43
A la mañana siguiente Jamie entró en la sede de la Policía poco después de las ocho.
Falk le había enviado un mensaje de texto pidiéndole que fuera y, mientras caminaba entre los escritorios vacíos de aquella planta, vio a Hallberg levantarse detrás de la pantalla de un ordenador.
—Jamie —dijo, con aire de cierta sorpresa.
—Hallberg —respondió Jamie y aminoró el paso—. ¿También has recibido un mensaje de Falk?
La mujer la miró con curiosidad.
—No, no lo he recibido.
—Entonces, ¿qué haces aquí?
—Siempre vengo antes de las ocho —dijo alegre, con una sonrisa, incluso en medio de todo aquello.
Jamie resistió el impulso de hacer una broma. Se te pasará pronto, tuvo ganas de decir.
—Hay que adelantar papeleo, ¿no? —dijo en su lugar, esforzándose por encontrar algo de entusiasmo en toda la situación.
—Claro —dijo Hallberg y se rio.
Jamie detectó en ella cierto nerviosismo y sabía por qué.
Reconocía mucho de sí misma en Hallberg.
Deseosa de complacer, con una energía ilimitada y sin nada más en la vida que el trabajo.
Al despertarse cada mañana comenzaba a pensar en ella y volvía a casa por la noche para echarlo de menos.
Se acostaba temprano porque no tenía nada más que hacer, se levantaba temprano porque llevaba en la cama desde las nueve.
Aparecía en el trabajo antes de las ocho porque quedarse sentada en su piso con la ropa puesta durante otra hora le parecía la peor tortura posible.
Jamie no sabía si informarla del futuro que le esperaba o dejar que lo descubriera por sí misma.
Lo más triste de todo era que la chica aspiraba a convertirse en alguien como ella.
Como si pensara que Jamie lo tenía todo bajo control.
Que una serie de casos resueltos y las cicatrices de batalla que lo demostraban valían la pena, a pesar de toda la mierda que había que aguantar por todo ello.
No era así. Pero, cuando habías llegado tan lejos, no había ningún otro sitio al que ir.
Una vida normal, un trabajo normal… Era lo único que parecía aún menos atractivo que dejarlo.
No era más que otra adicción más. A algunos les gustaba la botella, a otros las pastillas.
Algunas personas se movían por el sexo. Pero para Jamie, y para aquella pobre chica que tenía delante, era el trabajo.
Lo único que las mantenía en pie era la idea de clavar a otro pedazo de mierda en la maldita pared.
Esa dosis.
Por fugaz que fuera.
Jamie carraspeó y miró hacia el despacho de Falk. Estaba sentada detrás de su escritorio, no le quitaba la vista de encima a Jamie.
Captó la indirecta, le hizo un gesto con la cabeza a Hallberg y se dirigió hacia la habitación acristalada.
Jamie estaba a medio camino de la puerta cuando Falk levantó la mano.
—No, ven con Hallberg —dijo en tono seco.
—Dijo que no tenía ningún mensaje —respondió Jamie de modo automático, un poco desconcertada.
—Eso es porque sabía que estaría aquí —añadió Falk con una ceja levantada.
Jamie esbozó una sonrisa de disculpa y asintió. Bastó con una mirada por encima del hombro para que Hallberg se pusiera en pie y se dirigiera hacia allí.
Jamie avanzó hacia la mesa y Hallberg se quedó junto a la puerta, con aire expectante. Falk señaló las sillas frente a su escritorio y ambas se sentaron.
Miró a Jamie, luego a Hallberg, se apoyó en los codos, entrelazó las manos en la nuca e inclinó la cabeza. Respiró hondo y luego se enderezó, dejó caer las manos sobre el escritorio y las entrelazó.
—No tiene sentido andarse con rodeos. Wiik está siendo investigado por Asuntos Internos por conducta indebida.
Lo que significa que el caso queda en suspenso hasta que yo diga lo contrario, ¿de acuerdo?
Le he dicho a Wiik que se tome unos días libres para prepararse.
No quiero que trabaje mientras los de Asuntos Internos husmean. Solo empeoraría las cosas.
Jamie se quedó en silencio. Había estado en la oficina de un oficial superior suficientes veces como para saber cuándo era el momento de hablar y cuándo era el momento de escuchar. Hallberg, obviamente, no lo sabía.
—¿Una investigación? —preguntó incrédula—. ¿Por qué?
Lealtad inquebrantable a un hombre que la trataba como a un felpudo.
Jamie pensó que eso era algo digno de respeto.
Pero es eso lo que hace el amor por el trabajo.
Hallberg estaba inmersa en esa concepción del mundo donde aquello era un rito de paso.
Debía ganarse el respeto de Wiik. Lo irónico era que solo lo conseguiría cuando dejara de esforzarse tanto.
Falk se tomó un segundo para responder, con la esperanza de que Hallberg se disculpara por preguntar y se retractara. No lo hizo.
