40
Jamie soltó a la mujer y se levantó, dio un paso atrás, tal vez dos, mientras procesaba lo que acababa de escuchar.
—¿Qué has dicho?
Rachel Engerman, una mujer de más o menos su edad, quizá uno o dos años mayor, se acurrucó de lado, con la espalda empapada de nieve, y se acarició la muñeca derecha, tenía la mano cerrada como una garra. Se la tocaba con la izquierda y gimoteaba al mover los dedos.
Jamie miró a su alrededor, echó un vistazo a la casa, y pudo ver a un hombre y una mujer de pie junto a la puerta del patio, con dos niñas pequeñas aferradas a sus piernas.
—No pasa nada —dijo Jamie y sacó su acreditación policial del bolsillo.
La mostró—. Soy de la Policía de Estocolmo —dijo con tono autoritario y luego miró a la mujer que yacía en el suelo, que ya parecía no tener ninguna intención de huir—.
No hay nada de qué preocuparse —repitió con una sonrisa—.
Siento lo de su… jardín —concluyó, sin dejar de mirar alrededor para comprobar el desastre que habían causado.
Dio un paso atrás hacia Engerman, se agachó, la agarró por el brazo y la ayudó a levantarse.
—Vamos —le dijo—. No está roto.
Jamie no dejó de sujetar con fuerza el brazo de la mujer y, entre empujones y tirones, la sacó del jardín hacia la puerta lateral, y mostró su acreditación a la familia que se asomaba a la ventana al pasar.
—Todo está en orden —repitió—. Perdón por las molestias.
Salieron a la esquina para ver cómo se alejaban la desconocida y Jamie hasta donde les fue posible, pero, en cuanto desaparecieron de su vista, ocultas por el lateral de la casa, Jamie se detuvo y empujó a Engerman contra los paneles de madera.
—Empieza a hablar —le dijo con un dedo levantado hacia su cara—. Ahora.
La mujer parecía realmente asustada y negó con la cabeza para recalcar su inocencia, incapaz de articular palabra.
—¿Por qué me has estado siguiendo? —exigió Jamie.
La desconocida ahora tenía las manos levantadas junto a los hombros.
—No te he seguido —respondió rápidamente.
—¡Y una mierda! Te vi al otro lado de la calle desde mi hotel. —Jamie ató cabos—. ¿Estabas en mi casa también?
—¿Qué? ¡No! —dijo la mujer.
Jamie cerró la mano de repente y estrelló el puño contra el panel que estaba junto a su cabeza.
—¡No me mientas, joder!
—¡Que no te he seguido!
Empezó a llorar de nuevo.
Jamie soltó aire y retiró la mano. Le dolían los nudillos. Estaba empapada, helada, no dejaba de temblar y se sentía agotada.
—¿Estuviste en mi casa hace unos días? —preguntó, ahora con más calma.
La mujer asintió lentamente, no se atrevía a moverse.
—¿Pero no entraste?
Ella negó con la cabeza.
—¿Por qué estabas allí?
—Te estaba buscando.
—¿A mí? ¿Por qué? —Jamie entrecerró los ojos.
—Yo… Necesitaba hablar contigo.
—¿Sobre qué? ¿Sobre Hanna Lundgren?
Ella asintió, los dientes le castañeteaban.
—Entonces, ¿por qué huiste?
—No estaba segura de que fueras realmente tú.
—¿Quién más podría ser?
Engerman se encogió de hombros.
—No lo sé.
Parecía asustada, lo que le dio a Jamie una idea. Pero aquel no era el lugar para tener aquella conversación.
—Sabes que no soy policía, ¿verdad? Al menos, no policía sueca.
Rachel Engerman asintió.
—Lo suponía.
—Entonces, ¿por qué no intentaste contactar con mi compañero o…?
—No te estaba buscando a ti.
—¿A quién entonces?
—A Jörgen Johansson. El detective que llevó el antiguo caso. Busqué en Internet cuando leí la noticia, para encontrar información sobre el Guardián de Ángeles, había vuelto a actuar y quise contactar con él… Para poner las cosas en su sitio.
—Jörgen Johansson era mi padre —dijo Jamie—. Está muerto.
—Oh —dijo Rachel, mirando al suelo—. No lo sabía, lo siento.
—Pero estoy ayudando con este caso —añadió Jamie rápidamente. Si Rachel Engerman tenía algo importante que decirle a su padre, ella era la persona adecuada para oírlo. Jamie la observó durante un segundo y luego suspiró—. ¿Vas a intentar huir otra vez?
Ella negó con la cabeza.
—Entonces baja las manos y acércate. —Jamie las apartó con un manotazo y le indicó a la mujer que la siguiera—. Aquí fuera hace mucho frío.
Jamie aparcó el coche frente a una cafetería cercana y entró en aquel local demasiado iluminado.
Las dos mujeres entraron, empapadas y desaliñadas, y se dirigieron a una de las mesas de la esquina.
