El Guardián de Ángeles (Jamie Johansson 1) 44
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—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Hallberg mientras se balanceaba en su silla.

Jamie se había sentado en su escritorio. Aún no eran ni las nueve y la oficina seguía vacía.

Falk les había dicho que podían tomarse el día libre. Que les informaría si había alguna novedad. Pero Jamie no tenía ganas de dar vueltas en el hotel. Tenía mucho que hacer.

Se apartó del escritorio, estiró el cuello y sacudió las piernas. Le dolían un poco por el esfuerzo de la noche anterior.

—Haz lo que quieras —dijo Jamie—. Tómate el día libre.

Levantó una mano por encima del hombro y se despidió rápidamente de Hallberg, camino del escritorio de Wiik.

Estaba segura de que Falk le daría un nombre de usuario temporal si se lo pedía, pero no era necesario.

Ahora sabía la contraseña de Wiik: Lucas110708 .

El nombre de su hijo seguido de su fecha de nacimiento al revés.

Un técnico digital de la Metropolitana de Londres le había dicho una vez que cualquier contraseña que contuviera nombres y fechas relacionados con seres queridos podía ser jaqueada sin problema.

Lo cual quedó demostrado cuando consiguió las contraseñas de acceso de Jamie. Y luego las de su compañero.

Jamie se había tomado aquello como una seria advertencia.

Pero Wiik no tenía noticia del asunto, como era obvio.

Ella le había visto escribirla por encima de su hombro el día anterior.

Jamie llegó a su escritorio y apartó la taza con el Min pappa är en superhjälte , que ahora contenía una mancha peluda y gris que nadaba sobre los restos de café que quedaban en el fondo.

Se sentó e inició sesión rápidamente. Sacó la fotografía de ella y su padre del bolsillo de la chaqueta.

La colocó debajo de la pantalla y la inspeccionó de nuevo a la luz del día: se devanó los sesos tratando de recordar dónde estaba.

Buscando la más mínima pista en el paisaje que le ofreciera algún dato identificativo.

No encontró nada.

Jamie suspiró y cerró los ojos. Esto podría ser más difícil de lo que pensaba.

Pero tenía que encontrarlo. Encontrar lo que su padre le había dejado.

Jamie abrió los ojos y se sobresaltó en su asiento.

Hallberg merodeaba en la esquina del escritorio como una niña.

—¿Qué haces? —preguntó.

—Estoy, eh… —comenzó Jamie, luego se inclinó hacia delante con la vista fija en el buscador en medio de la pantalla blanca.

—Estoy buscando un lago.

—¿Un lago? —Hallberg no lo entendía—. ¿Por qué?

Jamie miró la fotografía sopesando qué quería contarle.

—Mi padre y yo dejamos algunas cosas en una cabaña de caza hace años. Quiero ver si todavía está allí.

—¿Qué tipo de cosas?

—Cosas personales —dijo ella para restarle importancia, con el deseo de que Hallberg captara la indirecta.

Ella asintió con la cabeza, pero no dio el menor signo de que fuera a marcharse. Se quedó allí, entretenida con unos bolígrafos en un estuche junto al escritorio de Wiik.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó al cabo de unos segundos.

—¿No tienes nada más que hacer? —preguntó Jamie con una ceja levantada.

—Wiik nos relevó de todos los demás casos cuando nos hicimos cargo del Guardián de Ángeles.

—¿Nada de papeleo?

—Hecho.

—¿Los informes forenses?

—Todos catalogados, archivados y marcados.

—¿Las preguntas para Gunnarson?

—Enviadas a su abogado. Hace unos minutos le envié otro correo electrónico para asegurarme de que las había recibido.

—¿Los padres de las víctimas originales?

—He enviado formularios de solicitud a la Agencia de Matriculación de Vehículos para obtener sus direcciones y datos de contacto actualizados. Podría llevar un tiempo.

—¿La agencia a la que recurrieron para contratar a la niñera?

—Había cinco empresas que funcionaban en Estocolmo en el momento de la muerte de Tilde Gunnarson.

