nieve junto a Jamie.