El sitio estaba tranquilo. Los únicos clientes eran un hombre sentado al otro lado de la cafetería que tecleaba en un ordenador portátil y una pareja joven inclinada sobre una mesita, que reía y susurraba vete a saber qué.
Algo inocente y divertido, sin duda. Jamie hizo una mueca y apartó la mirada de ellos, para volver a concentrarse en Rachel Engerman.
Se miraron en silencio, se evaluaron mutuamente y, entonces, apareció una camarera.
—¿En qué puedo servirles? —preguntó mientras las miraba alternativamente, con todas las ganas de preguntar por qué tenían ese aspecto, pero demasiado asustada para hacerlo.
—Té negro —dijo Jamie, sin apartar la mirada de Engerman.
—Lo mismo —respondió ella, incapaz de resistir el impulso de mirar a la camarera y sonreír—. Gracias.
Jamie se mordió el labio. Era educada, hablaba bien.
Parecía agradable. Desde luego, no tenía el aspecto de una asesina.
Pero aquellas palabras se le habían quedado grabadas.
«Yo maté a Hanna Lundgren». Jamie no creía que la hubiera violado, asfixiado y luego le hubiera clavado varias ramas de abedul en la espalda.
Pero no se podía ignorar sin más una declaración como aquella.
—Empieza a hablar —dijo Jamie en cuanto la camarera se alejó lo suficiente como para no oírla.
Rachel Engerman tragó saliva y se aclaró la garganta.
—Hanna Lundgren era mi amiga —dijo sin prisa, elegía cada palabra—. Creía que la estaba ayudando.
Jamie tenía los dedos entumecidos y, a causa del frío, sentía un pinchazo en la parte posterior de las piernas.
—Ve al grano.
—Éramos amigas desde la infancia, vecinas. Ella era dos años más joven que yo, pero crecimos juntas.
—Dijiste que la mataste —dijo Jamie sin más—. Así que o me explicas qué demonios querías decir, o te empotraré contra la mesa y te esposaré las manos a la espalda.
Rachel Engerman miró la mesa y exhaló un largo suspiro, como reuniendo fuerzas para decir lo que tenía que decir.
—Hanna Lundgren fue violada.
La camarera se acercó a la mesa y dejó los dos tés. Esperó a ver si decían algo más, pero Jamie y Rachel se limitaron a mirarse en silencio hasta que se marchó.
Jamie esperó hasta estar segura de que nadie la oía y luego se inclinó, se aferraba a la taza con sus frías manos.
—Todas las víctimas del Guardián de Ángeles fueron violadas —dijo—. Era parte de su…
—No —dijo Rachel y lo enfatizó con un movimiento de cabeza—. Lo hizo Leif Lundgren.
Prácticamente escupió el nombre y la mirada de disgusto en su rostro le dejó claro a Jamie lo que pensaba de aquel hombre.
—¿El padre de Hanna Lundgren?
Aquello era una novedad para ella, pero trató de no mostrar su sorpresa.
—Leif no era su padre biológico. Hanna era adoptada.
Jamie ya lo sabía, pero aquello no era un atenuante.
—Hanna era una chica guapa y, cuando cumplió trece años, empezó a… desarrollarse.
Jamie no le quitaba ojo a Rachel.
—Sus padres, Helena y Leif, no podían tener hijos propios. Y, según todos los indicios, eran buenos padres, ya sabes.
Jamie se reservó su opinión, pero miró a Rachel con comprensión mientras ella la observaba de vuelta. No serviría de nada intentar meterle prisa. Solo tenía que escuchar.
—Pero entonces, a medida que Hanna crecía, Leif empezó a cambiar.
Se volvió… extraño. Callado, enfurruñado.
Creo… Creo que sabía que algo andaba mal.
Se odiaba a sí mismo por ello. Pero no podía evitarlo.
Al principio no fue así. Pero Hanna dijo que con el tiempo había ido a peor y entonces una noche…
—Desvió la vista hacia la ventana, con los ojos llenos de lágrimas, y luego tomó un sorbo de té—.
Al principio no quería decírmelo, pero luego me contó que Leif estaba cada vez más asustado. Que la llegó a amenazar.
—¿La había amenazado? —preguntó Jamie en voz baja, casi volcada sobre la mesa para no perderse ni una palabra. Rachel prácticamente susurraba.
Ella asintió.
—Sí, dijo que, si se lo contaba a alguien, él… la mataría.
Dios, pensó Jamie. Pero se quedó callada y animó a Engerman a que continuase.
—Necesitaba ayuda —dijo con voz quebrada.
—¿Y tú la ayudaste? —preguntó Jamie con cautela.
Rachel Engerman asintió.
—Sí, le hablé de la iglesia.
Jamie se tensó y su corazón se aceleró un poco.
—Mi familia iba allí y yo asistía a un grupo que ellos organizaban.
Era como un grupo infantil, pero admitía chicos de todas las edades.
Hacíamos estudios bíblicos y cosas por el estilo, y sobre todo…
Más que nada era un lugar al que ir, ¿sabes?