—Tras la muerte de Tomas Lindvall, la División de Investigaciones Especiales ha decidido aclarar si existe una relación sólida entre el trato que recibió mientras estuvo bajo custodia policial y su suicidio.
Hallberg negó con la cabeza.
—Lindvall estaba drogado. A juzgar por las drogas que se encontraron en su piso las mezclaba de forma habitual.
Le habrán hecho un análisis de sangre cuando ingresó en el hospital —dijo con seguridad—.
Eso revelará lo que había tomado y si lo mezclaba con su medicación antipsicótica o había dejado de tomarla. No se nos puede responsabilizar si…
—No nos están haciendo responsables —dijo Falk con serenidad y levantó la mano para silenciar a Hallberg—.
Wiik es quien está bajo la lupa. Lindvall claramente no estaba en su sano juicio y, conociendo su historial antes de entrar en la sala de interrogatorios, debería haber actuado con moderación.
La investigación analiza si hizo uso de un exceso de fuerza o provocó el brote psicótico de Lindvall.
Por suerte, Johansson —Falk miró a Jamie cuando dijo esto—, pareció calmarlo antes de que hiciera ninguna estupidez de verdad.
Así que tengo la esperanza de que, como bien has señalado, los de Asuntos Internos se convenzan de que Lindvall tenía un largo historial de violencia y autolesiones, agravado por la mezcla habitual de su medicación con drogas ilegales, y que fue la negligencia del hospital lo que provocó su muerte.
A Lindvall no se le inmovilizó, a pesar de que ingresó mientras estaba bajo custodia.
Parece que le hicieron una serie de pruebas mientras estaba inconsciente y después no lo inmovilizaron.
—Entonces es culpa suya —asintió Hallberg con firmeza.
Falk se recostó y abrió las manos.
—Eso no nos corresponde decidirlo a nosotros. En un asunto como este, todo el mundo echará la culpa a los demás. Detuvimos a Lindvall de acuerdo a unas pruebas que no pueden ser consideradas ni siquiera circunstanciales…
Jamie intervino, incapaz de resistirse.
—Huyó de nosotros.
—Y según el informe de Wiik, tú lo empujaste al suelo y luego le diste una patada en el estómago —replicó Falk.
Hallberg se mostró sorprendida.
—Bueno, no mientras estaba en el suelo —dijo Jamie en su defensa—. Y él intentó darme un puñetazo en la cara. ¿Qué hubieras preferido que hiciera? ¿Dejar que me golpeara?
—Hubiera preferido que lo hubiera detenido sin el uso innecesario de la fuerza —Falk no cedió.
—Pensé que era necesario —Jamie tampoco cedió.
—Genial. Significa mucho para mí viniendo de una detective británica que trabaja bajo mi autoridad como consultora civil y que, además, está actualmente de baja administrativa por haber disparado a un sospechoso.
La mirada fría de Falk atravesó el pecho de Jamie.
Se calló. Se acababa de dar cuenta de que se había pasado de la raya. Le sorprendió que Falk no la hubiera subido ya a un avión. De hecho, ¿por qué no lo había hecho?
Falk soltó aire lentamente.
—A ver, habrá muchas acusaciones. La familia de Lindvall busca un cabeza de turco. Y, por lo que a ellos respecta, tanto la Policía como el Servicio de Salud tienen mucho dinero. Estamos a la defensiva y el hospital intentará que la responsabilidad caiga en nosotros.
Jamie se dio cuenta de que estaba negando con la cabeza.
—No puede ser cierto que quieran echarnos la culpa de la muerte de Lindvall.
—¿Quién crees que avisó a Asuntos Internos?
Jamie se quedó sin palabras.
—Mira —dijo Falk y suavizó el tono—. Quería veros temprano a las dos para poneros al tanto de la situación.
Wiik se reunirá con el departamento jurídico esta mañana para repasar algunas cosas.
Pero tenemos las manos atadas. Asuntos Internos tiene ahora el control.
Lo único que podemos hacer es esperar a ver qué dicen.
Sus palabras flotaron en el aire durante unos segundos. Fue Hallberg quien habló.
—¿Entonces abandonamos el caso? —preguntó como recriminándole a Falk que no le importara o que no supiera el alcance de los hechos.
—El caso queda en suspenso, por ahora.
Falk lo reiteró con cuidado, pero también con un tono lo suficientemente severo como para que Jamie no repitiera la pregunta.
Una vez más, Hallberg hizo gala de lo que ella consideraba tenacidad, pero que Falk interpretó sin duda como casi insubordinación.
—Pero sabes que acabamos de obtener pruebas que sugieren que Emmy Berg sufrió abusos de Jan Hansen.
Y que William Martinsson va a ser interrogado esta mañana.
Y que anoche contactó con Jamie una posible testigo del caso original que afirma que Leif Lundgren abusó de Hanna Lundgren. No podemos dejar que estos tipos…
En lugar de volver a levantar la mano, Falk simplemente se recostó y giró en su silla para darles la espalda.