Me he puesto en contacto con las dos que siguen en activo para obtener sus registros, y he sacado los nombres y direcciones de los propietarios de las otras tres del Registro Mercantil Nacional, y he realizado un seguimiento con la Agencia de Matriculación de Vehículos para obtener también sus datos de contacto actualizados.

Cruzo los dedos para que consigan reunirlo todo.

Espero que podamos localizar a la niñera a partir de ahí, pero si los propietarios no han conservado los registros durante tanto tiempo…

Y, como no hay pruebas de ninguna actividad delictiva, no conseguiremos una orden de registro y confiscación de los archivos personales de los Gunnarson.

Si Mikael no tiene los registros o no está dispuesto a entregarlos, entonces nos encontramos en un callejón sin salida con este caso.

A Jamie no le gustó esa expresión, pero aceptó la posibilidad. Le impresionaba una y otra vez la capacidad de Hallberg para hacer su trabajo. Era eficiente y centrada, Wiik tenía suerte de contar con ella.

—¿Entonces no tienes nada más que hacer?

Quizá podría aprovechar sus virtudes.

Hallberg sonrió y se encogió de hombros.

—¿Necesitas ayuda?

—Claro —dijo Jamie y le dio la foto que estaba sobre el escritorio.

—¿Eres tú? —dijo Hallberg tras examinarla—. Y tu padre.

—Así es.

—¿Y necesitas averiguar dónde está este lago?

—Si es posible.

—¿Esa es la cabaña de caza?

—Sí.

—Y este coche, ¿cuál es? —Hallberg miró a Jamie.

—No lo sé. Un Volvo, de principios de los noventa.

Respondió con la entonación de una pregunta. Nunca se había fijado en qué coche era. Tan solo era una niña.

Hallberg asintió, como si eso fuera suficiente.

—¿Y no tienes ni idea de en qué zona está?

—Mi padre solía ir a pescar a un lago cerca de Vemdalen, pero no creo que sea este.

—Hay muchos lagos por allí.

—Sí —dijo Jamie con un suspiro—. Ese es el problema.

Hallberg asintió.

—Déjamelo a mí. ¿Te importa si me la llevo prestada un momento? Puedo hacer una copia y devolverte la foto si…

—No —dijo Jamie enseguida, sin saber muy bien por qué le molestaba tanto la idea—. No hagas una copia. Solo… cuídala, ¿vale?

Hallberg la colocó junto a su pecho.

—Por supuesto —dijo—. Te avisaré si encuentro algo.

Le dedicó una amplia sonrisa a Jamie, como si se sintiera aliviada por tener algo que hacer. Como si hubiera logrado al fin rascar una molesta picazón. Como si le sirviese para saciar una adicción, aunque solo fuera por un rato.

Jamie la observó alejarse durante un segundo y luego volvió a su propia pantalla. A la barra de búsqueda vacía.

—De acuerdo —se dijo—. Vamos allá.

Treinta minutos más tarde, Jamie estaba en la página diecisiete del buscador de imágenes, con las palabras «lagos en Suecia» en la barra de búsqueda. No había hecho más que revisar fotos sin cesar, a la busca de cualquiera que se pareciera a la suya.

Hasta ahora, había apuntado dos. Una en la página tres de resultados y otra en la página once. Ninguna era la que buscaba. Pero realmente no sabía qué más hacer. Quizá Wiik tenía razón y se había vuelto pésima investigando fuentes. Supuso que le faltaba un poco de práctica.

Hallberg se acercó a ella sonriendo, con un papel y la fotografía en las manos.

Se detuvo junto al escritorio de Jamie, con aire orgulloso, y lo dejó todo sobre la mesa.

Jamie recogió la foto, que había dejado encima del papel y la guardó en su abrigo sin decir nada.

Luego echó un vistazo a lo que tenía delante.

Era una lista de ocho lagos separados en columnas.

Tenía sus nombres, sus coordenadas, sus tamaños, volúmenes y si se encontraban o no dentro de parques nacionales.

Sabía que Hallberg era buena, pero se quedó boquiabierta.

—¿Qué…? ¿Cómo los has encontrado?

—Oh —dijo Hallberg, desconcertada por la pregunta.