Donde podías hablar con la gente. Donde te sentías a salvo.
Los labios de Rachel comenzaron a temblar.
Jamie necesitaba mantenerla centrada.
—¿Y llevaste a Hanna allí? ¿Se la presentaste a Hans y Eva Sjöberg?
Rachel la miró a los ojos y asintió.
—Sí, eso hice. Eva era tan dulce. Tan cariñosa.
Y Hans también era muy amable. Gente realmente afectuosa.
Y pensé, ya sabes, que si Hanna quería contárselo, ellos podrían, en fin, protegerla de Leif.
—Apenas podía contener el llanto—. Todos sabíamos que Hans estaba en el ejército. Así que pensé que… Y…
Se calló. Sus hombros comenzaron a temblar y luego vinieron los sollozos. Jamie se quedó allí sentada, apretando los dientes.
La camarera apareció al lado de la mesa.
—¿Va todo bien? —preguntó la joven.
No debía de tener más de dieciocho años. Jamie le lanzó una mirada que valía más que mil palabras y la chica se alejó de la mesa tan rápido como había llegado.
Jamie extendió la mano y tomó una de las manos de Rachel.
—No pasa nada —dijo—. Tú no lo sabías. —Dejó pasar un segundo y luego volvió a hablar, deseosa de que Rachel continuara—. ¿Qué pasó luego?
—Hanna vino… unas cuantas veces… —dijo entre sollozos contenidos—. Y luego, de repente, dejó de aparecer. Fui a su… casa… y, eh, no estaba allí. —Tragó saliva y miró a Jamie—. Leif me dijo que volviera a mi casa, parecía asustado. Pensé… pensé que la había matado.
Mi padre también lo pensó, quiso decir Jamie, pero, una vez más, se limitó a observar, esperar y escuchar.
—Pero entonces, cuando arrestaron a Hans Sjöberg…
Yo conocía a esas otras chicas. A todas.
Éramos todas amigas. Y una por una… Pensé, quiero decir…
Yo estaba convencida de que se habían marchado.
Que sencillamente no querían volver. Todo el asunto de la Biblia a veces podía resultar un poco pesado.
Algunas personas pensaban que no era especialmente divertido, otras iban y venían, sin más.
Aquello era sobre todo para niños que no tenían otro sitio al que ir.
Pero era muy popular, muchos niños iban allí.
—Se tomó un segundo para ordenar sus pensamientos—. Nunca pensé que Hans pudiera…
Jamie procesaba todo aquello, trataba de entender qué significaba. Qué significaba para el caso original. Qué significaba para este caso. ¿Conocía su padre aquella información? ¿Hubiera cambiado algo?
—¿Le contaste a alguien lo de Hanna en aquel momento? —preguntó Jamie, con voz repentinamente apagada.
Rachel negó con la cabeza.
—No, pensé que si lo hacía, Leif también me mataría a mí.
—¿Por qué no le dijiste a nadie que creías que Leif había matado a Hanna?
—Se lo conté —dijo Rachel, levantando la cabeza.
—¿A quién?
—A Hans Sjöberg.
Jamie apretó los dientes.
—¿Después de que Hanna desapareciera?
Rachel asintió.
—¿Qué te dijo?
—Me dijo… Me dijo que no me preocupara. Que…
Que los hombres como él siempre acababan recibiendo su merecido.
—Soltó un par de irónicos gruñidos y negó con la cabeza—.
Unas cuantas tonterías sobre el cielo y el infierno, ¿puedes creerlo?
Eso fue todo. Sobre el perdón. Poner la otra mejilla, toda esa mierda.
Rachel la miró, pero Jamie aún le daba vueltas a lo último que había dicho. «Los hombres como él siempre acababan recibiendo su merecido…».
Justo en ese momento el teléfono de Jamie empezó a vibrar en el bolsillo. Lo sacó y vio el número de Hallberg en la pantalla.
—Discúlpame un momento —le dijo a Rachel, se levantó de la mesa para contestar la llamada—. ¿Hola?
—Jamie —dijo enseguida Hallberg—. ¿Está Wiik contigo?
—No, aquí no está.
—¿Y sabes dónde puede estar?
Parecía estresada.
—No, ¿por qué? ¿Qué pasa?
—Acabamos de recibir un correo electrónico de los de Tecnología: parece que una de las tabletas recuperadas de la casa de los Hansen no tenía contraseña. La tableta del hijo.
—¿William?
—Sí, acaban de extraer el historial y…
—Y han encontrado pruebas de que Emmy Berg sufría abusos sexuales por parte de Jan Hansen.
Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera detenerlas.
—Sí —dijo Hallberg, sorprendida—. ¿Cómo lo sabías?
—No lo sabía.
Jamie exhaló un largo y tembloroso suspiro y se volvió para mirar a la mujer que seguía sentada en la mesa. La mujer que acababa de cambiar todo el caso.
«No lo entiendes».
Jamie apretó los dientes.
Empezaba a entenderlo.