Hallberg dejó de hablar y miró a Jamie en busca de una explicación.
Jamie le hizo un gesto con la cabeza que decía de forma clara: «Cállate».
Falk podía ser una burócrata, pero era inteligente y Jamie no tenía ninguna duda de que ya había pensado en todo.
Las ojeras que su maquillaje intentaba ocultar a toda costa le indicaron a Jamie que Falk había tenido una noche larga o que había madrugado, posiblemente ambas cosas, y sin duda se había devanado los sesos para decidir qué plan seguir.
Hallberg suspiró, incapaz de contenerse.
—Estos hombres son objetivos de la investigación .
Jamie dijo que la testigo, Rachel Engerman, afirmó que Hans Sjöberg dijo —golpeaba una mano contra la otra con cada dato que recitaba— que los hombres como ellos acaban recibiendo su merecido.
Aún no podemos demostrar el abuso con ninguna de las otras víctimas, pero, si hay un patrón aquí, entonces podríamos estar ante un posible justiciero.
—No daba señales de ceder, aunque Falk no parecía muy interesada—.
Tenemos que aumentar la protección de Lundgren y Hansen, traerlos aquí para interrogarlos.
Hacer que hablen. Demostrarle al asesino que vamos por delante de él. Si no lo hacemos, entonces…
La voz de Falk llegó desde su posición, de espaldas.
—Entonces, tal vez el asesino no sepa que sabemos todo eso.
Eso pareció desconcertar a Hallberg, pero Jamie estaba de acuerdo con Falk.
—Los estás utilizando como cebo —dijo Jamie una vez todo cobró sentido.
—Recibí una llamada de un abogado que representa a Jan Hansen hace unos treinta minutos.
William no va a ser interrogado. Y cualquier pregunta que tengamos para Jan Hansen debemos hacerla llegar a través de su asesor legal.
De la misma manera que cualquier pregunta que tengamos para Mikael Gunnarson.
Y en cuanto a Leif Lundgren… Esta investigación parece estar asustando a todo el mundo. Pero nos mantendremos cerca.
—Eso es… —comenzó Hallberg—. ¿Estás… esperando a que el asesino vaya a por ellos?
Falk se giró en su silla.
—¿Y condenar a muerte a esos hombres? —Su rostro era impasible—. Por supuesto que no. Eso sería poco ético.
Jamie observó a Falk con atención y puso la mano sobre la rodilla de Hallberg, la apretó con suficiente fuerza como para que al fin entendiera el mensaje.
Falk zanjó el asunto de una vez por todas.
—Tenemos un coche camuflado aparcado frente a las casas de Hansen y Lundgren.
Llevan allí desde que me contaste lo de las pruebas encontradas en la tableta de William Martinsson y el testimonio de Rachel Engerman.
En cuanto a Mikael Gunnarson, parece haber decidido pasar una temporada en su ático de la ciudad, pero tiene suficientes contactos como para cuidarse solito.
No creo que el asesino vuelva a atentar contra él tan pronto.
En cuanto a Hansen y Lundgren, si el asesino decide seguir con su patrón, estaremos allí para interceptarlo.
Hallberg no sabía qué pensar. Jamie podía verlo en su rostro. Tenía razón en que no advertirles de que sus vidas corrían peligro no era del todo ético. Pero Falk también tenía razón al decir que para la investigación lo mejor era no ponerles al tanto de todo lo que sabían.
Y, de todos modos, aunque pudieran interrogar a Lundgren gracias a la revelación de una testigo oculta durante dos décadas, que en aquel momento era poco más que una niña, no tenían pruebas para acusarlo a menos que confesara.
Y Jamie no creía que fuera a hacerlo. En cuanto a Jan Hansen, lo único que tenían eran algunas pruebas circunstanciales extraídas de la tableta de un niño.
Algo que, si iban a juicio, cualquier abogado que se preciara habría desactivado en un santiamén.
No tenían nada sólido para presentar una acusación y traerlos aquí solo serviría para entorpecer la investigación.
No, por muy difícil que resultase, por ahora lo único que podían hacer era no hacer nada.
Tenían todos los dispositivos de la casa de Hansen.
Los técnicos los examinarían y catalogarían todo lo que encontrasen.
Pero iba a llevarles un tiempo vencer las medidas de seguridad y extraer lo que se escondía en su interior.
Un hombre inocente proporcionaría las contraseñas para acelerar el proceso.
Pero Jan Hansen no era un inocente. Y, cuanto más tiempo tardaran, más tiempo tendría él para inventarse alguna mierda con la que cubrirse las espaldas.
Ahora la partida entraba en un compás de espera.
Y eso era lo peor de todo.
Jamie había trabajado en suficientes casos como este para tener una certeza irrebatible.
Si se espera lo suficiente, todo el mundo muere.