Probablemente Wiik nunca le había preguntado ni le había dado las gracias.

Simplemente esperaba que lo hiciera—. Busqué las dimensiones de ese modelo de Volvo y luego utilicé un software de modelado 3D para calcular el tamaño aproximado de la cabaña.

Con eso, determiné la altura del valle circundante y luego calculé su anchura, y lo crucé con mapas topográficos para encontrar prominencias y tamaños similares.

A continuación, comprobé cuáles de esos valles contenían masas de agua.

No veo ningún afluente que alimente el lago, así que descarté todos los que recibían agua de ríos.

Luego comprobé cuáles de esos lagos se encontraban dentro de las zonas donde se permitía la caza durante los años noventa y, para terminar, saqué imágenes de satélite y comparé los lagos restantes con la forma de este para eliminar los valores atípicos —lo dijo con la mayor naturalidad y terminó con un suspiro—.

Siento no haber podido reducir más la búsqueda.

Pero en los últimos veinte años el tamaño y la forma del lago podrían haber disminuido o aumentado, así que no quería descartar ninguna coincidencia potencial.

—No, si esto ya es increíble —dijo Jamie, aún impresionada por la lista que tenía delante. Ahora sentía un dolor en la garganta y le ardían un poco los ojos.

—Al principio intenté obtener las medidas del lago para calcular su volumen relativo, pero eso puede ser poco fiable porque no sabemos qué profundidad tiene, tampoco variables como la fluctuación estacional o el clima, el deshielo glacial si está cerca de un…

—Hallberg —la interrumpió Jamie—. Es un trabajo excepcional. Gracias.

La mujer se sonrojó de modo patente.

—Con un poco más de tiempo, podría…

Jamie no quería oír nada más. Sentía que ya estaban perdiendo tiempo.

—¿Cuánto tardarías en calcular una ruta que recorra los ocho?

—¿A qué te refieres?

—Conduciendo desde aquí, ¿cuál es el más cercano? ¿Puedo visitar todos en un día?

—¿Quieres ir hasta allí? —preguntó Hallberg, sorprendida—. Oh, eh, sí. Dame un minuto.

Sacó su teléfono y empezó a teclear los nombres de los lagos. Jamie esperó. Por lo que parecía, Hallberg no tenía intención de apartarse de su escritorio.

—Vale, este es el más cercano —dijo mientras le mostraba la pantalla de su teléfono—. Hay dos más a media hora de distancia. Y luego hay algunos más al norte. Los tres últimos están demasiado lejos para ir en coche en un día.

—Entonces podemos tacharlos de la lista. —Jamie asintió con firmeza—. Mi padre iba allí en coche y nunca tardaba más de un día. Un par de horas. Quizá cuatro o cinco como mucho, creo. No lo sé, pero no tardábamos mucho. Llegábamos a primera hora de la tarde.

Esto pareció animar a Hallberg. Miró su reloj, corrió de vuelta a su escritorio y recogió su chaqueta. En cuestión de segundos estaba de vuelta en el escritorio de Jamie.

—Si salimos ahora, deberíamos llegar al primero sobre las once.

Jamie levantó las cejas.

—¿Quieres venir conmigo?

—Por supuesto —dijo Hallberg—. ¿Por qué no iba a ir?

—No lo sé.

Jamie no tenía una respuesta. Pero si alguien le hubiera ofrecido conducir sin rumbo fijo por la campiña sueca durante todo el día, en busca de un lago perdido que podría tener o no una cabaña de caza junto a él, y que acaso contuviese o no un paquete dejado allí dos décadas antes, probablemente habría rechazado la invitación con toda la educación posible.

—Vamos —dijo Hallberg y se encaminó hacia la puerta con paso firme.

A Jamie se le escapó una breve risa al verla marcharse. Aquellos andares delataban a otra Wiik en ciernes. Y sin duda él había servido de modelo.

Jamie se levantó y se echó la chaqueta sobre los hombros.

Supuso que había detectives peores en los que inspirarse.

Pero, de nuevo, no sabía si el mundo podría soportar a otro Anders Wiik.

Ella, desde luego, no podría.